CAPÍTULO 17 AGUAS REVUELTAS #2
Se lleva ambas manos al rostro y permanece así durante unos segundos. Cuando vuelve a mirarme tiene los ojos húmedos, aunque no sé si está a punto de llorar o si simplemente lleva tantas horas bebiendo que ni siquiera consigue controlar su expresión.
—Estoy cansada —dice—. Mi vida es una mierda, Nick. Nada ha salido como lo había planeado. Yo no quería esto.
No necesito preguntarle a qué se refiere con esto porque su mirada recorre la casa, la botella, las escaleras por las que acaba de subir Emma y, finalmente, se detiene en mí.
Puede que no quiera decir que no nos quería a nosotros, pero es difícil no escucharlo de esa manera.
Llevo toda la vida intentando no parecerme al hombre que la abandonó y, sin embargo, en momentos como este comprendo que ella también me mira como una consecuencia de aquel abandono, como el recordatorio permanente de todo lo que perdió por el camino.
—Nadie tiene la vida que había planeado —le digo, intentando que mi voz no tiemble—. Pero eso no te permite dejar de vivirla y obligarme a hacerlo por ti.
—Lo intento.
—No, mamá. Sobrevives de una copa a la siguiente y llamas a eso intentarlo.
—No sabes lo difícil que es.
—Sé perfectamente lo difícil que es, porque llevo años recogiendo lo que tú rompes.
Se hace un silencio espeso que llena todos los rincones de la habitación hasta volver el aire irrespirable.
Desde el piso de arriba llega el sonido de la televisión de Emma y me pregunto cuánto tiempo tardará en bajar para comprobar que seguimos vivos.
Mi madre mira la botella otra vez, y yo también, porque se ha convertido en el centro de nuestra casa sin que nadie la haya invitado.
Está en todas las conversaciones, en cada factura atrasada, en las mañanas en las que no se levanta y en las noches en las que vuelve sin recordar dónde ha estado.
Vive con nosotros como un miembro más de la familia, uno al que mi madre parece querer más que a cualquiera de los demás.
—Podrías empezar dejando de beber —le digo, y esta vez ya no grito porque estoy demasiado cansado—. No puedes ser madre, ni dueña de tu vida, ni absolutamente nada si pasas los días convertida en un despojo humano. Necesitas ayuda. —digo y su expresión se endurece de inmediato.
—No soy un despojo humano.
—Entonces deja de comportarte como uno.
En cuanto pronuncio las palabras sé que he ido demasiado lejos.
Lo veo en la forma en que se encoge, como si acabara de recibir un golpe, pero no me disculpo.
Tal vez debería, pero llevo demasiado tiempo suavizando la verdad para que ella pueda seguir ignorándola y ya no me quedan fuerzas para envolverla en algo que duela menos.
La quiero, aunque ahora mismo no sepa exactamente qué significa querer a alguien que te obliga a elegir cada día entre salvarlo o salvarte tú.
La quiero porque es mi madre, porque recuerdo las noches en las que me cantaba cuando no podía dormir y los cumpleaños en los que se las arreglaba para conseguirme algún regalo, aunque no tuviéramos dinero.
Sin embargo, también estoy enfadado con ella.
Estoy tan enfadado que a veces temo convertirme en una persona distinta cuando entro por esa puerta, en alguien más cruel, más agotado y mucho más parecido a todos los hombres que prometieron quedarse y terminaron marchándose.
Lo peor es que una parte de mí entiende en parte por qué lo hicieron.
Llevo más de una semana sin llamar a Claire y cada día que pasa aumenta la certeza de que no quiero volver a hacerlo.
Hasta ahora nunca me ha importado demasiado lo que ocurre entre nosotros porque, siendo sinceros, me lo paso bien con ella y durante mucho tiempo he conseguido convencerme de que se trata de un intercambio sencillo entre dos adultos que saben perfectamente qué esperan el uno del otro.
Claire consigue compañía, atención y una versión de sí misma que parece gustarle más que la que muestra al resto del mundo; yo consigo dinero suficiente para que Emma tenga comida, para pagar las facturas que mi madre olvida y para fingir durante unos días que no estamos al borde del desastre.
Nadie hace preguntas y nadie exige sentimientos.
Al menos así funcionaba antes. Últimamente, sin embargo, cada mensaje suyo pesa como una deuda, cada invitación parece una obligación y cada billete que me da me recuerda que mi vida depende de alguien con quien jamás anhelaría compartirla.
No quiero pertenecerle a Claire, ni depender de su estado de ánimo, ni calcular cuántas horas de mi tiempo tengo que entregarle para asegurarme de que Emma desayune la semana siguiente.
Quiero tomar mis propias decisiones, equivocarme por mis propios motivos y construir algo que sea mío, aunque termine saliendo mal.
Quiero tener dieciocho años sin sentir que cada deseo que me permito es un acto de egoísmo contra mi hermana.
Pero ¿cómo demonios voy a dejar a Claire si mi madre ni siquiera es capaz de recoger a Emma del colegio?
—Voy a cambiar —dice ella de repente, y tengo que contener una risa amarga porque he escuchado esa frase tantas veces que ya no significa nada—. Te prometo que voy a cambiar.
—No quiero que me lo prometas. Quiero que lo hagas.
—No puedes exigirme que arregle mi vida de un día para otro.
—No te lo estoy exigiendo de un día para otro. Llevo años esperándolo.
—Necesito estar sola —mi madre se levanta otra vez, esta vez más despacio, y recoge el vaso de la mesa.
—Llevas sola demasiado tiempo, aunque vivamos contigo.
—Déjame en paz, Nick.
—Eso es exactamente lo que hacemos. Dejarte en paz para que sigas hundiéndote mientras intentamos no ahogarnos contigo.
El timbre de la puerta interrumpe su respuesta.
El sonido atraviesa la casa y consigue que ambos nos quedemos inmóviles durante un instante.
No espero a que vuelva a sonar. Necesito salir de ese salón antes de decir algo que no pueda retirar, así que me giro y avanzo hacia la entrada con tanta rabia que casi arranco la puerta al abrirla.
Estoy preparado para descargar mi mal humor contra quien sea que haya decidido aparecer en el peor momento posible, pero todas las palabras que tengo acumuladas desaparecen en cuanto descubro quién está al otro lado.
Kassandra López permanece de pie en el porche con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión extrañamente insegura que no encaja con ella.
Lleva unos vaqueros cortos y un top amarillo, su brillante y larguísimo pelo negro recogido en una cola de caballo y esa mirada desafiante que suele utilizar como escudo, aunque hoy el efecto se debilita porque juguetea con una de sus pulseras y evita mirarme directamente durante los primeros segundos.
Mi enfado no desaparece por completo, pero retrocede lo suficiente para dejarme respirar.
Es absurdo el efecto que tiene sobre mí.
Hace apenas un momento siento que podría romper algo con las manos y ahora lo único que consigo pensar es que ha venido.
No la he llamado, ni le he escrito, ni le he dado ninguna razón para presentarse en mi casa, salvo una chaqueta que llevo varios días utilizando como excusa incluso conmigo mismo.
—Hola —dice finalmente.
—Hola.
La voz se me escapa con una calma que no reconozco.
Detrás de mí escucho a mi madre moverse por el salón y recuerdo de golpe el estado en el que se encuentra, la botella sobre la mesa y todo lo que Kassandra podría ver si la invito a pasar.
Una parte de mí desea hacerlo. Quiere abrir más la puerta, apartarse y permitir que entre en ese desastre porque quizá así dejaría de pensar que soy un insensible al que no le importa nada y me vería realmente como soy.
La otra parte, la que lleva años escondiendo las grietas de esta casa, se impone antes de que pueda pensarlo demasiado.
—¿Has venido por tu chaqueta? —pregunto. Kassandra levanta la vista hacia mí y asiente, aunque tarda un segundo más de lo normal en responder.
—Sí. La necesito.
No sé si es verdad. La tarde es lo bastante cálida como para que nadie necesite una chaqueta, pero decido no señalarlo porque quizá yo la he guardado todo este tiempo porque necesitaba esto, que ella viniera de nuevo a mí.
Hay una timidez extraña en su postura que me hace pensar que esperaba algo más, tal vez que la invitara a entrar y que utilizara la chaqueta como pretexto para repetir lo de la última noche, y la idea me provoca una mezcla incómoda de satisfacción y frustración.
En cualquier otra circunstancia ya estaría sonriendo, apartándome para dejarla pasar y preguntándole cuánto piensa suplicarme para recuperarla.
Ahora solo puedo imaginar a mi madre apareciendo detrás de mí con el vaso en la mano o empezando otra discusión mientras Kassandra observa una parte de mi vida que no estoy preparado para mostrarle.
—Espera aquí —le digo—. Voy a buscarla.
Ella frunce el ceño ante el tono brusco, pero no protesta.
Cierro la puerta sin llegar a encajarla del todo y subo las escaleras de dos en dos.
La chaqueta continúa doblada sobre la silla de mi dormitorio.
La cojo y, cuando estoy a punto de volver abajo, me detengo frente al escritorio.
Las llaves del coche están junto a un montón de papeles y las miro durante unos segundos mientras escucho las voces apagadas de mi madre y Emma en el piso inferior.
No quiero quedarme aquí. Si regreso al salón, la discusión continuará hasta que una de las dos partes diga algo imperdonable o mi madre vuelva a encerrarse en su dormitorio con otra botella.
Tampoco puedo volver al entrenamiento porque ya habré perdido la mayor parte de la sesión y no tengo cabeza para escuchar al entrenador.
Solo sé que Kassandra está esperando frente a mi puerta y que, por alguna razón, su presencia convierte la idea de conducir sin rumbo en algo parecido a una salida.