CAPÍTULO 12 REALIDADES OCULTAS
REALIDADES OCULTAS
Kassy
Todavía llevo una sonrisa dibujada en los labios cuando me incorporo sobre la cama.
No sé exactamente en qué momento ha desaparecido el nudo que llevo instalado en el pecho desde hace semanas, pero durante unos minutos consigo olvidarme de él.
Solo existe el silencio de esta habitación, el calor que aún permanece atrapado entre las sábanas y la sensación extraña de haber pasado la noche más caótica de mi vida en compañía de la última persona con la que habría imaginado despertar hace apenas veinticuatro horas.
Nicholas ya está de pie, rebuscando algo dentro de un cajón mientras se coloca una camiseta limpia, y cuando se gira hacia mí descubro que vuelve a tener esa sonrisa torcida que siempre me ha parecido tan irritante...
y que, por algún motivo completamente absurdo, ahora me resulta muchísimo más bonita.
—Te prometí un desayuno —levanta las cejas con gesto solemne, como si acabara de hacer el juramento más importante de su vida, y no puedo evitar reírme.
—¿Es una promesa peligrosa?
—Conociendo mi cocina... bastante —la carcajada se me escapa antes de poder evitarlo.
Me levanto despacio y busco mi ropa con la mirada, pero él niega inmediatamente con la cabeza—.
Todavía está húmeda —entonces recoge la camiseta negra que había dejado doblada sobre la silla y me la tiende—. Ponte esta otra vez.
La deslizo por mi cuerpo sin discutir. Me queda enorme. El bajo me llega prácticamente a medio muslo y las mangas me tapan media mano. Cuando termino de colocármela levanto la vista y descubro que Nick me observa durante apenas un segundo antes de apartar los ojos con una sonrisa discreta.
—Te queda mejor que a mí.
—Eso es físicamente imposible. Me queda enorme.
—Pues aun así, estás preciosa.
Niego, divertida y, antes de que pueda responder, él alarga la mano hacia mí. No dice nada. Simplemente espera. La miro un instante. Después entrelazo mis dedos con los suyos. Y, por extraño que parezca, el gesto me pone mucho más nerviosa que cualquier beso.
Me conduce fuera de la habitación con absoluta naturalidad, como si llevarme de la mano fuera algo que hiciera todos los días.
El pasillo es estrecho, las paredes necesitan una mano de pintura y la madera del suelo cruje bajo nuestros pasos.
Todo resulta sencillo, incluso viejo, pero también extrañamente acogedor.
Al llegar al salón, el aire parece cambiar de golpe.
Hay una mujer, que intuyo será su madre, profundamente dormida sobre el sofá, que pareciera que está completamente vencida por el alcohol u otra sustancia.
Tiene un brazo colgando hacia el suelo, el pelo cubriéndole media cara y una manta enredada alrededor de las piernas como si hubiera intentado taparse a mitad de la noche sin llegar a conseguirlo.
Nick suspira. No protesta ni parece nada sorprendido. Simplemente se acerca hasta ella con una calma que me llama la atención, aparta con muchísimo cuidado el pelo de su rostro y la levanta despacio entre sus brazos.
—Perdona un momento —asiento sin decir nada.
Lo observo desaparecer escaleras arriba cargando a su propia madre con una facilidad que solo puede tener alguien que ha repetido aquel gesto demasiadas veces.
Todo forma parte de una rutina silenciosa que me parece bastante cruel para alguien tan joven como él.
Y entonces comprendo algo. Anoche no supo ayudarme porque fuera especialmente valiente.
Supo ayudarme porque lleva tiempo haciéndolo con su madre.
Pero, ¿cuánto tiempo? ¿Es algo esporádico, o se repite mucho esta situación en esta casa?
Cuando vuelve a bajar intenta recomponer aquella sonrisa despreocupada que siempre luce, pero ahora soy incapaz de verla de la misma forma.
Sé demasiado. O, al menos, sé lo suficiente para descubrir que detrás de ella hay grietas enormes.
Se frota las manos como si quisiera borrar de ellas la escena que acaba de vivir y se dirige directamente hacia la cocina con un entusiasmo tan exagerado que resulta evidente que está fingiendo.
—Bueno... Veamos qué puedo preparar.
Abre la nevera con decisión, permanece varios segundos completamente inmóvil observando el interior y, poco a poco, esa expresión segura va desapareciendo de su rostro.
Después abre un armario. Luego otro. Después otro más.
Cada vez tarda menos en cerrarlos, como si ya conociera de memoria el contenido de todos ellos y aun así siguiera buscando un milagro que nunca aparece.
Finalmente apoya ambas manos sobre la encimera y deja escapar un suspiro cargado de una frustración que intenta disfrazar inmediatamente con una media sonrisa.
—Esto empieza a parecer un concurso.
No puedo evitar sonreír al verlo esforzarse tanto por quitarle importancia a algo que, claramente, le avergüenza.
—¿Un concurso?
Él deja escapar una risa breve mientras vuelve a abrir un cajón, aunque los dos sabemos que dentro no va a aparecer nada distinto de lo que acaba de encontrar en los anteriores.
—Encuentra algo comestible antes de que tu invitada descubra que sobrevives a base de tostadas de pan duro.
Mi mirada viaja sola hacia el interior del cajón.
Un paquete de espaguetis abierto, dos latas de tomate triturado, un bote de cacao y poco más.
Nada que se parezca al desayuno que hace apenas unos minutos me había prometido con tanta seguridad.
Cuando vuelve a cerrarlo, lo hace muy despacio, evitando mirarme durante unos segundos.
Creo que es la primera vez desde que conozco a Nicholas Stone que lo veo verdaderamente incómodo.
—Lo siento... —murmura al fin, casi en voz baja, apoyándose de espaldas contra la encimera—. No esperaba tener visita.
No continúa la frase, pero tampoco hace falta.
Todo empieza a encajar con una precisión que me resulta dolorosa.
Llevo meses creyendo que Nicholas Stone pertenece a ese pequeño grupo de chicos chulos y peligrosos a los que la vida les da igual y, sin embargo, aquí estoy, contemplando a un chico que lleva el peso a sus espaldas de una familia entera, bastante desestructurada.
Siempre creí que era un despreocupado y un irresponsable con la vida en general.
Y lo cierto es que yo no lo habría hecho mejor que él dada su situación.
Yo habría entrado en pánico hace mucho. ¿Cuántas veces lo habré llamado irresponsable solo porque suspendía?
¿Cuántas veces habré pensado que simplemente no quería estudiar?
¿Y si nunca tuvo tiempo? ¿Y si mientras yo llegaba a casa para enfocarme únicamente en qué estudiar y qué modelito ponerme al día siguiente, él llegaba para acostar a una mujer que ni siquiera podía mantenerse en pie?
Estoy a punto de decirle que no tiene que pedir perdón por absolutamente nada cuando el sonido de un teléfono rompe el silencio.
Él mira la pantalla, frunce ligeramente el ceño y me dedica una mirada rápida antes de contestar.
—Perdona. Tengo que cogerlo. Es la madre de una amiga de mi hermana Emma y mi hermana se ha quedado con ellos esta noche. A lo mejor ha pasado algo…
Se aleja unos pasos mientras habla y yo aprovecho para recorrer la cocina con la mirada.
Hay una fotografía enmarcada apoyada sobre una estantería en la que aparece seguramente la hermana de la que me acaba de hablar, bastante pequeña, subida a hombros de Nick mientras ambos sonríen a la cámara con una felicidad tan sincera que cuesta creer que pertenezca a la misma casa donde una madre suele quedarse inconsciente sobre un sofá y no tiene nada para dar de comer a sus hijos.
Escucho la conversación a medias. Primero la sorpresa. Después la preocupación.
—¿Cómo que un accidente?... ¿Está bien?... Vale... Claro... No os preocupéis. Traédmela. Yo me quedo con ella. ¡Ah! ¿Ya venís de camino? Sí, sí, estoy en casa. Gracias.
Mientras continúa escuchando las explicaciones, veo mi bolso sobre una mesa auxiliar junto al pasillo y saco el móvil casi por impulso.
No quiero que vuelva a abrir un solo armario más buscando comida que sé perfectamente que no existe.
Entro en la aplicación de reparto y comienzo a llenar la cesta sin pensarlo demasiado.
Tortitas. Cruasanes. Huevos revueltos. Zumo de naranja.
Fruta recién cortada. Chocolate caliente para Emma.
Café para él… Todo aquello que uno desearía encontrar una mañana cualquiera sobre la mesa de su cocina.
Pulso el botón de confirmar justo cuando Nick termina la llamada.
—Perdona, Kass. Mi hermana se estaba quedando este fin de semana en casa de una amiga, pero ha habido un accidente doméstico. Han tenido que salir corriendo al hospital. El padre de la amiga de Emma se ha roto la pierna y vienen a dejarla aquí.
Asiento, guardando el teléfono otra vez en el bolso disimuladamente.
No tardan demasiado en llamar a la puerta. Apenas la abre cuando una niña de rizos rubios se lanza sobre él como un pequeño torbellino.
—¡Nicky!
Él casi pierde el equilibrio al agacharse para recogerla en brazos, pero termina riéndose con una naturalidad que jamás le había visto.
Hay algo completamente distinto en esa sonrisa.
No intenta impresionar a nadie. No presume.
No coquetea. Solo abraza a su hermana con una ternura tan absoluta que durante unos segundos me olvido incluso de respirar.
—¿Te lo has pasado bien? —pregunta Nick con cariño y la niña asiente con tanta energía que el pelo le rebota sobre los hombros.
—¡Muchísimo! Hemos hecho una cabaña con mantas y he ganado tres veces al Uno.
—¿Tres veces? Eso suena sospechoso.
—¡No hice trampas!
—Seguro que no...