Tinta, seda y más que un amor de verano Capítulo 15. Al otro lado del mar
97%

Capítulo 15. Al otro lado del mar

Al otro lado del mar

A ños después, cuando el verano de Shanghái ya no es para ellos una estación sino un recuerdo compartido, Su Mei descubre que la felicidad no se parece en nada a lo que le habían prometido.

No tiene la quietud elegante de las casas respetables, ni la seguridad pulida de los matrimonios negociados con tazas de té, ni esa armonía doméstica que las tías invocaban como si una mujer pudiera descansar para siempre dentro de una vida bien dispuesta.

La felicidad, al menos la suya, es mucho más desordenada.

Tiene manchas de tinta sobre la mesa del comedor, horarios imposibles, baúles abiertos en mitad del dormitorio, discusiones sobre dinero, cartas que llegan tarde, encargos que deben entregarse antes del amanecer, medias noches esperando a que Yuesheng regrese del teatro con los ojos todavía encendidos por el personaje, mañanas en las que ella se queda dormida sobre un dibujo y él le cubre los hombros con una chaqueta antes de salir a ensayar.

También tiene risa.

Esa risa que ella escuchó por primera vez en el mercado, entre puestos de fruta y sombreros de paja, y que entonces le pareció una aparición más íntima que cualquier confesión.

Años después, todavía la reconoce como una de las pocas cosas del mundo que no se han vuelto costumbre.

Yuesheng se ríe cuando ella se enfada porque no es capaz de plasmar la postura de una mano en un boceto; se ríe cuando ella olvida comer porque está terminando una ilustración para la gaceta; se ríe cuando los periodistas occidentales, en los banquetes, le preguntan por «el misterio de la feminidad oriental» y él responde con una cortesía tan falsa que Su Mei tiene que esconder la sonrisa detrás de la taza.

Se ríe menos que otros hombres, pero cuando lo hace, el rostro se le abre de la misma manera que aquella mañana lejana, como si por un instante devolviera al mundo todo lo que el escenario le exige contener.

Están casados.

No fue fácil, aunque con el tiempo muchos prefirieron contar que sí.

La memoria social tiene esa cortesía cobarde ya que convierte las resistencias vencidas en bendiciones inevitables.

Años después, algunos dicen que Su Zhengde aceptó desde el principio porque vio en Lin Yuesheng una grandeza que otros no habían sabido reconocer.

No es cierto. Su padre tardó meses en mirarlo sin dolor, más de un año en llamarlo por su nombre sin una pausa previa, y mucho más en asistir a una función sin sentarse rígido como un hombre que aún no sabe si ha entregado a su hija al arte o al abismo.

Pero el tiempo, que no cura todo, sí cansa algunas defensas.

Yuesheng nunca intentó ganarlo con adulaciones.

Se presentó en la casa todas las veces que fue necesario, soportó silencios, preguntas, desprecios velados, y una noche, después de una función en la que interpretó a una viuda que se niega a volver a casarse, Su Zhengde lo esperó al final, le entregó un paquete de té para Su Mei y dijo únicamente:

—Ha cantado bien.

Yuesheng, que había recibido ovaciones más largas, elogios más refinados y críticas más importantes, volvió aquella noche a casa con la expresión de un hombre al que le habían concedido una provincia entera.

Su Mei no se convirtió en una esposa tradicional.

Tampoco en una esposa rebelde de esas que las revistas modernas celebran con demasiada facilidad, como si la independencia consistiera solo en llevar el cabello corto, fumar en público o pronunciar frases brillantes en cafés iluminados.

Su libertad fue más trabajada. Más cotidiana.

Siguió dibujando. Al principio para La Gaceta Ilustrada de Shanghái , luego para suplementos culturales, revistas teatrales y editores que comprendieron que sus bocetos no eran simples adornos, sino una forma de crítica visual, ya que con dos líneas podía explicar la tensión de una muñeca, con una sombra en el cuello podía mostrar el cansancio de un actor, con el vacío alrededor de una figura lograba decir lo que muchos artículos enterraban bajo palabras demasiado solemnes.

Dibujó camerinos, tramoyistas, músicos, muchachas vendiendo flores a la salida, viejos aficionados discutiendo sobre escuelas de canto, actores jóvenes imitando gestos que aún no entendían, y también a Yuesheng, aunque cada vez menos como artista y cada vez más como territorio conocido, cambiante, imposible de fijar en una sola imagen.

Él, por su parte, llegó a ser aquello que Luo Wenqing llevaba años anunciando antes de que fuera verdad: una estrella.

No una sombra de Mei Lanfang, como algunos insistieron al principio, ni una copia menor de una belleza consagrada, sino una presencia propia dentro del jingju , un actor dan que había aprendido de los grandes maestros la pureza del gesto y, sin embargo, llevaba a escena una emoción más contenida, más moderna, menos dispuesta a desaparecer bajo la perfección.

Su Yu Ji fue celebrada por su lucidez; su Du Liniang [8] , por una melancolía que parecía nacer del sueño mismo; su joven heroína disfrazada para cruzar un jardín se volvió famosa entre las estudiantes, que acudían en grupos y aplaudían con una intensidad que escandalizaba a los aficionados más viejos.

Algunos críticos decían que Yuesheng había llevado al escenario una nueva manera de entender a las mujeres.

No como flores que se inclinan ante el destino, sino como criaturas que aprenden a sobrevivir dentro de los gestos que el destino les permite.

Su Mei sabía que esa lectura le divertía.

—Te atribuyen una revolución —le decía, sentada en el borde de la cama mientras él se quitaba las horquillas después de una función.

—Ojalá me atribuyeran también menos dolor de cuello.

—No seas ingrato. Podrías pasar a la historia.

—Preferiría dormir.

Y, sin embargo, ambos sabían que algo había cambiado.

No porque el teatro se hubiera vuelto justo de pronto, ni porque la sociedad hubiera dejado de mirar con sospecha a los actores dan , ni porque el éxito borrara por completo el desprecio de quienes aceptaban ser conmovidos en la sala y volvían a sus casas sintiéndose superiores al artista que los había conmovido.

Pero el nombre de Lin Yuesheng empezó a aparecer en los periódicos con una frecuencia que ya no podía explicarse como promesa.

Las entradas se agotaban. Las compañías lo reclamaban.

Los empresarios hablaban de giras. Los jóvenes imitaban su manera de sostener el abanico antes de abrirlo.

Las señoras de buena familia que antes habrían murmurado al verlo entrar en una casa ahora preguntaban a Su Mei, con una cortesía hipócrita, si su esposo cantaría en la próxima temporada.

Ella respondía siempre con una sonrisa serena.

Había aprendido a disfrutar de ciertas pequeñas venganzas sin ensuciarlas con palabras.

La invitación a París llega en primavera.

Primero como un rumor, luego como carta oficial, después como un acontecimiento que Luo Wenqing —más canoso, más gordo y todavía incapaz de hablar en voz baja— convierte de inmediato en un hecho histórico.

Una serie de funciones en teatros europeos, encuentros culturales, recepción diplomática, demostraciones de escenas clásicas, un programa que quiere presentar el jingju ante el público francés como arte vivo y no como una curiosidad exótica.

Desde que Mei Lanfang abrió el camino al otro lado del océano, cada viaje de una compañía china parecía llevar sobre los hombros una misión desmesurada: la de demostrar una civilización, seducir a críticos que no conocían los códigos, traducir sin traducir, ser antiguo y moderno a la vez, nacional y universal, refinado y comprensible, fiel y exportable.

Yuesheng lee la carta en silencio.

Su Mei lo observa desde el otro lado de la mesa, con una pluma entre los dedos y una mancha de tinta en la muñeca. La luz de la tarde entra por la ventana de su apartamento, tocando los rollos de papel, una taza olvidada y un ramo de flores marchitas.

—París —dice ella.

Él levanta la vista.

—París.

—Las tías dirán que casarme contigo me ha llevado demasiado lejos.

—Tus tías dirán que París está bien si una va con sombrero y marido adecuado.

—Entonces, por una vez, casi cumplo.

Yuesheng sonríe.

—¿Casi?

—El sombrero ya lo veremos.

Él guarda la carta.

Pero ella nota, bajo la sonrisa, el peso del viaje.

No es miedo exactamente. Yuesheng ha actuado ante salas llenas, ante críticos crueles, ante señores de la guerra, ante aficionados que conocen cada variación de un aria y esperan el error con una devoción casi religiosa.

Pero Europa es otra cosa. París no solo escuchará su voz; lo interpretará.

Lo traducirá en periódicos, lo comparará, lo admirará quizá por razones equivocadas.

La palabra «exótico» acechará cada gesto.

La belleza que él ha construido con años de disciplina puede convertirse, en manos de otros, en una postal.

—La gaceta quiere enviarme —dice Su Mei.

Yuesheng deja la carta sobre la mesa.

—¿Qué?

—Como ilustradora. Y corresponsal visual, si quieren darle un título pomposo. Quieren una serie de crónicas dibujadas de la gira. Los ensayos, los teatros, los espectadores, los camerinos, la travesía, París visto desde una compañía china.

Él la mira, y durante un segundo Su Mei ve pasar por su rostro al joven que una vez rio en el mercado por un chiste malo.

—¿De verdad?

—Me han escrito esta mañana.

—No me lo habías dicho.

—Quería ver primero si ibas a parecer importante al leer tu carta.

—¿Y lo he parecido?

—Terriblemente.

Yuesheng se levanta, rodea la mesa y toma la carta de la gaceta que ella le tiende.

La lee despacio. Ella mira sus manos, las mismas manos que años atrás le enseñaron a mover una manga sobre un escenario vacío, manos más maduras ahora, más fuertes, aunque todavía capaces de volverse flor, agua, duda, espada.

Cuando termina, no dice nada.

Solo se inclina y la besa en la frente.

—¿Qué ha sido eso? —pregunta ella.

—Un gesto poco moderno de orgullo conyugal.