Tocables Intocables (The Ruins 2) CAPÍTULO 4 DEMASIADO CERCA
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CAPÍTULO 4 DEMASIADO CERCA

DEMASIADO CERCA

Kassy

Los pasillos del instituto están bulliciosos entre clase y clase.

Es martes. Hoy es uno de mis días favoritos porque tengo entrenamiento con las animadoras.

Me encanta ser la capitana. Sé que mis padres están muy orgullosos de mí por eso y tengo que seguir mejorando mi técnica para seguir impresionándolos.

Camino junto a Ava, Selena y Jannet mientras escucho a esta última hablar por quinta vez del examen de Historia que, según ella, ha suspendido con total seguridad. Lo dice tan convencida que hasta consigue preocupar a Ava, que empieza a repetirle que seguro que no ha salido tan mal.

—¿Quieres dejar de agobiarte antes de tiempo? —resopla Selena, empujándola suavemente con el hombro—. Luego sacarás un notable y volveremos a tener que soportarte diciendo que eres un desastre.

Jannet le saca la lengua. No puedo evitar sonreír. Me gusta estar con ellas. Con ellas todo parece sencillo. Hasta que deja de serlo. Levanto la vista y los veo aparecer al fondo del pasillo. Ryder Knox y Nicholas Stone. Perfecto. Ya ha vuelto ese imbécil.

Parece que tres semanas fuera del instituto no han servido absolutamente para nada.

Camina con esa sonrisa descarada de siempre, saludando a algunas chicas como si acabara de regresar de unas vacaciones en el Caribe en lugar de una expulsión disciplinaria.

Se ríe de algo que Ryder le dice, le da un golpe amistoso en el hombro y continúa avanzando con las manos metidas en los bolsillos, completamente ajeno a las miradas que despierta a su alrededor.

¿Es que se siente orgulloso? ¿Orgulloso de haber estado a punto de tirar por la borda el último año de instituto por no saber mantener los pantalones puestos?

Hay personas que aprenden de sus errores.

Nicholas Stone parece empeñado en coleccionarlos.

Entonces ocurre algo que consigue llamar todavía más mi atención. Ava reduce el paso. Levanta ligeramente una mano. Ryder hace exactamente lo mismo. No llegan a saludarse porque reacciono antes.

—¿Pero tú estás loca? —susurro, agarrándola del brazo y tirando de ella hacia mí. Ava me mira completamente desconcertada—. ¿Qué haces?

Señalo discretamente hacia delante. Ella resopla.

Quizá estoy siendo demasiado radical, pero en mi cabeza vuelve a sonar la voz de mi madre, igual que lleva sonando desde que tengo memoria.

"Los chicos problemáticos nunca llegan solos.

Siempre arrastran el desastre detrás de ellos.

Y cuanto más encantadores parecen... más lejos hay que mantenerse. "

Ryder continúa caminando sin apartar la vista del frente. Nick, en cambio, gira la cabeza justo lo suficiente para dedicarme una sonrisa ladeada que me pone de los nervios. Le sostengo la mirada. Ni se te ocurra acercarte , le digo con la mirada. Por suerte sigue de largo. Muchísimo mejor.

Cuando termina la última clase salgo prácticamente corriendo hacia el pabellón.

Voy tarde. Muy tarde. Las chicas ya están en el campo calentando y los chicos del equipo de fútbol americano también entrenan en el otro extremo.

Bueno, todos menos Nicholas Stone. Mejor así, pienso. No soporto a ese tío.

Entro en los vestidores para ponerme el uniforme y, de repente, escucho una voz familiar. Me escondo detrás de una fila de taquillas sin hacer ruido. Es Stone. Está al teléfono, con el uniforme del equipo puesto, el pelo rubio revuelto y la cara tensa.

—…sí, lo sé —dice con voz baja pero claramente enfadada—.

Pero me prometiste que este mes pagarías el sueldo de mi madre…

No, no puedo esperar otra semana… Sí, lo sé perfectamente —se queda callado unos segundos, escuchando.

Luego maldice entre dientes y le da una patada fuerte al banquillo.

El golpe resuena en todo el vestuario—. Joder, mamá siempre cagándola…

Sí, de acuerdo. Iré a tu casa para cobrarlo yo mismo.

Pero que sea la última vez que me haces esto.

Cuelga el teléfono con rabia y le da un puñetazo a la pared. Se hace sangre en los nudillos. Ahogo un grito y me tapo la boca con las manos.

Sé que es cierto lo que dice mi madre. Gente como él no llega lejos.

A la vista está: es el propio Nick el que tiene que hacer las gestiones que no le corresponden, cobrando el sueldo de su propia madre.

Aun así, por primera vez no pienso que haya hecho nada mal para estar en esta situación.

Al contrario. Parece que está cargando con responsabilidades que no le pertenecen, por culpa, al parecer, de gente como su madre, que no se toma sus responsabilidades de forma seria.

Entonces lo veo con la respiración agitada y los ojos brillantes. Un momento… ¿está llorando? No puede ser cierto. No sé por qué, pero en ese momento decido darme a ver y salgo de detrás de las taquillas.

—¿Estás bien? —pregunto con voz más suave de lo que pretendía.

Nick se gira rápidamente, se limpia los ojos con el dorso de la mano. Durante apenas un segundo nuestras miradas se cruzan. La tristeza sigue ahí. Cruda. Sin disfraz. Pero desaparece casi al instante. Como si alguien accionara un interruptor invisible.

—Vaya, vaya… ¿doña Malgenio espiándome en los vestuarios?

—dice con tono burlón, acercándose a mí con esa chulería que me saca de quicio—.

Ya iba siendo hora de que me buscaras en los recovecos del instituto —ladea la cabeza y me mira de arriba abajo con una sonrisa lobuna—. Estás muy guapa hoy, Salamandra.

Siento cómo mi pulso se acelera sin permiso. Le planto una mano en el pecho para detenerlo antes de que se acerque más.

—Eh, hombretón de las cavernas —le digo con chulería—, solo quería saber si estabas bien. Nada más.

Él ignora mi mano y se inclina para plantarme un beso rápido en el cuello. Su aliento caliente contra mi piel me pone la carne de gallina.

—¿Sabes cómo estaría mucho mejor? —susurra cerca de mi oído—. Contigo debajo de mí, sin ropa… Si estás dispuesta a que me sienta bien, ya sabes. Si no, vete.

Lo miro con una mezcla de deseo y rabia. Para una vez que decido ser amable con él…

—Eres un imbécil —le suelto, apartándome—. Me enrollaré contigo el día que tu polla deje de ser la más usada del instituto y aprendas, aunque sea por una vez, el nombre de la chica con la que estás hablando.

Nick da un paso atrás y me mira con mucha intensidad. Luego, con una sonrisa lenta y peligrosa, recita:

—Kassandra López. Tu cumpleaños es el 2 de febrero, curiosamente un día después del mío. Tus asignaturas favoritas son Arte y Gimnasia. Tu color favorito es el amarillo. Te gusta el café solo, sin azúcar. Y siempre usas tanga.

Me quedo completamente desorientada. Parpadeo varias veces sin saber qué decir.

—¿Lo he hecho bien, Salamandra? —pregunta socarrón—. ¿Me dejarás ya que me quite toda la tensión contigo?

Lo miro fijamente, sintiendo cómo el corazón me late demasiado fuerte.

—No tengo ni idea de cómo sabes eso —respondo al fin—. Pero sí sé que tu polla sigue siendo la más usada del instituto. Así que la respuesta sigue siendo no.

Me doy la vuelta y salgo de los vestuarios intentando mantener la compostura, aunque siento su mirada clavada en mi espalda todo el camino.

Durante todo el entrenamiento intento concentrarme en la coreografía.

Lo intento de verdad. Pero cuando Nicholas sale al campo con el resto del equipo y el sol se refleja sobre el casco mientras empieza a correr, descubro que mis ojos lo buscan mucho más de lo que debería.

Procuro ignorarlo de verdad. Pero es imposible.

Su risa, su forma de moverse… todo él parece ocupar demasiado espacio.