CAPÍTULO 14 OLVÍDATE DE ÉL #3
—Van a hacer todo lo posible —explica con cuidado—. Y yo también. Voy a ponerme en manos de los médicos y voy a luchar todo lo que pueda, pero la situación no es sencilla y no quiero mentirte.
—¿Qué significa que no es sencilla?
Mi madre se inclina hacia mí, intentando tocarme, pero retiro la mano antes de que pueda alcanzarla. No quiero consuelo. El consuelo pertenece a las cosas que ya han ocurrido y esto no puede estar ocurriendo.
—Está bastante avanzado —consigue decir ella entre lágrimas.
Miro a mi padre esperando que la contradiga, pero él solo mantiene los ojos clavados en mí, y entonces comprendo que no me han sentado allí para contarme que está enfermo, sino para prepararme para la posibilidad de perderlo.
La idea entra en mi cabeza y mi cuerpo reacciona antes que yo.
Dejo de respirar, noto un dolor agudo en el pecho y tengo que agarrarme al borde de la silla porque la cocina parece inclinarse.
Pienso en mi padre entrando en mi habitación para despedirse antes de ir a trabajar, en cómo me guarda el último trozo de tarta, en todas las veces que se ha interpuesto entre mi madre y yo cuando sus comentarios se volvían demasiado crueles.
Pienso en la universidad, en mi graduación, en una boda que ni siquiera sé si querré tener algún día y en todos esos momentos futuros en los que siempre había imaginado su presencia sin molestarme en hacerlo de forma consciente, porque damos por sentado que las personas que nos quieren estarán allí para vernos convertirnos en quienes todavía no somos.
—No —murmuro, pero la palabra apenas sale de mi garganta—. No, papá.
Él se levanta y rodea la mesa para arrodillarse junto a mí. Me coge las manos entre las suyas y, aunque está temblando, intenta sonreír. Una sonrisa triste que termina de romper algo dentro de mí, porque incluso ahora, cuando es él quien debería tener miedo, sigue preocupado por protegerme.
—Escúchame, mi niña. Pase lo que pase, a ti no te va a faltar de nada.
Me he asegurado de eso y seguiré haciéndolo mientras pueda.
Quiero que termines el instituto, que llegues a la universidad y que tengas un futuro precioso, porque te lo mereces.
Te mereces todo lo bueno que pueda darte la vida, aunque ahora mismo no seas capaz de verlo.
Niego con la cabeza mientras las lágrimas empiezan a caerme sin que pueda contenerlas.
—No me importa la universidad.
—Ahora no —responde con una paciencia que hace que me duela todavía más—, pero algún día te importará. Y quiero que vayas. Quiero que estudies, que encuentres algo que te haga feliz y que no permitas que nada ni nadie te convenza de que vales menos de lo que vales.
Miro a mi madre sin querer hacerlo. Ella llora al otro lado de la mesa, y una parte terrible de mí piensa que mi padre es el único que me dice esas cosas, el único que nunca me observa como si fuera un problema que debe solucionarse antes de que alguien pueda quererme.
Si él desaparece, no sé quién va a recordarme que soy algo más que todos mis defectos.
No sé quién va a protegerme de las palabras protectoras pero duras de mi madre ni, peor todavía, quién va a protegerme de mí misma.
—Vas a estar allí —le digo, apretándole las manos—. Vas a verme ir a la universidad. Vas a verme terminarla. No puedes hablar como si no fueras a hacerlo.
Su sonrisa tiembla y sus ojos se llenan de lágrimas, aunque intenta parpadear para impedir que caigan.
—Me encantaría estar vivo para verte brillar, Kassandra.
No hay nada que desee más en este mundo.
No sé si podré, y siento muchísimo tener que decírtelo así, pero voy a intentarlo con todas mis fuerzas.
Voy a hacer todo lo que me digan los médicos y voy a luchar cada día que tenga, porque quiero estar. Quiero verlo todo.
Entonces lo abrazo. Me dejo caer de la silla y rodeo su cuello con los brazos, apretándolo con una desesperación infantil, como si pudiera impedir que la enfermedad avanzara únicamente negándome a soltarlo.
Mi padre me abraza con la misma fuerza y apoya la cara contra mi pelo.
Escucho a mi madre levantarse y acercarse a nosotros, pero durante unos segundos solo existimos él y yo, y vuelvo a sentirme como una niña que cree que su padre puede arreglar cualquier cosa.
El problema es que ahora sé que hay cosas que ni siquiera él puede prometerme solucionar.
Mientras lloro contra su hombro, pienso en la mañana.
Hace unas horas, la posibilidad de que Nick no volviera a buscarme me parecía una tragedia.
Ahora daría cualquier cosa por regresar a ese momento, por recuperar una vida en la que el peor de mis problemas fuera un corazón confundido y no la posibilidad de que el único hombre que siempre me ha querido sin condiciones desaparezca antes de verme convertirme en la mujer que él cree que puedo ser.
Y, de repente, todo lo demás deja de importar por completo. Lo único que importa es mi padre, el sonido de su corazón bajo mi oído y el miedo insoportable de que algún día ese sonido se detenga.