CAPÍTULO 13 ESTAMOS MALDITOS
ESTAMOS MALDITOS
Nick
Es domingo por la tarde y no consigo borrar la sonrisa de la cara.
Llevo todo el día pensando en ella. En Kassandra López.
En cómo se movía encima de mí, en cómo me miraba mientras se corría, en cómo se mordía el labio intentando no hacer ruido y aun así se le escapaban esos gemidos que me volvieron loco.
Se fue solo hace unas horas de mi casa y ya quiero verla de nuevo.
Ya tengo ganas de cruzarme con ella por el instituto, de provocarla solo para ver cómo se le encienden las mejillas y cómo intenta disimular que le afecto.
Porque sé que le afecto. Lo vi anoche. Lo sentí.
A mí también parece que me afecta ella. De otro modo, ya me habría quitado de la cabeza la imagen de Kassandra con mi camiseta negra que le queda ridículamente grande y que, aun así, consigue que parezca la chica más guapa que he visto en mi vida.
Qué desastre. Hace apenas unas semanas no podía soportarla.
O eso me repetía cada vez que la veía cruzar el pasillo del instituto con esa expresión de reina ofendida que parece reservar sobre todo para mí.
Ahora daría cualquier cosa por verla poner otra vez esa misma cara.
Sé perfectamente lo que va a pasar mañana.
Me ignorará delante de todo el mundo, responderá a mis bromas con una mirada asesina y fingirá que las últimas horas nunca han existido.
Y, contra todo pronóstico, esa idea no me molesta.
Me hace gracia. Porque ahora conozco la versión de Kassandra López que nadie más ve.
La que se ríe y zampa tortitas con el pelo enmarañado y restos de maquillaje en la cara como si fuera normal.
Y la verdad es que así no parece normal, está perfecta la muy desgraciada.
Estaba preciosa sin querer estarlo. También he visto a la Kassandra López que en lugar de salir corriendo de mi casa al ver que tengo un desastre de madre y una hermana pequeña demasiado intensa, ha decidido quedarse, comprarnos un desayuno digno de reyes y hasta ha jugado con Emma mientras yo recogía la mesa, y no parecía molesta con ello.
Y, joder... no llevo ni medio día sin verla y ya la echo de menos.
En ese momento suena el teléfono. Miro la pantalla. Me está llamando mi colega Justin. Descuelgo todavía sonriendo.
—¿Qué pasa, tío?
—Nick... necesito que vengas —escucho la voz de mi amigo con un jadeo acelerado y eso basta para que todo el buen humor que llevo arrastrando desde esta mañana empiece a desmoronarse.
Hay algo en su voz que me pone inmediatamente en alerta.
Noto cómo todos los músculos de mi cuerpo se tensan al mismo tiempo.
—¿Qué ha pasado?
—Es Carter.
Y, de repente, Kass desaparece de mi cabeza. La sonrisa. El desayuno. Los maravillosos polvazos que hemos echado… Todo se esfuma como si alguien hubiera apagado la luz de golpe.
—¿Carter? ¿Qué le pasa? —pregunto tensionado.
—No lo sé, tío. Joder... No lo sé. Está hecho una mierda. Apenas puede mantenerse consciente. Necesito que vengas con el coche de tu madre. No tengo cómo llevarlo al hospital.
Mientras habla ya estoy recorriendo la casa a grandes zancadas buscando las llaves del coche de mi madre. Ni siquiera recuerdo dónde las dejé anoche, cuando volví con Kassandra de The Ruins. Abro un cajón. Después otro. Las encuentro encima del aparador del salón y las agarro con fuerza.
—Mándame la ubicación. Salgo ahora mismo.
Ni siquiera espero a que responda. Cuelgo porque no pienso perder un solo segundo.
Antes de salir paso por la habitación de mi madre.
La puerta permanece entreabierta y la encuentro incorporada sobre la cama, todavía con el maquillaje corrido de la noche anterior y el pelo completamente enredado.
Tiene apoyado sobre las piernas el plato donde esta mañana le he dejado las sobras de las tortitas del desayuno y las va picando distraídamente con un tenedor de plástico mientras mira cualquier programa absurdo en la televisión.
Tiene mala cara. Muchísima. Pero al menos está consciente, y hoy eso ya es casi una buena noticia.
—Tengo que salir —digo con sequedad y ella levanta la vista hacia mí con expresión cansada.
—¿Ha pasado algo? —pregunta y parece interesada. Durante un instante dudo si contarle la verdad. Después recuerdo que Emma está en el salón y decido ahorrarle detalles.
—Un amigo necesita ayuda —digo simplemente y ella asiente despacio. Miro un segundo hacia el pasillo, donde escucho a Emma reírse con los dibujos animados—. Quédate con Emma, ¿vale? No tardaré.
—Claro. Estoy bien. Ve tranquilo.
Y, sin embargo, permanezco inmóvil un instante más, observándola como si intentara averiguar si realmente puedo confiar en esa respuesta.
Me siento miserable haciéndolo. Es mi madre.
Quiero creerla. Necesito creerla. Necesito pensar que, durante un par de horas, Emma va a estar bien.
Si no puedo dejar a Emma dos horas con nuestra propia madre, entonces hace tiempo que dejamos de tener una madre y solo nos queda una mujer que vive en esta casa.
Es triste la velocidad con la que uno puede rebajar el significado de la palabra "bien".
Para cualquiera, bien sería verla levantarse con energía, preparar café o preguntar cómo he dormido o cómo me va en el instituto.
Para mí, en mi realidad, bien significa simplemente que hoy mantiene los ojos abiertos y es capaz de cuidar de Emma un par de horas.
Cuando llego a la ubicación que me ha enviado Justin, el corazón me da un vuelco.
Él está en mitad de la acera sujetando a Carter por debajo de los brazos mientras intenta impedir que termine desplomándose contra el suelo.
Durante un segundo no lo reconozco. Tiene medio rostro completamente amoratado, el labio partido, la camiseta llena de manchas de sangre y uno de los ojos tan inflamado que apenas consigue mantenerlo abierto.
Parece más un boxeador después de perder doce asaltos que el mismo tío que hace apenas un día se estaba riendo con nosotros en The Ruins.
Salgo del coche prácticamente antes de apagar el motor y corro hasta ellos.
Entre Justin y yo conseguimos levantarlo con muchísimo cuidado.
Carter apenas colabora. Está consciente a ratos.
Murmura algo que ninguno entendemos y deja escapar un gemido ronco cuando lo acomodamos en el asiento trasero.
Cierro la puerta despacio para no hacerle más daño y rodeo el coche hasta sentarme al volante.
Durante unos segundos no arranco. No puedo.
Me quedo mirando fijamente el parabrisas mientras intento ordenar las ideas. Después giro la cabeza hacia Justin.
—¿Qué coño ha pasado? —pregunto. Él se pasa ambas manos por el pelo con un gesto de impotencia que nunca le había visto.
—No tengo ni puta idea —dice abatido. Tiene los ojos completamente abiertos, todavía en estado de shock—.
Me llamó hace veinte minutos. Solo repetía mi nombre.
Ni siquiera entendía lo que decía. Salí corriendo hacia su casa...
pero no llegué porque me lo encontré tirado en mitad de la calle a pocos metros de llegar a su casa —se queda callado unos segundos.
Baja automáticamente la voz, aunque Carter apenas parece escucharnos—. Creo... creo que ha sido su padre.
Un escalofrío me recorre la espalda. Ese hombre siempre me ha dado miedo porque cuando pierde el control deja de parecer una persona.
Se convierte en otra cosa. En alguien capaz de hacer daño sin medir las consecuencias.
Aprieto las manos alrededor del volante hasta notar cómo los nudillos empiezan a dolerme.
—¿Sabes por qué? —intento averiguar.
—No —Justin niega lentamente y luego suspira—. Pero llevaba unas semanas muy raro.
Y entonces un recuerdo aparece en mi cabeza con una claridad que me obliga a apartar la vista de la carretera incluso antes de arrancar.
Una conversación que en su momento me pareció una chorrada y que ahora regresa para darme una hostia en toda la cara.
La noche en que Carter me hizo una pregunta de lo más extraña durante una fiesta en The Ruins: "¿Qué harías si te pusiera muchísimo una chica que sabes que tu padre no aprobaría... y dependieras del trabajo de la empresa familiar donde él es tu jefe?” En aquel momento pensé que era una de esas conversaciones absurdas que aparecen cuando llevas un par de copas encima. Ahora ya no me hace ni puta gracia.
Arranco el coche y comienzo a conducir hacia el hospital mientras una idea desagradable empieza a abrirse paso dentro de mi cabeza.
—Justin... —él gira la cabeza— ¿Sabes si Carter está con alguna chica? —pregunto y Justin me mira completamente desconcertado.
—Que yo sepa, no. ¿Por qué?
Aprieto un poco más el volante. No quiero tener razón. De verdad que no. Pero cada vez estoy más convencido.
—Porque creo que ese es exactamente el problema. Joder… estamos malditos.