CAPÍTULO 19 DOLOR EN EL PECHO
DOLOR EN EL PECHO
Nick
Hay días en los que fingir resulta agotador.
Llevo tantos años convirtiendo cada problema en un chiste que ya no recuerdo cuándo dejo de hacerlo porque realmente me hace gracia algo y cuándo lo hago simplemente para que nadie sospeche que, si dejo de sonreír durante demasiado tiempo, probablemente termine rompiéndome delante de cualquiera.
La gente cree que soy feliz porque siempre tengo una respuesta ingeniosa preparada, porque soy el primero en reírme de mí mismo y porque parezco incapaz de tomarme nada en serio.
Ojalá fuera tan sencillo. La realidad es que el humor lleva demasiado tiempo siendo mi manera de sobrevivir.
Si hago reír a los demás, nadie hace preguntas.
Si consigo que piensen que todo me resbala, tampoco se molestan en mirar debajo de la superficie.
Funciona. Lleva funcionando años. El problema es que últimamente cada sonrisa pesa un poco más que la anterior y hay momentos en los que incluso mantener esa máscara durante cinco minutos me deja completamente exhausto.
No entiendo por qué no consigo quitarme a Kassandra López de la cabeza.
Llevo semanas intentándolo. Me repito una y otra vez que solo es una chica más, que antes de ella hubo otras y después vendrán muchas más, que nuestra historia apenas consiste en un par de noches compartidas, un beso en un parque y una discusión que termina de la peor manera posible.
Debería ser fácil olvidarla. Siempre lo ha sido.
Nunca me ha costado cerrar una puerta cuando una relación empieza a complicarse.
De hecho, llevo media vida haciéndolo porque resulta mucho más sencillo marcharme antes de que alguien descubra todo lo que escondo detrás de las bromas y de las sonrisas.
Sin embargo, con Kass ocurre algo que no sé explicar.
Quizá porque nunca me fijaría en la chica que todos creen conocer.
La Kassandra que va por el instituto con la cabeza alta, contestando a cualquiera que se atreva a llevarle la contraria y aparentando que nada consigue hacerle daño, nunca me ha interesado demasiado ese tipo de chicas.
Esa chica parece convencida de que el mundo gira a su alrededor y de que nadie está a su altura.
Pero el problema es que la he observado cuando cree que nadie la mira, la he escuchado hablar de su padre con la voz ligeramente rota, notado cómo le tiemblan las manos cuando intenta ocultar que tiene miedo y descubierto que toda aquella seguridad no es más que una armadura construida para impedir que los demás lleguen hasta la persona que realmente es, he visto que tiene un corazón enorme, que ha pagado un desayuno de dioses para Emma y para mí, que no ha huido cuando ha visto la peor parte de mí.
Supongo que ese ha sido mi mayor error. Confiar en ella.
No tenía ningún motivo para hacerlo y, aun así, lo he hecho.
Le he contado cosas que jamás había dicho en voz alta, le he permitido ver una parte de mi vida que llevo años escondiendo y durante unas horas he llegado a creer que quizá ella sí conseguiría entender que nadie es exactamente quien aparenta ser. Después lo hemos estropeado todo.
Todavía recuerdo cuando fui caminando hacia ella en el campo de entrenamiento con la rabia apretándome el pecho, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera Ryder y en cómo las palabras de Kassandra habían arruinado la más que merecida felicidad de mi amigo.
A veces intento convencerme de que reaccioné así porque mi mejor amigo se está desmoronando delante de mis ojos y porque necesitaba culpar a alguien de todo aquel desastre.
Otras veces soy más honesto conmigo mismo y reconozco que también hay algo de miedo.
Miedo a descubrir que vuelvo a equivocarme con otra persona.
Miedo a comprobar que incluso la única chica a la que había decidido enseñar quién soy realmente termina haciendo exactamente lo mismo que el resto del mundo: creer un rumor antes que a nosotros.
Le dije cosas que no debería haber dicho.
La llamé consentida, prejuiciosa y la acusé de haber destruido la única oportunidad que Ryder tenía de demostrar que las personas como nosotros también podemos ser amadas sin que nuestra reputación decida por nosotros.
Todavía creo que ella se equivocó al contarle aquel rumor a Ava sin intentar averiguar si es cierto antes.
También creo que yo me equivoqué al convertirla en la responsable absoluta de una historia que empezó mucho antes de que ella escuchara aquella conversación en el baño.
Ninguno de los dos actuó con maldad. Los dos intentábamos proteger a la persona que queremos.
Ella eligió a Ava. Yo a Ryder. Y entre esas dos elecciones hemos terminado enterrando cualquier posibilidad de seguir acercándonos.
No debería dolerme tanto. Eso es lo que más me desconcierta.
Porque el verdadero golpe no llega durante aquella discusión.
Ni siquiera cuando veo que se marcha del campo sin volver la vista atrás.
El verdadero golpe llega varios días después, cuando alguien comenta durante el entrenamiento que Kassandra López va a ir al baile de fin de curso acompañada de uno de esos chicos que parecen diseñados para gustarle a todo el mundo.
Rico. Educado. Buen estudiante. Buena familia.
Buena reputación. Uno de esos tipos que nunca tendrán que preocuparse por llenar la nevera de su casa, ni por recoger a una hermana pequeña porque su madre se ha olvidado otra vez de que existe, ni por pedir dinero prestado para pagar la terapia de su mejor amigo.
Un chico limpio. Correcto. Exactamente la clase de persona que cualquier padre señalaría orgulloso como el novio perfecto para su hija.
Y entonces comprendí algo que me deja sin aire.
Jamás he sentido celos de otro hombre. No porque me creyera mejor que ellos, sino porque nunca me había importado lo suficiente ninguna mujer como para compararme con quien pudiera ocupar mi lugar.
Con Kass ocurre por primera vez. No conozco al chico.
Ni siquiera sé si realmente le gusta. Tal vez solo la acompaña como un favor o quizá dentro de una semana ninguno recuerde siquiera el nombre del otro.
Nada de eso cambia lo que siento cuando imagino a Kassandra sonriéndole, bailando con él o apoyando la cabeza sobre su hombro igual que una vez la apoyó sobre el mío.
El dolor aparece sin avisar, clavándose en mitad del pecho con una intensidad tan absurda que durante unos segundos llego a pensar que me falta el aire de verdad.
Me resulta ridículo sufrir por algo así después de todo lo que he vivido.
Sobreviví al abandono de mi padre sin llegar siquiera a conocerlo.
Aprendí demasiado pronto que mi madre podía olvidarse de recogerme en el colegio, dejarme sin comer o desaparecer durante horas porque había una botella que le importaba más que su propio hijo.
Crecí convencido de que nadie volvería a hacerme sentir ese vacío porque, después de una infancia como la mía, ya no quedaba nada que pudiera sorprenderme.
Resulta que me equivoco. Resulta que basta una chica de ojos marrones, demasiado orgullosa y con demasiado carácter, para hacerme sentir un abandono incluso más doloroso.
Lo peor es que ni siquiera puedo culparla. Soy yo quien la aparta. Soy yo quien destroza cualquier puente que pudiera seguir existiendo entre nosotros. Y ahora ya es demasiado tarde para arrepentirse.
Intento concentrarme en Ryder porque él sí necesita que deje de pensar en mí durante un rato.
Cada vez que lo miro siento un nudo en el estómago.
Apenas habla. Apenas duerme. En los entrenamientos parece un cuerpo vacío que se mueve por pura costumbre y, cuando cree que nadie lo observa, descubro una tristeza tan profunda en su mirada que empieza a asustarme.
Nunca había visto a Ryder así. Siempre ha sido impulsivo, violento cuando alguien amenaza a las personas que quiere y demasiado orgulloso para reconocer que algo le duele, pero ahora ni siquiera queda rabia dentro de él.
Solo una pena enorme que parece ir apagándolo poco a poco.
Carter también lo nota. Ninguno necesitamos decirlo en voz alta para entender que esto ya no consiste únicamente en una ruptura sentimental.
Ryder empieza a hacerse daño de formas que no sabemos detener.
Deja de comer durante días enteros. Conduce como si no le importara estrellarse contra cualquier árbol de la carretera.
Desaparece durante horas y vuelve con los nudillos destrozados de golpear cualquier pared que encuentre por el camino.
No pienso perderlo. He perdido demasiadas personas importantes como para permitir que él sea la siguiente.
Por eso termino haciendo lo que llevo semanas intentando evitar. Llamo a Claire.
Durante varios minutos permanezco observando el teléfono antes de marcar su número porque conozco perfectamente el precio de esa llamada.
Claire nunca regala nada. Todo tiene un coste: Sexo.
Carter consigue reunir parte del dinero entre varios trabajos y algunos ahorros, pero no es suficiente.
El abogado de Ryder cuesta demasiado. La terapia costará todavía más.
No pienso dejar que el dinero decida si mi mejor amigo consigue salir de este agujero o termina hundiéndose para siempre, así que trago el orgullo y acepto volver a convertirme en aquello que tanto me esfuerzo por olvidar cada vez que salgo de casa de Claire.
Ella no hace preguntas. Escucha la cantidad que necesito, permanece unos segundos en silencio y termina aceptando con la tranquilidad de quien ya sabe exactamente cuál será el precio.
Cuelgo sintiendo un peso insoportable en el pecho, pero también con la certeza de que Ryder tendrá el mejor abogado que podamos pagar y que, cuando todo esto termine, nadie podrá decir que no hice cuanto estuvo en mi mano para salvarlo.
Si para conseguirlo tengo que volver a encerrarme entre las cuatro paredes de una habitación que odio, soportar durante meses la sensación de estar vendiendo una parte de mí que ya apenas reconozco y seguir acumulando secretos que jamás podré contarle a nadie, entonces lo haré.
Hay personas que merecen cualquier sacrificio.
Ryder lleva años demostrando que sería capaz de hacer exactamente lo mismo por mí.
Conduzco hasta la urbanización donde vive Claire cuando empieza a anochecer.
Las calles de aquí parecen pertenecer a otro mundo completamente distinto del mío.
Las fachadas impecables, los jardines perfectamente recortados y los coches aparcados frente a cada vivienda me recuerdan constantemente que existen personas cuya mayor preocupación consiste en elegir el destino de sus próximas vacaciones mientras yo llevo semanas calculando cuánto tardaré en devolver un dinero que ni siquiera voy a utilizar para mí.
Aparco frente a su casa, permanezco varios minutos con las manos apoyadas sobre el volante e intento reunir el valor suficiente para bajar del coche.
Cada vez que cruzo esa puerta siento que dejo fuera una parte de la persona que intento ser y recupero otra versión de mí que detesto profundamente, pero hoy no puedo permitirme pensar en eso. Hoy solo existe Ryder.
Respiro hondo, bajo del coche y camino hasta la entrada.
El sonido del timbre se extingue cuando escucho pasos al otro lado de la puerta.
Durante un instante cierro los ojos y trato de calmarme.
Después la puerta se abre lentamente y Claire aparece apoyada en el marco con un vestido de seda oscuro que deja claro sus ganas de mí.
Sus labios se curvan con una satisfacción tranquila mientras sus ojos recorren mi rostro.
—Adelante, mi chico —dice con una dulzura que consigue revolverme el estómago—. Te he echado mucho de menos.