CAPÍTULO 14 OLVÍDATE DE ÉL #2
Las palabras salen de mi boca con una naturalidad que me da vergüenza.
Hablo de Ryder como si siguiera creyendo todo lo que se dice de él, aunque sé que salvó a Ava, del mismo modo que Nick me salvó a mí.
Supongo que es más sencillo proteger nuestras antiguas opiniones que reconocer que quizá llevamos años juzgando mal a las personas.
Ava me mira como si percibiera la contradicción, pero no insiste, y yo agradezco su silencio, aunque también me duela, porque una parte de mí esperaba que me obligara a hablar, que atravesara todas las mentiras y me concediera el alivio de no tener que decidir por mí misma si quiero contarle la verdad.
Veo a Nick antes de que termine la mañana.
Está al otro extremo del pasillo, hablando con Ryder y con otros chicos del equipo, y durante un segundo el instituto entero parece hacerse más pequeño, como si todas las personas que nos separan dejaran de existir y solo quedáramos él y yo unidos por la memoria de lo sucedido.
Tiene una expresión más seria de lo habitual, quizá cansada, pero cuando levanta la vista y me encuentra entre la multitud, su rostro cambia.
No es una sonrisa enorme ni una provocación descarada, sino algo más íntimo, una curva lenta en sus labios que parece reservada únicamente para mí y que me recuerda demasiado a la forma en la que me miró mientras desayunábamos.
Mi primer impulso es devolvérsela. Lo siento nacer antes de poder controlarlo, una calidez absurda que me sube por el pecho y amenaza con instalarse en mi cara, pero entonces recuerdo su respuesta a Emma, la seguridad con la que afirmó que yo nunca sería su novia, y termino girando la cabeza fingiendo que no lo he visto.
Continúo caminando junto a Ava y me obligo a mantener el paso firme, aunque cada parte de mí permanece atenta a su presencia, esperando oír que me llama, que viene detrás de mí o que convierte mi indiferencia en una de sus bromas.
No lo hace. Cuando me atrevo a mirar de reojo, ya ha vuelto a hablar con Ryder, y el dolor que siento es tan inmediato como humillante.
Eso es exactamente lo que quería. Quería demostrarle que no estoy afectada, que lo del sábado no cambia nada y que puede sonreírle a cualquier otra chica porque yo no pienso convertirme en una más de las idiotas que esperan algo de él.
Sin embargo, al conseguirlo solo me siento peor.
Durante el resto del día me repito que he hecho lo correcto, que es preferible detener esto antes de que empiece y que un momento de incomodidad no es nada comparado con la humillación de descubrir dentro de unas semanas que para él solo fui una noche entretenida.
Me lo repito tantas veces que las palabras pierden el significado, pero no consiguen borrar la imagen de su sonrisa ni la posibilidad de que yo haya visto decepción en sus ojos antes de apartar la mirada.
Cuando llego a casa por la tarde, lo primero que noto es el silencio.
Dejo la mochila junto a la entrada y avanzo hacia la cocina, donde encuentro a mis padres sentados a la mesa.
Mi madre tiene los ojos hinchados y las manos unidas con tanta fuerza que los nudillos se le han puesto blancos.
Mi padre está a su lado, más pálido de lo habitual, pero cuando me ve intenta sonreír.
Ese intento es lo que hace que el miedo me atraviese, porque mi padre siempre sonríe con facilidad, incluso cuando está cansado o preocupado, y ahora parece estar levantando con sus propias manos una expresión que pesa demasiado.
—¿Qué pasa? —pregunto, aunque mi voz suena pequeña y extraña.
Mi madre baja la mirada y comienza a llorar antes de que nadie haya pronunciado una sola palabra. Mi padre extiende una mano sobre la mesa y me indica la silla que hay frente a ellos.
—Siéntate, cariño.
No quiero hacerlo. Sentarme significa aceptar que la conversación va a durar más de unos segundos y que lo que tienen que decirme no se arregla con una frase tranquilizadora.
Me quedo inmóvil, mirándolos, esperando que alguno sonría y me explique que estoy delirando, pero mi madre se tapa la boca para contener un sollozo y mi padre vuelve a pedírmelo con esa voz suave que siempre utiliza conmigo.
—Siéntate, Kassandra, por favor.
Obedezco finalmente. Me siento frente a ellos y apoyo las manos sobre mis piernas para que no vean que empiezan a temblarme.
Durante unos segundos nadie habla. Escucho el zumbido del frigorífico, el movimiento del reloj de la pared y la respiración rota de mi madre, detalles insignificantes que mi cerebro se empeña en registrar porque sospecha que, cuando mi padre abra la boca, habrá un antes y un después.
—Los médicos me han encontrado un tumor —dice finalmente.
La palabra queda suspendida entre nosotros, pero no la comprendo. Sé lo que significa. Por supuesto que lo sé. Sin embargo, mi cerebro la rechaza como si estuviera pronunciada en otro idioma.
—¿Un tumor dónde?
Él inspira despacio antes de responder. Mi madre llora con más fuerza y yo deseo que se calle, no porque me moleste su dolor, sino porque necesito escuchar a mi padre con claridad, necesito que me explique que se han equivocado o que lo han encontrado a tiempo y que dentro de unos meses todos nos reiremos de lo asustados que estuvimos.
—Es cáncer, cariño.
Noto que algo se vacía dentro de mí. No es exactamente dolor, porque el dolor necesita una realidad que todavía no soy capaz de aceptar.
Es una ausencia repentina de todo lo que estaba sintiendo hace unos minutos, como si alguien hubiera borrado a Nick, el instituto, Ava, The Ruins y cualquier preocupación que hasta ese momento me pareciera importante.
Mi mundo se reduce a mi padre sentado frente a mí y a esa palabra que acaba de utilizar para hablar de sí mismo.
—Pero te vas a poner bien —afirmo, porque no es una pregunta y no estoy dispuesta a permitir que lo sea—. Te pondrán tratamiento o te operarán. La gente se cura. Hay muchísima gente que se cura.
Mi padre baja la mirada durante un segundo y esa pequeña rendición me asusta más. Él siempre sabe qué decirme. Cuando me siento mal, siempre encuentra una forma de hacer que el problema parezca más pequeño sin fingir que no existe. Ahora tarda demasiado en responder.