Tinta, seda y más que un amor de verano Capítulo 13. El ruido de Shanghái
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Capítulo 13. El ruido de Shanghái

El ruido de Shanghái

L os rumores llegan antes que las cartas, antes que las explicaciones e incluso antes que las noticias, porque Shanghái siempre ha funcionado así: las historias no avanzan por sus calles, flotan sobre ellas, se deslizan entre las mesas de las casas de té, atraviesan los clubes privados, se mezclan con el humo de los cigarrillos extranjeros y terminan llegando a lugares donde nadie recuerda ya quién las contó primero.

Durante días, el nombre de Lin Yuesheng aparece una y otra vez, no en los titulares ni de manera directa, sino como una insinuación en una columna social, como un comentario escuchado en una recepción o como una observación casual durante una partida de mahjong .

Un comerciante afirma que el actor ha rechazado una alianza ventajosa, otro asegura que ha puesto en peligro su carrera por una mujer, alguien jura haber visto a cierta joven respetable entrar en el teatro por la puerta de los artistas.

Nadie sabe nada con certeza, pero todos opinan, y poco a poco aquellas historias terminan llegando hasta Su Zhengde, el padre de Mei.

Al principio las recibe con irritación, después con cansancio y finalmente con una atención que preferiría no sentir, porque esperaba burla, desprecio o la confirmación pública de que su hija había cometido una locura imperdonable.

Sin embargo, la ciudad parece empeñada en responderle otra cosa.

Hay quienes dicen que, al menos, el muchacho tuvo el valor de presentarse en su casa, otros recuerdan que eso ya es más de lo que hacen muchos hombres respetables, que podría haberla convertido en una amante, que podría haber desaparecido, que podría haber mentido, pero fue, pidió permiso y dio la cara.

Aquellas frases lo persiguen, aparecen en conversaciones distintas y en bocas diferentes, incluso en hombres que jamás han pisado un teatro y que, sin embargo, parecen admirar aquella temeridad.

Cuanto más intenta ignorarlas, más difícil le resulta hacerlo, porque en el fondo sabe que contienen una verdad incómoda: Yuesheng podría haber elegido el camino fácil y no lo hizo.

Una tarde, al regresar del banco, un viejo conocido lo alcanza frente a una farmacia de Nanjing Road.

Han hecho negocios juntos durante años, han discutido precios, compartido cenas y negociado contratos, pero nunca han hablado de sentimientos, por eso la frase que aquel hombre pronuncia lo golpea con más fuerza de la esperada.

—La ciudad está cambiando, Zhengde.

Su Zhengde frunce el ceño.

—La ciudad siempre cambia.

—No así.

El hombre observa a un grupo de estudiantes que cruza la avenida, dos muchachas llevan el cabello corto, una fuma y ninguna parece preocupada por quién las observa.

—Nuestros padres decidieron por nosotros, nosotros decidimos por nuestros hijos, y ahora nuestros hijos quieren decidir por sí mismos. Quizá deberíamos preguntarnos quién tiene razón.

La conversación termina allí, pero la frase permanece en su cabeza durante días.

Aquella noche, después de cenar, Su Zhengde entra en el dormitorio de Su Mei.

No lo hace desde que era una niña, y tal vez por eso la habitación le parece al mismo tiempo conocida y extraña.

Los libros, los lápices, las acuarelas, las flores secas olvidadas dentro de un vaso y la luz suave de la lámpara sobre el escritorio conservan la presencia de alguien que acaba de salir durante unos minutos y está a punto de regresar; sin embargo, la habitación está vacía, y aquella ausencia resulta insoportablemente visible.

Se acerca al escritorio y observa los cuadernos apilados, los dibujos, los bocetos y los márgenes llenos de anotaciones hasta que encuentra un cuaderno antiguo de páginas amarillentas y letra infantil.

Lo abre casi sin pensar y se queda inmóvil.

Hay dibujos, docenas de ellos: barcos, calles, escenarios, actrices, mujeres viajando solas, mujeres leyendo, mujeres pintando y mujeres caminando por ciudades lejanas.

Página tras página, años enteros, sueños enteros.

Y de pronto comprende algo que jamás había querido ver.

Nada de aquello empieza con Yuesheng. Nada.

Ni el deseo de dibujar, ni la necesidad de elegir, ni la rebeldía ni el hambre de libertad.

Todo estaba allí mucho antes, cuando Su Mei todavía era una niña que se sentaba sobre sus rodillas para enseñarle sus dibujos, cuando él sonreía sin prestar demasiada atención, convencido de que habría tiempo para escucharla más adelante.

Se sienta lentamente junto al escritorio y, por primera vez en muchos años, piensa en su esposa.

Piensa en los dibujos escondidos, en los poemas nunca publicados y en las cosas que ella dejó de pedir porque comprendió que nadie iba a concedérselas.

Piensa en cuántas veces confundió el amor con la protección y la protección con el control.

La lámpara continúa iluminando las páginas mientras fuera Shanghái sigue despierta, pero dentro de la habitación reina un silencio que parece durar años.

A la mañana siguiente sale solo, sin chófer, sin empleados y sin anunciar adónde va.

Camina simplemente, atraviesa calles que conoce desde hace décadas, pero que observa como si fueran nuevas.

Las muchachas modernas pasan junto a él con vestidos ajustados y labios pintados; los estudiantes discuten sobre política; los automóviles se mezclan con los rickshaw ; los tranvías avanzan haciendo sonar sus campanas; las fachadas occidentales se reflejan sobre los escaparates.

Y Shanghái late, incansable, imparable. De pronto comprende algo que nunca había querido aceptar.

La ciudad que intenta preservar ya no existe, quizá nunca existió.

Tal vez solo fue una fotografía detenida en su memoria, una imagen inmóvil que llevaba años intentando imponer al mundo, mientras el mundo, entretanto, seguía avanzando.

Cuando llega al edificio en el que sabe, gracias a sus fuentes, que vive Yuesheng, permanece varios minutos frente a la entrada, observándola, respirando, pensando.

Luego entra, sube las escaleras y llama.

El sonido resuena al otro lado de la puerta.

Pasan unos segundos hasta que la puerta se abre y Yuesheng aparece.

Por un instante ambos permanecen inmóviles.

Ninguno esperaba aquel encuentro. La sorpresa atraviesa el rostro del actor, pero no hay miedo ni hostilidad, solo cautela.

—Señor Su.

Su Zhengde asiente.

—¿Puedo pasar?

Yuesheng se aparta inmediatamente.

—Por supuesto.

El apartamento está en silencio. La luz del río entra por las ventanas y todo parece tranquilo, demasiado tranquilo.

Su Zhengde reconoce algunos objetos: la mesa, los libros, el jarrón, y siente una punzada extraña al comprender que su hija probablemente conoce aquel lugar mejor que él.

Permanece de pie, no acepta té ni asiento, y finalmente habla.

—Su hija está trabajando en la gaceta.

—Lo imagino... No he venido a verla. Estoy aquí porque he descubierto algo demasiado tarde.

Yuesheng no responde. Espera.

—Que proteger a alguien y encerrarlo no son la misma cosa.

El silencio se vuelve inmenso. Durante unos segundos solo se oye el rumor lejano del Huangpu.

—No he venido a discutir, ni a negociar ni a amenazarlo.

La mandíbula de Yuesheng se tensa apenas.

—Lo escucho.

Su Zhengde baja la mirada y por primera vez parece, sin más, un hombre cansado, no un patriarca, no un comerciante, no una autoridad; solo un padre.

—Quiero que vuelva a casa.

La expresión de Yuesheng cambia.

—Señor...

—No para separarla de usted.

Hace una pausa.

—Para despedirme correctamente.

Las palabras quedan suspendidas entre ambos.

Yuesheng no responde de inmediato, porque comprende lo que significan, porque sabe cuánto le ha costado pronunciarlas y porque, por primera vez desde que cruzó la puerta de aquella casa para pedir la mano de Su Mei, el hombre que tiene delante no está intentando vencerlo, sino comprenderlo.

Su Zhengde levanta finalmente la vista mientras dice:

—No puedo prometer que todo será fácil. No puedo prometer que deje de preocuparme. No puedo prometer que la ciudad será amable. Pero puedo intentar no convertirme en el obstáculo que ella recuerde toda su vida.

La emoción atraviesa el rostro de Yuesheng, pequeña, contenida, profunda. Entonces inclina poco a poco la cabeza, no como actor ni como vencedor, sino como hombre.

—Gracias.

Por primera vez, Su Zhengde cree que la palabra es suficiente.

Y mientras la luz del río continúa entrando por las ventanas y Shanghái sigue rugiendo más allá de los muros, ambos comprenden que la verdadera batalla nunca fue entre ellos, sino contra el miedo. Y quizá por primera vez ese miedo empieza a perder terreno.