CAPÍTULO 8 MI REFLEJO
MI REFLEJO
Kassy
Hay mañanas en las que una se despierta con la absurda sensación de que el mundo, por una vez, ha decidido dejar de ponerle la zancadilla.
No ocurre muy a menudo, pero cuando pasa resulta imposible no sonreír incluso antes de abrir los ojos.
Eso es exactamente lo que me sucede hoy lunes.
Permanezco unos segundos tumbada mirando el techo de mi habitación, incapaz de borrar de mi cabeza la imagen de Nicholas Stone apoyado frente a mí, sonriendo como si no existiera nadie más en aquella habitación de The Ruins.
Me molesta reconocerlo, porque llevo demasiado tiempo convenciéndome de que ese chico representa todo lo que detesto en una persona, pero también sería ridículo seguir fingiendo que el sábado no pasó nada.
Pasó. Y, por mucho que me fastidie admitirlo, todavía noto un cosquilleo extraño en el estómago cada vez que recuerdo la forma en que me miró cuando le pregunté por qué sabía mi nombre.
No fue la respuesta lo que se me quedó grabado, sino la expresión de su cara, como si aquella pregunta también lo hubiera dejado desarmado a él.
Es una sensación nueva. Inquietante. Ridícula.
Pero, al mismo tiempo, agradable. Hacía muchísimo tiempo que no me levantaba sintiéndome tan ligera.
Bajo a la cocina con el pelo todavía húmedo después de la ducha y encuentro a mi madre terminando de preparar el café.
La casa huele a pan recién tostado y a ese perfume suave que siempre deja ella cuando lleva ya un rato despierta.
Me sirve una taza antes incluso de que tenga que pedírsela y sonrío agradecida mientras corto una rebanada de pan para meterla en la tostadora.
Durante unos minutos hablamos de cosas sin importancia, del examen de Historia que tengo esa semana, de una vecina que ha cambiado de coche y del calor insoportable que hace para estar todavía en primavera.
Me descubro hablándole más de la cuenta, riéndome más de lo habitual y gesticulando mientras le cuento que el siguiente partido será uno de los más importantes de la temporada porque llevamos semanas preparando una coreografía nueva y estoy convencida de que será la mejor que hemos hecho hasta ahora.
—Tenéis que venir tú y papá —le digo mientras unto mantequilla sobre la tostada—. En serio. Os vais a sorprender muchísimo. Las coreografías ya no tienen nada que ver con las del año pasado. Hemos cambiado un montón de cosas y creo que esta vez nos va a salir perfecta.
Mi madre me observa con esa sonrisa tranquila que siempre pone cuando me escucha hablar ilusionada.
Durante un instante pienso que va a responderme cualquier cosa sobre el partido, quizá preguntarme el día o la hora, pero, en lugar de eso, sus ojos descienden hasta mis vaqueros y permanecen allí apenas unos segundos.
—Cariño... ¿no crees que esos pantalones te quedan un poquito más ajustados que antes?
—La pregunta cae con una suavidad casi cariñosa.
No hay reproche en su voz. Ni enfado. Ni siquiera preocupación exagerada.
Precisamente por eso me duele tanto. Bajo la mirada casi por instinto hacia la tostada que tengo delante y tardo unos segundos en contestar, como si necesitara convencerme primero a mí misma.
—No... Bueno... Es que tienen dos años. Es normal. Tenía dieciséis cuando me los compré. Ahora tengo dieciocho. Supongo que es lógico que el cuerpo cambie un poco —comento y ella asiente despacio, se acerca hasta mí y me acaricia el brazo con delicadeza.
—Cariño, tú te desarrollaste con doce años. Cuando una chica se desarrolla tan pronto prácticamente ya tiene cuerpo de adulta. No te lo tomes a mal, ¿vale? Solo quiero que te cuides. Eres demasiado preciosa para echarte a perder y te espera un futuro brillante.
No sé exactamente qué responde mi boca porque, de repente, dejo de escucharla.
Sigo viendo cómo mueve los labios, cómo termina el café y cómo se inclina para besarme la frente con el mismo cariño de siempre antes de decir que tiene que acompañar a papá al médico porque la empresa le ha programado una revisión rutinaria y prefiere ir con él.
La puerta se cierra unos segundos después y la casa queda en silencio, pero yo continúo inmóvil frente a la mesa, mirando una tostada que hace apenas un minuto me estaba abriendo el apetito y que ahora parece ocupar demasiado espacio sobre el plato.
«Echarte a perder.» No puedo evitar repetir esas palabras dentro de mi cabeza una y otra vez.
Mi madre nunca dice las cosas con mala intención.
Nunca. Precisamente por eso resulta imposible enfadarse con ella.
Si lo ha dicho será porque realmente lo piensa.
Porque lo ha visto. Porque quizá lleva semanas fijándose en algo que yo he decidido ignorar.
Levanto la vista hacia la puerta del frigorífico, donde el reflejo metálico devuelve una imagen deformada de mi cuerpo.
Intento descubrir qué ha visto ella. Miro mis caderas.
Mi cintura. Mis muslos. ¿Siempre han sido así?
Hace apenas diez minutos estaba convencida de que me gustaban estos vaqueros.
Ahora solo consigo pensar que quizá me aprietan demasiado.
El café empieza a enfriarse. La tostada sigue intacta. De pronto ya no tengo hambre.
Durante todo el camino al instituto intento convencerme de que estoy exagerando.
Me repito que solo ha sido un comentario sin importancia, que todas las madres dicen ese tipo de cosas, que seguramente dentro de unas horas ni siquiera me acordaré de ello.
Sin embargo, cuanto más intento apartarlo de mi cabeza, con más fuerza vuelve.
«Demasiado preciosa para echarte a perder.
» Es una frase cariñosa. Pero mi cabeza decide quedarse únicamente con las dos últimas palabras.
¿Y si ya me estoy echando a perder? ¿Y si los demás llevan tiempo dándose cuenta y yo soy la única que no quiere verlo?
Cuando cruzo las puertas del instituto ya no queda ni rastro del buen humor con el que me he despertado.
Camino junto a Ava y las demás intentando participar en la conversación, pero apenas escucho lo que dicen.
Mi atención va y viene constantemente hacia mi propio cuerpo.
De repente soy consciente de cómo rozan mis muslos al caminar, de cómo me queda la camiseta sobre la cintura, de la sensación de los vaqueros alrededor de las piernas.
Nunca había pensado en nada de eso. Nunca había necesitado hacerlo.
Y, sin embargo, ahora resulta imposible ignorarlo.
Entonces veo que Ryder Knox y Nicholas Stone aparecen al fondo del pasillo rodeados de varios compañeros del equipo.
Nicholas levanta la cabeza y, en cuanto nuestras miradas se cruzan, me dedica una sonrisa lenta.
Hace apenas unas horas esa sonrisa me habría acelerado el corazón.
Ahora, en cambio, solo consigue que un calor desagradable me suba por el cuello.
Lo primero que pienso no es que me esté mirando.
Lo primero que pienso es qué estará viendo cuando lo hace.
Bajo la cabeza antes de que pueda sostenerle la mirada y giro el rostro hacia Ava como si estuviera prestando muchísima atención a algo que acaba de decir.
No quiero que siga mirándome. No porque me moleste él, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, me molesta profundamente que alguien repare en mí.
Durante unos segundos deseo algo que jamás había deseado: volverme invisible.
La cafetería del instituto está de bote en bote en el descanso.
Ava, Selena y Jannet no dejan de hablar de chicos como siempre, pero no les presto atención.
Normalmente yo sería la primera en meterme en la conversación, bromear o exagerar cualquier historia para provocar otra ronda de risas, pero hoy apenas levanto la cabeza del móvil.
Asiento de vez en cuando para que crean que las estoy escuchando, aunque, en realidad, mi atención lleva toda la mañana atrapada en un único pensamiento del que no consigo desprenderme.
«No te descuides.» «No te eches a perder.
» Qué curioso resulta que una frase pueda instalarse en tu cabeza como una canción insoportable y repetirse una y otra vez sin darte permiso para pensar en nada más.
Intento concentrarme en cualquier otra cosa, pero termino abriendo el navegador casi por puro impulso y escribiendo unas palabras que jamás habría imaginado escribir hace apenas unas horas: cómo adelgazar rápido .
Aparecen cientos de resultados. Dietas milagrosas.
Batidos. Ayunos. Pastillas. Testimonios de chicas sonrientes enseñando fotografías de un antes y un después que parecen demasiado perfectas para ser verdad.
Me digo que solo estoy curioseando, que no voy a comprar nada, que simplemente quiero saber qué encuentra la gente cuando busca esas cosas, pero sigo deslizando el dedo por la pantalla con una curiosidad cada vez más difícil de justificar.
Entro en una página desconocida llena de colores verdes y letras enormes que prometen resultados visibles en dos semanas.
«Elimina grasa sin esfuerzo.» «Recupera tu mejor versión.
» «Miles de mujeres ya lo han conseguido.
» Sé que suena absurdo. Sé que probablemente sea una estafa.
Sé que ninguna persona sensata debería creerse semejantes promesas y, aun así, continúo leyendo cada línea como si estuvieran escritas exclusivamente para mí.
Quizá porque, en el fondo, ya no estoy buscando un medicamento.
Estoy buscando tranquilidad. La posibilidad de dejar de darle vueltas a la cabeza y volver a ser yo misma, la atrevida, despreocupada y segura Kassandra López.
La garantía de que, dentro de unos días, volveré a ponerme esos vaqueros sin preguntarme si me aprietan más de la cuenta.
—¿Qué haces? —pregunta Ava inclinándose para mirar mi pantalla. Bloqueo el móvil tan deprisa que casi se me cae de las manos.
—Nada. Estaba mirando unas zapatillas —no sé por qué miento. Nadie me ha acusado de nada. Nadie ha visto realmente la página. Sin embargo, siento una necesidad irracional de esconderla, como si incluso reconocer que la estoy mirando fuera una prueba de que algo no funciona bien dentro de mi cabeza.
La conversación vuelve a girar alrededor de los chicos.
Selena asegura que ninguno sabe bien qué hacer cuando tienen a una chica dispuesta delante.
Las tres terminan riéndose mientras yo permanezco en silencio, recordando la forma en que Nick me hizo sentir dos noches atrás, cómo conocía mi cuerpo y mi placer e hizo que alcanzara rápidamente el clímax como si lo hubiera hecho cientos de veces antes.
Y esa respuesta a mi pregunta… ¿Y por qué sabes mi nombre?
Le pregunté sin esperar nada del otro mundo.
Porque es imposible ignorar a alguien que hace que todo el mundo gire a su alrededor.
El recuerdo de lo que me hicieron sentir sus palabras consigue dibujar una sonrisa diminuta en mis labios, pero dura exactamente un segundo.
Después aparece la voz de mi madre, como si hubiera estado esperando pacientemente su turno.
Solo cuídate. La sonrisa desaparece antes de que llegue a existir del todo.
Sin pensarlo más, vuelvo a desbloquear el teléfono.
La página sigue abierta. Leo otra vez las opiniones, completamente incapaz de distinguir cuáles son reales y cuáles inventadas.
Mi dedo pulsa el botón de comprar casi antes de que mi cabeza tome la decisión.
Introduzco los datos de la tarjeta, confirmo el pago y recibo el correo electrónico apenas unos segundos después.
Me quedo mirando la pantalla durante un buen rato.
Ya está. Acabo de comprar unas pastillas para adelgazar.
Hace un día me habría parecido una estupidez.
Ahora me digo que solo las probaré una temporada.
Que no pasa nada. Que, si funcionan, perfecto, y si no, simplemente dejaré de tomarlas.
Es una decisión pequeña. Sin importancia. Una ayuda. Nada más.
Cuando llego a casa por la tarde, el silencio resulta casi un alivio.
Mis padres todavía no han vuelto y agradezco no tener que hablar con nadie.
Subo directamente a mi habitación, dejo la mochila tirada junto al escritorio y me dejo caer sobre la cama sin siquiera quitarme las zapatillas.
El techo permanece inmóvil sobre mi cabeza mientras intento convencerme de que todo esto es una tontería, de que mañana me levantaré y volveré a ser la misma de siempre, pero cuanto más lo intento, menos me reconozco.
Pienso en la quedada que se ha organizado de animadoras de esa tarde y en la excusa que he inventado para no ir.
Pienso en el hambre que debería tener a estas horas y descubro que ha desaparecido por completo.
O quizá no haya desaparecido. Quizá simplemente haya dejado de parecerme importante.
Me incorporo despacio y camino hasta el espejo del armario.
Llevo viéndome reflejada en él desde que tenía doce años.
Nunca me ha dado miedo. Nunca me ha obligado a detenerme demasiado tiempo delante de él.
Hoy, sin embargo, permanezco inmóvil varios minutos, recorriendo con la mirada cada centímetro de mi cuerpo como si estuviera observando a una desconocida.
Giro ligeramente de perfil. Después hacia el otro lado.
Me coloco las manos alrededor de la cintura.
Aprieto la tela de la camiseta contra el vientre.
Intento recordar si siempre había sido así o si realmente ha cambiado algo.
Cuanto más miro, más defectos encuentro.
Los muslos parecen más grandes. La cintura menos marcada.
La camiseta ya no cae igual. Es absurdo porque, objetivamente, sigo siendo la misma chica que era el viernes.
No he cambiado en cuarenta y ocho horas.
Lo sé. Lo entiendo. Pero comprender algo con la cabeza sirve de muy poco cuando el espejo empieza a contarte una historia distinta.
Suena una notificación en el móvil.
"Tu pedido ha sido confirmado y está en camino."
Bajo la vista hacia la pantalla y siento una tranquilidad extraña, casi vergonzosa.
Como si acabara de hacer algo para solucionar un problema.
Vuelvo a levantar la cabeza y me observo una última vez.
Y, de repente, mi reflejo deja de parecerme una amiga para empezar a convertirse en alguien de quien desconfío.