Tocables Intocables (The Ruins 2) CAPÍTULO 16 TE ESTÁS VOLVIENDO COSTUMBRE
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CAPÍTULO 16 TE ESTÁS VOLVIENDO COSTUMBRE

TE ESTÁS VOLVIENDO COSTUMbrE

Kassy

Entrenar siempre ha sido mi refugio. Hay algo casi terapéutico en repetir los mismos movimientos una y otra vez hasta que el cuerpo deja de pensar por ti y empieza a funcionar por pura memoria muscular, como si durante un rato pudiera convencerme de que la vida consiste únicamente en contar ocho tiempos, mantener una sonrisa impecable y no perder el equilibrio mientras sostengo a otra compañera sobre mis hombros.

Ojalá todo fuera tan sencillo. Ojalá el resto de los problemas pudiera resolverse corrigiendo una postura o ensayando una coreografía hasta que dejara de salir mal.

Sin embargo, hace días que descubro una verdad bastante incómoda: por mucho que intente esconderme detrás del entrenamiento, el mundo sigue esperando fuera del pabellón exactamente igual que lo dejé.

Mi padre sigue enfermo. Mi madre continúa fingiendo que todo irá bien para que yo no me derrumbe.

Y yo sigo empeñada en convencerme de que, mientras no pronuncie la palabra que todos evitamos decir en casa, quizá esa palabra deje de existir.

La negación tiene un efecto curioso. No te convierte en una persona triste.

Al contrario. Durante un tiempo consigue transformarte en una versión exageradamente alegre de ti misma, como si tu cerebro decidiera fabricar euforia artificial para compensar el miedo que no quiere permitirse sentir.

Supongo que por eso llevo varios días sonriendo más de la cuenta.

Ava, Selena y Jannet aparecieron por sorpresa en mi casa cuando más lo necesitaba y, aunque jamás reconoceré delante de ellas que me salvaron un poco aquella tarde, lo hicieron.

Me obligaron a disfrutar, a respirar y a recordar que todavía existía un mundo más allá del salón donde mi madre y yo hablábamos en susurros para que papá no notara el pánico que intentábamos esconder.

También me animó la última noche que pasé con Nick y, por primera vez desde que todo empezó, estoy consiguiendo dormir varias horas seguidas sin despertarme imaginando el peor de los desenlaces posibles.

No solucionó absolutamente nada. Mi realidad sigue siendo exactamente la misma al abrir los ojos cada mañana.

Pero, a veces, durante unas horas, consigo olvidarla, y ahora mismo eso me parece un regalo demasiado valioso como para analizarlo demasiado.

No he vuelto a hablar con Nick. Él tampoco ha vuelto a buscarme desde entonces.

Y está bien. De verdad que lo está. Los dos sabemos perfectamente qué somos y, sobre todo, qué no somos.

Ninguno busca enamorarse. Yo bastante tengo con intentar mantener mi vida en pie como para añadir un desastre sentimental a la lista, y Nick...

bueno, Nick lleva tanto tiempo escondiendo cualquier cosa que huela a sentimientos que probablemente saldría corriendo si alguien pronunciara la palabra compromiso delante de él.

Lo nuestro no necesita conversaciones incómodas, promesas absurdas ni etiquetas que solo sirven para complicarlo todo.

Funciona precisamente porque ninguno exige nada al otro.

Porque no hacemos preguntas. Porque cuando estamos juntos el resto del mundo pierde volumen durante un rato.

Aun así, sería una mentirosa si dijera que no me gustaría repetir.

No porque espere que ocurra algo diferente.

No porque imagine finales felices. Simplemente porque hace mucho tiempo que nadie consigue hacerme sentir tan ligera durante unas horas, como si el peso que llevo encima dejara de aplastarme por un instante.

El entrenador da una palmada y todas ocupamos nuestras posiciones sobre el césped de las instalaciones deportivas.

El equipo masculino ya calienta al otro lado del campo y, aunque intento concentrarme en la música, descubro que mis ojos hacen exactamente lo mismo que llevan haciendo toda la semana.

Lo buscan antes incluso de que yo sea consciente de ello.

Tardo apenas unos segundos en encontrarlo entre el resto de jugadores.

Está hablando con Ryder mientras se ajusta las protecciones, pero en algún momento levanta la cabeza y nuestras miradas chocan durante un instante.

Él arquea una ceja, casi imperceptiblemente, y una sonrisa traviesa amenaza con aparecer en la comisura de sus labios antes de volver a concentrarse en el entrenamiento.

Yo, como siempre, aparto la vista como si nada hubiera ocurrido, aunque noto perfectamente que la mía también intenta sonreír por puro reflejo.

Empieza a convertirse en una costumbre buscarlo con la mirada.

Y eso me molesta. No porque tenga nada de malo mirarlo.

El problema es que ya no necesito decidir hacerlo.

Simplemente ocurre. Igual que ocurre cuando coincidimos por los pasillos y los dos fingimos prestar atención a cualquier otra cosa mientras terminamos buscándonos sin querer.

Igual que ocurre cuando noto que alguien me observa durante un entrenamiento y descubro que vuelve a ser él.

No hablamos. Apenas cruzamos un par de bromas cuando estamos rodeados de gente.

Sin embargo, algo ha cambiado entre nosotros tras los dos encuentros íntimos que hemos tenido y los dos lo sabemos, aunque ninguno parezca dispuesto a ponerle nombre.

—¡AVA MONROE! —grito de repente al descubrir que mi mejor amiga ha venido de nuevo a uno de mis entrenamientos y vuelve a tener la cabeza girada hacia el otro extremo del campo. ¿Es que piensa que soy idiota y no me doy cuenta que está siempre mirando a Ryder Knox?

Varias personas dejan de hacer lo que estaban haciendo para mirarnos.

—¿Qué? —responde ella con una tranquilidad insultante.

—¡Deja de mirar tanto! —grito y Ava levanta una ceja con esa expresión de falsa inocencia que utiliza siempre que está a punto de tocarme las narices.

—¿Mirar qué?

—¡Ya sabes qué!

—Hay muy buen material en el equipo masculino de fútbol americano. No es mi culpa —dice encogiéndose de hombros exageradamente.

¿Qué cojones dice la loca de mi amiga? Las chicas empiezan a reírse alrededor y alguna incluso asiente, alimentando todavía más su tontería.

Abro la boca para responderle que deje de decir estupideces, pero apenas me da tiempo a protestar porque noto unos brazos rodeándome por la cintura antes de que el suelo desaparezca bajo mis pies.

Y lo peor de todo es que sé quién es solo por su aroma viril.

—¡NICK! ¡¿QUÉ COJONES HACES?! ¡SUÉLTAME!

—No.

—¡BÁJAME AHORA MISMO!

—No.

—¡NICHOLAS! —grito más fuerte y siento cómo se ríe mientras me acomoda mejor sobre su hombro.

—Uy... me ha llamado por mi nombre completo. Está enfadada de verdad.

Empiezo a patalear como una posesa, golpeándole la espalda con los puños cerrados, retorciéndome sobre su hombro mientras el mundo da vueltas a mi alrededor.

Él solo se ríe. Esa risa confiada que siempre me ha sacado de quicio y que ahora, por algún motivo absurdo, me hace sentir algo parecido a cosquillas.

El entrenador nos mira desde el otro lado del campo, con las manos en la cintura y expresión de quien ya ha visto demasiadas tonterías de este chico.

—¿Qué demonios estás haciendo, Stone?

—Las animadoras están para animar, no para desanimar. Esta no nos sirve —responde sin detenerse, con su tonito de no tener miedo a las consecuencias y saber exactamente cómo manejar una situación para que termine en carcajadas en lugar de un parte disciplinario.

Todo el mundo estalla en carcajadas. Incluso oigo la risa de Ryder, esa risa grave que casi nunca se escucha.

Nick desaparece conmigo hacia los vestuarios masculinos mientras yo sigo gritando que lo voy a matar, que lo voy a denunciar, que le voy a romper algo importante.

Él sigue caminando como si yo no pesara nada, como si cargar con una animadora enfurecida fuera lo más natural del mundo.

En cuanto cruzamos la puerta y queda fuera del alcance de las miradas, me baja con cuidado.

Mis pies tocan el suelo frío de los azulejos y, antes de que pueda recuperar el equilibrio o lanzarle el primer insulto que se me ocurre, me empuja contra la pared.

Su boca encuentra la mía antes de que pueda decir una sola palabra.

El beso es rápido, intenso, cargado de la misma urgencia que sentimos la otra noche en su habitación.

Gimo contra sus labios y me agarro a su camiseta con ambas manos, tirando de ella como si necesitara anclarme a algo sólido.

—Echaba de menos tu mal humor y tus gruñidos —susurra contra mi boca, con una sonrisa que siento más que veo.

Sonrío a pesar de mí misma. Es ridículo. Debería estar enfadada de verdad. Debería empujarlo y salir de ahí con la dignidad intacta. En cambio, le devuelvo el beso, más despacio esta vez, saboreando el sabor de su chicle de menta y a él.

—Se me olvidó una chaqueta el otro día en tu casa —le digo entre besos, separando un poco la boca de la suya—. Necesito que me la traigas.

Nick se separa apenas unos centímetros y me mira con esa sonrisa pícara que me desarma, esa que mezcla insolencia y algo más cálido que me desorienta.

—Si la quieres, tendrás que volver tú a mi casa para recuperarla.

No le doy tiempo a decir nada más. Lo beso con pasión, tirando de su pelo, pegando mi cuerpo al suyo hasta que no queda ni un centímetro de distancia.

Él responde con la misma intensidad. Una de sus manos baja por mi muslo, sube con lentitud deliberada por debajo de la falda del uniforme de animadora y encuentra el borde de mis bragas.

Las aparta con habilidad y sus dedos me encuentran ya húmeda.

El contacto me arranca un gemido más fuerte.

Empieza a moverlos, primero despacio, explorando, y luego con más ritmo, curvándolos justo en el punto que me hace ver estrellas.

—Estás chorreando, Kass —susurra contra mi cuello, sin dejar de tocarme—. Qué rica estás…

No puedo responder. Solo puedo agarrarme a sus hombros mientras él me masturba con precisión, frotando mi clítoris con el pulgar y metiendo dos dedos dentro de mí.

El orgasmo llega rápido, intenso, casi violento en su necesidad de salir.

Tengo que morderle el hombro para no gritar.

Él me sostiene mientras tiemblo, dejándome besar su cuello y recuperar el aliento, con una mano aún apoyada en mi cadera como si temiera que me cayera.

—Buena chica —murmura, retirando la mano y lamiéndose los dedos delante de mí con una sonrisa satisfecha.

Salimos del vestuario un par de minutos después.

Yo despeinada, con la cara caliente y las piernas todavía un poco flojas.

Intento recuperar mi expresión de fastidio habitual, el ceño fruncido, la mirada de “te voy a matar”.

Pero por dentro estoy sonriendo. Cuando miro hacia el campo, Nick me lanza un guiño rápido, casi imperceptible.

No puedo evitar devolverle una sonrisa disimulada antes de centrar mi atención en Ava, que me espera con cara de preocupación cerca de la entrada de los vestuarios femeninos.

—¿Estás bien? —me pregunta.

—Sí —respondo, suspirando, todavía sintiendo el eco del orgasmo en las piernas.

—¿Seguro?

—Sí, Ava. Ya estoy acostumbrada al absurdo de Nick.

No estoy enfadada. Pero tampoco estoy del todo bien.

Hay algo raro en mí, algo que lleva días acompañándome y que no consigo descifrar del todo.

Aun así, no le digo nada. No estoy preparada.

Así que simplemente continúo con el ensayo, fingiendo que mi mundo no se me está deshaciendo un poco más cada día…

y que Nicholas Stone no se está convirtiendo, sin permiso, en la única cosa que todavía me hace sentir viva.