Tinta, seda y más que un amor de verano Capítulo 14. La puerta abierta
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Capítulo 14. La puerta abierta

La puerta abierta

C uando Su Mei recibe la nota de su padre, tarda varios minutos en decidirse a abrirla, pues la encuentra sobre la mesa del desayuno, colocada junto a la taza de té como si hubiera aparecido allí por sí sola, y reconoce de inmediato la caligrafía.

Su corazón se acelera, porque durante los últimos días ha pensado en él constantemente, en su silencio, en aquella espalda inmóvil junto a la ventana y en la forma en que no se despidió; y aunque a veces la rabia le parece justificada, otras veces solo siente tristeza.

La nota es breve.

«Ven a cenar esta noche. Trae al señor Lin».

Nada más, ninguna explicación, ninguna disculpa, ningún afecto visible, y en particular por eso las manos le tiemblan.

Cuando se la enseña a Yuesheng y le pregunta qué hace ahí, él le cuenta la visita inesperada que ha recibido; y al principio Su Mei, enfadada, da varias vueltas recorriendo el salón mientras dice que no va a asistir, que la reconciliación es imposible, aunque, cuando llega la tarde, ambos suben al automóvil, sabiendo que nada volverá a ser igual después de aquella noche.

La casa parece exactamente la misma, con las lámparas de papel iluminando los senderos y las ventanas proyectando rectángulos dorados sobre la oscuridad, y, sin embargo, para Su Mei todo resulta diferente, porque ya no regresa como una hija obediente, sino como una mujer que ha tomado una decisión.

La puerta principal se abre antes de que llamen, y al otro lado aparece la señora Zhao, la vieja ama de llaves que durante años ha sido una presencia constante en la casa y que ahora tiene los ojos húmedos.

—Señorita...

No dice nada más, simplemente le toma las manos, y durante un instante Su Mei siente que está a punto de llorar.

El comedor ha sido preparado para tres personas, no para una recepción, no para una negociación, sino para una cena, y aquello ya constituye una declaración.

Su Zhengde se encuentra de pie junto a la ventana y, cuando los ve entrar, no se mueve de inmediato, mientras Su Mei siente cómo el corazón comienza a golpearle el pecho y Yuesheng permanece a su lado, silencioso, respetuoso, presente.

Por fin, su padre se vuelve y la observa, y durante unos segundos ninguno habla, porque hay demasiadas cosas acumuladas entre ambos, demasiadas palabras que no han sabido decir, demasiadas heridas y demasiado amor.

—Has adelgazado.

La frase resulta tan inesperada que Su Mei se queda inmóvil y después, contra toda lógica, se echa a reír, y ese gesto termina rompiendo algo que llevaba semanas tensándose entre los dos.

Su padre suspira.

—No era un chiste.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué te ríes?

—Porque sabía que era exactamente lo primero que me dirías.

Por primera vez aparece una sombra de sonrisa en el rostro de Su Zhengde, pequeña, breve pero real.

La cena transcurre con una normalidad extraña, pues hablan del clima, de los negocios, del teatro, de cualquier cosa excepto de aquello que en verdad importa, hasta que finalmente los sirvientes retiran los platos y entonces el silencio cae sobre la mesa, porque nadie puede evitarlo más tiempo.

Su Zhengde deja con tranquilidad los palillos y mira a su hija.

—¿Eres feliz?

La pregunta lo sorprende incluso a él, porque durante años se ha preocupado por su seguridad, por su reputación y por su futuro, y apenas recuerda haberle preguntado aquello.

¿Eres feliz?

Su Mei baja la mirada, después vuelve a levantarla y busca la mano de Yuesheng bajo la mesa.

—Sí.

La respuesta es sencilla, inmediata, absoluta, y Su Zhengde observa aquel gesto y comprende que ya conoce la respuesta desde hace tiempo.

Durante unos instantes nadie habla, hasta que por fin es él quien rompe el silencio.

—Tu madre habría estado de tu parte.

Su Mei siente cómo algo se rompe dentro de ella, porque es la primera vez que lo admite, la primera vez después de tantos años.

Su Zhengde contempla la oscuridad al otro lado de la ventana.

—Durante mucho tiempo pensé que la estaba protegiendo. Creí que proteger significaba decidir. Creí que amar significaba impedir ciertos riesgos.

Se vuelve hacia ellos.

—Estaba equivocado.

Las palabras le cuestan, se nota, y por eso resultan tan valiosas para Su Mei.

Yuesheng permanece inmóvil, no interviene, porque comprende que aquel momento pertenece a ellos, padre e hija, dos personas que han tardado años en aprender a escucharse.

Su Zhengde vuelve a sentarse y después dirige la mirada hacia el actor.

—Señor Lin.

Yuesheng levanta la cabeza.

—Sí, señor.

—La primera vez que lo vi quise echarlo de mi casa.

Una sonrisa cansada aparece en el rostro del anciano.

—También quise golpearlo.

—Ya lo hizo.

Aquello provoca un silencio y después, inesperadamente, Su Zhengde deja escapar una breve carcajada, de modo que incluso Su Mei lo mira sorprendida.

—Supongo que sí.

La tensión termina de desaparecer como una cuerda que por fin se rompe.

Más tarde, cuando el té llega a la mesa, es Su Zhengde quien plantea el tema.

—Si vais a hacerlo, hacedlo con corrección.

Su Mei parpadea.

—¿Hacer qué?

—Casaros.

La palabra cae en medio del salón, simple, directa, definitiva, y Yuesheng permanece inmóvil; por primera vez desde que lo conocen, incapaz de responder.

—Padre...

—No voy a fingir que esto era lo que había planeado, ni voy a fingir que me gusta perder discusiones.

Hace una pausa.

—Pero prefiero organizar una boda que perder una hija.

El silencio que sigue dura apenas unos segundos, porque Su Mei ya no puede contener las lágrimas, se levanta, cruza la distancia y abraza a su padre.

Su Zhengde tarda un instante en reaccionar, solo uno, y después la rodea con los brazos, permaneciendo durante varios segundos inmóvil, con los ojos cerrados, sujetando a la niña que un día sostuvo entre sus manos y a la mujer que finalmente ha aprendido a dejar marchar.

Cuando la noche termina y las luces del jardín vuelven a encenderse bajo las flores, los tres permanecen sentados alrededor de la mesa hablando por primera vez del futuro, no de obligaciones, no de conflictos, sino del futuro, de invitados, de vestidos, de fechas y de un hogar.

Y mientras Shanghái continúa brillando al otro lado de los muros, Su Mei comprende algo que jamás había imaginado posible.

No ha tenido que elegir entre el hombre que ama y la familia de la que procede, porque, al final, el amor no ha destruido aquella casa, sino que la ha transformado, y quizá eso era exactamente lo que necesitaban todos.