CAPÍTULO 9 MALHUMORADOS
MALHUMORADOS
Nick
Emma lleva casi diez minutos intentando hacerme una coleta con un mechón de pelo que, sencillamente, no es lo suficientemente largo para su escasa destreza.
Frunce el ceño con una concentración que me hace contener la risa mientras tira de mi flequillo hacia arriba con tanta fuerza que estoy convencido de que, si sigue insistiendo, terminará arrancándomelo de raíz.
Después lo suelta con un resoplido indignado, rebusca entre las decenas de horquillas y lazos que ha extendido sobre la alfombra del salón y vuelve a intentarlo exactamente igual, como si esperar un minuto hubiera hecho crecer mágicamente varios centímetros mi pelo.
—Así no se puede... —murmura muy seria—. Tienes el pelo demasiado corto.
—Eso llevo diciéndote desde hace media hora.
—Pues déjatelo largo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque parecería un espantapájaros.
Ella levanta la cabeza para mirarme con esa expresión de absoluta decepción que solo los niños son capaces de poner cuando un adulto se niega a colaborar con una idea que consideran perfectamente razonable.
—No. Parecerías una princesa.
No puedo evitar soltar una carcajada por lo bajo.
La dejo seguir haciendo lo que quiera porque, aunque me esté clavando horquillas en el cuero cabelludo como si estuviera levantando una tienda de campaña sobre mi cabeza, sé perfectamente que no está jugando a las peluquerías porque sí. Está intentando no pensar en otra cosa.
—¿Mamá tardará mucho? —Ahí está. Ya me ha preguntado por ella cinco o seis veces. Miro el reloj de la pared antes de responder, procurando que mi voz suene tranquila.
—No debería —digo y Emma hace un pequeño puchero sin dejar de peinarme.
—Tengo hambre.
Yo también. Pero no digo nada. Mi madre nos prometió esta mañana que hoy saldría antes de la cafetería y traería pollo rebozado de la cafetería a casa porque siempre sobra bastante y hacía semanas que Emma no dejaba de pedirlo.
Ha repetido esa promesa tantas veces durante el día que mi hermana lleva desde que ha salido del colegio preguntando cada diez minutos cuándo llegará la cena.
El problema es que hace ya más de una hora que debería haber cruzado esa puerta. Y sigue sin aparecer.
Cojo el móvil por enésima vez. La llamo y otra vez sale apagado.
Nunca entenderé para qué sirve llevar un teléfono encima si luego no piensas contestarlo cuando te llaman.
Resoplo mientras vuelvo a dejarlo sobre el sofá y Emma aprovecha para colocarme dos diminutos moños sujetos con lazos rosas que probablemente aguanten menos de treinta segundos sobre mi cabeza.
—Ahora sí estás guapo.
—Eso espero. Me rompería el corazón saber que he salido feo de esta sesión de belleza.
Ella ríe satisfecha y vuelve a coger el cepillo.
De pronto, mi cabeza ya no está allí. Vuelve al instituto.
En realidad, lleva toda la maldita semana allí.
Más concretamente, detrás de una chica que parece haber decidido que soy invisible.
Aprieto la mandíbula mientras Emma intenta colocarme otra horquilla.
No lo entiendo. De verdad que no lo entiendo.
No soy tan imbécil como para no saber cuándo una chica disfruta estando conmigo.
He cometido demasiados pecados con Claire y sus amiguitas como para seguir dudando con eso.
Por desgracia, Claire se encargó hace mucho tiempo de convertirme en alguien con mucha más experiencia de la que cualquier chico de mi edad debería tener jamás.
Una experiencia que nunca pedí y que cambiaría sin pensarlo por haber tenido una adolescencia normal.
Pero, ya que no puedo borrar todo aquello, al menos aprendí algo de ello.
Aprendí a leer miradas. Aprendí a distinguir cuándo un orgasmo era fingido y cuándo no.
Aprendí a reconocer el deseo incluso cuando alguien intentaba esconderlo.
Y Kassandra López me besó como si llevara semanas deseándolo.
Por eso no entiendo absolutamente nada. Porque, desde aquella noche, actúa como si hubiera cometido el peor error de su vida.
Cada vez que coincidimos por los pasillos gira la cabeza antes siquiera de que pueda saludarla.
En los entrenamientos apenas consigo verla unos segundos antes de que encuentre cualquier excusa para colocarse al otro lado del campo.
Ni siquiera vuelve a discutir conmigo. Y eso casi me fastidia más que el hecho de que me ignore.
Al menos cuando discutíamos significaba que me prestaba atención.
Ahora ni eso. ¿Tan insoportable le resulto?
¿O es que Kassandra López piensa pasarse el resto de su vida enfadada conmigo haga lo que haga?
—Nick... —Emma tira de mi camiseta.
—¿Sí, renacuaja?
—Tengo mucha hambre —su voz consigue sacarme por fin de mis propios pensamientos. Miro otra vez el reloj. Han pasado otros cuarenta minutos. Ya no es normal.
Marco el número de mamá una vez más. Apagado. Aprieto el móvil con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos antes de buscar el único contacto que llevo días esquivando utilizar. Claire. La llamada apenas tarda dos tonos en ser respondida.
—Vaya... Al final sí sabías dónde encontrarme —su voz melosa consigue crisparme en el acto.
—¿Dónde está mi madre?
—Qué forma tan bonita de saludar.
—Claire.
—Hace más de una semana que no llamabas.
—¿Dónde está mi madre? —Durante unos segundos solo escucho su respiración al otro lado de la línea.
—No lo sé —dice y frunzo el ceño.
—¿Cómo que no lo sabes? Trabaja para ti.
—Trabaja en una de mis cafeterías. Y salió hace horas. Pensé que estaría ya en casa.
El estómago se me encoge. No responde al teléfono. No está en casa. Y Claire tampoco sabe dónde está. Emma vuelve a tirar de mi manga.
—¿Ya viene mamá?
—Pronto —me obligo a sonreír.
Me levanto del sofá todavía con los dos ridículos moños rosas balanceándose sobre mi cabeza y empiezo a abrir armarios de la cocina con una rapidez cada vez más desesperada.
Pasta. No queda. Arroz. Tampoco. Hay un poco de pan duro, un paquete con dos galletas y una lata de atún.
El frigorífico resulta todavía más deprimente.
Un cartón de leche casi vacío, mantequilla, kétchup y poco más.
Nada que pueda convertirse en una cena para una niña de seis años.
Maldigo entre dientes mientras cierro la puerta de un golpe.
—Ven a casa —dice Claire y levanto la cabeza. Claire ha debido de escuchar perfectamente el portazo.
—¿Ahora?
—Mi marido está fuera. Puedes venir con Emma. Mi cocinera le preparará algo caliente, la entretendrá un rato y os llevaréis comida suficiente para varios días —me ofrece y cierro los ojos con fuerza. Sabía que iba a decir exactamente eso. Y precisamente por eso no quería llamarla.
—No.
—Nicholas.
—No necesito...
—¿Y tu hermana?
Me quedo en silencio. Miro a Emma, sentada todavía en el suelo con el cepillo en una mano y un lazo rosa en la otra, observándome con unos ojos demasiado grandes, intentando entender por qué la cena nunca llega.
—Tengo hambre... —susurra otra vez.
Aprieto los dientes con tanta fuerza que me duele la mandíbula. Odio deberle algo a Claire. Odio que siempre encuentre la forma de recordarme que sigo dependiendo de ella. Odio, sobre todo, que tenga razón.
—Solo un rato —termino diciendo con la voz completamente derrotada—. Emma tiene colegio mañana. Cenamos y nos vamos —le advierto y la sonrisa que percibo al otro lado del teléfono me provoca un escalofrío.
—Eso está mejor. Te espero. Y no te preocupes... mi sirvienta cuidará de tu hermanita mientras nosotros cenamos. Después os prepararé envases con comida para toda la semana.
Cuelgo sin despedirme. Permanezco unos segundos inmóvil en mitad de la cocina antes de volverme hacia Emma y obligarme a sonreír.
—Venga, princesa. Vamos a quitarnos estos moños tan elegantes.
—No. Así estás muy guapo —dice mi hermanita abrazándose a mi cintura. Le sonrío. La verdad es que desearía con todas mis fuerzas que la única preocupación de mi vida fuera llevar dos ridículos lazos rosas en el pelo.
Llego a casa de Claire de la mano de Emma.
Mi hermana pequeña va saltando ilusionada, ajena a todo lo que significa para mí cruzar esta puerta.
Llamo al timbre y Claire abre casi al instante.
Lleva un camisón rosa de seda que se pega a su cuerpo como una segunda piel, dejando poco a la imaginación.
Me mira con esa lascivia habitual, esa mirada que dice “sé exactamente lo que voy a hacerte hoy”.
—Hola, preciosa —le dice a Emma con una sonrisa cariñosa que parece sincera—. Mi asistenta se va a encargar de ti. Te ha preparado una cena riquísima y luego jugará contigo todo lo que quieras.
Emma sonríe feliz y sigue a la asistenta sin protestar, desapareciendo por el pasillo de esa mansión enorme.
Yo suspiro al verla marchar. Odio traerla aquí.
Odio que mi hermana pequeña pase tiempo en esta casa donde yo vendo mi cuerpo para que ella pueda comer y tener un techo.
Cuando Emma desaparece, poso los ojos en Claire.
—¿Dónde quieres que te folle hoy? —pregunto sin ganas, con voz plana.
Claire suelta una risita baja y excitada.
Me coge de la mano y tira de mí hacia la planta de arriba, hacia la habitación de invitados número 2.
Mientras subimos las escaleras, no puedo evitar pensar en lo injusto que es todo esto.
Ella tiene tantísimo dinero que no sabe qué hacer con él, mientras yo me pregunto cada noche si podré poner algo decente en la mesa para Emma y mi madre.
Y aquí estoy, otra vez, vendiéndome para que mi familia sobreviva.
Cuando entramos en la habitación, empiezo a desvestirme sin ceremonias.
Claire me mira con hambre, mordiéndose el labio.
—Parece que tienes tantas ganas como yo —dice con voz ronca. Yo en realidad solo pienso: acabemos con esto rápido.
Le quito el camisón de un tirón brusco. Cuando la veo desnuda delante de mí —tetas grandes, cintura estrecha, culo redondo y ese coño siempre listo para mí—, mi polla se pone dura casi al instante.
El cuerpo reacciona, aunque la cabeza no quiera.
Le doy la vuelta a Claire y la estampo de cara contra la pared con fuerza.
Ella suelta un gemido excitado. Me escupo en la mano y restriego la saliva por su coño, preparándola con dedos bruscos.
—Prepárate —le gruño al oído—. Estoy de mal humor y voy a descargar contigo. Deberías haberme llamado en uno de mis buenos momentos.
—Me encanta que te descargues conmigo… Adelante, mi chico —gime Claire, empujando su culo hacia mí.
Le empalo la polla desde atrás con violencia, metiéndosela de un solo empujón hasta el fondo.
Claire grita de placer y dolor mezclado.
La agarro del cuello con una mano para sujetarla contra mi pecho y empiezo a follármela con rabia, con embestidas profundas y brutales que hacen que sus tetas choquen contra la pared.
—Joder… sí… así —gime ella, completamente entregada.
La follo con más fuerza de lo que nunca lo había hecho.
Cada embestida es una liberación. Cada gemido suyo es un recordatorio de que estoy aquí porque no tengo otra opción.
Claire se corre con una facilidad pasmosa, apretando mi polla con su coño, temblando y gritando mi nombre.
Pero yo no estoy cerca. Necesito más. Necesito descargar toda la frustración que llevo dentro.
Le saco la polla del coño y, sin avisar, se la meto por el culo. Claire grita más fuerte, arqueando la espalda.
—Aguanta —le gruño, sujetándola por las caderas—. Ya casi estoy.
Le follo el culo duro, salvaje, sin piedad.
Mis embestidas son rápidas y profundas. Claire se desmorona entre mis brazos, gimiendo como una puta en celo.
Finalmente me corro dentro de ella con un gruñido animal, vaciándome con fuerza, sintiendo cómo todo el peso que llevo encima sale un poco con cada espasmo.
Me quedo unos segundos dentro de ella, respirando agitado.
Luego salgo, me limpio con un pañuelo que hay sobre la mesita y empiezo a vestirme sin mirarla.
—Tengo que irme —digo secamente.
—Quédate a cenar y luego te vas. Tendrás hambre —me pide Claire, todavía jadeando contra la pared.
—Me llevaré la cena y la comeré en casa —respondo mientras me pongo la camiseta—. Ya es tarde para Emma. En otra ocasión cenamos juntos.
Salgo de la habitación sin mirar atrás, sintiendo que he dejado de nuevo otro pedazo de mí en esa enorme y lujosa casa.
Y aunque me voy con las manos llenas (envases de comida y doscientos dólares según ella para que me dé algún capricho), en el fondo me siento más vacío que nunca.
Siempre digo lo mismo, porque siempre siento que no puedo sentirme más vacío de lo que lo estoy ya.
Pero siempre descubro que es mentira, que todavía queda más y más hasta que llegará un momento en el que ese vacío lo consuma todo, incluido a mí.