Tocables Intocables (The Ruins 2) CAPITULO 1 EXPULSIÓN
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CAPITULO 1 EXPULSIÓN

EXPULSIÓN

Nick

El agua caliente cae sobre mi espalda mientras tengo a la rubia de las animadoras empalada contra la pared de la ducha.

Se llama Brittany, creo. O Brianna. Da igual.

Lo importante es que tiene las piernas alrededor de mi cintura, las uñas clavadas en mis hombros y está gimiendo como si le estuviera cambiando la vida.

—Joder, Stone… —jadea contra mi cuello—. Eres una puta bestia… qué polla tienes, Dios mío.

Sonrío con arrogancia mientras la embisto más fuerte. El sonido húmedo de mi polla entrando y saliendo de ella resuena entre las baldosas. Me encanta cuando me alaban. Sobre todo, cuando lo hacen mientras las estoy follando.

—¿Te gusta, eh? —le gruño al oído, mordiéndole el lóbulo—. Dime lo que te gusta.

—Todo —gime, apretándome con las piernas—. Me encanta cómo me follas… eres tan grande… tan fuerte… esos músculos… joder, me vuelves loca.

Le agarro el culo con fuerza y la levanto un poco más para metérsela más profundo.

Ella echa la cabeza hacia atrás y suelta un gemido largo que seguro que se oye hasta en los vestuarios.

Me pone cachondo saber que cualquiera podría pillarnos.

De hecho, esa es parte de la gracia. Sigo follándola con ritmo constante, sintiendo cómo sus paredes me aprietan.

Estoy sudado del entrenamiento, el agua caliente cae sobre nosotros y el vapor lo llena todo.

Es perfecto. Soy un puto rey en este momento.

De repente, la cortina de la ducha se abre de golpe.

—Nick, joder, ¿en serio? —Ryder está ahí, desnudo después de ducharse, con cara de cabreo y la toalla en la mano. Mira a la rubia y luego a mí, negando con la cabeza—. Te van a expulsar un día de estos, imbécil —gruñe.

No dejo de follarme a la chica. Aunque sé que mi amigo tiene razón.

Ya estamos en el último curso del dichoso instituto y no debería estar jugándomela tanto.

Pero esto es lo único que sé hacer y que me han enseñado a hacer para establecer contacto con la gente de fuera de mi círculo de amigos para parecer un poco normal.

Solo sé hacer esto. Usar mi cuerpo y mi encanto como Claire me ha enseñado.

Follar como una bestia para ganarme algunos piropos de mujeres que, de otro modo, me mirarían todavía como si fuese un bicho raro, un inadaptado y un caso sin solución.

Mi vida no es fácil y a nadie parece importarle una mierda, solo a Ryder, Carter y Justin, pero porque su vida es tan mierda o más que la mía.

Para el resto del instituto y del pueblo soy el hijo de una drogadicta y, por ende, un futuro drogadicto sin solución.

No lo soy. Pero mi palabra no parece suficiente para convencerlos.

Aunque mi polla, por lo visto, sí. He conseguido convencer a algunas féminas de que soy valioso para algunas cosas.

A la rubia esta, ¿cómo se llamaba? Bah… da igual…

pero a ella ya la estoy convenciendo de que la próxima vez que me vea me tendrá que saludar con una sonrisa en la cara y las mejillas sonrosadas.

Porque le estoy haciendo pasar el mejor rato de su vida.

Sigo moviendo las caderas con ritmo mientras miro a Ryder con una sonrisa de mierda.

—¿Celoso, Knox? —le digo sin aliento—. Si quieres unirte, hay sitio. A ella seguro que no le importa. ¿Verdad, preciosa?

La rubia gime más fuerte, claramente excitada por la situación. Ryder pone los ojos en blanco.

—Eres un puto animal. Tengo otros planes. Y por tu culpa voy a tener que darme una ducha fría.

Se da la vuelta y se va murmurando insultos. Yo me río y sigo follándome a la rubia con más ganas. Me encanta cabrear a Ryder. Es demasiado serio para su propio bien. La rubia me clava las uñas en la espalda.

—Eres tan malo… —me susurra al oído.

—Y te encanta —respondo, mordiéndole el cuello.

Sigo embistiéndola con fuerza, sintiendo que el orgasmo se acerca. Cuando estoy a punto, salgo de ella, la pongo de rodillas en el suelo mojado y le agarro el pelo.

—Abre la boca —le ordeno.

Ella obedece, mirándome con ojos vidriosos de placer. Le pinto la cara con mi corrida, gruñendo bajo mientras me vacío sobre sus labios, sus mejillas y su lengua. Ella gime y se traga lo que puede.

Varios chicos del equipo que pasan por allí, dado que Ryder se ha dejado la puta cortina abierta, vitorean y silban. Yo me río, todavía jadeando, y le guiño un ojo a la rubia.

—Buena chica.

En ese preciso momento se oyen pasos fuertes y voces enfadadas. El entrenador y el director del instituto aparecen en la entrada de las duchas. Sus caras son un poema. Mierda. Estoy en problemas.

—¡Stone! —ruge el entrenador—. ¡Vestíos ahora mismo y al despacho del director! ¡Hay que joderse con este chaval! Señor director, vayámonos y esperémosle en su despacho. Será mejor que al menos tengan privacidad para vestirse.

—¡Vale! ¡Ya voy, Eddie! —le grito felizmente a mi entrenador cuando oigo sus pasos alejarse. Suspiro. Tendré que emplear mi mejor cara de inocente cuando llegue al despacho.   La rubia se pone blanca y empieza a maldecir en voz baja.

—¡Joder, joder! Mi padre me va a matar… —susurra, nerviosa. La ayudo a levantarse y le doy un beso rápido en la frente.

—Tranquila. Vete a casa. No te han visto la cara. Yo asumiré toda la culpa.

Ella me mira con lágrimas en los ojos, me besa en la mejilla y sale corriendo, tapándose como puede con una toalla.

Yo me visto despacio, sin prisa. Cuando salgo de las instalaciones deportivas con el pelo todavía mojado, Kassy está fuera, apoyada en la pared con los brazos cruzados.

Me mira con esa cara de “eres un caso perdido” que tanto me gusta.

—Hola, Salamandra —le digo con mi sonrisa más socarrona, guiñándole un ojo y tirándole un beso.

Ella bufa y niega con la cabeza, pero no dice nada. Solo me mira marchar.

Kassandra López. La única chica que no se me abre de piernas con solo mirarla. La morena de carácter de mierda que me desafía con la mirada cada vez que nos cruzamos. No sé por qué cojones me acuerdo siempre de su nombre completo cuando me he follado a tantas que ni recuerdo sus caras.

Tal vez sea precisamente por eso. Porque ella no me tiene miedo. Porque me mira como si fuera un problema que resolver. Y porque me desafía. No me ignora como el resto del mundo. Siempre me mira directamente a los ojos.

Sigo caminando hacia el despacho del director con una sonrisa en la cara.

La sonrisa se me va borrando conforme me acerco al despacho del director.

No porque crea que voy a librarme. Hace mucho que aprendí que las consecuencias siempre terminan alcanzándome.

Algunas me las busco yo solo. Otras simplemente vienen con el apellido Stone. Llamo con los nudillos dos veces.

—Adelante.

Abro la puerta y entro despacio. El director está sentado detrás de su escritorio con las manos entrelazadas sobre la mesa.

A su derecha, Eddie permanece de pie, apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y la mandíbula tan tensa que parece que vaya a partirse en dos.

En cuanto cierro la puerta, el silencio se vuelve pesado.

—Siéntate, Stone —ordena el director sin molestarse siquiera en mirarme.

Obedezco sin decir una palabra. Apoyo los antebrazos sobre las piernas y bajo la vista al suelo. No hace falta ser un genio para saber lo que viene ahora.

—Llevo tres años soportando tus faltas de disciplina —empieza con una calma que da mucho más miedo que un grito—. Peleas, contestaciones, retrasos, desafíos constantes a la autoridad y una colección interminable de sanciones. Pero lo de hoy ha sido la gota que ha colmado el vaso.

No respondo.

—Mantener relaciones sexuales dentro de las instalaciones del instituto, durante el horario de entrenamiento, delante de varios alumnos y compañeros del equipo... ¿Eres consciente del espectáculo que has dado?

Aprieto la mandíbula.

—Sí, señor.

—¿Eso es todo lo que tienes que decir? —Levanto la cabeza un instante.

—No hay excusa.

El director resopla con evidente decepción antes de abrir una carpeta que tiene sobre la mesa.

—El reglamento es muy claro. Quedas expulsado del instituto durante tres semanas. Además, quedarás suspendido de cualquier actividad extraescolar mientras dure la sanción. Eso incluye los entrenamientos y los partidos del equipo.

La palabra expulsado me golpea el pecho con más fuerza de la que esperaba.

—Joder... —maldigo entre dientes, llevándome una mano a la nuca. Eddie desvía la mirada durante un segundo. Sé perfectamente que también le duele. Asiento despacio.

—Lo entiendo.

El director arquea una ceja, sorprendido de no encontrar resistencia.

—¿No vas a protestar? —pregunta y niego con la cabeza.

—No, señor. Me lo he ganado —las palabras pesan más de lo que imaginaba pronunciarlas—. Solo puedo pedir disculpas. Sé que he cruzado todos los límites. No volverá a ocurrir.

El despacho vuelve a quedarse en silencio. El director me observa unos segundos como si intentara decidir si estoy siendo sincero o simplemente soy un buen mentiroso.

—Eso mismo dijiste después de tu última sanción.

—Lo sé —no intento rebatirlo.

—Y aquí estamos otra vez.

—Sí, señor —acepto, bajando la vista. El hombre cierra la carpeta de golpe.

—Puedes marcharte —dice y me pongo en pie despacio.

—Siento haberle hecho perder el tiempo. Y siento haber dejado al equipo en esta situación.

No espero respuesta. Me doy media vuelta dispuesto a salir cuando la voz de Eddie me detiene.

—Stone —me llama y miro por encima del hombro—. Ven un momento.

El director hace un gesto impaciente con la mano, como dando a entender que ya ha terminado conmigo.

Aprovecho para acercarme al entrenador. En cuanto estoy a su lado, Eddie me coloca una mano en la nuca y tira de mí hasta abrazarme con fuerza.

Es un gesto rápido, casi torpe, como si le diera vergüenza hacerlo delante del director. Me quedo completamente quieto.

—Eres idiota, ¿lo sabías? —murmura con una mezcla de enfado y cariño. No puedo evitar soltar una risa floja por la nariz.

—Sí.

Se separa apenas unos centímetros, me mira directamente a los ojos y baja todavía más la voz para que solo pueda oírlo yo.

—Escúchame bien. No sé qué demonios pasa por esa cabeza tuya ni qué cargas llevas cuando sales de aquí, pero sé que eres mucho mejor chico de lo que todo este pueblo cree —trago saliva ante sus palabras porque no estoy acostumbrado a este tipo de mensaje—.

Estas semanas van a hacerse largas. Si necesitas cualquier cosa...

cualquier cosa, Nick..., me llamas. Da igual la hora. ¿Entendido?

Asiento sin atreverme a sostenerle la mirada demasiado tiempo.

—Sí, entrenador.

—Prométemelo.

—Se lo prometo.

Eddie me da un par de palmadas en el hombro antes de obligarme a levantar la barbilla.

—No tires por la borda el futuro que te has ganado. Hay demasiada gente esperando que fracases. No les des ese gusto.

Me limito a asentir una vez más. Si abro la boca ahora mismo, es probable que se me quiebre la voz.

Salgo del despacho con las manos metidas en los bolsillos y cierro la puerta a mi espalda con cuidado. El pasillo está completamente vacío.

Respiro hondo. Tres semanas. La primera gran cagada de mi último año.