Capítulo 15. Al otro lado del mar #2
—Ten cuidado. Podría acostumbrarme.
—No sería malo.
—Sería peligrosísimo.
Él se sienta a su lado.
—Vendrás como ilustradora, no como mi esposa.
—Iré como ambas cosas. Pero cobraré como ilustradora.
—Eso tranquilizará a tu espíritu.
—Mucho.
Yuesheng ríe.
Su Mei se inclina sobre la mesa, toma una hoja limpia y empieza a dibujar sin pensarlo.
Primero una línea curva, luego el perfil de un barco, después una manga suspendida sobre el agua, no como símbolo literal, sino como si el viaje mismo fuera una tela que alguien despliega entre dos continentes.
Yuesheng observa el dibujo nacer. Durante años ha aprendido a quedarse quieto cuando ella trabaja, a no interrumpir la concentración que en ella adquiere la misma intensidad que el ensayo en él.
A veces, en esos silencios, se reconocen más que en las conversaciones.
—¿Tienes miedo? —pregunta ella sin dejar de dibujar.
—Sí.
—Yo también.
—¿De París?
—De que me guste demasiado.
—¿No es eso lo mismo que te sucedió conmigo?
Él mira por la ventana. Abajo, la ciudad continúa: vendedores, bicicletas, niños, una mujer que sacude una alfombra, un hombre que discute junto a un carro, el sonido remoto de un gramófono.
Shanghái, con toda su voracidad, con todo su calor, con sus fachadas extranjeras y sus callejones chinos, con sus teatros y sus bancos, sus rumores y sus despedidas, les ha dado una vida que ninguno de los dos habría podido imaginar con exactitud.
No una vida fácil. No una vida limpia de heridas. Pero sí una vida propia.
—Estoy feliz.
Yuesheng se queda quieto.
La frase parece sencilla, pero entre ellos adquiere una rareza casi solemne.
Quizá porque ninguno ha sido educado para confiar demasiado en la felicidad.
Ella, porque la felicidad de una mujer siempre había sido presentada como recompensa por obedecer.
Él, porque el teatro le enseñó que las emociones más bellas deben repetirse hasta doler y desvanecerse cuando cae el telón.
Decir «estoy feliz» sin añadir una disculpa, una condición o una sombra les parece todavía un acto de audacia.
—Yo también —dice él.
No se besan en ese momento.
No hace falta.
A veces, después de años de matrimonio, la intimidad ya no necesita demostrarse con urgencia; basta con compartir el peso de una frase y dejar que permanezca en la habitación.
El día de la partida, el puerto está cubierto por una luz grisácea, espesa, atravesada por el humo.
Los miembros de la compañía llegan con baúles enormes, cajas de vestuario, instrumentos embalados, tocados protegidos como reliquias, paquetes de comida, mantas, cartas de recomendación, amuletos y temores mal disimulados.
Luo Wenqing da órdenes a todo el mundo con una energía que solo aumenta cuando nadie le hace caso.
Los músicos discuten por una caja mal etiquetada.
Una joven actriz llora en silencio junto a su madre.
Dos tramoyistas fuman cerca del muelle. Los periodistas toman notas, preguntan, inventan titulares antes de escuchar respuestas.
Su Mei lleva un abrigo ligero, un sombrero discreto y una cartera de cuero llena de papel.
No parece una esposa que acompaña a su marido. Parece alguien que tiene trabajo que hacer.
Y eso la llena de una satisfacción tan profunda que casi le da vergüenza.
Su padre acude a despedirlos.
Ha envejecido. No demasiado, pero sí de una manera que Su Mei nota en los hombros, en la pausa antes de hablar, en la forma en que mira el barco como si calculara la distancia exacta entre proteger y dejar ir. Lleva un paquete pequeño envuelto en tela.
—Para el viaje —dice.
Su Mei lo toma.
—¿Qué es?
—Tinta. De la buena. No compres esa basura francesa si no sabes cómo se comporta sobre el papel.
Ella sonríe, emocionada.
—Padre.
Él mira a Yuesheng. Durante un instante, el puerto entero parece detenerse para Su Mei. Su Zhengde se inclina apenas.
—Cuídala.
Yuesheng devuelve la inclinación.
—Ella no me deja hacerlo demasiado.
El padre de Su Mei lo mira con severidad. Luego, contra todo pronóstico, sonríe un poco.
—Eso lo ha heredado de mí.
Su Mei siente que la frase le llega como una bendición tardía, imperfecta y suficiente. El silbato del barco corta el aire.
Empiezan las despedidas.
Cuando suben la pasarela, Su Mei se vuelve una vez.
Ve a su padre en el muelle, pequeño entre el humo y los baúles, con una mano levantada.
Ve Shanghái detrás de él, oscura, inmensa, contradictoria, la ciudad que quiso encerrarla y también le dio los caminos para escapar; la ciudad donde siguió a un actor por un mercado, donde caminó junto al río, donde fue besada sobre un escenario vacío, donde un hombre se presentó en su casa con una petición imposible.
Yuesheng está a su lado.
No la toma del brazo hasta que ella se lo ofrece.
—¿Lista? —pregunta.
Su Mei mira el barco, el río abriéndose hacia el mar, las cajas de vestuario, las libretas en su cartera, el rostro de su marido iluminado por una mezcla de cansancio, miedo y alegría.
Piensa en Mei Lanfang cruzando océanos años atrás, en los públicos que no entendían las palabras, pero sí los gestos, en aquella vieja pregunta que ha acompañado al jingju desde que salió de sus teatros para mirar al mundo: qué se conserva cuando un arte viaja, qué se pierde, qué se inventa de nuevo bajo una mirada extranjera.
Luego piensa en sí misma.
En la muchacha que escribió una vez, bajo la sombra de un portón, que durante unas horas había sentido que su vida le pertenecía.
Ahora no son unas horas.
Es una vida entera, imperfecta, trabajada, suya.
—Lista —dice.
El barco se mueve.
Shanghái empieza a alejarse lentamente, no como una despedida definitiva, sino como un escenario que queda atrás después de una función decisiva.
Su Mei abre la cartera, saca una hoja y, apoyándola contra la barandilla, traza la primera línea de la crónica antes incluso de que el puerto desaparezca.
Dibuja a Yuesheng de perfil, mirando hacia el mar.
No como Yu Ji, no como heroína, no como estrella.
Como el hombre que ríe, teme, canta, espera y viaja.
Cuando termina el primer boceto, escribe debajo:
«París nos espera al otro lado del agua. Pero antes de llegar, ya hemos cruzado lo más difícil: la distancia entre la vida que otros imaginaron para nosotros y aquella que, gesto a gesto, nos atrevimos a construir».