CAPÍTULO 17 AGUAS REVUELTAS #4
Me golpea con el codo y yo exagero el dolor hasta conseguir que suelte una risa breve.
Ese sonido consigue algo que no esperaba: hace que el mundo parezca menos hostil durante unos segundos.
Caminamos hasta un parque cercano y escogemos un banco apartado de la zona infantil, bajo un árbol cuyas ramas proyectan sombras irregulares sobre el camino.
No hay demasiada gente a nuestro alrededor.
Un hombre pasea a un perro pequeño por el sendero, dos adolescentes hablan sentadas sobre el césped y una pareja mayor camina cogida de la mano.
Kassandra se sienta en un extremo del banco y yo lo hago a su lado, dejando suficiente espacio entre ambos para fingir que esto no se parece en absoluto a una cita, aunque una parte de mí empieza a preguntarse qué diferencia existe realmente entre una cita y dos personas que compran un helado, se sientan juntas en un parque y buscan excusas para estar juntos y no regresar todavía a sus respectivas vidas.
Durante un rato comemos en silencio. Kassandra lame los bordes del cucurucho, concentrándose demasiado en la tarea, y yo la observo de reojo, poniéndome tenso enseguida al recordar su lengua en otros sitios de mi cuerpo, mientras intento decidir cómo formular la pregunta que llevo días queriendo hacerle.
Desde que pasamos aquella noche juntos noto algo diferente en ella.
No en la forma en que me mira, porque eso ha cambiado de una manera que me beneficia bastante, sino en los momentos en los que cree que nadie la observa.
A veces se queda inmóvil en mitad de una conversación, como si su cabeza se marchara a un lugar del que tarda varios segundos en regresar.
En los entrenamientos sonríe más, incluso demasiado, pero hay algo desesperado en esa alegría, una intensidad que no parece natural.
Reconozco esa clase de comportamiento porque yo también utilizo el humor para impedir que otros miren donde no quiero que miren.
Tal vez por eso me resulta imposible ignorarlo en ella.
—¿Qué te ha pasado estos días? —pregunto al fin. Kassandra deja de lamer y levanta los ojos hacia mí.
—¿A qué te refieres?
—Sabes perfectamente a qué me refiero —inquiero.
—No, no lo sé.
—Llevas días rara.
—Yo siempre soy rara —se defiende, haciéndome reír.
—No de esta manera.
Su expresión se cierra inmediatamente y comprendo que estoy acercándome a un límite que no me ha dado permiso para cruzar.
Podría retirarme, hacer una broma y fingir que la pregunta no importa, pero no quiero hacerlo.
No porque crea tener derecho a conocer sus problemas, sino porque llevo demasiado tiempo viendo cómo todo el mundo evita preguntar por los míos.
Hay una diferencia entre respetar el silencio de alguien y permitirle que se hunda dentro de él.
—Te quedas ausente —continúo—. A veces estás hablando y parece que dejas de escuchar lo que ocurre alrededor. Después sonríes como si quisieras compensarlo y te esfuerzas tanto que resulta inquietante.
—Vaya, gracias.
—No era un insulto —intenso suavizarlo.
—Contigo nunca se sabe —contesta simplemente. La observo durante unos segundos, esperando. Kassandra baja la mirada hacia el helado, que empieza a derretirse por los bordes, y noto cómo aprieta los labios antes de responder—. Mi padre está enfermo.
La frase es sencilla, pero la manera en que la pronuncia consigue que me tense. Todo parece perder importancia mientras intento leer su rostro. Kass deja la vista fija en el helado y su expresión no cambia, aunque sus hombros se tensan.
—¿Qué tiene? —pregunto con cuidado.
—Está enfermo —repite—. Eso es todo.
No es todo. Lo sé por la forma en que evita mirarme y por la rapidez con la que intenta cerrar la conversación.
Mi primer impulso es insistir, pero me contengo.
Si quisiera contarme más, lo haría. Ya me ha ofrecido una parte de la verdad y, viniendo de alguien como Kassandra, probablemente significa mucho.
—¿Está mejor ahora? —pregunto y ella tarda un segundo en responder.
—Se pondrá bien.
No dice que esté mejor. Dice que se pondrá bien con una convicción demasiado firme, como si pronunciarlo pudiera convertirlo en una certeza.
Reconozco la desesperación escondida bajo sus palabras y siento una presión desagradable en el pecho.
Quiero decirle que puede hablar conmigo, que no tiene que fingir delante de mí, pero la frase me parece hipócrita cuando yo mismo llevo sentado junto a ella casi media hora sin contarle lo que acaba de ocurrir en mi casa.
—Lo siento, Kass —digo y sus ojos se levantan hacia los míos al escuchar su nombre con tanta cercanía. Durante un instante parece que va a decir algo, quizá a corregirme o a restarle importancia, pero finalmente asiente y vuelve a comer.
—Se pondrá bien —repite.
Esta vez no respondo. Me limito a aceptar la frontera que acaba de colocar entre los dos, aunque una parte de mí desee atravesarla y descubrir qué hay detrás.
Kassandra permanece callada unos segundos y después me mira con esa inteligencia rápida que siempre me hace sentir que sabe más de lo que dice.
—¿Y en tu casa está todo bien? —su pregunta consigue arrancarme una risa sin humor.
—Ya sabes que no.
—No sé nada, Nick. Solo he oído gritos.
—No hay que ser muy observador para darse cuenta de que mi casa es una mierda.
Ella frunce ligeramente el ceño, pero no aparta la mirada.
Sus ojos no muestran curiosidad morbosa ni esa satisfacción que algunas personas sienten cuando confirman que los rumores sobre una familia son ciertos.
Solo hay atención, una atención sincera que me incomoda mucho más porque amenaza con hacerme hablar.
—Mi madre se ha olvidado de recoger a Emma del colegio —explico, lamiendo mi helado medio derretido—.
Otra vez. He tenido que salir corriendo del entrenamiento porque nadie conseguía localizarla y, cuando he llegado a casa, estaba dormida en el sofá con una botella al lado.
No es precisamente la primera vez que ocurre.
Kassandra permanece en silencio y sé que está esperando a que continúe.
—A veces me supera todo —admito—. La casa, Emma, las facturas, mi madre...
Todo. Siento que estoy intentando sostener algo que lleva años cayéndose y que, por mucho que haga, nunca es suficiente.
Cuando arreglo una cosa se rompe otra. Cuando consigo que haya comida, aparece una factura.
Cuando creo que mi madre lleva unos días mejor, vuelve a beber hasta olvidarse de que tiene una hija esperando en el colegio.
Y lo peor es que no puedo marcharme, porque ¿qué pasaría con Emma?
No debería haber dicho tanto. Lo comprendo en cuanto veo cambiar la expresión de Kassandra.
Su mirada se suaviza y durante un segundo parece triste por mí, una reacción completamente lógica que, sin embargo, despierta todas mis defensas.
No soporto la compasión. Puedo aceptar que me odien, que me juzguen o que piensen que soy un irresponsable, porque esas opiniones no exigen nada de mí.
Pero la pena de alguien te convierte en una víctima, y llevo toda la vida esforzándome por no sentirme como una.
—No pongas esa cara —digo.
—¿Qué cara?
—Esa de que estás pensando en adoptar a un chico pobre y desgraciado.
—No estaba pensando eso —responde Kass indignada.
—Menos mal, porque como madre adoptiva serías terrible. Eres demasiado gruñona.
—Acabas de contarme algo serio y ya estás diciendo estupideces.
—Es mi mecanismo de defensa. Está muy perfeccionado.
—Pues es insoportable.
—Tú también lo eres y aquí estamos —bromeo y ella intenta mantener una expresión severa, pero sus labios tiemblan por culpa de una sonrisa que se niega a dejar salir. Aprovecho el momento para inclinarme ligeramente hacia ella—. Deberías dejar de ser tan gruñona, por cierto.
—¿Por qué?
—Porque eres demasiado guapa y demasiado carismática para ir por la vida espantando a todo el mundo. Como sigas así, te quedarás soltera para siempre.
—¿Y si quiero estar soltera para siempre? —pregunta escandalizada girando todo el cuerpo hacia mí y levantando una ceja.
—¿Por qué? —pregunto, fingiendo una profunda preocupación—. ¿No hay nadie que cumpla las expectativas de la princesa?
Me golpea en el hombro con el dorso de la mano y yo suelto una carcajada, aunque en realidad la pregunta me interesa mucho más de lo que debería.
No sé qué clase de hombre imagina Kassandra cuando piensa en una relación.
Probablemente alguien con una familia respetable, una casa donde nunca falte comida y una madre que no se quede dormida borracha mientras su hija espera en el colegio.
Alguien que pueda invitarla a cenar sin calcular cuánto costará cada plato y que no dependa de una mujer mayor para pagar las facturas.
Alguien que no tenga que mentir constantemente sobre dónde ha estado y por qué lleva dinero en el bolsillo.
La idea me incomoda lo suficiente para que desee retirar la pregunta, pero Kassandra se vuelve hacia mí con una sonrisa desafiante.
—¡Mira quién va a hablar! —exclama—. El señor «no soy de los que tienen novia».