CAPÍTULO 14 OLVÍDATE DE ÉL
OLVÍDATE DE ÉL
Kassy
El buen humor con el que salgo de casa de Nick el domingo por la mañana se va evaporando poco a poco.
Al principio me digo que no ha pasado nada importante, que simplemente he vivido una experiencia bastante mejor de lo que esperaba con un chico que, además de saber perfectamente qué hacer con las manos, la boca y el resto de su cuerpo, resulta ser mucho menos imbécil de lo que aparenta cuando se pasea por los pasillos del instituto con esa sonrisa arrogante que provoca que media población femenina pierda la capacidad de pensar.
Ha estado bien. Más que bien, para qué engañarme.
Ha sido increíble, pero una experiencia increíble no tiene por qué convertirse en una tragedia romántica, ni en el inicio de una historia, ni en una de esas situaciones lamentables en las que una chica empieza a interpretar cada mirada y cada gesto como una promesa que nadie le ha hecho.
Dos personas se atraen, pasan una noche juntas, disfrutan y después continúan con sus vidas.
Eso es lo que hacen las personas maduras, seguras de sí mismas y emocionalmente estables, tres cualidades que, por supuesto, yo poseo en cantidades industriales siempre que nadie se moleste en comprobarlo.
El problema llega cuando recuerdo a su hermanita preguntándole a él si yo voy a ser su novia y a Nick contestando que no con la rapidez suficiente como para que la respuesta no admita dudas, matices ni posibilidades futuras.
No es que yo quiera ser su novia. No lo quiero.
Sería ridículo querer algo así después de una sola noche, sobre todo teniendo en cuenta que hablamos de Nicholas Stone, un chico que parece haber nacido con alergia al compromiso y que colecciona conquistas como churros.
Sin embargo, hay una parte estúpida, vanidosa y mucho más vulnerable de lo que estoy dispuesta a reconocer que esperaba que al menos titubeara, que necesitara un segundo para responder o que su cara reflejara alguna clase de conflicto antes de negar la posibilidad.
Porque durante la noche no había parecido indiferente.
Cuando me miraba, parecía afectado, y no me refiero únicamente a la reacción evidente de su cuerpo, sino a algo más difícil de explicar, algo en la forma de observarme como si intentara aprenderse cada parte de mí, en cómo me tocaba con una mezcla extraña de hambre y necesidad y en la manera en la que, después, seguía mirándome aunque ya no necesitara conseguir nada.
Yo lo había sentido. O eso creía. Había pensado que no era la única que había confundido el deseo con algo más profundo.
Las dudas sobre Nick tardan poco en convertirse en dudas sobre mí misma, porque mi cerebro siempre encuentra la forma más rápida de hacerme responsable de cualquier decepción, incluso de aquellas que todavía no han ocurrido.
Quizá me miraba así porque estaba drogada, vulnerable y medio desnuda en su cama.
Quizá fue cariñoso porque cualquier persona con una mínima cantidad de decencia habría hecho lo mismo.
Quizá lo ocurrido después solo fue la consecuencia lógica de tener a una chica disponible, agradecida y lo bastante alterada como para no pensar con claridad.
Quizá no le gustó tanto como parecía mostrar.
Quizá cuando me dijo que estaba preciosa no hablaba en serio.
Quizá suele hablarles de esa manera a todas porque sabe que los cumplidos abren muchas más piernas que las sonrisas bonitas, y Nick tiene experiencia suficiente como para conocer todas las combinaciones posibles.
A partir de ahí, mi cabeza se convierte en un lugar insoportable donde cada recuerdo bonito encuentra inmediatamente una explicación que lo vuelve menos especial, hasta que termino convenciéndome de que lo más inteligente es dejar de pensar en lo que sentí y concentrarme en lo que sé.
Sé que sigue siendo Nick. Sé que no quiere una novia.
Sé que se aseguró de que su hermana y yo lo entendiéramos.
Sé que, por mucho que me haya salvado la vida, que haya cuidado de mí mejor que cualquier otro chico y que se haya mostrado más responsable y maduro de lo que yo habría imaginado, él no se ha dejado confundir por una sola noche.
Por tanto, yo tampoco puedo permitirme ser tan idiota como para hacerlo.
El lunes por la mañana me levanto de un humor espantoso, lo que al menos me permite recuperar una versión de mí misma que reconozco.
Me maquillo con más cuidado de lo habitual, elijo una ropa que me favorece y me esfuerzo en cubrir cualquier rastro de cansancio, porque no pienso darle a nadie la satisfacción de verme afectada, mucho menos a Nick.
Frente al espejo, ensayo una expresión de indiferencia que, según yo, resulta bastante convincente y, según la parte más sincera de mi cerebro, se parece demasiado a la cara de alguien que está intentando esconder que alguien le importa más de la cuenta.
Me obligo a levantar la barbilla, recojo mis cosas y salgo de casa antes de que mi madre pueda preguntarme qué quiero para el desayuno.
No tengo ganas desayunar otra vez delante de ella y escucharla comentar que, debería elegir cosas menos calóricas, que seguro que me vendría bien perder un poco de peso, como si cada plato que dejo sin tocar fuera un triunfo y cada vez que tengo hambre una debilidad moral de la que debería avergonzarme.
Cuando llego al instituto, Ava me espera cerca de las taquillas y basta con verla caminar hacia mí con esa expresión preocupada para saber que no voy a poder atravesar la mañana fingiendo que el sábado no pasó nada.
Me pregunta cómo estoy y yo me encojo de hombros, fingiendo que lo que siento es una resaca común, porque admitir que nos drogaron y que, más concretamente, fui yo quien nos drogó, convertiría nuestra amistad en cenizas y mi mayor vulnerabilidad pasaría a ser de dominio público.
—No estoy de ánimo, me siento como la mierda —murmuro mientras abro la taquilla y evito mirarla—. Estaba muy borracha.
—Kassy… —Hay algo en su tono que me obliga a cerrar los ojos durante un instante, con esa mezcla de cuidado y advertencia, que solo usa cuando sabe que estoy mintiendo y todavía espera que tenga la dignidad suficiente para reconocerlo antes de que me obligue.
—¿Qué?
—No estábamos borrachas —ella suspira—. Nos drogaron.
—Lo sé, y no me apetece hablar de ello —respondo sin mirarla, concentrándome en cambiar unos libros de sitio.
—¿No te apetece hablar de ello? Porque yo creo que es algo serio.
—¿Qué quieres que haga? ¿Que monte una investigación criminal?
Mi tono suena mucho más agresivo de lo que pretendo, pero no sé cómo explicarle que hablar de esas drogas significa explicarle cómo me siento conmigo misma y luego hablar de lo que sucedió después, y hablar de lo que sucedió después significa pronunciar el nombre de Nick, contarle que desperté en su casa, que conocí a su madre y a su hermana, que desayuné con él como si durante unas horas hubiéramos sido una familia extraña y desastrosa, y que me acosté con el chico al que llevo años despreciando mientras descubría que quizá nunca había tenido ninguna razón verdadera para hacerlo.
Ava es mi mejor amiga. Pero no puedo contarle lo de Nick todavía.
Si lo digo en voz alta, dejará de ser una noche que puedo guardar en un rincón de mi cabeza y se convertirá en algo que existe fuera de mí, algo que ella podrá analizar, cuestionar y, peor todavía, interpretar correctamente.
—Solo quiero saber qué pasó el sábado. ¿Recuerdas algo? ¿Quién nos dio la bebida? Yo no me acuerdo de nada claro.
—No sé quién nos dio la bebida —la corto, tajante—. Y no quiero hablar del tema, Ava. Por favor.
Ella frunce el ceño y me observa con una intensidad que me incomoda, porque Ava me conoce lo bastante como para saber que el problema va más allá de una pastilla de una noche.
Yo siempre soy la primera en reconstruir un acontecimiento, en analizar cada conversación y en convertir cualquier detalle sospechoso en una teoría completa, pero ahora solo quiero cerrar la puerta, echarle siete llaves y fingir que detrás no hay nada que pueda dañarme.
—¿Estás bien? Mi padre no sabe nada, ¿y los tuyos?
—Mis padres no saben nada —respondo rápidamente, casi nerviosa—.
Y tienen que seguir sin saberlo. Si se enteran, se acabó todo.
No más fiestas, no más salidas… nada. Nos protegieron, ¿vale?
Nos salvaron de quien fuera que quería drogarnos y jodernos y punto.
Hemos tenido suerte, Ava. Esta es la última puta vez que cojo una bebida de alguien.
Pero nos han salvado el culo y eso es lo único que importa.
—Sí, a mí me salvó Ryder —dice en voz baja, observándome—. ¿Y a ti?
Mi cuerpo se pone rígido antes de que pueda evitarlo.
Bajo la mirada hacia el suelo y después compruebo a ambos lados del pasillo, como si existiera la posibilidad de que Nick estuviera cerca y pudiera escuchar cómo lo convierto en un secreto.
No sé qué me preocupa más, que alguien descubra que pasé la noche en su casa o que él me oiga fingir que no significó nada.
—No vamos a hablar de eso, Ava. Fue un espectáculo horrible.
Tú casi sales volando por el tejado de The Ruins y menos mal que el inadaptado ese de Knox se dio cuenta de que ibas al piso de arriba y te siguió para poder impedirlo.
Yo por mi parte me guardaré el secreto para mí de que te llevó él a tu casa.
Nadie va a relacionarte con Knox, no te preocupes por eso, amiga.