CAPÍTULO 6 EXCUSAS
EXCUSAS
Kassy
Nunca había empezado un jueves deseando volver a meterme en la cama para borrar lo que había soñado durante la noche.
No era el sueño en sí lo que me avergonzaba.
Los sueños no se eligen. Nadie puede controlar lo que hace su cabeza mientras duerme.
Lo verdaderamente humillante era haberlo disfrutado.
Haberme despertado con el corazón acelerado, la respiración entrecortada y una sensación de calor recorriéndome todo el cuerpo por culpa del mismo chico al que llevo años convencida de despreciar.
Nicholas Stone. Tenía que ser él. El mujeriego del instituto.
El idiota incapaz de mantener los pantalones abrochados.
El mismo que había convertido mi cuello en un campo de batalla con un simple beso y que, desde entonces, parecía empeñado en colarse en cada rincón de mi cabeza sin haber pedido permiso.
Me levanto de golpe y me miro en el espejo.
Tengo el pelo revuelto y los ojos brillantes.
Me odio un poco en este momento. Nunca me había sentido tan traicionada por mi propia cabeza.
Porque el sueño no solo me ha dejado acalorada.
Me ha dejado… excitada. Y eso es lo que más me enfada.
No debería sentir nada por Nicholas Stone. Nada.
Estoy varios minutos sentada sobre la cama intentando recuperar la respiración mientras me repito una y otra vez que no significa absolutamente nada.
Es un sueño. Solo un sueño. Mi subconsciente ha decidido gastarme una broma de muy mal gusto después de todo lo ocurrido en el vestuario y yo soy perfectamente capaz de separar la realidad de una fantasía absurda.
Porque eso es. Una fantasía absurda. Yo no podía estar sintiéndome atraída por un chico como Nicholas Stone.
Sencillamente, no encajaba con nada de lo que siempre había querido para mi vida ni con la clase de hombre al que pensaba permitir acercarse a mí.
Sin embargo, por mucho que intento convencerme de ello mientras me ducho, me visto o me recojo el pelo delante del espejo, la sensación incómoda sigue instalada en algún lugar entre el pecho y el estómago.
Estoy enfadada. Muy enfadada. Con él, por existir.
Con mi cabeza, por jugarme esa mala pasada.
Pero, sobre todo, conmigo misma. Porque una parte de mí, por pequeña que fuera, había disfrutado de aquel sueño mucho más de lo que estaba dispuesta a reconocer.
Se me cierra el apetito desde primera hora.
Ni siquiera fui capaz de desayunar. Durante el recreo me limito a pedir un café solo en la cafetería del instituto con la esperanza de que la cafeína consiga despejarme las ideas.
Mala elección. El primer sorbo solo consigue recordarme otra conversación que llevaba dos días intentando olvidar.
"Te gusta el café solo. Sin azúcar." Aprieto el vaso entre las manos con más fuerza de la necesaria. ¿Cómo demonios lo sabía?
Y no es solo el café. También conoce mi cumpleaños.
Mi color favorito. Mis asignaturas preferidas.
Hasta mi ropa interior… Había recitado cada dato con una seguridad escalofriante, como si llevara tiempo observándome sin que yo me hubiera dado cuenta.
La explicación más lógica es también la que menos me gusta.
Quizá así es cómo funcionaba él. Quizá Nicholas Stone no seduce a las chicas únicamente con esa sonrisa descarada o con ese aire despreocupado que parece volverlas idiotas a todas.
Quizá primero las estudia. Las observa. Descubre qué les gusta, qué quieren escuchar y qué puertas tiene que abrir para colarse dentro de ellas sin hacer ruido.
Como un cazador paciente. Como un psicópata encantador que termina consiguiendo exactamente lo que busca porque sabe leer a las personas mejor de lo que ellas mismas se conocen.
Es una teoría ridícula. Pero bastante menos ridícula que aceptar la alternativa.
Porque, de otro modo, tendría que reconocer que alguien como Nicholas Stone había conseguido descolocarme a mí.
A mí. La misma chica que llevaba años teniendo las ideas más claras que nadie.
La que jamás había entendido por qué tantas compañeras suspiran por chicos que no saben ofrecer nada más que problemas.
La que siempre ha pensado que enamorarse de un caso perdido era una decisión, no un accidente.
Y, por lo tanto, se podía evitar perfectamente.
Y, sin embargo, ahí estaba yo, dándole vueltas a un imbécil desde que abría los ojos hasta que los cerraba.
Cuando terminan las clases y camino hacia el pabellón para el entrenamiento de animadoras, me obligo a repetirme que hoy será diferente.
Hoy no pienso mirar hacia el campo. Hoy Nicholas Stone no existe.
Hoy volveré a ser la Kassy de siempre, la que no pierde el tiempo pensando en chicos que no merecen ni un segundo de atención.
Naturalmente, fracaso antes incluso de cruzar la verja.
Ni siquiera necesito buscarlo con la mirada.
Sé exactamente dónde está. Es una sensación absurda, pero desde la conversación del vestuario soy consciente de él incluso cuando intento convencerme de que no existe.
Distingo su voz entre las del resto del equipo, las carcajadas que provoca, la forma en que se mueve durante el calentamiento.
Es como si mi cabeza hubiera decidido localizarlo antes que mis propios ojos.
Me molesta reconocerlo. Muchísimo. Porque cuanto más intento ignorarlo, más evidente resulta su presencia y, por consiguiente, también la de Ryder Knox.
Los dos se parecen menos de lo que la gente cree.
Ryder parece peligroso incluso cuando está callado.
Nick, en cambio, consigue parecer inofensivo mientras provoca un incendio a su alrededor.
Tiene esa sonrisa de niño bueno, esa cara casi angelical que sería capaz de engañar a cualquiera si una no conociera la oscuridad que arrastra detrás.
Como los vampiros de las novelas. Hermosos por fuera.
Letales cuando bajan la guardia de su víctima.
Aunque... La idea me incomoda incluso antes de terminar de formularla.
Quizá no sea tan sencillo. Quizá Nicholas Stone no sea tan insensible como aparenta.
Porque yo vi algo que casi nadie más ha visto.
Vi a un chico preocupado por el sueldo de su madre.
Vi a un hermano desesperado porque en su casa dependían de un dinero que no llegaba.
Vi a alguien golpeando una pared hasta hacerse sangre porque la rabia le resultaba más soportable que romper a llorar delante de nadie.
Aun así, no entiendo por qué sigo pensando en él.
Solo vi a un chico llorando durante unos segundos.
Nada más. Eso no cambia todo lo demás. Sigue siendo arrogante.
Sigue siendo mujeriego. Sigue siendo... el hombre intocable.
—¡Kass! —La voz de Ava consigue sacarme de mis pensamientos. La veo acercarse con paso rápido y una expresión tan nerviosa que sé inmediatamente que algo ha pasado.
Nos apartamos un poco del resto antes de que empiece a hablar.
Mi amiga me cuenta una movida del fin de semana cuando supuestamente se lio con Daniel Connel y éste le ha dicho algo de que hay un rumor sobre ella en el instituto.
Espera, ¿qué? ¿Ava se la liado con Connel?
¡Pero eso es estupendo! Mi amiga llevaba mucho tiempo amargada pensando que tenía algo mal a ojos de los chicos.
¡Siempre supe que era una estupidez! ¡Ojalá yo tuviera el cuerpazo de Ava sin ni siquiera esfuerzo, como hace ella!
Y su pelo… sus pecas… su color de ojos… A veces me pregunto si Ava es consciente de la facilidad con la que llena una habitación sin proponérselo.
Yo necesito controlar cada gesto para sentirme suficiente.
Ella simplemente existe. Estoy muy contenta por ella, porque al fin va a poder mirarse al espejo como yo la veo. Preciosa y perfecta.
—¡Un momento! ¡¿Te besaste con él?! ¡Ava! ¡Esa es una increíble noticia! —exclamo sin poder evitar sonreír cuando termina de contarme lo ocurrido con Connel. Ella niega con la cabeza, desesperada.
—¡No me estás escuchando! ¡Dicen algo de mí y es lo que está asustando a los chicos! Kass, ayúdame a averiguar qué.
—¡Claro! Por supuesto. No te preocupes. Las animadoras son unas chismosas, intentaré preguntarles. Seguro que saben algo.
—Kass, todas saben que eres mi amiga, no creo que te lo digan así como así.
Mientras habla, sigo inconscientemente la dirección de su mirada hacia el campo de entrenamiento.
No está mirando a las animadoras. Está mirando a los chicos.
Espera, ¿está mirando a Ryder? No, estoy perdiendo la cabeza últimamente.
Y yo... Yo vuelvo a encontrarme con otra sonrisa completamente distinta.
La de Nicholas Stone. Ni siquiera me estaba buscando con la mirada, simplemente mis ojos chocan contra los suyos y el muy gilipollas sonríe.
¿Se está riendo de mí? Me miro y siento que a lo mejor hay algo en mi aspecto que…
No, espera, esa es una sonrisa pícara, las reconozco bien.
—¿Kass? ¿En qué piensas? —Aparto la vista con demasiada rapidez ante su pregunta.
—Ven conmigo, te lo contaré mientras me pongo el uniforme de animadora.
La cojo del brazo y tiro suavemente de ella hacia los vestuarios.
Al pasar junto al campo noto, sin necesidad de comprobarlo, que alguien sigue nuestros movimientos.
Llevo a rastras a Ava hacia los vestuarios.
Noto la mirada inquisitiva y el ceño fruncido de Ryder Knox sobre nosotras mientras pasamos frente a él.
Menos mal que ya ha empezado su entrenamiento y no tenemos que interactuar.
Y, cuando pensaba que ya había pasado el mal trago y habíamos pasado de largo a los chicos del equipo, escuchamos el grito descarado de uno de los jugadores.
—¡Ey! ¡Salamandra! ¡Cambiaros aquí y nos alegráis la vista!
Cuando me giro, me doy cuenta de que el dueño de esos gritos es Nick Stone.
Veo a Stone reírse descaradamente mientras me está mirando fijamente a mí y me hace sentir un calor residual del sueño que tuve con él.
También veo la risa contenida que veo en el rostro de Ryder Knox.
Joder, qué guapo está también él cuando ríe.
Creo que es la primera vez que lo veo reír.
—¡Me llamo Kassandra, idiota! —le grito a Stone, lo que le hace reír todavía más fuerte—. Estúpido idiota —farfullo con cara de enfado, aunque ni siquiera estoy enfadada, pero tengo que fingir delante de él que lo estoy, mientras sigo tirando de Ava hacia los vestuarios.
—¿Salamandra? —me pregunta Ava, mordiéndose los labios para no reírse.
—Sí, ese es el nivel —murmuro lanzando un suspiro—. Ha conseguido hacer una rima de un niño de siete años con mi nombre y se siente orgulloso.
—No sabía que te hablabas con Stone, y mucho menos que bromeabais —me indica Ava con interés.
—¡Ya quisiera ese imbécil hablarse con alguien como yo! —exclamo mientras nos metemos en un cubículo para que me pueda cambiar y ponerme mi ropa de animadora.
Mantengo exactamente la misma discusión de siempre en lo referente a Stone delante de Ava, intentando convencerme de que todo sigue igual entre nosotros, de que continúa siendo el mismo idiota insufrible al que no soportaba hace una semana.
Pero ya no es verdad. Todo sigue pareciendo igual por fuera.
Por dentro, algo ha cambiado. Mientras me pongo el uniforme y le explico a Ava que probablemente sea más fácil sacarles información a los chicos que a las propias animadoras, una idea empieza a abrirse paso entre todas las demás: Los chicos hablan.
Presumen. Comparten secretos que jamás contaría a una chica por el simple hecho de fanfarronear.
Si alguien sabe qué se está diciendo de Ava por el instituto, probablemente esté en el equipo de fútbol americano.
Los nombres empiezan a desfilar por mi cabeza: Justin, Carter, Daniel, Ryder y, por último...
Nicholas Stone. No. Él no. Cierro la taquilla con más fuerza de la necesaria.
Aunque... Probablemente sea precisamente él quien más sepa.
Si hay algún fanfarrón por excelencia en el instituto y probablemente en todo el pueblo es él.
Además, si alguien disfruta escuchándose hablar, ese es Nicholas Stone.
Bastaría con hacerle creer que me interesa lo que dice.
Los hombres como él terminan contando mucho más de lo que deberían cuando creen que tienen delante a una chica impresionada.
Resoplo despacio mientras termino de ajustarme el uniforme.
No sería por él. Sería por Ava. Solo sería una conversación.
Una única conversación. Además, ¿qué podía pasar?
Es Nicholas Stone. Bastaría con dedicarle una sonrisa, dejar que creyera durante cinco minutos que lleva las riendas de la conversación y sacarle la información que necesito.
Después volvería a mi vida y él a la suya. No hay otro tipo de interés.