CAPÍTULO 15 BUENA SUERTE, CAMPEÓN #2
En una de las jugadas, más importantes del segundo cuarto, consigo esquivar a un defensa y avanzar las yardas suficientes para que la grada estalle.
Mis compañeros se lanzan sobre mí, Ryder me golpea el casco con tanta fuerza que casi me descoloca la mandíbula y el entrenador grita algo que no alcanzo a entender, pero yo solo busco a Kass.
La encuentro justo cuando se gira hacia el campo y nuestras miradas se cruzan durante un instante.
Ella intenta mantener una expresión seria, aunque veo cómo sus labios se curvan apenas un poco antes de apartar la vista.
Esa mínima reacción me provoca una satisfacción completamente desproporcionada.
Regreso a mi posición sonriendo como un idiota y Ryder me pregunta qué demonios me pasa.
Le digo que nada, pero su expresión deja claro que no me cree.
Ganamos por poco, con más sufrimiento del necesario y un último cuarto que consigue que el entrenador envejezca unos diez años, pero ganamos.
Cuando termina el partido, el campo se llena de gritos, abrazos y gente que se comporta como si acabáramos de conquistar un país.
Ryder me levanta del suelo después de derribarme durante una celebración demasiado entusiasta y yo vuelvo a mirar hacia el lugar donde estaban las animadoras.
Kass habla con Ava, aunque esta vez parece más presente.
Durante unos segundos considero acercarme, decirle cualquier estupidez y comprobar si vuelve a sonreírme, pero enseguida empiezan a rodearnos compañeros, profesores y personas que quieren felicitarnos, y cuando consigo volver a buscarla ya no está.
La celebración continúa por la noche en The Ruins, porque cualquier victoria del equipo parece exigir que medio instituto se reúna en una mansión abandonada con música demasiado alta y alcohol de procedencia dudosa.
Ryder desaparece casi de inmediato entre la multitud, probablemente en busca de Ava, y yo me quedo con algunos jugadores mientras repasan por quinta vez las mejores jugadas del partido.
Intento participar, reírme y aceptar las felicitaciones, pero mi atención se desplaza constantemente hacia Kass.
Está con alguna de sus amigas, sosteniendo un vaso entre las manos mientras finge escuchar una conversación.
Lleva un vestido que me obliga a recordarme varias veces que no debo quedarme mirándola como un enfermo, aunque el problema no es únicamente su aspecto.
Es la manera en que se mantiene un poco apartada del grupo, como si estuviera allí sin estar realmente.
Sonríe cuando alguien le dice algo, pero la expresión desaparece en cuanto la otra persona mira hacia otro lado.
De vez en cuando baja la vista hacia el vaso y se queda quieta durante demasiado tiempo, atrapada otra vez en ese lugar mental al que parece haber estado escapándose toda la semana.
Me desquicia que acapare tanto mi atención.
He ganado un partido importante, estoy rodeado de amigos y debería estar disfrutando de la noche, pero llevo más tiempo pendiente de si Kassandra sonríe que de cualquier otra cosa.
Desde que salió de mi casa no ha hecho ni un solo gesto que indique que quiere volver a acercarse a mí o que al menos recuerda con agrado lo que ocurrió entre nosotros.
Ni una mirada sostenida, ni una provocación, ni siquiera uno de esos comentarios venenosos que utiliza para ocultar que algo le afecta.
Empiezo a preguntarme si se arrepiente, y la idea consigue irritarme mucho más de lo que debería.
Puse todo de mi parte para que aquella noche fuera memorable, y estaba convencido de que ella lo había pasado bien.
No era una suposición arrogante. La había visto, escuchado y sentido.
Joder, me dejó varios arañazos en la espalda.
Sin embargo, Kassandra posee una capacidad extraordinaria para hacerme dudar de cosas que normalmente consideraría evidentes.
Cuando la veo separarse del grupo y caminar hacia la mesa donde han colocado las bebidas, dejo de escuchar por completo lo que Justin me está contando.
Él sigue hablando durante varios segundos hasta que se da cuenta de que estoy mirando por encima de su hombro y se gira para comprobar qué me distrae.
No necesito que diga nada. La sonrisa que aparece en su cara ya resulta suficientemente irritante.
—No empieces —le advierto.
—No he dicho nada.
—Lo estás pensando muy alto.
Justin levanta ambas manos con inocencia y yo me alejo antes de que tenga tiempo de burlarse.
Cruzo la habitación entre la gente, esquivando cuerpos y vasos, mientras Kass se inclina sobre la mesa para decidir qué beber.
Me acerco por detrás y bajo la voz junto a su oído, disfrutando de antemano de la reacción.
—¿Estás intentando perder el sentido otra vez?
Kass da un pequeño brinco y se gira con rapidez, llevándose una mano al pecho. Durante un segundo parece dispuesta a insultarme, pero en cuanto descubre que soy yo, algo cambia en su expresión. Sus ojos recuperan una chispa que no he visto en toda la semana y, para mi sorpresa, sonríe.
—¿Por qué quieres saberlo? —pregunta, inclinando un poco la cabeza mientras me observa por encima del borde del vaso—. ¿Estás dispuesto a salvarme otra vez?
La provocación me golpea con más fuerza de la que esperaba. Carraspeo, intentando mantener una expresión tranquila, aunque noto cómo toda mi atención se concentra en la distancia mínima que nos separa y como mi sangre se concentra toda en mi entrepierna.
—¿Quieres que lo vuelva a hacer?
Kass deja el vaso sobre la mesa y da un paso hacia mí.
Se mueve despacio, con una seguridad que contradice por completo a la chica ausente que he estado observando durante toda la semana.
Se coloca tan cerca que su perfume consigue imponerse incluso sobre el olor a alcohol y humedad del lugar, y cuando habla, sus labios casi rozan los míos.
—¿Es que tú no quieres?
Asiento con una vehemencia tan poco digna que ella suelta una risa baja.
No tengo tiempo de responder porque Kassy me coge de la mano y empieza a tirar de mí entre la multitud.
La sigo sin preguntar adónde vamos, atravesando uno de los pasillos laterales hasta salir por una abertura que conduce a la parte trasera de la mansión.
El aire nocturno resulta más frío que dentro, aunque apenas lo noto.
Kassy continúa avanzando hasta encontrar un recoveco oculto entre dos muros medio derruidos, lejos de la música y de las miradas curiosas, y en cuanto se gira hacia mí la agarro por la cintura.
Nos besamos con una urgencia que parece contener todo lo que hemos evitado durante la semana.
Kass me rodea el cuello con los brazos y se pega a mí mientras yo la acerco todavía más, incapaz de decidir si me enfada o me alivia que por fin deje de fingir que no ocurre nada entre nosotros.
Su boca sabe a la bebida que apenas ha probado y a algo que ya empiezo a asociar únicamente con ella.
La beso como si llevara mucho más de unos días esperando hacerlo, recorriendo con las manos su perfecto y enorme culo, y me pongo duro como una piedra mientras ella se aferra a mi camiseta y responde con la misma intensidad.
—¿Estás bien? —consigo preguntarle entre un beso y otro, aunque ella vuelve a buscar mi boca antes de que termine de pronunciar la frase—. Llevas toda la semana muy rara —Kass se separa apenas unos centímetros y me mira con una sonrisa ladeada, todavía respirando deprisa.
—¿Tanto te fijas en mí?
—Ni hablar —respondo mientras vuelvo a besarla—. Casi no me doy cuenta de tu presencia —ella sonríe contra mis labios y me da un pequeño tirón de la camiseta.
—Mientes muy mal.
—Y tú distraes demasiado.
La beso de nuevo, esta vez más despacio, pero la preocupación no desaparece.
Puedo notar que hay algo contenido detrás de la forma en que se entrega al momento, como si no me estuviera buscando solo a mí, sino también una manera de escapar de cualquier cosa que le ronda la cabeza.
Kass parece querer más, acercándose todavía más y enredando los dedos en mi pelo, pero yo vuelvo a detenerme lo suficiente para observarla.
—Kass, hablo en serio. ¿Estás bien?
La sonrisa desaparece. Durante unos segundos sostiene mi mirada sin responder, y por primera vez desde que hemos salido de la mansión vuelve a parecer la chica apagada que he visto durante toda la semana.
Finalmente niega con la cabeza, un gesto pequeño pero sincero que consigue que la adrenalina se transforme de inmediato en preocupación.
—No —su respuesta me obliga a aflojar las manos sobre su cintura.
—Entonces, ¿crees que esto es buena idea?
Kass me observa como si la pregunta la sorprendiera. Después desliza una mano por mi pecho hasta llegar a mi nuca y vuelve a acercarse, aunque esta vez no me besa. Apoya la frente contra la mía y cierra los ojos durante un momento.
—Es la mejor idea del mundo —susurra—. Me apetece follar contigo, Nick. Me apetece que me hagas dejar de pensar en mis problemas durante un rato.
No sé qué problemas son esos ni por qué consigue que mi pecho se tense escucharla admitirlo, pero tampoco quiero convertir el momento en un interrogatorio. Aun así, necesito estar seguro de que no me está utilizando de una manera que mañana vaya a hacerle daño.
—Puedes hablar conmigo —le digo. Kassandra abre los ojos y me mira con una mezcla de ternura y tristeza que dura tan poco que casi podría convencerme de haberla imaginado.
—Hoy no quiero hablar.