CAPÍTULO 15 BUENA SUERTE, CAMPEÓN #3
Antes de que pueda responder, vuelve a besarme.
Esta vez lo hace con una decisión que borra cualquier duda sobre si quiere estar allí, y yo cedo, permitiendo que el sonido lejano de la fiesta y todas las preguntas sin respuesta desaparezcan durante unos minutos.
Mis labios recorren su mandíbula y después su cuello mientras ella inclina la cabeza para dejarme espacio, mis manos viajan por su cintura hasta sus tetas y las amaso entre gemidos, y justo cuando empiezo a olvidar por completo que existe algo más allá de ese rincón, escucho una voz detrás de nosotros.
—Siento interrumpir.
Kass y yo nos separamos a duras penas. Giro la cabeza y encuentro a Ryder a unos pasos, con las manos en los bolsillos y una expresión que mezcla incomodidad y absoluta falta de arrepentimiento. Kassandra mantiene una mano agarrada a mi camiseta y lo mira con fastidio.
—¿Qué quieres, Knox? —pregunta Kass con malas pulgas. Ryder se encoge de hombros como si aparecer en mitad de un momento privado fuera la cosa más normal del mundo.
—Tu amiga Ava te está buscando.
Kass suspira, pero antes de que pueda responder vuelvo a inclinarme sobre su cuello, dejando un beso lento bajo su oreja mientras mantengo la vista en Ryder.
—Ocúpate tú de su amiga —le digo—. Yo me estoy ocupando de Kassandra y está en muy buenas manos —miro a Kass, que intenta contener una sonrisa— ¿Verdad, Kass?
Ella asiente con una expresión divertida y sin rastro ya de esa tristeza que la envolvía hasta hace unos minutos.
—En las mejores.
Ryder vuelve a encogerse de hombros, completamente indiferente a nuestra falta de vergüenza.
—Vale. Pasadlo bien.
Se da la vuelta y desaparece por el mismo camino por el que ha llegado.
Espero hasta que sus pasos dejan de escucharse y entonces vuelvo a mirar a Kass.
Tiene las mejillas encendidas, los labios hinchados por los besos y una sonrisa que consigue que todos mis pensamientos anteriores regresen de golpe.
La acerco otra vez por la cintura y apoyo la frente contra la suya, todavía con la respiración acelerada.
—Entonces… ¿quieres ir a algún lado especial o vamos a mi casa?
Kass sonríe despacio y entrelaza sus dedos con los míos.
La adrenalina del partido, de la victoria y de tenerla por fin cerca corre todavía por mis venas, pero ahora se mezcla con algo mucho más peligroso: la sensación de que, sea lo que sea lo que está intentando olvidar, quiero ser la persona a la que busca cuando necesita hacerlo.
Entro en mi casa empujando la puerta con el hombro mientras mis manos se niegan a soltarla.
Kassandra está pegada a mí, con la boca abierta bajo la mía y los dedos enredados en mi pelo, y apenas tengo tiempo de cerrar la puerta con el pie antes de volver a besarla como si llevara años sin hacerlo.
El pasillo está a oscuras, solo iluminado por la luz que se filtra desde la cocina, y el sonido de nuestros labios y de su respiración agitada se convierte en lo único que existe durante unos segundos.
La empujo suavemente contra la pared del recibidor y deslizo las manos por su cintura, subiendo bajo el vestido hasta encontrar la piel caliente de su culo.
Kass gime contra mi boca y me tira del pelo con más fuerza, como si necesitara anclarme a ella.
Se separa un instante, apenas lo suficiente para mirarme a los ojos, todavía con los labios hinchados y la respiración entrecortada.
—¿Está tu hermanita? —Niego con la cabeza y vuelvo a buscar su boca, negándome a dejarla ir.
—Está en casa de una amiga —le digo entre besos—. Suele irse los fines de semana cuando mi madre trabaja más. Esta noche no está.
Kass asiente, pero no se deja distraer del todo. Me sujeta la cara con las dos manos y me obliga a mirarla.
—¿Y tu madre?
Esa pregunta me hace soltar una risa baja contra su cuello.
Hace mucho tiempo que dejé de sentirme el hijo de esta casa.
Hace mucho que me convertí en el adulto, el que cocina, el que paga, el que miente para que Emma no se asuste, el que limpia los restos de otra noche perdida.
No suelo pedir permiso a una mujer que apenas está en sus cabales la mayor parte del tiempo.
Pero entiendo lo que Kass está preguntando.
Entiendo la visión que alguien de su edad debería tener sobre el respeto a los padres, sobre no meterse en casas ajenas a estas horas, sobre no follar con el hijo de una madre que podría aparecer en cualquier momento.
Así que me separo lo justo para alzar la voz hacia el pasillo.
—¿Mamá?
No hay respuesta. Camino hasta la puerta de su habitación, la abro con cuidado y miro dentro.
La cama está deshecha, hay una botella vacía en la mesita y el olor característico, pero ella no está.
Probablemente se haya ido a casa de alguna de sus “amigas” o simplemente esté en otro lado.
Cierro la puerta y regreso a Kass, que sigue apoyada contra la pared, observándome con una mezcla de expectación y nerviosismo.
—No está —le digo, recuperando su cintura—. Solo estamos nosotros.