CAPÍTULO 3 ATADO DE PIES Y MANOS
ATADO DE PIES Y MANOS
Nick
Claire está sentada en el sofá del salón con una copa de vino en la mano cuando entro en su casa dando un portazo que hace vibrar los cristales del aparador.
Ni siquiera se inmuta. Levanta la vista de la revista que estaba hojeando y una sonrisa lenta, divertida y absolutamente exasperante se dibuja en sus labios perfectamente pintados de rojo.
—Vaya... —dice con una calma insultante mientras cruza una pierna sobre la otra—. Alguien parece de mal humor —la fulmino con la mirada.
—¿De mal humor? ¿En serio esa es tu conclusión? —le inquiero. Ella deja la copa sobre la mesa auxiliar sin perder la sonrisa.
—Pues sí. Esa o que has venido porque me echabas muchísimo de menos —se burla. Resoplo con fuerza y empiezo a caminar de un lado a otro del salón, incapaz de quedarme quieto.
—Me dijiste que Marissa estaría sola.
—Y eso creía.
—¡Pues no lo estaba! —mi voz retumba por toda la estancia—.
Ha aparecido su marido cuando estábamos en mitad del polvo.
He tenido que salir desnudo por la ventana de una primera planta.
¿Sabes la hostia que me podía haber dado?
Casi me parto el cuello —le acuso. Claire se lleva una mano a los labios para contener una risa que termina escapándose de todas formas.
—Perdón... —dice entre carcajadas—. Es que me estoy imaginando tu cara.
—¿Te parece gracioso? —la fulmino con la mirada.
—Un poco.
—Claire...
—Vale, vale... un mucho.
—No tienes remedio —niego lentamente con la cabeza.
Ella se levanta con la elegancia de siempre y se acerca hasta quedar a apenas un paso de mí. Huele a ese perfume dulce que soy capaz de reconocer incluso con los ojos cerrados. Apoya una mano sobre mi pecho y empieza a acariciarlo con una lentitud desesperante.
—Relájate.
—No —aparto su mano con suavidad.
—Nick...
—No tiene gracia —mi tono cambia por completo.
Ya no estoy enfadado por haber salido desnudo de aquella casa.
Estoy enfadado por otra cosa—. Podrían haberla matado a ella.
Su marido estaba completamente fuera de sí.
Deberías haber visto su cara. Y ni siquiera pude quedarme para defenderla porque me habría matado antes de intentarlo —Claire deja de sonreír.
—No exageres.
—No exagero una mierda —bramo y me paso una mano por el pelo todavía húmedo de la ducha que me había dado antes de venir aquí—.
Si no hubieran llamado a la policía, ese tío habría descargado la rabia con su mujer...
¿te has parado a pensar qué habría pasado?
—El silencio dura unos segundos—. No pienso dejar que vuelva a ocurrir —Claire me observa con una expresión distinta. Más seria.
—No puedes cargar con todos los problemas del mundo, Nicholas.
—No. Pero sí con los que provoco.
—No fuiste a esa casa solo por dinero —me acusa suspirando. Levanto una ceja.
—¿Ah, no?
—Sabes perfectamente que no —vuelve a acercarse hasta rozar mi pecho con la yema de los dedos de una mano mientras la otra va directamente a mi bragueta y me aprieta la polla con pericia, haciendo que se me ponga un poco dura al instante.
Odio que conozca tan bien mi cuerpo que no tenga nunca opciones para refrenarme—.
También porque te gusta —sonrío sin ganas.
—¿El qué?
—El peligro —su mano masajea lentamente mi polla—. La adrenalina —sus labios rozan mi mandíbula—. Las mujeres que saben exactamente lo que quieren —cierra los ojos un instante, regodeándose en la rendición evidente de mi cuerpo, antes de besarme muy despacio el cuello—. Como yo.
—Joder... —no puedo evitar soltar un gruñido de resignación. Ella sonríe contra mi piel al notar lo duro que me he puesto.
—¿Ves?
—Puede que tengas razón —resoplo. Levanto una mano para apartarme unos centímetros y poder mirarla a los ojos—.
Sí. Me gusta la adrenalina. Me gusta el sexo.
Me gusta vivir al límite muchas veces. Pero no volveré a poner en peligro a otra persona solo por sexo.
Eso se acabó —Claire inclina la cabeza con una sonrisa divertida, como si supiera que esa promesa durará exactamente lo que ella quiera.
—Estás demasiado tenso —susurra y empieza a quitarme lentamente la camiseta. Le sujeto la muñeca.
—Claire...
—Déjame terminar —su voz baja casi hasta convertirse en un susurro—.
He pasado toda la mañana echándote de menos, imaginando que te la follas a ella como a mí me gusta y no a mí.
Yo también lo paso mal cuando estás con otras.
Pero… ese es nuestro trato, Nick. Lo sé.
Sé que tu cuerpo no me pertenece solo a mí.
Pero me pertenece más que al resto, ¿verdad, mi chico?
—La miro con incredulidad. Ella se ríe. Consigue quitarme la camiseta y deja que resbale hasta el suelo—. Además... he comprado algo para Emma.
—¿Qué has comprado?
—Un disfraz de hada precioso. Con alas, varita y un montón de brillantitos. La dependienta me aseguró que era el favorito de todas las niñas de su edad —no puedo evitar imaginar la cara de mi hermana. Claire lo nota enseguida—. Le va a encantar.
—No tienes por qué comprarle cosas —digo apretando la mandíbula.
—Lo sé —apoya ambas manos sobre mi pecho y me obliga a sentarme sobre su sofá—.
Quiero hacerlo —vuelve a susurrar mientras me baja los pantalones y los bóxers de una vez y comienza a acariciarme la polla con sus expertas manos, esparciendo una gota de líquido preseminal por el glande y haciéndome ver las estrellas cuando pasa su uña pintada de rojo por él.
Levanto la vista hacia el techo durante un segundo.
—Claire... —gruño y ella sonríe con esa seguridad que siempre consigue desarmarme.
—Déjame cuidar de ti un rato. Y deja que te compense por el desastre de hoy.
Se arrodilla frente a mí y se mete mi polla en la boca con suavidad.
Por un instante cierro los ojos. Ojalá todo fuera tan sencillo como aceptar el dinero y marcharme.
Pero nunca lo es. Nunca con Claire. Hija de puta.
Sabe exactamente cómo tocarme los puntos débiles.
Claire la mira con hambre mi polla y se lame los labios.
—Qué polla más bonita tienes, mi chico —murmura antes de metérsela en la boca de golpe —grande, dura y gruesa y deseosa de mis atenciones, ¿verdad?
—me provoca y empieza a chupármela acto seguido con brío y destreza.
Gimo fuerte y echo la cabeza hacia atrás.
Claire es una experta. Me la chupa con ganas, profunda, húmeda, usando la lengua en la punta mientras me acaricia los huevos.
Le agarro el pelo con una mano y empiezo a follarle la boca con ritmo.
—Joder… así… trágatela entera —gruño.
Mientras le follo la boca, no puedo evitar pensar en lo extraña que es mi vida.
Hace unos años Claire era solo la jefa y amiga de mi madre.
Ahora es la mujer que me mantiene económicamente a cambio de follarme cuando le apetece.
Una depravada sexual que al menos tuvo la decencia de esperar a que cumpliera dieciocho para tocarme.
Aunque me venía preparando para esto desde hace años con insinuaciones y provocaciones.
Y yo… yo estoy aquí, disfrutando de su boca como un puto adicto.
Claire gime alrededor de mi polla, mirándome con ojos llenos de lujuria.
Me voy a correr rápido, lo sé. Esta mujer sabe muy bien lo que hace y es demasiado morbosa como para que pueda evitarlo.
Y eso hago. Me corro con fuerza, gruñendo, llenándole la boca.
Ella no se aparta. Traga todo y me enseña la lengua vacía con una sonrisa orgullosa.
—Buen chico —susurra.
Se sube encima de mí, se quita el camisón y se sienta sobre mi polla todavía medio dura. Me la mete de golpe y empieza a cabalgarme con ganas. Sus tetas rebotan delante de mi cara. Se las agarro con fuerza mientras la embisto desde abajo.
—Más fuerte, Nick —gime—. Fóllame como solo tú sabes.
La levanto en brazos sin salir de ella y la follo de pie, con brutalidad.
La empalo contra la pared, luego la tiro en el sofá y la pongo a cuatro patas.
La follo salvajemente, dándole azotes, tirándole del pelo, diciéndole lo depravada que es y cómo le encanta que la use.
Claire se corre gritando mi nombre. Yo la sigo poco después, corriéndome dentro de ella con un gruñido animal.
Caemos exhaustos en el sofá. Ella me besa el pecho, todavía jadeando.
—Eres el mejor juguete que he tenido nunca —susurra. Yo miro al techo, respirando agitado. No sé en qué momento dejé de vender mi cuerpo para empezar a vender también mi libertad.