Capítulo 12. La casa junto al río #3
Yuesheng cierra los ojos un instante. Cuando vuelve a abrirlos, hay en ellos una oscuridad nueva, una ternura peligrosa, una promesa sin palabras.
La toma de la mano y la aparta de la pared.
La lleva hacia el interior de la habitación, donde la cama baja permanece cubierta por una colcha de seda gris y una sábana blanca que el calor ha vuelto inútil.
El ventilador del techo gira con lentitud, removiendo un aire dorado, y las sombras de las aspas pasan sobre sus rostros como si el tiempo mismo los acariciara.
Su Mei se detiene junto al borde de la cama.
De pronto, la conciencia de lo que sucede la alcanza entera.
La habitación, la puerta cerrada, su vestido entreabierto, el pecho de él, su propia respiración, demasiado rápida, demasiado visible.
Yuesheng percibe el cambio de inmediato.
No se acerca más. Le toma la mano vendada, la eleva hasta sus labios y besa la venda que cubre la herida.
—Podemos quedarnos aquí —dice—. Solo así. Toda la noche, si quiere.
Ella siente que esa frase la conmueve más que cualquier caricia. Porque no hay exigencia en él. No hay orgullo. No hay prisa masculina reclamando una victoria. Solo ese deseo enorme, oscuro, sujeto con ambas manos para no hacerle daño.
Y tal vez por eso Su Mei da el último paso.
Se acerca hasta quedar frente a él, levanta la mano sana y desliza la camisa por sus hombros.
La tela cae. Luego apoya la mejilla contra su pecho, y durante unos segundos no ocurre nada más que eso: ella, escuchando el corazón de Yuesheng; él, rodeándola despacio, ambos de pie junto a la cama como dos fugitivos que no saben si han encontrado refugio o la caída hacia un abismo.
Después él la besa en el cabello. Su Mei alza el rostro.
El beso que sigue ya no pertenece a la duda.
Es más lento y más profundo, pero también más inevitable.
Ella se deja caer hacia atrás y él la acompaña, sosteniéndola, como si la cama fuera agua y no quisiera que se hundiera sola.
La colcha cruje bajo sus cuerpos. La lámpara dibuja sobre ellos una penumbra de ámbar.
Yuesheng queda sobre ella sin aplastarla, apoyado en un brazo, mirándola desde muy cerca, tan cerca que Su Mei ve el pequeño lunar junto a su ojo, el brillo húmedo de sus labios.
Él aparta un mechón de su rostro.
—Es muy hermosa —dice.
Su Mei vuelve la cara, avergonzada.
—No diga eso.
—Entonces no lo diré. Solo le demostraré que lo es.
Y baja la boca a su cuello, a su hombro, a la línea tibia donde la piel se esconde bajo la tela.
No vuelve a decirlo, pero lo repite con cada beso, con cada pausa, con cada forma cuidadosa de tocarla.
Su Mei cierra los ojos y se pierde en la sensación de sus labios, en el peso medido de su cuerpo, en la mano que sube por su brazo hasta entrelazarse con la suya sobre la almohada.
Él besa sus dedos, la palma, la muñeca, y luego vuelve a su boca como si siempre regresara de un viaje demasiado largo.
La noche se espesa alrededor.
En algún lugar de Shanghái, una mujer ríe en un balcón; un coche pasa salpicando agua sucia; un gramófono deja escapar una canción extranjera detrás de una ventana abierta.
Pero allí dentro, el mundo se reduce al roce de dos respiraciones, a la seda arrugada, al perfume de la piel, al pequeño sonido que hace Su Mei cuando Yuesheng pronuncia su nombre contra su garganta, a la manera en que él se detiene cada vez que ella tiembla y espera hasta que esa agitación se convierte en invitación.
Él no la conquista. La escucha.
Y esa escucha es más íntima que cualquier desnudez, más ardiente que cualquier arrebato.
Porque Yuesheng, acostumbrado a dominar cada gesto frente a cientos de ojos, aprende ahora a obedecer el lenguaje secreto del cuerpo de Su Mei: cuándo se tensa, cuándo se entrega, cuándo busca su boca, cuándo sus dedos se aferran a su espalda, cuándo su respiración se rompe y vuelve a recomponerse en el hueco de su cuello.
La besa hasta que ella deja de pensar en la vergüenza.
La acaricia hasta que el miedo se vuelve algo lejano, casi infantil.
La sostiene hasta que ella comprende que no está cayendo, sino entrando.
Más tarde, cuando las sombras cubren la habitación con una suavidad de tinta, Su Mei yace entre sus brazos y Yuesheng le acaricia la mejilla con el dorso de los dedos.
Ella abre los ojos.
—Mañana todo será más difícil —susurra.
Él la mira en silencio. Luego acerca la boca a su frente y deposita allí un beso largo, casi triste.
—Entonces hagamos como que esta noche no posee un mañana.
Su Mei cierra los ojos de nuevo.
Fuera, Shanghái sigue ardiendo bajo sus anuncios eléctricos, bajo sus tejados extranjeros, bajo sus salones de baile y sus callejones donde se venden secretos.
Pero en aquella habitación suspendida sobre la ciudad, Su Mei siente que por primera vez no está huyendo de nada.
Está allí, respirando contra el pecho de Yuesheng, escuchando el latido de un hombre que todos creen conocer y que, sin embargo, se ha quedado desnudo de máscaras solo para ella.
Y cuando él vuelve a besarla, más despacio, con una ternura que todavía conserva el filo del deseo, Su Mei comprende que la noche no ha terminado.
Apenas empieza.