Tocables Intocables (The Ruins 2) CAPÍTULO 12 REALIDADES OCULTAS #2
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CAPÍTULO 12 REALIDADES OCULTAS #2

La pequeña rompe a reír y esconde la cara en su cuello mientras él le besa el pelo casi sin darse cuenta.

Me derrito observándolos. No tengo ni idea de dónde ha ido a parar el chico peligroso del instituto.

Delante de mí solo hay un hermano mayor completamente entregado a una niña que lo mira como si fuera el lugar más seguro del mundo.

Y no sé muy bien cuándo sucede, pero siento que dentro de mí se están rompiendo todos los prejuicios con los que llevo meses mirándolo.

El timbre vuelve a sonar unos minutos después. Nick abre la puerta y frunce el ceño al encontrarse con un repartidor cargado de bolsas.

—Creo que te has equivocado —dice Nick y el chico consulta el nombre en la aplicación.

—¿Nicholas Stone?

—Sí.

—Entonces es aquí.

—Yo no he pedido nada —niega Nick despacio. Levanto la vista desde la cocina y sonrío.

—¡No se ha equivocado! —grito y los dos giran la cabeza al mismo tiempo hacia mí—. He sido yo.

Durante unos segundos Nicholas no dice absolutamente nada. Observa las bolsas. Después me observa a mí. Después vuelve a mirar las bolsas, como si todavía estuviera intentando comprender por qué alguien haría algo así por él.

—Kass... —sacudo la cabeza antes incluso de que termine la frase.

—No me parecía justo dejar que cocinaras después de todo lo que me has cuidado esta noche. Te debía una, Stone.

Emma aplaude emocionada al descubrir las tortitas y sale disparada hacia la mesa mientras Nick baja ligeramente la cabeza, soltando una risa tímida rara en él. Cuando vuelve a mirarme, ya no encuentro rastro de aquella vergüenza que hace unos minutos le nublaba los ojos. Solo hay gratitud.

—Ahora soy yo el que está en deuda contigo.

Niego mientras comienzo a sacar platos y vasos de las bolsas.

Luego lo observo sentar a Emma en su sitio antes de servirle el chocolate caliente, partirle las tortitas en trozos pequeños para que no se manche demasiado y limpiarle con el pulgar una gota de cacao de la comisura de los labios antes incluso de que ella se dé cuenta de que está ahí.

Y es precisamente en ese instante cuando comprendo que quien realmente acaba de recibir una sorpresa no ha sido Nicholas.

He sido yo. Porque jamás habría imaginado que detrás del chico al que llevaba meses juzgando sin conocer existiera alguien capaz de hacer tambalear, en apenas unas horas, absolutamente todas las certezas que creía tener sobre él.

Cuando terminamos de desayunar, el ambiente en la cocina se vuelve más ligero, casi familiar.

Emma está feliz, con restos de chocolate en las comisuras de los labios, y Nick la mira con esa ternura que me desarma cada vez que la veo.

Me levanto para ayudar a recoger los platos, pero él me detiene con una mano suave en el brazo.

—Quédate un momento con Emma. Yo me encargo.

Cuando termina de limpiar, le pide a su hermanita que se quede en el salón viendo los dibujos animados mientras él me ayuda a recoger mis cosas y a despedirse de mí. Emma pone un mohín adorable, cruzando los brazos sobre el pecho.

—No quiero que Kassy se vaya —protesta con voz infantil—. Ella tiene el pelo muy largo y puede jugar a las peluquerías conmigo y ponerle mis moñitos rosa. Contigo nunca me salen bien.

Aguanto una risa mirando a Nick. ¿En serio se deja poner moñitos rosa por su hermana?

Eso es del todo adorable. Me imagino a este chico alto, musculoso y con esa fama de peligroso sentado en el suelo dejando que su hermanita le ponga lazos y moños en el pelo, y, dios, ya no puedo más con tantas sorpresas provenientes de este hombre.

Nick pone los ojos en blanco, pero hay una sonrisa tierna en sus labios cuando coge a Emma en brazos y le da un beso en la frente.

—Solo será un rato que vas a estar sola, enana.

Kass se tiene que ir a casa porque su papá estará preocupado.

Pero yo prometo que luego jugamos tú y yo a lo que quieras —Emma suspira dramáticamente, pero termina aceptando y se va al salón obediente.

Nick me mira entonces, extendiendo la mano hacia mí—. Ven.

Lo sigo hasta su habitación. En cuanto cierra la puerta detrás de nosotros, se acerca a mí con esa sonrisa tan típica suya.

Ahora esa sonrisa no me parece nada prepotente.

Me parece maravillosa. Una persona que sonríe como él a pesar de todas las mierdas que le ha tocado vivir es absolutamente maravilloso.

—Bueno, supongo que ya no puedo hacer más el ridículo contigo.

Solo espero que no haya jodido tanto tu libido como para que no me dejes despedirme de ti en condiciones —me susurra con voz seductora al oído.

Le sonrío con picardía y contesto, bajando la mano por su pecho musculoso hasta llegar a su polla, que ya está dura bajo los pantalones.

—Mi libido no ha estado nunca tan alta, Stone.

Lo beso con erotismo, sintiendo cómo su cuerpo responde al instante. Nick gime en mis labios.

—Sabía que eras mala y que disfrutarías viendo a un pobre hombre hacer el ridículo —susurra con voz rasposa—. No me importa, Kassandra. Haré más el ridículo aún si me dejas follarte una vez más.

El beso entre ambos se vuelve más apasionado. Nos apretamos el uno contra el otro, buscando más contacto, más calor.