CAPÍTULO 11 NOCHES EN VELA
NOCHES EN VELA
Nick
Llevo a Kassandra en brazos hacia el coche de mi madre, sintiendo el peso de su cuerpo contra el mío de una forma que me descoloca por completo.
No es solo el peso físico. Es el peso de la responsabilidad que cae sobre mí como una losa cada vez que alguien necesita que sea el adulto de la situación.
Su cabeza descansa contra mi pecho, su respiración es irregular y cálida contra mi camiseta, y yo no puedo evitar sentir una mezcla extraña de ternura y frustración.
Ternura porque verla así, vulnerable y confiada en mis brazos, me remueve algo que no suelo dejar salir, al menos no con nadie que no sea Emma.
Frustración porque sé que esto no debería estar pasando.
Porque sé que yo no soy el tipo de chico que debería estar salvando a nadie, y mucho menos a alguien como ella.
Por fortuna no he bebido nada esta noche y puedo hacerme cargo de la situación.
El coche de mi madre lleva meses parado en casa desde que perdió la licencia por conducir ebria, pero yo lo uso de vez en cuando para no dejarlo morir del todo, y porque la verdad me viene bien.
Arranco el motor y miro de reojo a Kassandra, que está recostada en el asiento del copiloto con la cabeza apoyada contra la ventanilla.
Su respiración es irregular, pero sigue tarareando bajito la canción que suena en la radio.
La animo a seguir, hablándole con voz suave, intentando que no se duerma del todo.
Sé que lo primero que tengo que hacer cuando lleguemos es obligarla a vomitar y darle una ducha fría.
Tristemente, estoy más que acostumbrado a lidiar con estas circunstancias en casa.
He visto a mi madre pasar por esto demasiadas veces.
He limpiado vómito, he sujetado cabezas, he mentido a mi hermana pequeña diciendo que mamá solo estaba “cansada”.
Y ahora estoy haciendo lo mismo con Kassandra.
La chica que me desafía, la que me mira como si yo fuera un problema que resolver, la que nunca se ha rendido a mis encantos…
ahora está aquí, vulnerable en mis brazos, y yo me siento protector de una forma que me asusta.
En cuanto vi a Ryder palidecer en The Ruins al ver a Ava Monroe subir las escaleras, lo escuché decir que creía que estaba drogada y salió corriendo tras ella, automáticamente mis ojos volaron hacia donde estaba Kassandra.
Me asusté al comprender que ella también estaba bajo los efectos de algún estupefaciente.
No dudé ni un segundo en hacerme cargo de ella.
Sé que mi madre muy posiblemente esté en casa y muy posiblemente bastante perjudicada, pero aun así pienso hacerme cargo de Kass esta noche.
Porque la chica ha debido tomar algo y yo…
yo no voy a dejarla sola con esto. Porque, aunque intente negármelo, Kassandra López me importa de una forma que no esperaba.
Cuando llegamos a casa, por fortuna mi madre está inconsciente sobre el sofá, como casi siempre. No se dará cuenta de nada. Llevo a Kass, que sigue tarareando bajito, aunque casi no parece despierta, hacia el baño. La siento con cuidado en el suelo y le pido que se arrodille frente al váter.
—Vamos, Kass —le digo con voz firme pero dulce, arrodillándome a su lado y sujetándole el pelo con cuidado—.
Tienes que vomitar. Hazme caso, por favor —ella me mira con los ojos vidriosos y se ríe a carcajadas, como si todo esto fuera una broma absurda.
Intento ser contundente, pero sin asustarla—. Kassandra, por favor. Hazlo por mí.
Finalmente obedece. Le meto los dedos profundamente en la garganta y provoco un estrepitoso vómito.
Ella se vacía en el inodoro, temblando. Le acaricio la espalda con suavidad mientras vomita, susurrándole que está haciendo bien, que todo va a estar bien.
Cuando termina, la premio con más caricias en la espalda y palabras suaves.
—Bien hecho, pequeña. Muy bien.
Luego le quito la ropa con cuidado, intentando no fijarme demasiado en lo maravillosamente perfecto que es su cuerpo.
Tiene una piel suave, cálida, de un color oliva precioso, casi dorado.
Unas curvas que son el pecado más grande sobre la tierra.
Es absolutamente perfecta. Entiendo que tenga tanta seguridad en sí misma.
Acto seguido la meto bajo la ducha y le doy una ducha fría.
Ella se estremece y gime, pero no se queja.
Intento no mirar, pero es imposible. Mi polla se pone dura a pesar de la situación, a pesar de que sé que no es el momento.
La saco, la seco con una toalla limpia y le pongo una de mis camisetas, que le queda enorme y le hace verse aún más vulnerable y hermosa.
Le pregunto si tiene hambre, aunque dudo que pueda encontrar mucho para darle, pero lo intentaré si hace falta. Ella niega con la cabeza y dice que tiene sueño. La cojo en brazos otra vez y la llevo hacia mi cama. Levanto la sábana.
—Métete ahí —le digo con suavidad.
Ella obedece, acurrucándose bajo las mantas.
Me voy a limpiar el estropicio del baño, sintiendo un nudo extraño en el pecho.
Cuando vuelvo a la habitación, Kassandra ya está completamente dormida.
Me acuesto junto a ella, inspirando su aroma y embebiéndome de su belleza en la penumbra.
No era así como tenía planeado llevarme a la cama a Kassandra López.
Sin embargo, la sonrisa que hay en mi rostro es ancha y, sobre todo, muy real.
No recuerdo haber tenido una tan real hace mucho tiempo.
Me despierto en mitad de un extraño sueño en el que una vampira sexy me está chupando la sangre y la polla al mismo tiempo.
Es un sueño tan vívido, tan caliente, que tardo unos segundos en darme cuenta de que no es del todo un sueño.
Abro los ojos de golpe y el aire se me queda atrapado en los pulmones.
Joder. Kassandra López me está chupando la polla. Y dios mío… cómo la chupa.
Está arrodillada entre mis piernas, con el pelo negro cayéndole por los hombros, los labios hinchados alrededor de mi polla gruesa y dura, moviendo la cabeza con una lentitud deliberada que me está volviendo loco.
Lo más sexy de todo es verla mirándome. Esos ojos oscuros clavados en los míos, llenos de picardía, de desafío, de una entrega absoluta que no me esperaba de ella.
No es solo que me esté chupando. Es que lo está haciendo como si disfrutara cada segundo, como si esto fuera su forma de decirme “gracias por cuidar de mí”.
Sin poder evitarlo, balanceo las caderas hacia arriba, profundizando más la embestida en su boca caliente y húmeda.
Gimo bajo, agarrando las sábanas con fuerza.
—¿Estás todavía drogada? —le pregunto con voz ronca, deseando con todas mis fuerzas que la respuesta sea no y no tener que parar esta maravillosa experiencia.
Ella saca mi polla de su boca con un sonido húmedo y obsceno, mirándome con una sonrisa traviesa que me pone todavía más cachondo.
—No —responde, lamiendo la punta lentamente—. Estoy perfectamente y todo gracias a ti. Solo estoy intentando ser agradecida, Stone. No lo estropees.
Me incorporo un poco, apoyando el peso sobre mis codos, y la miro fijamente. Mi polla palpita delante de su cara, brillante de su saliva.
—Entonces sigue —le digo con voz grave—. Te estaré muy agradecido. Aunque que conste… que no tienes por qué hacerlo.
Ella sonríe. Otra sonrisa. Y dirigida a mí.
Joder, esa sonrisa va a acabar conmigo. Sin embargo, Kassandra tiene otros planes.
Se coloca a horcajadas sobre mí con una lentitud tortuosa, rozando su coño húmedo y caliente contra mi erección.
Siento cómo se desliza sobre mí, mojándome entero, y tengo que apretar los ojos para no correrme de gusto en ese mismo instante.
—En realidad, estaba pensando en terminar de agradecértelo de otra manera —susurra, moviéndose despacio, haciendo fricción con su coño sobre mi polla—. Y así disfrutaré yo también —gimo, agarrándola de las caderas con fuerza.
—Kass… dame veinte segundos para buscar un condón… —suplico y ella niega con la cabeza, sonriendo con malicia.
—Tomo la píldora. No te preocupes.
Maldigo entre siseos a la vez que la agarro de las caderas y la pego más contra mí, haciendo más fricción contra mi polla. La miro de nuevo, casi suplicante.
—Pues me harías el hombre más feliz de la tierra si te metes ahora mismo mi polla en tu dulce coño.
Ella sonríe, levanta las caderas y deja que solo la punta de mi polla entre en su sexo, luego se agacha hacia mí y me lame la boca.
—¿De verdad quieres esto, Stone? Por cierto, te viene que ni pintado el nombre. Ahora mismo te siento más duro que una piedra —susurra contra mi boca.
Hiperventilo. No estoy acostumbrado a tantos preliminares. Quizá por eso estoy tan sumamente cachondo que no puedo pensar en nada que no sea en enterrarle la polla a Kassandra López hasta el fondo.
—Si no lo haces ya me voy a morir —gruño, desesperado.
Kassandra, para empeorar mi estado, se quita la camiseta que lleva puesta (una mía) y me muestra esas tetas de infarto. Se las masajea delante de mí, pellizcándose los pezones, gimiendo bajito mientras me mira. Suplico. Literalmente suplico.
—Por favor… haré lo que quieras… métela ya…
Entonces Kassandra hace que entre de golpe en ella.
Ambos gemimos con fuerza. Su coño está caliente, apretado, mojado.
Me rodea por completo y yo siento que me estoy muriendo y naciendo al mismo tiempo.
Ella empieza a balancearse, de atrás adelante, todavía pellizcándose los pezones.
Me incorporo más y me llevo uno a la boca, chupándolo con hambre.
—Sí… eso es… joder, me estás matando —gruño contra su piel. Veo cómo pone los ojos en blanco cuando llevo una de mis manos a su sexo y empiezo a acariciarle el clítoris con el pulgar. La animo, con la voz rota—. Eso es, preciosa. Disfrútalo. Eres absolutamente una belleza. No pares.
Kass me anuncia entre gritos que está cerca del orgasmo.
Yo entonces me dejo llevar y avivo el ritmo un poco más, pero cuando veo que lleva una mano hacia atrás y me agarra los testículos mientras no deja de cabalgarme, exploto en un potentísimo orgasmo que no puedo evitar.
Me corro dentro de ella con fuerza, gruñendo su nombre, sintiendo cómo todo mi cuerpo se tensa y se libera al mismo tiempo.
Y entonces la escucho a ella aullar su propio orgasmo, apretándome con su coño, temblando encima de mí.
Nos quedamos sin aliento, todavía meciéndonos lentamente sin querer dejar de follar, mirándonos sorprendidos. Eso ha sido completamente explosivo. Una puta bomba. Si un yonqui siente la mitad de la euforia que acabo de experimentar ahora mismo, entonces entiendo por qué se vuelven adictos.
Cuando dejamos de balancearnos y aun con mi polla dentro de ella, nos seguimos mirando sin aliento y comenzamos a reír. Una risa de felicidad, de satisfacción, sin aliento. La atraigo hacia mí y la beso con fuerza.
—Joder, Salamandra —le digo contra sus labios, todavía jadeando—.
Pienso salvarte la vida cada vez que haga falta si vas a agradecérmelo así —ella se ríe y yo la beso otra vez.
Después la tiro suavemente sobre la cama y le digo con una sonrisa—Vamos a desayunar algo y luego me agradeces el desayuno, ¿vale?
—Ella, muy sonriente, asiente con la cabeza.