CAPÍTULO 17 AGUAS REVUELTAS #5
La broma consigue que deje de sonreír porque esa frase lleva demasiado tiempo funcionando como una verdad que yo mismo he construido para que nadie se acerque lo suficiente.
Es más fácil permitir que todos crean que no quiero una relación que explicarles que no puedo permitírmela.
Una novia implica tiempo, honestidad, planes y una parte de mí que ahora mismo pertenece a demasiadas personas.
Implica responder mensajes cuando estoy ocupado cuidando a Emma, cancelar citas porque mi madre ha desaparecido y fingir que no me avergüenza no poder pagar una cena.
Implica tener que dejarla plantada cuando Claire reclame mi cuerpo y yo no pueda negarme porque tenga demasiadas facturas sin pagar.
Ninguna relación sobreviviría a todo eso, y yo no sobreviviría a ver en la mirada de alguien a quien quiero la misma decepción que llevo años viendo en mi hermana o yo cuando ambos miramos a nuestra madre.
—No tengo novia porque no puedo permitirme ese lujo —digo, mirándola directamente—. No porque no quiera.
—Nick... —susurra, dejando de sonreír.
—No pienses que lo sabes todo de mí porque hayas escuchado las mismas historias que el resto del pueblo.
Nadie sabe nada. Todos creen que soy el chico que se acuesta con quien quiere, se ríe de todo y no se toma en serio a ninguna mujer porque es más sencillo que preguntarse por qué alguien puede comportarse así.
Pero no es tan fácil. No siempre hago lo que quiero, Kassandra.
La mayoría de las veces hago lo que necesito hacer, que es distinto.
Ella se queda callada, a medio lametón de su helado.
He vuelto a decir demasiado, aunque esta vez no consigo arrepentirme por completo.
Hay algo liberador en dejar que una parte de la verdad salga al exterior, incluso sin explicar todo lo que Claire significa.
Kassandra me observa como si intentara reorganizar la imagen que tiene de mí y, por un instante, temo que vea demasiado.
—No te imagino con novia —dice finalmente—. Lo siento.
—Lamentablemente, yo sí me lo imagino constantemente —digo mientras suelto el aire lentamente de mis pulmones y apoyo la espalda contra el banco.
Odio usar esa palabra: “Lamentablemente” .
Quizá porque imaginar una vida que no puedo tener resulta mucho más doloroso que aceptar que no la deseo.
Giro la cabeza hacia ella y descubro que sigue mirándome.
La distancia entre los dos parece haberse reducido, o tal vez es solo la intensidad con la que sostiene mi mirada lo que hace que el resto del mundo desaparezca.
Kassandra se acerca un poco, apoyando una mano sobre el banco, y adopta una seguridad que no consigue ocultar del todo el nerviosismo que aparece en sus ojos.
—¿Y con quién te lo imaginas? —pregunta.
Mi corazón golpea con más fuerza, pero mantengo la expresión tranquila.
Podría bromear, decir el nombre de alguna actriz o inventar una respuesta que nos devolviera a un terreno seguro.
Sin embargo, estoy cansado de fingir que no deseo nada porque desearlo podría hacerme reconocer todo lo que me falta.
—Con alguien que jamás querría ser mi novia.
Me acerco un poco más. Nuestros rostros quedan tan cerca que noto su respiración mezclándose con la mía, aunque ninguno termina de cerrar la distancia.
Kassandra no retrocede. Sus ojos bajan durante un instante hacia mis labios antes de volver a mirarme, y ese pequeño movimiento provoca que todas las razones por las que debería apartarme pierdan fuerza.
—¿Se lo has preguntado? —susurra. Contengo una sonrisa.
—No —ella ladea la cabeza ante mi respuesta.
—Tú tampoco deberías creerte que lo sabes todo del resto de la gente, Nicholas.
Ahora sí sonrío. Me encanta cuando utiliza mi nombre completo para desafiarme, cuando deja de esconder su inteligencia detrás del mal humor y me obliga a seguirle el ritmo.
Kassandra no necesita hablar más alto que nadie para imponerse.
Le basta con mirarte como si ya hubiera analizado todas tus excusas y estuviera esperando a que te dieras cuenta de que no funcionan.
—Me encantaría preguntárselo —respondo—, pero temo que la respuesta sea que ella quiere lo mismo que quiero yo y que yo no pueda dárselo.
La sonrisa desaparece de su rostro, aunque no se aleja.
Durante unos segundos nos limitamos a mirarnos, atrapados en una conversación que ninguno se atreve a llevar hasta el final.
No sé exactamente qué acabo de confesarle.
Tal vez que podría quererla. O que ya la quiero de una forma que todavía no sé nombrar.
Lo único que tengo claro es que no puedo prometerle una relación mientras mi vida dependa de Claire, mi madre siga sin levantarse del sofá y Emma necesite que yo sea todo aquello que los adultos a su alrededor se niegan a ser.
Kassandra merece a alguien capaz de elegirla sin calcular qué parte de su mundo se derrumbará por hacerlo.
Finalmente ella cierra la distancia, sorprendiéndome, y pegando sus dulces labios a los míos.
El beso empieza con una cautela que dura un instante, como si ambos necesitáramos comprobar que ninguno va a arrepentirse antes de permitir que toda la tensión acumulada desde la última noche que estuvimos juntos se abra paso.
Después su mano se desliza hasta mi nuca y yo apoyo la mía en su cintura, acercándola mientras sus labios encuentran los míos con una intensidad que contradice cada una de las barreras que acabamos de levantar.
No hay promesas en ese beso, pero tampoco hay indiferencia.
Es demasiado urgente para ser casual y demasiado contenido para convertirse en una despedida.
Kassandra me besa como si estuviera enfadada conmigo por no poder ofrecerle algo que ninguno de los dos se ha atrevido a pedir, y yo respondo intentando decirle sin palabras que, aunque mi vida sea un desastre, aunque no sepa cómo sostener nada sin terminar rompiéndolo, hay una parte de mí que la elegiría si tuviera la libertad de hacerlo.
Es ella quien se aparta finalmente. Permanece cerca durante un segundo, con la respiración acelerada y los ojos todavía cerrados, antes de alejarse lo suficiente para obligarnos a regresar al parque, al banco y a todo aquello que existe fuera de nosotros.
Tira lo que queda de su helado en una papelera y se pone de pie con una rapidez que no permite leer su expresión.
—Deberíamos irnos —dice—. Tengo cosas que hacer.
Asiento, aunque la forma en que evita mirarme confirma que mis palabras han dejado algo incómodo entre nosotros.
Tal vez no le gusta lo que he insinuado.
Quizá esperaba que la conversación terminara en una confesión más sencilla, una de esas en las que el chico reconoce que quiere estar con la chica y ambos deciden ignorar cualquier obstáculo.
Pero mi verdad no funciona así. Querer algo no significa poder tenerlo, y llevo aprendiendo esa lección desde que era un niño.
Me levanto y camino junto a ella hacia el coche.
Kassandra cruza los brazos sobre el pecho, en actitud autoprotectora, y yo evoco el recuerdo de la última vez que estuvo en mi casa y la noche que pasó allí, conmigo.
No hablamos durante el trayecto hasta el aparcamiento.
El silencio ya no resulta cómodo, pero tampoco hostil.
Está lleno de preguntas que ninguno se atreve a formular.
Mientras le abro la puerta del copiloto, ella murmura un gracias casi inaudible y se sienta sin mirarme.
Rodeo el vehículo, me coloco frente al volante y permanezco unos segundos con las manos apoyadas sobre él antes de arrancar.
Sé que no puedo cambiar mi situación a corto plazo.
Mi madre no va a despertar mañana convertida en otra persona, las facturas seguirán y Claire continuará siendo la salida más rápida.
Sin embargo, por primera vez esa certeza no me produce únicamente resignación.
También me enfurece, porque ahora existe algo que quiero al otro lado de todas esas obligaciones.
Si mi madre me escuchara, si dejara la bebida y recuperara, aunque fuera una parte del lugar que ha abandonado dentro de nuestra familia, quizá yo podría empezar a ser por fin un adolescente con deseos e ilusiones y, sobre todo, con un futuro por decidir ante mis ojos.
Podría alejarme de Claire sin sentir que condeno a mi hermana por ello.
Podría tomar decisiones que no nacieran del miedo.
Y entonces perseguiría a Kassandra López por todos los rincones de este maldito pueblo hasta convencerla de que fuera mi novia.