Tocables Intocables (The Ruins 2) CAPÍTULO 17 AGUAS REVUELTAS #3
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CAPÍTULO 17 AGUAS REVUELTAS #3

Cojo las llaves. Cuando bajo, mi madre ya no está en el salón.

La botella tampoco. No sé si la ha guardado o si se la ha llevado consigo y ahora mismo no tengo fuerzas para averiguarlo.

Emma permanece al pie de las escaleras, mirándome con una preocupación que intento borrar sonriendo.

Le digo que voy a salir un rato y que volveré pronto.

Ella pregunta si estará bien y sé que no se refiere a mí, sino a nuestra madre.

Me agacho para quedar a su altura y le aseguro que sí, aunque no tengo ninguna certeza.

Después le pido que me llame si necesita algo y ella asiente antes de abrazarme con tanta fuerza que la culpa casi consigue retenerme allí.

Al abrir de nuevo la puerta, Kassandra sigue en el mismo lugar, aunque ahora tiene el ceño fruncido y mira hacia la calle como si estuviera planteándose marcharse. Le extiendo la chaqueta, pero no la coge inmediatamente porque su atención se detiene en las llaves que llevo en la otra mano.

—Aquí tienes —digo.

—Gracias.

Sus dedos rozan los míos al recogerla y el contacto resulta demasiado breve para todo lo que consigue alterar dentro de mí. Kassandra se coloca la prenda sobre un brazo y da un pequeño paso atrás, preparada para despedirse, pero la idea de verla alejarse me provoca una sensación asfixiante.

—Kass —la llamo y se detiene.

—¿Qué? —pregunta, miro hacia el interior de la casa y después vuelvo a mirarla a ella.

—¿Te apetece dar una vuelta conmigo? —Kassandra parpadea, confundida.

—¿Ahora?

—Sí, ahora.

—¿Adónde?

Observo las llaves en mi mano como si pudieran ofrecerme una respuesta, pero la verdad es que no tengo ningún destino. Solo necesito moverme, alejarme de las paredes de esa casa y sentir durante un rato que todavía puedo elegir hacia dónde voy.

—No tengo ni idea —admito—. Solo necesito salir de aquí.

Sus ojos se desvían hacia la puerta y se me ocurre que ha escuchado algo de la discusión. No quiero que me pregunte qué ha pasado. No quiero que me mire con compasión ni que intente entenderme, pero tampoco quiero que se marche.

—Puedes decir que no —añado, intentando recuperar una ligereza que no siento—.

Aunque sería bastante cruel por tu parte dejarme solo después de venir hasta aquí a reclamar una chaqueta que, sinceramente, me quedaba mucho mejor a mí —digo y la comisura de sus labios se eleva a pesar de que intenta impedirlo.

—Eres idiota.

—Eso no responde a mi pregunta. ¿Te vienes a dar una vuelta conmigo? Prometo que no te sacaré mucho de quicio.

Kassandra baja la mirada hacia la chaqueta, como si estuviera valorando todos los motivos por los que debería volver a su casa. Finalmente suspira y se la coloca sobre los hombros.

—Está bien —dice—. Pero como me secuestres, pienso hacerte la vida imposible.

—Salamandra, ya me haces la vida imposible sin necesidad de secuestrarte.

Esta vez sonríe de verdad, solo un instante, pero es suficiente para que algo dentro de mí se afloje.

Cierro la puerta de casa sin mirar atrás y camino junto a ella hacia el coche.

Durante unos segundos ninguno dice nada.

Kassandra parece esperar una explicación que no estoy preparado para darle y yo intento convencerme de que la he invitado únicamente porque necesitaba compañía, porque cualquiera habría servido para mantenerme lejos de casa durante un rato.

El problema es que sé que no es cierto. El problema es que solo me apetece estar con ella.

Puede que porque con Kassandra no necesito fingir que todo está bien, pero tampoco estoy obligado a contarle por qué no lo está.

Podemos limitarnos a conducir, discutir por cualquier tontería y permitir que el mundo pare durante unas horas.

Le abro la puerta del copiloto con una reverencia exagerada y ella pone los ojos en blanco antes de entrar.

Cuando rodeo el coche y me siento frente al volante, noto que me observa de reojo, aunque aparta la mirada en cuanto giro la cabeza.

Introduzco la llave, arranco el motor y comienzo a conducir sin decidir todavía adónde vamos.

Ahora mismo, cualquier carretera que no termine de nuevo frente a mi casa me parece una bendición y, si tengo que ser completamente sincero conmigo mismo, cualquier lugar en el que esté Kassandra López empieza a parecerme uno al que merece la pena ir.

Conduzco durante varios minutos sin saber adónde voy, limitándome a seguir las calles que se alejan de mi casa mientras Kassandra permanece sentada a mi lado con la chaqueta sobre las piernas y una expresión que alterna entre la curiosidad y la desconfianza, como si todavía estuviera intentando decidir si confía en mí o no.

No puedo culparla. Ni siquiera yo sé qué estamos haciendo.

Solo sé que cada metro que dejo atrás consigue aflojar un poco la presión que llevo acumulada en el pecho desde que comencé a discutir con mi madre.

El enfado sigue ahí, moviéndose por dentro como una corriente demasiado fuerte bajo una superficie aparentemente tranquila, pero la presencia de Kassandra obliga a mi cabeza a dividir la atención y por fin consigo pensar en algo que no sea mi madre y todos los problemas que me causa.

Kassandra mira por la ventana durante un rato, dejando que el silencio se instale entre nosotros, y agradezco que no se apresure a llenarlo con preguntas.

La mayoría de la gente cree que ayudar a alguien consiste en obligarlo a hablar, como si las palabras fueran una medicina que pudiera curarlo todo en cuanto consigues pronunciarlas, pero ella parece entender que hay momentos en los que uno necesita simplemente no estar solo sin tener que explicar por qué.

—¿Adónde vamos? —pregunta al fin, girando ligeramente la cabeza hacia mí.

—Ya te he dicho que no tengo ni idea.

—Pensaba que habías dicho eso porque te gusta parecer misterioso.

—Yo no necesito esforzarme para parecer misterioso. Es un don natural.

Kassandra resopla y vuelve a mirar hacia la calle, aunque noto que la comisura de sus labios se levanta apenas un poco.

La conozco lo suficiente para saber que la mayoría de sus sonrisas empiezan de esa manera, intentando esconderse antes incluso de haber nacido, como si reírse conmigo significara concederme una victoria que no está dispuesta a reconocer.

Es extraño pensar que hace apenas unos meses apenas podía soportarme y ahora estoy aprendiendo a distinguir cada una de sus expresiones, la forma en que frunce la nariz cuando está verdaderamente enfadada y la manera en que ladea la cabeza cuando algo la intriga, aunque pretenda que no le importa.

No sé en qué momento empiezo a prestar tanta atención.

Quizá ocurre poco a poco, entre discusiones, miradas robadas y noches que se supone que no significan nada.

Tal vez todas las costumbres empiezan así, con pequeños gestos que parecen inofensivos hasta que un día descubres que los esperas y los conoces bien.

Paso frente a una heladería situada en una de las calles principales y reduzco la velocidad casi por instinto.

El local está iluminado a pesar de que todavía queda bastante luz en el exterior, y varias familias ocupan las mesas de la terraza.

Durante un segundo imagino a Emma sentada allí con uno de esos helados enormes derritiéndose sobre sus manos antes de que consiga comérselo, pero aparto la imagen porque pensar en ella me devuelve directamente a la casa que intento dejar atrás.

—¿Te apetece un helado? —pregunto. Kassandra me mira como si acabara de proponerle conducir hasta otro estado.

—¿Un helado?

—Sí. Es una cosa fría, dulce, normalmente se come en cucurucho o en tarrina. Puedo explicártelo más despacio si lo necesitas.

—Sé lo que es un helado, idiota. No tengo hambre.

—No hace falta tener hambre para comer helado.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Claro que lo tiene. El helado no es comida. Es una decisión emocional.

Esta vez su sonrisa aparece con más claridad, aunque intenta esconderla bajando la mirada hacia sus manos.

Giro en la siguiente esquina, doy la vuelta y aparco cerca del local antes de que tenga tiempo de seguir protestando.

Kassandra se queda sentada mientras apago el motor y me observa con una ceja levantada.

—¿Qué? —pregunto—. Invito yo.

—No quiero que me invites.

—Entonces puedes pagarme el mío la siguiente vez que te rapte.

Las palabras salen antes de que las piense y ambos nos quedamos en silencio durante un instante.

La siguiente vez. Como si estuviera dando por hecho que habrá otro paseo, otro helado o cualquier otra excusa para pasar tiempo juntos.

Kassandra también parece notarlo porque aparta la mirada y se coloca chaqueta sobre el asiento trasero del coche.

—Eres demasiado optimista, Nicholas.

—Y tú estás tardando demasiado en bajarte del coche, Salamandra.

Sale sin responder y yo sonrío mientras rodeo el vehículo para alcanzarla.

Dentro de la heladería tarda varios minutos en elegir un sabor, a pesar de que ha insistido en que no tenía hambre y de que critica cada una de mis sugerencias como si estuviera tomando una decisión capaz de cambiar el rumbo de su vida.

Al final pide chocolate con avellanas en una tarrina pequeña y yo elijo vainilla con caramelo, lo que provoca una mueca de decepción por su parte.

—Eres la persona más aburrida que conozco —dice mientras salimos del local.

—Lo dice la chica que ha tardado cinco minutos en elegir chocolate.

—Chocolate con avellanas.

—Perdóname. No sabía que estaba ante una mujer tan arriesgada.