Tocables Intocables (The Ruins 2)
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Prólogo
Kassy
Me miro al espejo y veo a la niña de trece años más pletórica del mundo.
Llevo toda la tarde esperando este momento.
El vestido cuelga de mi cuerpo como si lo hubieran cosido pensando en mí, con una falda vaporosa que se abre cada vez que doy una vuelta sobre mí misma y unas pequeñas flores bordadas en tonos azulados que brillan cuando la luz de la lámpara cae sobre ellas.
Llevo varios minutos girando delante del espejo sin cansarme, riéndome sola como una idiota mientras imagino la cara que pondrán mis padres cuando me vean bajar las escaleras.
Me siento guapa. Guapa de verdad. Guapa porque me gusto.
Porque, hoy más que nunca, el reflejo que me devuelve el espejo me resulta precioso.
Me aparto un mechón de pelo de la cara, vuelvo a girar sobre mí misma y no puedo evitar sonreír.
Ojalá pudiera ponerme este vestido para ir al colegio. ¡Para ir a todos lados! Me encanta.
—¡Mamá! —grito desde el vestidor sin apartar la vista del espejo—. ¡Ya estoy!
Escucho el sonido inconfundible de sus tacones acercándose por el pasillo.
Mi madre nunca camina deprisa. Todo en ella parece calculado: la postura recta, los hombros relajados, el pelo perfectamente recogido, la ropa sin una sola arruga.
Incluso cuando está en casa transmite esa sensación de mujer elegante que parece haber nacido sabiendo exactamente cómo debe moverse para resultar impecable.
La puerta se abre despacio y entra sosteniendo una copa de vino entre las manos.
Durante unos segundos no dice absolutamente nada.
Solo me observa. Su mirada asciende lentamente desde los zapatos hasta mi cara y vuelve a bajar otra vez, como si estuviera comprobando que cada detalle ocupa el lugar correcto.
Yo espero impaciente su reacción con la ilusión propia de una niña que todavía cree que la opinión de su madre es la medida exacta de todas las cosas.
—Qué bonito es el vestido... —dice finalmente con una sonrisa suave mientras deja la copa sobre el tocador. Noto cómo el pecho se me infla de orgullo.
—¿Verdad? Sabía que me iba a quedar bien. Cuando lo vi en el escaparate me imaginé llevándolo puesto y no podía dejar de pensar en él.
Mi madre se acerca hasta mí con esa elegancia serena que siempre la acompaña.
Coloca dos dedos sobre uno de los tirantes para acomodarlo mejor, alisa una pequeña arruga de la falda y gira ligeramente mi cuerpo sujetándome por la cintura para observar el vestido desde otro ángulo.
Asiente despacio varias veces antes de sonreír de nuevo.
—Sí, es precioso —hace una pausa tan breve que apenas dura un segundo, pero es suficiente para que yo levante la cabeza esperando el resto de la frase—. Aunque te quedaría muchísimo mejor si dejaras de atiborrarte a chocolatinas.
Lo dice riéndose. Con un tono ligero. Casi divertido. No hay maldad en su voz. Ni dureza. Ni siquiera parece consciente de que acaba de lanzar una piedra contra algo que todavía está empezando a construirse dentro de mí.
Yo también me río. Es una risa automática, pequeña, incómoda. La clase de risa que nace cuando no sabes muy bien qué otra cosa hacer.
—Mamá... —ella se encoge de hombros sin perder la sonrisa.
—¿Qué? No pongas esa cara. Solo te estoy dando un consejo.
Eres una niña muy bonita y sería una pena que, cuando crezcas, te descuides.
Las mujeres tenemos que aprender desde pequeñas que nuestro aspecto abre muchas puertas.
Yo solo intento que tú tengas las cosas un poquito más fáciles de lo que las tuve yo.
Se inclina para besarme la frente y, antes de apartarse, vuelve a pasar la mano por mi cintura con un gesto casi mecánico.
—Además, tienes una cara preciosa. Si aprendes a cuidarte, volverás loco a cualquier hombre que merezca la pena.
Sonríe satisfecha con sus propias palabras, recoge la copa de vino y sale del vestidor con la misma tranquilidad con la que ha entrado.
La puerta se cierra detrás de ella y el silencio vuelve a adueñarse de la habitación.
Durante unos instantes sigo exactamente donde estoy, mirando el mismo espejo, llevando el mismo vestido y siendo exactamente la misma niña que era un minuto antes. Sin embargo, ya no me veo igual.
Bajo la mirada despacio hacia mi cintura.
Giro un poco el cuerpo. Me coloco de perfil.
Paso las manos por las caderas con una curiosidad nueva, una que no estaba ahí hace apenas unos segundos.
Frunzo ligeramente el ceño. Meto la barriga.
El vestido parece caer un poco mejor. Suelto el aire y la tela vuelve a apoyarse sobre mi cuerpo con naturalidad.
Repito el gesto. Otra vez. Y otra. Sin darme cuenta de que llevo varios minutos intentando descubrir aquello que mi madre ha visto y que yo, hasta ese instante, ni siquiera sabía que existía.
Abro el cajón del tocador buscando una goma para recogerme el pelo y lo primero que encuentro es una chocolatina que guardé del recreo porque quería comérmela después de cenar.
La sostengo entre los dedos mientras recuerdo las palabras de mi madre.
«Te quedaría muchísimo mejor...» La observo unos segundos.
Hace un momento me moría de ganas de desenvolverla.
Ahora siento una especie de vergüenza absurda por haber pensado siquiera en comerla.
Vuelvo a dejarla en el cajón y lo cierro despacio.
No pasa nada. Puedo esperar. Tampoco tengo tanta hambre. Solo es una chocolatina.
Antes de salir del vestidor vuelvo a levantar la vista hacia el espejo.
Ya no miro el vestido. Ni el color de la tela.
Ni cómo gira la falda cuando doy vueltas.
Miro mi barriga. Mis caderas. Mis muslos.
Intento adivinar cuánto tendría que cambiar para que aquel «muchísimo mejor» desapareciera de la frase y se convirtiera simplemente en un «te queda perfecto».
Me río otra vez, como si fuera una tontería.
Pero esa noche, cuando me acuesto, me quedo un rato tocándome la tripa por debajo de la camiseta. Y pienso, por primera vez, que ojalá pudiera ser más delgada. Que ojalá pudiera ser perfecta.