Tinta, seda y más que un amor de verano Capítulo 12. La casa junto al río
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Capítulo 12. La casa junto al río

La casa junto al río

L as mujeres del servicio intentan detenerla, aunque no lo hacen levantando la voz ni interponiéndose físicamente en su camino, sino recurriendo a la única estrategia que conocen quienes han pasado toda una vida observando cómo se resquebrajan desde dentro las familias respetables: la súplica.

Sus voces la siguen por el pasillo mientras atraviesa la casa.

—Señorita...

—Por favor...

—Espere a mañana...

—Su padre está alterado...

Su Mei apenas las escucha. El dolor de la mano ocupa gran parte de su atención.

No es un dolor insoportable, sino algo más persistente y profundo, una pulsación constante que acompaña cada latido de su corazón bajo el vendaje improvisado que Yuesheng ha hecho con su propia corbata.

La seda oscura ya está manchada de sangre en varios puntos, y el tejido húmedo se adhiere a su piel con una incomodidad que apenas registra.

Continúa avanzando por el pasillo mientras las lámparas iluminan los retratos familiares, las fotografías cuidadosamente enmarcadas, los muebles heredados y las alfombras traídas de lugares lejanos.

Durante años todo aquello ha sido su hogar.

Sin embargo, esa noche le parece pertenecer a otra persona, a una muchacha que todavía aceptaba sin discutir el destino que otros habían elegido para ella.

Al llegar al vestíbulo se detiene.

Solo una vez.

Desde allí alcanza a ver el salón. Su padre continúa junto a la ventana, inmóvil frente a la oscuridad del jardín. No se ha movido desde que ella salió. No intenta detenerla. No pronuncia su nombre. No le pide que se quede. Ni siquiera se despide.

Y esa ausencia duele más que cualquiera de los gritos.

Durante un instante espera que se vuelva. Que la llame. Que diga algo capaz de impedir que aquella distancia termine de abrirse entre ellos.

Pero Su Zhengde permanece inmóvil. La espalda recta. Las manos cruzadas detrás del cuerpo. La figura rígida de un hombre demasiado orgulloso para admitir que acaba de perder algo que quizá ya no podrá recuperar.

La garganta se le cierra.

Después gira la cabeza.

Y sale sin volver a mirar atrás.

La noche de Shanghái los recibe con una humedad cálida que parece adherirse inmediatamente a la piel.

Yuesheng abre la puerta del automóvil de alquiler y espera a que ella suba antes de ocupar el asiento frente a ella.

Durante varios minutos ninguno habla. La ciudad desfila al otro lado de las ventanillas iluminada por miles de luces.

Nanjing Road continúa despierta. Los rótulos eléctricos brillan sobre las fachadas occidentales.

Los tranvías avanzan chirriando sobre los raíles.

Las bicicletas se mezclan con automóviles americanos y rickshaw .

Desde el río llegan amortiguadas las sirenas de los barcos que atraviesan la niebla.

Shanghái sigue siendo Shanghái.

Indiferente.

Inagotable.

Ignorando que el mundo entero acaba de derrumbarse para dos personas sentadas en silencio dentro de un coche.

Su Mei observa el reflejo de las luces sobre el cristal.

No llora. Todavía no. Junto a ella percibe la presencia silenciosa de Yuesheng, la sangre seca en el borde de su labio y la hinchazón creciente sobre la mejilla donde el bastón de su padre ha golpeado varias veces.

Y por primera vez comprende realmente la magnitud de lo que ambos han hecho aquella noche.

No se trata únicamente de amor. Han desafiado a una familia, una ciudad y un sistema entero de expectativas construido mucho antes de que ellos nacieran.

—Lo siento. —La voz de Yuesheng rompe finalmente el silencio.

—¿Por qué?

—Por todo esto.

Ella tarda unos segundos en responder.

—No. —Yuesheng la observa—. No se disculpe por haber venido.

El automóvil continúa avanzando entre las luces de la ciudad.

—Si no lo hubiera hecho —susurra ella finalmente— habría tenido que hundirme en esa vida ajena.

Yuesheng baja la mirada.

Y durante unos segundos ninguno vuelve a hablar, porque ambos comprenden que no existe respuesta posible a la verdad que acaba de pronunciar Mei.

***

El edificio donde vive Yuesheng se alza cerca del Bund.

No es una mansión, pero tampoco una vivienda modesta.

Ocupa uno de los pisos superiores de una construcción de ladrillo oscuro levantada años atrás por arquitectos occidentales.

Cuando atraviesan la puerta y suben las escaleras, Su Mei comprende inmediatamente que aquel lugar se parece mucho más a Yuesheng de lo que había imaginado.

Todo resulta elegante sin ser ostentoso.

Una lámpara de cristal proyecta una luz cálida sobre las paredes color marfil.

Las cortinas azul oscuro se mueven suavemente bajo la brisa que llega desde el río.

Hay libros por todas partes: novelas chinas, obras de teatro, traducciones inglesas y francesas cuidadosamente ordenadas en estanterías de madera oscura.

Sobre una mesa descansan varios guiones cubiertos de anotaciones, un abanico antiguo, una caja de maquillaje teatral y una fotografía enmarcada de la compañía.

Cerca de la ventana, un tocado bordado en seda comparte espacio con un par de zapatos de escenario cuidadosamente colocados.

Todo habla de una vida construida alrededor del teatro.

Y, sin embargo, también existe algo inesperadamente doméstico en aquel apartamento —una tetera olvidada sobre una bandeja, una manta doblada sobre el respaldo de un sofá, flores frescas junto a una ventana abierta al río—, como si el hombre admirado por toda Shanghái hubiera intentado construir allí un refugio donde pudiera existir sin espectadores.

—Siéntese.

La voz de Yuesheng la devuelve al presente.

Ella obedece.

Él desaparece durante unos minutos y regresa con agua caliente, vendas limpias y una pequeña caja de madera. Después se arrodilla frente a ella y comienza a deshacer con cuidado la corbata ensangrentada.

El gesto resulta extrañamente íntimo. Más íntimo que muchos besos. Porque no existe ninguna representación en él, ningún artificio. Solo hay preocupación. Solo hay cuidado.

Cuando la tela se separa de la herida, Su Mei contiene sin pensar una mueca de dolor.

Yuesheng levanta de inmediato la vista.

—Lo siento.

—No es culpa suya.

—Aun así.

Sus dedos son sorprendentemente delicados mientras limpian la sangre, desinfectan el corte y colocan una nueva venda. Trabaja con una concentración absoluta, como si aquella mano fuera lo más importante del mundo.

—No dejaré que le quede cicatriz.

Su Mei sonríe.

—Eso suena muy optimista.

Una sombra de sonrisa aparece en el rostro de él.

—Soy actor.

—¿Y eso ayuda?

—Vivimos de fingir confianza cuando estamos aterrados.

Aquello consigue arrancarle una risa. La primera desde que ha abandonado su casa. Yuesheng también sonríe.

Cuando termina de vendar la herida ninguno retira inmediatamente la mano. Durante unos segundos permanecen así, unidos por aquel contacto sencillo, mientras sus miradas se encuentran y el silencio adquiere una cualidad distinta, más profunda, más suave y más peligrosa.

Más tarde comparten una cena sencilla que apenas prueban.

Hablan poco, no porque les falten palabras, sino porque ambos están agotados y la intensidad de la noche ha dejado poco espacio para conversaciones superficiales.

La ciudad continúa brillando al otro lado de las ventanas.

El Huangpu refleja miles de luces dispersas.

Los barcos avanzan lentamente entre la niebla.

Poco a poco la tensión comienza a transformarse en algo diferente. Algo más sereno. Más vulnerable.

Cuando Su Mei se acerca a la ventana para contemplar el río, siente a Yuesheng detenerse detrás de ella. No la toca al instante. Permanece allí unos segundos, como si todavía quisiera concederle la posibilidad de marcharse, como si necesitara asegurarse de que sigue eligiendo quedarse.

—¿Tiene miedo? —pregunta finalmente.

Su Mei contempla las luces sobre el agua.

—Sí.

Tras unos segundos de silencio, escucha la respuesta.

—Yo también.

Aquella confesión la sorprende más de lo que esperaba. Siempre lo ha imaginado seguro, extraordinario, capaz de enfrentarse a cualquier cosa. Y, sin embargo, allí está, admitiendo con claridad el mismo miedo que siente ella.

Quizá por eso lo quiere. Con lentitud vuelve la cabeza al comprender la magnitud de sus sentimientos.

La distancia entre ambos desaparece.

Yuesheng apoya la frente contra la suya en aquel gesto que ya se ha convertido en un lenguaje propio entre los dos.

—No sé qué ocurrirá mañana.

—Yo tampoco.

—Mi padre no me perdonará fácilmente.

—Lo sé.

—Toda Shanghái hablará de esto.

—Es probable.

Una sonrisa cansada aparece en el rostro de Su Mei.

—Es una conversación bastante desalentadora.

—Lo intento.

Ella ríe con suavidad. Y entonces él la besa.

No como en el teatro, donde el deseo y la desesperación habían estallado en el escenario.

Tampoco como en el callejón, donde la oscuridad y la proximidad habían vuelto cada respiración peligrosa.

Ese beso nace de otro lugar. Nace del cansancio.

Del alivio. De la certeza de que, contra toda lógica, siguen allí.

Su Mei siente la mano de Yuesheng deslizarse lentamente hasta su mejilla. Sus dedos son cálidos. Cuidadosos. Como si todavía temiera romper algo.

Quizá porque ambos están rotos de alguna manera.

El mundo que ella conoce ha quedado atrás. La familia. La seguridad. La vida prevista para ella.

Y, sin embargo, mientras él la besa bajo la luz dorada de la lámpara, nada de aquello parece tan importante como el hecho de que sigue respirando junto a él.

Cuando se separan apenas unos centímetros, ninguno abre inmediatamente los ojos.

La habitación permanece inmóvil. Solo se escucha el rumor lejano del tráfico nocturno y, más allá, el sonido grave de una sirena sobre el río.

Yuesheng apoya la frente contra la suya.

Durante unos instantes parece debatirse consigo mismo. Como si hubiera algo que desea decir. Algo que lleva días guardando. Al final deja escapar una breve sonrisa.

—Todo esto es un desastre.