CAPÍTULO 17 AGUAS REVUELTAS
AGUAS REVUELTAS
Nick
Hay momentos en los que siento que mi vida no me pertenece, que alguien me la cambia por otra mientras estoy distraído y, cuando vuelvo a mirar, descubro que estoy cargando con responsabilidades que nadie me ha preguntado si quiero asumir, solucionando problemas que no he provocado y pidiendo disculpas por existir.
Hoy, por ejemplo, tendría que estar corriendo sobre el césped con Ryder, escuchando al entrenador gritarme que deje de hacer el imbécil y fingiendo que no me duelen las piernas después de la sesión de fuerza de ayer, pero en lugar de eso estoy de pie en mitad del salón de mi casa, todavía vestido con la ropa del entrenamiento, mirando a mi madre dormir despatarrada en el sofá mientras Emma se sienta para ponerse a colorear en la mesa de la cocina como si no acabara de pasar más de cuarenta minutos esperando sola a la salida del colegio.
La profesora ha intentado disimular su preocupación cuando me ha visto llegar corriendo, con el pelo empapado en sudor y la respiración descontrolada, pero no lo ha hecho demasiado bien.
Todo el pueblo conoce suficientemente a mi madre como para entender por qué el hermano mayor de una niña de diez años aparece más veces que ella para recogerla, asistir a sus reuniones o firmar las autorizaciones que se supone que debe completar un adulto responsable, aunque resulta bastante irónico que ese adulto responsable sea yo, porque hace apenas unos meses todavía tenía que pedir permiso para faltar a clase y ahora parece que tengo permiso para hacerme cargo de una familia entera.
Dejo las llaves sobre la mesa con más fuerza de la necesaria y el sonido consigue que mi madre abra los ojos sobresaltada.
Durante un segundo me mira sin saber dónde está, con la cara marcada por el cojín y el rímel corrido bajo los ojos, y después se incorpora despacio, como si el movimiento le exigiera un esfuerzo descomunal.
Sobre la mesita hay una botella medio vacía y un vaso con un resto de líquido amarillento que no necesito acercarme para identificar.
Lleva la misma camiseta con la que la he visto esta mañana y el pelo recogido en un moño que amenaza con deshacerse por completo.
Quizá debería darme pena. Puede que una parte de mí todavía la sienta, enterrada bajo años de cansancio y decepciones, pero ahora mismo solo puedo pensar en Emma sentada frente a la verja del colegio, sujetando su mochila rosa entre los brazos y diciéndome que no pasa nada, que sabía que yo terminaría apareciendo.
Eso es lo peor de todo: que lo sabía. Mi hermana ya no espera que su madre cumpla su palabra porque ha aprendido que siempre habrá alguien más recogiendo los pedazos que ella deja caer.
—¿Sabes qué hora es? —pregunto, y mi voz sale tan contenida que incluso a mí me resulta más peligrosa que un grito.
Mi madre mira primero el reloj de la pared y después a Emma, que continúa coloreando sin levantar la cabeza, aunque sé que está escuchándolo todo.
Siempre escucha, incluso cuando finge que está demasiado concentrada dibujando casas con jardines enormes y familias sonrientes que no se parecen en nada a la nuestra.
Mi madre se lleva una mano a la frente y cierra los ojos durante un momento, como si intentara ordenar recuerdos que se le escapan.
—Me he quedado dormida —murmura.
—Ya veo que te has quedado dormida.
—Nick, no empieces.
La facilidad con la que pronuncia esas palabras consigue encender algo dentro de mí, porque para ella cualquier intento de obligarla a enfrentarse a lo que hace es empezar una discusión, como si el problema no fuera que ha olvidado a su hija en el colegio, sino que yo tenga la mala costumbre de mencionárselo.
Respiro hondo y miro hacia la cocina. Emma ha dejado de colorear.
Mantiene el lápiz apoyado sobre el papel, inmóvil, y entiendo que no puedo tener esta conversación delante de ella porque bastante tiene ya con crecer en esta casa como para escucharme decir en voz alta todo aquello que intento protegerla de comprender.
Me acerco, le acaricio el pelo y le pregunto si le apetece subir a su habitación a terminar el dibujo.
Ella me mira con esos ojos enormes que siempre parecen saber mucho más de lo que debería saber una niña de su edad y, aunque tarda unos segundos, acaba asintiendo.
Recoge sus lápices sin protestar, guarda el dibujo dentro de una carpeta y, antes de subir las escaleras, se gira para observar a nuestra madre.
Hay una decepción silenciosa que reconozco muy bien en su expresión que me atraviesa con mucha más fuerza que cualquiera de los gritos que llevo conteniendo durante el trayecto de vuelta.
Espero hasta escuchar cerrarse la puerta de su dormitorio y entonces me vuelvo hacia mi madre. Ella ya ha cogido la botella de la mesa, quizá para esconderla o quizá para servirse otra copa, y ese simple gesto termina de romper la poca paciencia que me queda.
—Déjala.
—Solo iba a guardarla.
—He dicho que la dejes —ordeno con más contundencia y ella me mira con fastidio, pero obedece y vuelve a apoyar la botella sobre la mesa.
Después se cruza de brazos, adoptando esa actitud defensiva que utiliza siempre que sabe que ha hecho algo mal y pretende convencerme de que el verdadero problema es mi manera de reaccionar.
—Ha sido un despiste, Nicholas. No hace falta que montes un espectáculo.
—¿Un despiste? —repito, incapaz de contener una risa seca—.
Emma ha estado esperando sola a la salida del colegio porque tú estabas borracha y dormida en el sofá, pero claro, no pasa nada porque ha sido un despiste.
Como la semana pasada, cuando te olvidaste de comprar comida.
O como hace dos semanas, cuando no pagaste la factura de la luz y casi nos la cortan.
Todo son despistes, ¿verdad? Qué casualidad que siempre tenga que ser yo quien los soluciona.
—No estaba borracha.
—Entonces es todavía peor, porque significa que eres capaz de olvidarte de tu hija incluso estando sobria.
Mi madre se levanta de golpe y el movimiento hace que el vaso tiemble sobre la mesa.
Durante un instante recupera algo de la mujer que recuerdo de cuando era pequeño, aquella que podía entrar en una habitación y llenarla entera con su carácter, pero la imagen se desvanece enseguida bajo el cansancio acumulado, las ojeras y la forma insegura en que se apoya en el respaldo del sofá.
—No tienes derecho a hablarme así.
—Tengo todo el derecho del mundo. Soy yo quien ha tenido que abandonar el entrenamiento para ir a buscarla.
Soy yo quien cocina, quien revisa si hay leche para el desayuno, quien se asegura de que haga los deberes y quien inventa excusas cada vez que pregunta por qué su madre no sale de la habitación.
Estoy harto de vivir así. Estoy harto de tener que comportarme como el padre de una niña que no es mi hija porque tú no eres capaz de comportarte como su madre.
Mi voz aumenta con cada palabra, porque llevo tanto tiempo tragándomelas que empiezan a atropellarse para salir.
Mi madre abre la boca, pero no le permito interrumpirme.
Sé que, si lo hace, volverá a convertir la conversación en una colección de promesas que no piensa cumplir, y mañana todo seguirá exactamente igual.
—No tendría que ser yo quien se preocupa por llenar la despensa, ni quien calcula cuánto dinero queda para llegar a final de mes, ni quien se pregunta si vas a estar consciente cuando Emma vuelva del colegio.
No tendría que entrar en esta casa con miedo a encontrarte tirada en el suelo o a descubrir que has desaparecido durante dos días sin decirle a nadie dónde estás.
Tengo dieciocho años, mamá. Dieciocho. Se supone que debería estar pensando en la universidad, en el fútbol o en qué demonios voy a hacer con mi vida, pero no puedo pensar en nada de eso porque estoy demasiado ocupado viviendo la vida que tú no te dignas a ocupar —mis últimas palabras parecen golpearla.
Su expresión cambia y, por un instante, creo que quizá consiga atravesar la niebla en la que lleva años escondida, pero entonces niega con la cabeza y se deja caer de nuevo en el sofá.
—¿Crees que no lo intento? —pregunta, y ahora su voz ya no suena enfadada, sino quebrada—. ¿Crees que me levanto cada mañana pensando en cómo puedo arruinaros un poco más la vida? No sabes nada, Nick. No sabes lo que es despertarte un día y darte cuenta de que todo ha salido mal.
La observo en silencio, sintiendo cómo la rabia empieza a mezclarse con esa culpa que siempre consigue despertar en mí.
Mi madre es experta en eso, aunque no sé si lo hace conscientemente.
Cada vez que estoy a punto de exigirle que se responsabilice de sus actos, me recuerda que una vez fue una chica asustada a la que también abandonaron, y entonces termino preguntándome si soy cruel por pedirle algo que quizá nunca aprendió a dar.
—Te tuve con dieciséis años —continúa—. Era una cría, Nicholas.
No sabía nada. Tu padre me juró que iba a quedarse y desapareció en cuanto le dije que estaba embarazada.
Ni siquiera tuvo el valor de decírmelo a la cara.
Dejó de contestar mis llamadas y permitió que yo me enterara por otra persona de que se había marchado del pueblo.
¿Sabes lo que fue eso? ¿Sabes lo que es ver cómo todos tus amigos siguen adelante mientras tú estás atrapada con un bebé, sin dinero y sin saber qué hacer?
Después conocí al padre de Emma y pensé que esta vez sería diferente, que por fin tendría una familia de verdad, pero hizo exactamente lo mismo. Se fue. Todos se van.
—Emma y yo no nos hemos ido.
—No es lo mismo.
—Claro que no es lo mismo —respondo, notando cómo vuelve a crecer la ira—. Nosotros somos los que nos quedamos a soportar lo que dejan los demás.