CAPÍTULO 10 SUSTANCIAS Y NICK
SUSTANCIAS Y NICK
Kassy
¿Te has parado a pensar en lo mucho que puede cambiar una noche dependiendo únicamente de cómo una se sienta consigo misma antes incluso de salir de casa?
Hay fiestas en las que todo parece salir mal desde el primer momento porque una pasa horas delante del espejo encontrando defectos donde antes no veía, y hay otras, como esta, en las que basta un conjunto de ropa para convencerte de que quizá llevas demasiado tiempo siendo injusta contigo misma.
La falda negra de cintura alta y el top del mismo color me abrazan el cuerpo sin apretarlo, marcando mis curvas de una forma que, por primera vez en toda la semana, no me hace sentir incómoda.
Al contrario. Mientras atravesamos el jardín de The Ruins, varias chicas de me dicen que estoy guapísima, un par de chicos silban al verme pasar y hasta Selena me da un pequeño codazo para decirme que, si sigo entrando así en las fiestas, terminaré dejando sin respiración a medio instituto.
Me río, fingiendo que aquellos comentarios no significan nada, aunque lo cierto es que cada uno de ellos parece ir colocando un pequeño parche sobre la herida que lleva días abriéndose dentro de mí.
La música retumba con tanta fuerza que es imposible distinguir dónde termina el bajo y empieza el latido de mi propio corazón.
Ava baila delante de mí con los brazos en alto mientras Jannet y Selena intentan seguir una coreografía improvisada que ninguna de las cuatro conoce realmente.
Me dejo llevar por la música riéndome con ellas, sintiendo que, quizá, he exagerado demasiado los últimos días y no hay de qué preocuparse.
Porque si realmente me estoy echando a perder, ¿por qué tanta gente no deja de repetirme lo guapa que estoy esta noche?
¿Por qué me siento tan cómoda dentro de esta ropa?
¿Por qué, durante unas horas, vuelvo a parecerme la Kassandra López de siempre?
Es entonces cuando abro el bolso para sacar el brillo de labios y mis dedos chocan con el pequeño bote blanco que ha llegado por mensajería esta misma mañana.
Permanezco unos segundos observándolo entre mis manos mientras el ruido de la fiesta parece alejarse poco a poco, como si alguien hubiera bajado el volumen de todo lo que ocurre a mi alrededor.
Las famosas pastillas milagrosas. Las que prometen acelerar el metabolismo y ayudar al cuerpo a quemar grasa con mayor rapidez.
Las que, según cientos de opiniones de internet, han cambiado la vida de muchísimas mujeres.
Frunzo ligeramente el ceño. ¿Qué puede pasar por probar solo una?
No voy a convertirme en otra persona por una cápsula.
Ni siquiera estoy convencida de necesitarlas.
Tal vez ni funcionen. Pero, si realmente ayudan un poco, tampoco parece una mala idea empezar esta misma noche.
—¿Me traes un ron con cola? —me grita Ava al oído al verme cerrar el bolso. Asiento con una sonrisa.
—Y yo voy a coger una ginebra con limón.
Me abro paso entre la gente hasta las neveras portátiles colocadas junto a la barra improvisada del jardín.
Saco dos vasos de plástico, lleno uno con ron y cola y el otro con ginebra y limón, exactamente igual que hago siempre.
Después desenrosco el bote con cuidado, saco una cápsula y la sostengo unos segundos entre los dedos.
—Una... y ya está —murmuro para mí misma.
La dejo caer dentro del vaso, veo cómo empieza a deshacerse lentamente entre las burbujas y remuevo el líquido con el dedo antes de volver a coger las dos bebidas.
Doy apenas dos pasos cuando una sensación helada me recorre la espalda. Me detengo en seco. Miro los vasos y siento que el estómago se me hunde.
—Mierda...
He echado la cápsula en el ron con cola.
En el vaso de Ava. Cierro los ojos un instante mientras maldigo por lo bajo mi propia torpeza.
Lo lógico sería tirar esa bebida y preparar otra.
Es lo sensato. Lo responsable. Sin embargo, tampoco creo que sea necesario.
No es una droga. Solo es un complemento para adelgazar.
¿Qué puede pasarle a Ava por tomar una cápsula?
Como mucho... quemará un poco más de grasa durante unas horas. Ni siquiera lo notará.
Suspiro, abro otra vez el bote y dejo caer una segunda cápsula dentro de mi ginebra.
—Ahora sí.
Vuelvo con las chicas como si no hubiera ocurrido absolutamente nada.
Seguimos bailando, riéndonos y cantando canciones de las que apenas conocemos la mitad de la letra.
Pero, poco a poco, una energía extraña empieza a recorrerme el cuerpo desde el pecho hasta las puntas de los dedos.
No es simplemente alegría. Es algo mucho más intenso.
Como si toda la sangre hubiera decidido circular el doble de rápido.
Siento calor, muchísima energía y unas ganas casi incontrolables de moverme sin parar.
Miro a Ava y descubro que también se está riendo más de la cuenta, bailando con una intensidad que tampoco es propia de ella.
Las dos nos miramos durante un segundo y rompemos a reír sin saber exactamente por qué.
—¡Esta canción es buenísima! —grita ella.
Yo asiento con entusiasmo, convencida de que probablemente es la mejor canción que he escuchado en toda mi vida.
Todo empieza a resultar exageradamente divertido.
Las luces parecen más brillantes. La música mucho más intensa.
Las risas suenan contagiosas. Mi propio cuerpo parece no pesar absolutamente nada.
Bailo sin preocuparme por quién pueda estar mirándome, girando sobre mí misma mientras el humo dibuja pequeños círculos a mi alrededor.
Entonces veo a Ava alejarse entre la multitud y dirigirse hacia las escaleras que llevan a la planta superior de la casa.
Intento llamarla, pero mi voz termina convertida en otra carcajada y decido seguir bailando un poco más.
No sé cuánto tiempo pasa. Quizá dos minutos.
Quizá diez. De repente alguien aparece frente a mí.
Nicholas Stone. ¡Joder, qué guapo está! Me encanta ese pelo rubio despeinado, esos ojos color del caramelo líquido, ese enorme y musculoso cuerpazo.
Tengo ganas de probarlo. Hoy no sé por qué, no me preocupa en absoluto lo que dirían de mí si echo un polvo con él.
Aunque Nick frunce el ceño de una forma que contrasta completamente con el ambiente de la fiesta.
—Kassandra... ¿te encuentras bien?
¿Bien? Suelto una carcajada. Nunca me he sentido tan ligera. Tan viva. Tan... libre. Doy un paso hacia él hasta quedar prácticamente pegada a su cuerpo y rodeo su cuello con ambos brazos, obligándolo a inclinarse ligeramente hacia mí.
—Hazme cosas malas, Nick... —susurro entre risas, incapaz de contener aquella euforia absurda que parece salir sola de mi boca.
Espero que responda con una de sus sonrisas arrogantes de siempre. No lo hace. Todo lo contrario. Me aparta con una delicadeza impropia de él y apoya las manos sobre mis hombros mientras me observa con una preocupación que jamás le he visto.
—Vamos fuera.
—¿Por qué?
—Porque no estás bien y será mejor que te dé un poco el aire.
—Estoy fenomenal...
Me echo a reír otra vez y empiezo a seguirlo tarareando la canción que sigue sonando dentro de la casa, balanceando las caderas de un lado a otro mientras él camina varios pasos por delante, girándose constantemente para comprobar que no me pierdo entre la gente.
El aire fresco del jardín me golpea la cara en cuanto cruzamos la puerta.
Respiro profundamente. Durante un segundo tengo la impresión de que todo mejora. Sonrío.
—Me alegro de que estés aquí... —las palabras salen atropelladas, más rápidas de lo que mi cabeza es capaz de ordenarlas—. Quería... quería decirte que...
Las luces comienzan a deformarse delante de mis ojos. Parpadeo. El suelo parece inclinarse bajo mis pies. Todo empieza a girar con una lentitud extraña.
—¿Kass? —intento dar otro paso hacia él, pero las piernas dejan de obedecerme.
Noto cómo el equilibrio desaparece de golpe y, justo antes de caer, unos brazos firmes me sujetan por la cintura— ¡Eh!
¡Mírame! —siento pequeñas palmadas sobre mis mejillas—.
Kass... ¿me oyes? —Intento enfocar su cara, pero el mundo entero parece cubierto por una niebla espesa— ¿Qué has tomado?
—tardo varios segundos en comprender la pregunta.
—Una... una pastilla...
—¿Qué clase de pastilla? —inquiere y sonrío torpemente.
—Una para... para estar más guapa... —veo cómo sus cejas se fruncen todavía más ante mi respuesta.
—¿Por qué demonios querrías atormentarme más siendo todavía más guapa? Eso, además, es imposible.
Quiero reírme. Quiero responderle. Quiero decirle que es un idiota. Pero el peso de mi propio cuerpo se vuelve insoportable. Lo último que siento antes de que todo se apague es el calor de sus brazos sujetándome para que no caiga al suelo.
Y, curiosamente, mientras la oscuridad termina de envolverlo todo, sigo sonriendo.