CAPÍTULO 20 DICEN QUE LA DISTANCIA ES EL OLVIDO
DICEN QUE LA DISTANCIA ES EL OLVIDO
Kassy
Nunca había entendido por qué la gente repetía con tanta facilidad que la distancia era el mejor remedio para olvidar.
Siempre me había parecido una de esas frases bonitas que quedan bien impresas sobre una fotografía de un atardecer, pero que se desmoronan en cuanto alguien intenta vivirlas de verdad.
Si olvidar dependiera únicamente de recorrer suficientes kilómetros, no existiría tanta gente con el corazón roto.
Mientras espero junto a la puerta de embarque, miro a mi alrededor intentando convencerme de que dentro de unas horas todo empezará a ser diferente.
Hay una pareja joven riéndose mientras hablan de su viaje y hay una niña que salta delante del enorme ventanal señalando cada avión que despega con emoción como si el mundo entero fuera una aventura.
Yo, en cambio, solo siento que estoy huyendo del mundo que conozco.
Resulta curioso comprobar la velocidad con la que una vida puede desmoronarse cuando varias desgracias deciden darse la mano.
Hace apenas unos meses mi mayor preocupación consistía en alejarme de chicos como Nicholas Stone, convencida de que él era un idiota integral y de que yo jamás tendría un motivo para intentar entenderlo, o en perfeccionar las coreografías del equipo de animadoras.
Ahora todo parece pertenecer a otra vida.
Ava apenas me habla desde que decidió alejarse de Ryder.
Durante semanas la he visto apagarse poco a poco, encerrarse en su habitación y, las pocas veces que la he visto, mirar al vacío como si hubiera perdido una parte de sí misma.
Después llegó el juicio y, cuando por fin se demostró que Ryder era inocente de todo aquello de lo que el pueblo llevaba meses acusándolo, sentí un alivio inmenso...
y, al mismo tiempo, una culpa aun mayor.
Porque descubrir que él no era el monstruo que todos creíamos no devolvió a Ava el tiempo perdido, ni borró el dolor que los dos habían acumulado, ni consiguió reconstruir algo que ya se había roto por el camino.
Hay verdades que, cuando llegan demasiado tarde, solo sirven para recoger los pedazos de un desastre que ya ha ocurrido.
Lo peor es que tampoco consigo odiarme por haber intentado proteger a mi mejor amiga.
Si volviera atrás y escuchara otra vez aquellos rumores en el baño del instituto, volvería a correr para contárselo.
Ava es mi familia. No podría quedarme callada sabiendo que existe la posibilidad, por pequeña que fuera, de que alguien estuviera haciéndole daño.
Pero precisamente ahí está la cuestión. Yo actué con la información que tenía.
Nick actuó con la que tenía él. Y entre los dos terminamos convirtiéndonos en los villanos de una historia en la que ninguno quería hacer daño a nadie.
Él vio cómo su mejor amigo perdía a la chica que amaba y lo culpaba igual que el resto.
Yo vi cómo la mía se rompía por dentro al saber que no había tomado la decisión correcta.
Ninguno de los dos supieron mirar un poco más allá de su propio dolor.
Aun así, hay algo que sigue clavándoseme en el pecho cada vez que recuerdo la última conversación que tuve con Nicholas Stone.
No fue que me gritara. Ni siquiera que me llamara niña consentida o me acusara de juzgar a la gente sin conocerla.
Lo que realmente me dolió fue la forma en que me miró.
Nunca olvidaré aquella expresión de decepción absoluta, como si acabara de descubrir que yo era exactamente la persona que él siempre había creído que era.
Como si aquellas noches locas juntos, nuestras conversaciones y aquellos momentos en los que me permitió ver una parte de él que nadie más conocía hubieran dejado de tener valor de golpe.
Creo que nunca me había sentido tan incomprendida.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, deseaba con todas mis fuerzas que alguien entendiera que yo también estaba intentando hacer lo correcto.
Y, como si todo aquello no fuera suficiente, el director del instituto terminó confirmando hace unos días lo que yo ya sospechaba.
Repito curso. Las notas no alcanzan el mínimo necesario y, por mucho que los profesores intenten explicarme que el próximo año tendré una nueva oportunidad, soy incapaz de verlo como un simple retraso académico.
Lo vivo como otra prueba más de que soy un auténtico fraude.
Bajo la mirada hacia mi tarjeta de embarque y la aprieto entre los dedos mientras escucho a mi padre bromear con mi madre sobre lo exageradas que son las medidas de seguridad del aeropuerto.
Lo hace sonriendo, como siempre. Esa sonrisa tranquila que consigue que olvide durante unos minutos que un tumor está intentando arrebatarle la vida.
Mi madre también sonríe, aunque la conozco lo suficiente para saber que lleva mucho tiempo fingiendo una serenidad que no siente.
Entonces pienso en cuál es la verdadera razón por la que estoy aquí.
No viajo a París para olvidar a Nicholas Stone.
Viajo porque existe un médico que todavía cree que puede salvar a la única persona que jamás me ha hecho sentir insuficiente.
Todo el mundo dice que la distancia ayuda a poner las cosas en perspectiva, que cambiar de escenario obliga también a cambiar la forma de pensar y que hay dolores que solo empiezan a cicatrizar cuando dejas de alimentar cada recuerdo viendo continuamente a las personas que lo provocan.
Tal vez tengan razón. Siempre he querido conocer Europa.
Siempre he soñado con pasear por ciudades llenas de historia, escuchar idiomas distintos al mío y perderme por calles donde nadie sepa quién soy.
Quizá este verano consiga eso: alejarme durante unas semanas del pueblo, de todos los problemas que se han acumulado en los últimos meses y de un chico que lleva demasiado tiempo ocupando un espacio en mi cabeza que jamás debí permitirle ocupar.
Necesito dejar de pensar en Nicholas Stone.
Dejar de darle vueltas a conversaciones que ya no tienen solución, a besos que nunca deberían haber ocurrido y a una versión de él que muy probablemente solo exista cuando estamos los dos solos.
Tengo que volver a mirar las cosas con la cabeza y no con el corazón, porque el corazón lleva semanas intentando convencerme de tonterías que no tienen ningún sentido.
Nicholas Stone sigue siendo el mismo chico al que llevo años viendo meterse en problemas, el mismo del que todo el pueblo habla, el que parece atraer el caos allí por donde pasa.
Que yo haya descubierto que detrás de toda esa fachada también existe un chico bueno, responsable y mucho más vulnerable de lo que cualquiera imagina no cambia la realidad.
Solo significa que durante un instante bajó la guardia delante de mí. Nada más.
Mi madre jamás aprobaría que yo estuviera con alguien como él.
Y puede que tenga razón. No porque Nick sea una mala persona, sino porque su vida está llena de heridas demasiado profundas.
Vive pendiente de responsabilidades que ningún chico de nuestra edad debería cargar sobre los hombros, intenta salvar a todo el mundo mientras se olvida de sí mismo y parece haberse resignado a una existencia en la que siempre pone las necesidades de los demás por delante de las suyas.
Yo no podría ayudar a alguien así. Ni siquiera soy capaz de ordenar mi propia vida.
Mi padre está enfermo, mi mundo se cae a pedazos y llevo semanas tomando decisiones impulsivas que solo consiguen empeorar las cosas.
¿Cómo iba a sostener a otra persona cuando apenas consigo mantenerme en pie yo misma?
Además, él mismo me lo dejó claro desde el principio.
Nicholas Stone no quiere una novia. Nunca la ha querido.
Nunca me prometió nada ni me pidió que esperara nada y, después de la última conversación que tuvimos, probablemente ni siquiera quiera volver a verme.
Así que tengo que dejar de confundir unas pocas noches bonitas con algo que no son.
Hay personas que aparecen en tu vida para enseñarte algo y después desaparecen.
De modo que necesito recuperar a la Kassandra López que no se cuestionaba constantemente cada decisión que tomaba, que llevaba la cabeza alta y que nunca permitía que nadie alterara el rumbo de su vida.
Necesito volver a ponerme esa coraza que tanto tiempo me ha protegido, porque vivir con el pecho abierto duele demasiado.
Y, cuando regrese a casa dentro de unas semanas, Nicholas Stone no puede seguir ocupando un lugar en mis pensamientos.
Tiene que convertirse en un recuerdo más.
En uno bonito, quizá, doloroso también. Pero solo en un recuerdo.
Porque, por mucho que una parte de mí se empeñe en mirar hacia él una y otra vez, sigo convencida de que hay personas que, por mucho que se encuentren en el momento adecuado, jamás estaban destinadas a caminar juntas.