Capítulo 12. La casa junto al río #2
La risa de Su Mei surge antes de que pueda contenerla. Una risa suave. Incrédula.
—Es la declaración más romántica que he escuchado nunca.
Aquello consigue arrancarle otra sonrisa, luego Yuesheng extiende lentamente una mano. Sus dedos alcanzan una de las horquillas que todavía sujetan el cabello de Su Mei. La retira con cuidado. Después otra. Y otra más.
Ninguno habla. El silencio se llena tan solo del roce leve del metal y de la respiración de ambos.
Cuando termina, Yuesheng permanece observándola como si la estuviera viendo por primera vez.
La mira no como se mira a una muchacha a la que hay que proteger, sino con una gravedad casi dolorosa, con esa atención absoluta de quien ha pasado la vida aprendiendo a representar el deseo ajeno y de pronto descubre que el suyo no sabe fingirlo.
—Mei, dígame que me detenga ahora —murmura. La voz le sale baja, rota por el deseo incontrolable.
Su Mei no responde enseguida. Levanta los ojos hacia él y, durante un instante, parece más valiente que nunca, más desnuda con la ropa puesta que si se hubiera despojado de todas las prendas.
Sus pestañas tiemblan, su boca busca aire, la sombra de su cuello se alarga bajo la lámpara como una pincelada de tinta húmeda.
—No tengo intención de detenerlo, Yuesheng —dice al fin.
Y entonces él se acerca. No la besa todavía.
Primero alza una mano y le toca la mandíbula con una lentitud que casi duele, como si temiera romperla, como si toda ella fuera una porcelana rescatada de una casa incendiada.
Sus dedos se cierran apenas en torno a su nuca, no la obliga, no la arrastra, solo la sostiene, pero en ese gesto hay una intensidad que a Su Mei le deshace las rodillas, una firmeza contenida que le hace comprender que aquel hombre, capaz de transformarse en diosa sobre un escenario, puede ser también incendio, sombra, hambre. Ella inclina la cabeza hacia atrás.
La lámpara derrama sobre su rostro una luz dorada, impura, y Yuesheng ve el pulso que late en su garganta, ve el temblor pequeño de su labio inferior, ve cómo sus manos, tan seguras cuando dibujan, buscan ahora dónde aferrarse.
Él baja la frente hasta rozar su sien. Sus respiraciones se mezclan antes que sus bocas.
Hay un segundo suspendido, casi insoportable, en el que ambos parecen escuchar la ciudad entera detenerse con los tranvías, los coches, los gritos de los vendedores nocturnos, el rumor distante del Bund, las sirenas del río.
Todo queda lejos, reducido a un murmullo detrás de la puerta.
Después él la besa.
Al principio es un beso contenido, profundo, lento, un beso que no toma más de lo que ella da, pero Su Mei abre la boca con una entrega tan temblorosa que Yuesheng pierde la última defensa que le queda.
La mano que sostiene su nuca se vuelve más firme.
Su otra mano desciende hasta su cintura y la atrae hacia él, no con brusquedad, sino con una necesidad tan evidente que ella siente el calor de su cuerpo antes de comprender que ya está pegada a él, que la pared ha quedado a su espalda y que no hay distancia, no queda ni una línea de aire entre ambos.
Su Mei se estremece.
Él lo nota y se aparta apenas, lo suficiente para mirarla.
—¿Le he hecho daño?
Ella niega con la cabeza, pero el gesto se pierde porque vuelve a buscarlo, porque ya no quiere preguntas, porque la prudencia, el apellido de su padre, la casa abandonada, las criadas llamándola desde el pasillo, todo aquello queda al otro lado de una frontera invisible que acaba de cruzar.
Lo besa ella esta vez, con una torpeza ardiente, casi desesperada, y Yuesheng responde con un sonido bajo, un sonido que no pertenece al actor ni al cantante ni al ídolo maquillado, sino al hombre que ha vivido demasiado tiempo encerrado en la precisión de sus gestos y ahora siente que el cuerpo de Su Mei le enseña una lengua más antigua que cualquier aria.
Sus manos suben por la espalda de él.
Encuentran la tela de la camisa, la humedad del sudor, la tensión de los músculos bajo el fino lino.
Él huele a escenario, a polvo de arroz, a perfume masculino y a lluvia, huele a noche peligrosa, a vida robada, a algo que ella no debería desear y que, sin embargo, anhela con una claridad que la asusta.
Yuesheng inclina la cabeza, abandona su boca y roza con los labios la comisura de los de ella, la mejilla, el borde delicado de la oreja.
Su Mei cierra los ojos. Siente su aliento descender por su cuello, detenerse allí donde el pulso la delata, y cuando él la besa en ese punto exacto, ella deja escapar un suspiro breve, involuntario, tan íntimo que los dos se quedan inmóviles un instante, sorprendidos por la verdad de ese sonido.
Entonces él la mira de nuevo.
No sonríe. No se burla. No convierte su temblor en juego. La contempla como si ese suspiro lo hubiera herido.
—Mei —pronuncia, y su nombre en su boca parece otra cosa, no una llamada, sino una rendición.
Ella alza las manos hasta su rostro. Le aparta los mechones húmedos de la frente, le toca las cejas, los pómulos, la línea de la boca.
Yuesheng permanece quieto bajo sus dedos, obediente de una forma extraña, como si permitiera que ella descubriera al hombre escondido bajo todas sus máscaras.
Su Mei le acaricia el labio inferior con el pulgar, y él cierra los ojos, vencido por la suavidad de aquel gesto mínimo.
—A veces me parece que es un sueño —susurra ella—. Que no es del todo real.
Yuesheng abre los ojos. La luz los vuelve oscuros, febriles.
—¿Y ahora?
Ella respira contra su boca.
—Ahora no sé qué hacer con usted.
Algo cambia en él al escucharla. No es una sonrisa, no exactamente, sino una grieta en su severidad, una sombra de ternura atravesada por deseo.
La besa otra vez, más hondo, más lento, con esa paciencia peligrosa de quien sabe dominar cada pausa.
Su Mei siente que el beso baja por su cuerpo sin que él la toque aún, que le abre la piel desde dentro, que convierte el calor de la habitación en una marea densa.
Cuando él desliza los dedos por su cuello y roza el borde de su vestido, ella no se aparta.
Al contrario, se inclina hacia él con los ojos cerrados, aceptando el roce como se acepta una nota sostenida, larga, inevitable.
Yuesheng desabrocha el primer cierre con una delicadeza casi ceremonial.
No hay prisa en sus manos. Eso la enciende más de lo imaginable.
La calma de él es insoportable, su manera de mirarla mientras deshace un botón, luego otro, como si cada pequeño gesto tuviera un peso sagrado, como si desnudarla no fuera quitarle nada, sino descubrirla.
Su Mei baja la vista, avergonzada y fascinada por la concentración con la que él la toca.
La tela cede apenas sobre su hombro. La piel queda expuesta a la luz dorada y al aire de la habitación.
Él no la devora con los ojos; la contempla.
Esa contención, esa reverencia, hace que ella sienta un calor más profundo, una vergüenza dulce, casi dolorosa.
—Míreme —dice él.
Su Mei obedece.
Yuesheng inclina la cabeza y besa el hombro descubierto, muy despacio, como si quisiera aprender el sabor de su piel sin perturbarla.
Ella apoya la cabeza contra la pared. El papel cruje detrás de su nuca.
Afuera, una bocina lejana se pierde en la avenida.
Dentro, solo existe la boca de él, la mano que la sostiene por la cintura, el pulgar que acaricia distraídamente la curva de su costado a través de la tela, el calor de su respiración allí donde nadie la ha besado jamás.
Ella pronuncia su nombre, apenas.
—Yuesheng...
Él se detiene.
Ese nombre, dicho así, sin el brillo del teatro, sin los aplausos, sin el respeto distante de los desconocidos, lo desarma.
Apoya la frente contra su hombro, respira hondo, como si necesitara recuperar el control o perderlo del todo.
Su Mei siente la tensión de su cuerpo contra el suyo, siente el combate silencioso entre la delicadeza y el deseo, y comprende que él está conteniéndose por ella, que podría tomar la noche con más ferocidad, pero elige esperar cada señal, cada respiración, cada permiso.
Entonces ella toma el borde de su camisa.
Lo hace despacio, con dedos inseguros. Yuesheng la mira con una intensidad que le sube el rubor hasta la garganta.
Ella continúa. Desabrocha su camisa igual que él ha desabrochado su vestido, aprendiendo de sus pausas, imitando su paciencia, y cada botón que cede parece dejar entrar más noche entre ambos.
Él la deja hacer, pero sus manos no abandonan su cintura.
La rodean, la sostienen, la atraen apenas, lo justo para que ella sienta el temblor que también lo atraviesa.
Cuando los últimos botones ceden, la camisa se abre sobre su pecho. Su Mei posa las manos sobre su piel.
La piel de él está caliente. Real. No pertenece a las pinturas, ni al escenario ni a los rumores de las mujeres que suspiran por verlo interpretar a una concubina abandonada.
Es piel viva, respiración agitada, corazón acelerado bajo sus dedos.
Ella lo toca con una mezcla de timidez y asombro, y Yuesheng deja escapar el aire con una lentitud quebrada, inclinando la cabeza hacia ella hasta que sus labios vuelven a rozarse.
—No sabe lo que hace conmigo, señorita Su —dice él, pero su voz no suena a advertencia, sino a súplica.
Su Mei lo mira.
—Enséñeme todo lo que deba saber, señor Lin.
La frase queda suspendida entre ambos como una lámpara encendida.