Tocables Intocables (The Ruins 2) CAPÍTULO 18 VERDAD Y CONSECUENCIAS
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CAPÍTULO 18 VERDAD Y CONSECUENCIAS

VERDAD Y CONSECUENCIAS

Kassy

Últimamente pienso demasiado en Nick Stone.

Pienso en él cuando estoy despierta, cuando intento concentrarme en las clases, cuando cuento los tiempos durante los entrenamientos y cuando Ava me habla creyendo que la escucho, aunque en realidad llevo varios minutos recordando la manera en que Nick me mira justo antes de besarme, como si durante un instante desaparecieran todas las razones que tiene para mantenerse lejos de mí.

También pienso en él cuando estoy dormida, lo que resulta todavía más humillante, porque al menos durante el día puedo intentar tener algún tipo de control sobre mi propia cabeza.

Por las noches no existe esa posibilidad.

Se cuela en mis sueños sin pedir permiso, me llama Kass con esa voz baja que utiliza cuando deja de bromear y se convierte en alguien que consigue atravesarme con apenas una palabra, y después me despierto con una presión absurda en el pecho y la sensación de que he perdido algo que nunca ha llegado a pertenecerme.

He intentado llamarlo curiosidad, atracción o cualquier otro término lo bastante superficial como para no asustarme, pero ya no sirve de nada seguir escondiéndome detrás de palabras cómodas.

Me estoy pillando por él. No un poco, sino de una manera intensa, incómoda y profundamente estúpida que me obliga a buscarlo en cada rincón antes incluso de recordar que no debería importarme saber si está allí.

Por eso en la cafetería me comporto como una completa idiota, aunque nadie parece darse cuenta salvo yo.

Ava Monroe decide anunciar que se está viendo con Ryder Knox de la forma más propia de ella, soltando la noticia en mitad de una conversación casual a la llegada al instituto.

Selena parece emocionada con la noticia, Jannet empieza a hacer preguntas que Ava intenta responder con esa torpeza encantadora que tiene cuando intenta hablar de sus sentimientos y yo me quedo mirándola, intentando procesar que mi mejor amiga, la chica que durante años ha sido incapaz de sostenerle la mirada a alguien durante más de diez segundos, mantiene una relación secreta con el chico al que medio pueblo considera peligroso.

Hay una parte de mí preocupada por ella, por supuesto.

También hay otra sorprendida, una tercera orgullosa de que por una vez se haya permitido hacer algo sin pedir permiso a los prejuicios y una cuarta, mucho menos noble, que piensa inmediatamente que, si Ava puede estar con Ryder, quizá la idea de que yo sienta algo por Nick no resulte tan absurda.

La fantasía dura poco. Ava, impulsada por un valor que no sé de dónde ha sacado, decide que debemos sentarnos con Ryder y Nick en la cafetería como si aquello fuera lo más normal del mundo, y antes de que ninguna consiga detenerla ya camina hacia su mesa con la bandeja entre las manos.

Selena y Jannet la siguen porque son buenas amigas.

Yo las sigo porque soy incapaz de permitir que Ava afronte sola semejante situación y porque, aunque me cueste admitirlo, Nick levanta la mirada en el momento en que nos acercamos y mi cuerpo reacciona como si llevara todo el día esperándolo.

El problema es que al llegar a donde están Nick y Ryder, no sé cómo actuar.

Ava se sienta junto a Ryder, naturalmente, Jannet ocupa el extremo, yo termino de pie frente a Nick sin saber qué hacer hasta que Selena se acomoda a su lado.

En principio no debería importarme. Selena es mi amiga.

Nick es libre de sentarse junto a quien quiera, hablar con quien quiera y acostarse con quien quiera, porque entre nosotros no existe nada que pueda concederme derecho alguno sobre él.

Esa es la teoría. En la práctica, bastan unos minutos para que Nick se incline hacia Selena, le haga un comentario demasiado adulador y consiga que yo sienta algo caliente y desagradable creciendo bajo mis costillas.

No es un enfado racional. Lo que siento se mezcla con inseguridad, vergüenza y esa vieja costumbre de compararme con cualquier mujer que esté lo bastante cerca para convertirse en una amenaza.

Observo el cuerpo de Selena sin querer hacerlo, la forma en que la camiseta cae sobre su cintura, la elegancia natural de sus movimientos y lo fácil que parece para ella ocupar espacio sin disculparse por ello.

Después bajo la mirada hacia mí, hacia mis muslos demasiado anchos, hacia el pecho que siempre parece llamar más atención de la que deseo y hacia el vientre que escondo enderezando la espalda hasta que me duele.

Me pregunto qué ve Nick cuando mira a Selena y qué ve cuando me mira a mí.

Me pregunto si la noche que pasamos juntos fue únicamente una elección cómoda porque yo estaba disponible, si el beso en el parque significó tan poco para él como se supone que debía significar y si su manera de llamarme Kass es solo otra herramienta dentro de ese repertorio que utiliza para hacer sentir especial a cualquier chica durante el tiempo suficiente.

Intento no pensar en ello cuando decido finalmente sentarme en medio, entre Nick y mi amiga Selena y le advierto a Nick que ni se le ocurra flirtear con MI amiga.

Nick vuelve a decir algo y Selena sonríe de nuevo.

Yo clavo el tenedor en la comida con tanta fuerza que Ava me mira extrañada, pero finjo estar ocupada y evito levantar la vista.

No puedo enfadarme con Selena, porque no ha hecho nada.

Tampoco puedo exigirle a Nick que deje de tontear, porque yo misma me he convencido de que no quiero nada serio.

Así que me limito a permanecer sentada, respondiendo cuando alguien me habla y fingiendo que no noto cada vez que Nick hace algún comentario burlón de mí y bonito de mi amiga.

En algún momento él me busca con los ojos y, cuando nuestras miradas se encuentran, arquea una ceja como si hubiera percibido algo extraño en mi actitud.

Yo aparto la vista inmediatamente y me odio un poco por la satisfacción que siento cuando, unos segundos más tarde, deja de prestar atención a Selena y empieza a provocarme a mí.

Desde ese día los celos aparecen con una facilidad aterradora.

Ya no necesito verlo haciendo nada concreto.

Basta con que una chica se acerque a preguntarle algo en el pasillo o se ría demasiado cerca de él para que mi cabeza empiece a funcionar en mi contra.

La observo. La analizo. Comparo su pelo con el mío, su cintura con la mía, la longitud de sus piernas, el tamaño de su pecho y la seguridad con la que sonríe, como si el amor o el deseo fueran una competición en la que las mujeres debemos presentar nuestros cuerpos ante un jurado invisible y esperar la puntuación.

Sé que es injusto. Sé que ninguna de esas chicas tiene la culpa de que yo haya construido gran parte de mi autoestima sobre la idea de que siempre habrá alguien más delgada, más bonita o más fácil de querer.

Sin embargo, saberlo no consigue detener el proceso.

Cada vez que Nick dirige su atención hacia otra persona, una voz despierta dentro de mí y empieza a enumerar todo aquello que ella tiene y yo no.

Han pasado un par de semanas desde el helado y la primera conversación verdaderamente sincera que hemos mantenido en nuestras vidas.

Después de aquel día no ocurre gran cosa, al menos nada que pueda explicar con palabras sin parecer aún más obsesionada de lo que ya estoy.

El fin de semana pasado Nick no apareció en The Ruins, al menos no mientras yo estuve allí, aunque tampoco pude quedarme demasiado porque al día siguiente mis padres habían planeado un viaje al campo.

Mi madre insiste en que necesitamos pasar un tiempo en familia y yo acepto porque necesito encontrar señales de que papá está mejor.

Él habla, ríe y conduce como siempre, y yo colaboro con la mentira colectiva.

La frase se ha convertido en un mantra. Se pondrá bien.

La repito cuando noto que se cansa antes de tiempo y cuando sube las escaleras más despacio de lo habitual.

Nick no vuelve a acercarse a mí después de aquel día en el parque y yo, por supuesto, tampoco hago nada.

El orgullo es una enfermedad ridícula, pero parece la única defensa que me queda.

Nos miramos cuando coincidimos en los pasillos, a veces durante demasiado tiempo, y sonreímos de esa forma breve y clandestina que consigue decir mucho más de lo que pretendemos.

Un día, durante un entrenamiento, pasa junto a mí mientras el resto está distraído y reduce la velocidad lo suficiente para murmurar que estoy muy guapa.

No añade ninguna broma. No me llama Salamandra.

Simplemente lo dice con una voz tranquila, mirándome como si la frase no fuera una provocación, sino una verdad que quiere que conozca.

Después continúa caminando y yo me quedo inmóvil durante varios segundos, con todo el cuerpo temblando por dentro y una sensación cálida extendiéndose en mí.

Odio admitir que me derrito. Odio aún más que, durante el resto del día, recuerde esas palabras como si fueran una declaración importante.

Cuando entro hoy en los baños de chicas durante el descanso, mi principal preocupación es que el gloss se ha borrado casi por completo y existe una posibilidad razonable de cruzarme con Nick antes de la siguiente clase.

Me coloco frente al espejo, saco el pequeño tubo del bolso y empiezo a aplicarlo con cuidado mientras intento ignorar a las tres chicas que hablan junto a los lavabos del fondo.

No las conozco demasiado. Son del curso inferior.

Al principio no presto atención porque sus conversaciones suelen consistir en exageraciones, parejas que duran tres días y rumores sobre fiestas a las que ni siquiera han asistido, pero entonces escucho el nombre de Ava y mi mano se detiene frente al espejo.