Tocables Intocables (The Ruins 2) CAPÍTULO 15 BUENA SUERTE, CAMPEÓN
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CAPÍTULO 15 BUENA SUERTE, CAMPEÓN

BUENA SUERTE, CAMPEÓN

Nick

Llevo toda la semana pensando en Kassandra López, lo que empieza a parecerme un problema médico digno de estudio porque no importa lo que haga, dónde esté o cuántas veces intente convencerme de que solo fue una noche especialmente buena, mi cabeza encuentra siempre la manera de volver a ella.

Aparece mientras entreno, mientras estudio, mientras preparo la cena de Emma e incluso mientras intento dormir, instalada en algún rincón de mi cerebro con esa expresión de superioridad que utiliza cada vez que quiere hacerme creer que mi existencia le resulta profundamente molesta.

Tal y como imaginaba, ha recuperado su actitud distante conmigo en cuanto hemos vuelto al instituto.

Me ignora por los pasillos, responde a mis intentos de provocarla con algún gesto de fastidio y evita quedarse demasiado cerca de mí, como si temiera que alguien pudiera descubrir que hace apenas unos días se paseaba por mi casa con mi camiseta negra y el pelo revuelto y me pedía que le diera más cuando me la follé duro en mi cama.

Sin embargo, hay algo diferente en ella, algo que no encaja con la versión habitual de Kass y que me impide tomármelo todo como otro de nuestros juegos.

Está más seria, menos pendiente de lo que ocurre a su alrededor, y en muchas ocasiones ni siquiera reacciona cuando le hablo.

La he llamado creída, mandona y tirana en un mismo descanso y no ha respondido a ninguna de las tres cosas, lo cual debería ser suficiente para llamar a emergencias.

No es que ahora me dedique a observarla constantemente.

Eso sería ridículo, preocupante y, sobre todo, algo que jamás reconocería delante de nadie.

Lo que ocurre es que Kassandra siempre ocupa mucho espacio sin necesidad de intentarlo.

Habla alto, gesticula, se ríe de una forma que consigue llamar la atención de medio pasillo y camina como si todo el instituto le perteneciera, de modo que resulta imposible no darse cuenta cuando esa energía desaparece.

Esta semana se queda mirando a la nada durante las clases, pierde el hilo de las conversaciones con sus amigas y fuerza unas sonrisas que no llegan a sus ojos.

El miércoles incluso pasé junto a ella y le dije que debería dejar de mirarme con tanta intensidad porque la gente empezará a sospechar, pero ni siquiera levantó la cabeza.

Tuve que repetirlo dos veces hasta que parpadeó, me miró como si acabara de recordar dónde estaba y se limitó a decirme que me fuera a la mierda antes de seguir caminando.

No es una gran respuesta, pero al menos se parece un poco más a ella.

Intento convencerme de que no es asunto mío.

Ella ha dejado bastante claro que no piensa hablar de lo ocurrido ni acercarse a mí por voluntad propia, y yo no soy uno de esos tíos que persigue a una chica por los pasillos exigiendo explicaciones después de acostarse con ella.

Si Kassandra quiere fingir que no ha sucedido nada, puedo fingir mucho mejor que ella.

Llevo años actuando como si nada me afectara y, aunque últimamente la interpretación empieza a tener algunas grietas, todavía conservo cierta dignidad.

El problema es que cada vez que la veo con la mirada perdida siento una incomodidad extraña en el pecho, una especie de impulso de acercarme y preguntarle qué ocurre que no sé manejar, porque preguntar significaría admitir que me importa la respuesta y todavía no estoy preparado para averiguar hasta qué punto es eso verdad.

Por suerte, hoy tengo algo más importante en lo que pensar.

Jugamos uno de los partidos decisivos de la temporada y el vestuario entero vibra con esa mezcla de tensión, sudor y testosterona que convierte a cualquier grupo de adolescentes en una versión especialmente idiota de sí mismos.

Ryder está sentado en el banco de enfrente, ajustándose las protecciones con el ceño fruncido y esa expresión concentrada que adopta antes de salir al campo.

Lo observo durante unos segundos mientras termino de atarme las botas y pienso que, después de toda la semana soportando su cara de enamorado reprimido cada vez que Ava aparece cerca, puedo usar su atontado estado como una buena distracción del mío propio.

—Knox —lo llamo con tono solemne, apoyando los antebrazos sobre las rodillas—, necesito saber algo antes de que salgamos ahí fuera y quizá muramos defendiendo el honor de este equipo —Ryder levanta la mirada con desconfianza, porque me conoce lo bastante como para saber que ninguna frase que empieza de esa manera conduce a una conversación inteligente.

—No quiero saberlo.

—Sí quieres. Lo que pasa es que todavía no sabes cuánto —insisto, y cuando él vuelve a mirar sus botas, fingiendo que no existo, inclino el cuerpo un poco hacia delante—. ¿Ya has mojado el churro con Ava?

La zapatilla vuela hacia mi cabeza tan rápido que apenas tengo tiempo de apartarme.

Golpea la taquilla que hay detrás de mí y cae al suelo con un ruido seco mientras yo empiezo a reírme a carcajadas, incapaz de evitarlo, sobre todo cuando veo que Ryder aprieta la mandíbula y mira alrededor para comprobar si alguien más ha escuchado.

—Cállate, imbécil —gruñe, extendiendo una mano para que le devuelva la zapatilla.

—Eso no responde a mi pregunta —le advierto mientras la recojo y la mantengo fuera de su alcance—. Además, somos amigos. Se supone que tienes que compartir conmigo los momentos importantes de tu vida.

—El único momento importante que voy a compartir contigo será cuando te cosa la boca.

—Entonces entiendo que la respuesta es no —concluyo con fingida compasión, devolviéndole por fin la zapatilla—. No pasa nada, Ryder. Cada persona lleva su ritmo. Hay hombres que para llevarse a una chica a la cama necesitan tiempo, confianza, una buena conversación, velas aromáticas…

—Stone.

—Y luego estás tú, que probablemente necesites además un conjuro con sangre de ñu y pelo de unicornio.

Ryder se pone en pie de golpe y durante un segundo considero que quizá he llegado demasiado lejos, aunque su cara de pocos amigos solo consigue hacerme reír más.

Se acerca, me empuja con el hombro al pasar y murmura que espera que el primer defensa rival me parta por la mitad.

Yo le aseguro que, si eso ocurre, al menos moriré sin ser ignorado por una mujer, y esta vez tiene que agarrarme del cuello de la camiseta para impedirse responder con violencia delante del entrenador.

La conversación termina cuando nos llaman para salir al campo y todos empezamos a movernos hacia el túnel, pero Ryder camina a mi lado negando con la cabeza y yo noto cómo parte de la tensión previa al partido se disuelve.

Esa es una de las cosas que mejor hacemos el uno por el otro.

Cuando la vida se vuelve demasiado seria, siempre encontramos la forma de comportarnos como auténticos idiotas.

El rugido de las gradas nos recibe en cuanto salimos al campo y, durante unos segundos, todo queda reducido a luces, música, voces y esa descarga de adrenalina que me recorre el cuerpo cada vez que piso el césped con el uniforme puesto.

Debería estar mirando al equipo rival, repasando las jugadas o escuchando las últimas indicaciones del entrenador, pero mis ojos se desplazan de manera casi automática hacia el lateral donde se encuentra el equipo de animadoras.

No necesito buscar demasiado. Kassy está delante de todas, con el uniforme perfectamente colocado, el pelo recogido y una expresión concentrada mientras organiza una de las formaciones.

No parece la misma chica distraída que he visto durante toda la semana.

En el campo vuelve a ser la capitana que controla cada movimiento, corrige posiciones y consigue que las demás la sigan sin discutir.

La observo levantar los brazos para marcar el inicio de una coreografía y sonrío antes de poder evitarlo, porque verla en su elemento provoca algo parecido al orgullo, aunque no tengo ningún derecho a sentirlo.

Me obligo a apartar la mirada cuando Ryder me da un golpe en el casco y me pregunta si pienso jugar o quedarme contemplando a las animadoras.

Le respondo que se preocupe por no tropezar con sus propios pies y me coloco en posición, decidido a concentrarme.

Durante los primeros minutos lo consigo.

El ruido del estadio desaparece en cuanto empieza la jugada y mi cuerpo actúa por costumbre, leyendo movimientos, calculando distancias y reaccionando antes de que mi cabeza tenga tiempo de interferir.

Corremos, chocamos, gritamos y volvemos a colocarnos una y otra vez, hasta que todo se convierte en un ritmo que conozco de memoria.

Sin embargo, cada vez que hacemos una buena jugada, cada vez que Ryder consigue abrirse paso o yo completo un pase complicado, mi mirada termina regresando al mismo lugar.

Busco a Kassandra entre las animadoras para comprobar si me ha visto, lo que resulta absurdo porque llevo años jugando sin necesitar la aprobación de nadie y ahora parece que cada acción pierde parte de su valor si ella no está prestando atención.