CAPÍTULO 7 SORPRESAS GRATAS
SORPRESAS GRATAS
Nick
Hay algo fascinante en observar a tus amigos cuando creen que nadie los está mirando.
La música de The Ruins retumba en las paredes como si pretendiera mantener el edificio en pie únicamente a base de graves.
El salón principal está tan abarrotado como cualquier jueves que promete alargarse hasta la madrugada.
El aire huele a cerveza, colonia barata y humo, y las luces de colores convierten cualquier conversación en algo clandestino.
Para la mayoría de la gente aquello es solo una fiesta.
Para nosotros lleva años siendo una segunda casa.
Un sitio donde nadie pregunta demasiado y donde casi todo el mundo viene dispuesto a olvidar algo.
Ryder, sin embargo, esta noche no está olvidando absolutamente nada.
Está apoyado sobre la barra hablando con Julia, la hermana pequeña de Carter, como si acabara de descubrir que las conversaciones interesantes existen.
Sonríe más de la cuenta. Inclina ligeramente la cabeza cuando ella habla.
Incluso parece escuchar. Cualquiera diría que está intentando impresionarla.
Pero yo conozco demasiado bien a Ryder Knox.
Cada pocos segundos levanta la vista y busca a Ava Monroe entre la multitud. No puedo evitar soltar una carcajada.
—Eres un puto cobarde... —murmuro para mí antes de darle un trago a la cerveza. No está coqueteando con Julia. Está utilizando a Julia para comprobar si Ava reacciona. Y, conociéndolo, seguramente ni él mismo sea consciente.
—¿De qué te ríes? —La voz de Carter me devuelve a nuestra conversación.
—De que Ryder lleva cinco años enamorado de la misma chica y todavía cree que dar celos sin haber cruzado una palabra con ella le va a funcionar —Carter sigue mi mirada y resopla.
—Es idiota.
—Muchísimo.
—Aunque... —dice después de unos segundos, bajando la voz—. Ahora entiendo que una tía lo desestabilice —lo miro de reojo. Tiene esa expresión rara que solo pone cuando lleva demasiado tiempo dándole vueltas a algo.
—A ver. ¿Qué te pasa a ti ahora? —pregunto con tono parental y Carter da otro trago a la cerveza antes de hablar.
—¿Qué harías si te pusiera muchísimo una chica que sabes que tu padre no aprobaría...
y dependieras del trabajo de la empresa familiar donde él es tu jefe?
—pregunta titubeante. Frunzo el ceño. No esperaba esa pregunta.
De todas las cosas que Carter podía preguntarme en mitad de una fiesta, esa probablemente ocupa el último puesto de la lista.
—Joder... —me río—. Pues no tengo ni idea —él se queda mirándome, esperando algo más.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que te diga? Ni siquiera sé quién es mi padre. Difícil pedirle permiso para acostarme con nadie.
Carter sonríe con desgana. Yo también. Pero mi respuesta era completamente sincera.
Nunca he entendido cómo alguien puede permitir que otro hombre decida con quién comparte la cama, el corazón o la vida.
Si algún día descubro quién demonios fue mi padre, llegará bastante tarde para empezar a dar órdenes.
Sin embargo... Entiendo perfectamente por qué Carter hace esa pregunta.
Porque, aunque su padre sea un dinosaurio incapaz de hilar dos pensamientos seguidos sin mencionar mujeres, cerveza o fútbol, la realidad es mucho más complicada de lo que parece a simple vista.
Carter dejó los estudios apenas unos meses atrás para ponerse a trabajar en la empresa de reformas de su padre y esa decisión, tomada casi por impulso, cambió por completo el equilibrio de su vida.
Cuando tu sueldo depende de otra persona dejas de ser completamente libre, no porque quieras renunciar a tu independencia, sino porque simplemente no puedes permitirte el lujo de perder aquello que te da de comer.
Conozco demasiado bien esa sensación. La única diferencia es que el jefe de Carter comparte su sangre, mientras que el mío responde al nombre de Claire.
Ella no es familia, pero la deuda con ella pesa bastante más que cualquier contrato laboral, y sé perfectamente lo difícil que resulta fingir que sigues teniendo el control de tu vida cuando, en realidad, cada una de tus decisiones está condicionada por alguien más.
No llego a responder porque una melena pelirroja aparece delante de nosotros acompañada de una sonrisa que reconozco al instante.
Las chicas de San Lorenzo siempre han sido diferentes a las de este pueblo.
Mientras aquí la mayoría nos observa como si fuéramos un peligro inminente, allí parecen sentirse irresistiblemente atraídas por esa clase de desastre.
Les gustan los chicos con mala fama, los que acumulan cicatrices, peleas y rumores a sus espaldas y, por desgracia o por suerte, nosotros cuatro encajamos bastante bien en esa descripción.
La chica se detiene frente a mí con la confianza de quien ya sabe cuál va a ser la respuesta antes siquiera de formular la pregunta.
—Hola, Stone.
Sonrío casi por inercia, recorro su figura de arriba abajo sin el menor reparo mientras termino el último trago de cerveza y dejo el botellín vacío sobre una mesa cercana.
—¿Qué pasa?
Ella da un paso hacia mí, acortando la distancia con esa naturalidad que solo tienen las personas acostumbradas a conseguir lo que buscan. No hace falta que diga nada más. Yo sé perfectamente qué quiere y ella también sabe que yo lo sé.
—¿Subimos? —me lanzo, sin rodeos.
Su respuesta consiste únicamente en una sonrisa y un leve asentimiento de cabeza.
Me despido de Carter con una palmada en el hombro y entrelazo mis dedos con los de la pelirroja mientras atravesamos el salón.
Todo resulta tan automático que podría hacerlo con los ojos cerrados.
Llevo tanto tiempo moviéndome entre situaciones como esta que apenas necesito pensar.
Solo tengo que poner el piloto automático.
Es entonces cuando veo a Kassandra López.
Está en mitad de la pista bailando con sus amigas como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.
Nunca la había visto moverse así. Aunque es una chica muy segura de sí misma, sin duda sexy que sabe que lo es, que domina movimientos de baile cargados de una brutal sensualidad y le encanta regalárselos al mundo, nunca la había visto riéndose tanto, girando sobre sí misma al ritmo de la música y dejándose llevar con aquella naturalidad que resulta casi desconcertante.
Está más hermosa que nunca, joder. Las luces recorren su pelo oscuro y su piel tersa con pinta de ser bastante suave al tacto mientras Ava dice algo que consigue hacerla reír todavía más y, aunque no parece estar haciendo el menor esfuerzo por llamar la atención, al contrario que en la mayoría de las veces, la realidad es que toda la sala parece girar a su alrededor sin que ella sea consciente de ello.
Entonces levanta la cabeza, nuestros ojos se encuentran entre toda aquella multitud y, para mi absoluta sorpresa, me sonríe.
A mí. No es una sonrisa incómoda, ni educada, ni esa expresión de suficiencia con la que acostumbra a responder a todas mis provocaciones.
Es una sonrisa distinta. Pequeña. Traviesa.
Voluntaria. Una sonrisa sin amenazas, sin insultos y, por primera vez desde que la conozco, sin ese eterno «idiota» escondido detrás de la mirada.
Parpadeo una sola vez, convencido de que interpreto mal la situación, pero cuando vuelvo a mirarla sigue observándome con la comisura de los labios ligeramente levantada, como si acabara de descubrir un secreto que solo ella conoce.
¿Qué demonios significa eso? Aparto la vista casi de inmediato.
Ya llevo a otra chica de la mano y no tiene el menor sentido seguir dándole vueltas, pero mientras subo las escaleras descubro que mi cabeza no tiene intención alguna de obedecerme.
Sin previo aviso regresa el recuerdo del vestuario: la expresión de Kassandra cuando le dije que le gusta el café solo, su cara al escucharme mencionar su cumpleaños, su color favorito o las asignaturas que más disfruta.
En aquel momento pensé que simplemente me estaba divirtiendo provocándola, pero cuanto más recuerdo aquella conversación más evidente se hace una pregunta que llevo dos días evitando formularme.
¿Cómo demonios sé yo todo eso? Ella parecía completamente desconcertada, pero, si soy sincero conmigo mismo, el verdadero sorprendido soy yo.
No recuerdo haberme propuesto aprender aquellos detalles ni haberla observado con semejante atención.
Sin embargo, la información está ahí, perfectamente ordenada en algún rincón de mi cabeza, solo estaba esperando a salir por su propio pie.
Quizá llevo mucho más tiempo fijándome en Kassandra López del que estoy dispuesto a reconocer.
Quizá sea que me resulta imposible ignorarla y simplemente nunca me he detenido a preguntarme por qué.
La presión de unos dedos alrededor de mi mano me devuelve al presente.
La pelirroja tira suavemente de mí para que acelere el paso y le sonrío antes de empujar la puerta de una de las habitaciones del piso superior.
Dentro encuentro lo mismo de siempre: varias parejas repartidas por los rincones, risas amortiguadas, la música llegando como un rumor lejano a través de las paredes y esa especie de acuerdo tácito que existe en The Ruins según el cual cada uno vive su noche sin prestar atención a la de los demás.
La pelirroja me rodea el cuello con los brazos casi antes de que la puerta termine de cerrarse y acerca los labios a mi oído con una sonrisa descarada.
—Cada día estás más bueno, Stone.