Tinta, seda y más que un amor de verano Capítulo 11. La petición #3
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Capítulo 11. La petición #3

Aquellas palabras hacen más daño que cualquier desafío. Porque contienen la verdad. Porque todos en la habitación lo saben.

Su Zhengde vuelve a levantar el bastón.

Esta vez Su Mei se interpone. Lo hace sin pensar.

Simplemente cruza la distancia que los separa y se coloca delante de Yuesheng. Temblando, con lágrimas en los ojos, con el pecho subiendo y bajando por la fuerza de la respiración.

—No. —La palabra resuena en toda la estancia.

Su padre se queda inmóvil.

Detrás de ella, Su Mei puede sentir la presencia de Yuesheng. Puede sentir también el silencio de Gu Shaoting, el escándalo contenido de la señora Gu y la sensación de que el futuro entero acaba de cambiar de dirección.

Gira el rostro y alza la vista hacia Yuesheng. La mejilla comienza a hincharse. La sangre marca una línea oscura sobre su barbilla.

Y aun así permanece sereno. No porque el golpe no le haya dolido. Precisamente porque le ha dolido.

Porque cualquiera en su lugar habría respondido, habría retrocedido o habría abandonado la casa.

Él no.

Ha soportado la humillación delante de todos. Ha soportado la violencia. Ha soportado el desprecio.

Y sigue allí. No por orgullo. Por ella.

Y en ese instante, observando la sangre en su labio y la calma imposible de su mirada, Su Mei comprende que Yuesheng acaba de hacer algo mucho más difícil que declarar su amor.

Ha decidido luchar por ella.

La señora Gu permanece inmóvil, rígida como una figura de porcelana a punto de quebrarse.

Gu Shaoting baja la vista durante un instante, no como alguien humillado, sino como quien comprende que acaba de asistir al momento exacto en que una vida cambia de dirección.

Su Zhengde, en cambio, parece incapaz de aceptar lo que acaba de ocurrir.

La sangre continúa marcando una línea oscura en el labio de Yuesheng, pero ya no es eso lo que ve.

Ve el escándalo. Ve los rumores. Ve años enteros de respetabilidad amenazados por un hombre que ha cruzado la puerta principal de su casa para desafiar un futuro cuidadosamente organizado.

—Salga de mi casa.

La voz apenas parece humana.

—Padre...

—Calla.

La respuesta cae sobre Su Mei como una bofetada.

Yuesheng no se mueve.

—Me iré si ella me lo pide.

Aquellas palabras terminan de destruir el poco control que le queda a Su Zhengde.

—¡Mi hija no tiene nada que pedirle a usted!

La furia resuena contra las paredes del salón.

—Mi hija no tiene nada que hablar con un actor que se presenta aquí sin familia, sin mediador y sin vergüenza para avergonzarla delante de personas respetables.

—No he venido a avergonzarla.

—Eso ya lo ha hecho.

Yuesheng sostiene su mirada.

—No. La vergüenza no está en querer a alguien. Está en obligarla a sonreír mientras se la entrega a una vida que no ha elegido.

El silencio que sigue resulta insoportable.

La señora Gu se pone lentamente en pie. Incluso ella comprende que aquello ha dejado de ser una visita formal para convertirse en una tragedia familiar.

—Señor Su, quizá deberíamos retirarnos.

No obtiene respuesta. Porque Su Zhengde ya no escucha a nadie.

Toda su atención está fija en Yuesheng, pero Su Mei percibe algo más profundo bajo aquella rabia. Miedo. Miedo al ridículo. Miedo a perder autoridad. Miedo a descubrir que su hija ya no puede ser conducida por el camino que él ha trazado para ella.

Gu Shaoting también se levanta. Antes de marcharse dirige una última mirada a Su Mei.

—Señorita Su —dice con una leve inclinación de cabeza—, espero que encuentre una vida que no tenga que defender todos los días.

Después abandona la casa junto a su madre.

La puerta principal se cierra. Y el silencio que queda detrás parece aún más peligroso.

Ahora solo permanecen ellos tres.

—¿Cuánto tiempo? —pregunta Su Zhengde.

Su Mei siente que el corazón vuelve a acelerarse.

—Padre...

—¿Cuánto tiempo llevas viéndolo?

—Pocos días.

La verdad suena absurda incluso para ella.

Su padre deja escapar una risa amarga.

—¿Pocos días? ¿Pretendes que crea que en unos pocos días has decidido destruir todo lo que hemos construido para ti?

—No estoy destruyendo nada.

—No sabes lo que haces.

—Lo sé mejor que nadie.

—¡No!

El grito hace temblar la habitación.

—No sabes cómo funciona el mundo. No sabes lo que ocurre cuando una mujer se equivoca. No sabes lo que la gente dirá.

—¿Y tú sí?

La pregunta lo alcanza de lleno.

—Porque nunca me lo has preguntado. Nunca me has preguntado qué quería. Nunca me has preguntado si era feliz. Solo has decidido por mí.

Algo cambia en el rostro de Su Zhengde. No se ablanda. Se rompe. Pero la ruptura no trae comprensión. Trae más rabia.

—Ese hombre no puede darte seguridad.

—Gu Shaoting podía dármela y aun así me habría perdido.

—Hablas como si el matrimonio fuera una tumba.

—No. Hablo como si un matrimonio sin elección lo fuera.

Yuesheng permanece en silencio. No intenta defenderse. No intenta convencer a nadie.

Y precisamente por eso Su Mei comprende que ha ido por ella. No porque crea que puede derrotar a los Gu o vencer las convenciones de Shanghái, sino porque sabía que, si no aparecía, ella tendría que enfrentarse sola a todo aquello.

Su Zhengde vuelve a señalar la puerta.

—Váyase.

—Como desee.

—No le he dado permiso para volver.

—Lo entiendo.

—Ni para ver a mi hija.

Por primera vez Yuesheng tarda en responder.

—Eso tendrá que decírmelo ella.

La frase cae sobre la habitación como una chispa sobre pólvora. Su Zhengde pierde definitivamente el control. Avanza hacia él con el bastón levantado.

Su Mei se interpone por instinto.

—¡No!

Pero esta vez su padre ya no razona. La aparta de un empujón brusco, nacido más de la desesperación que de la intención consciente de hacer daño. El movimiento la toma completamente por sorpresa.

Su cuerpo pierde el equilibrio. Intenta sujetarse al borde de la mesa de té. No llega a tiempo.

La mesa se vuelca parcialmente. Una bandeja de porcelana resbala y se rompe contra el suelo. Su Mei cae sobre ella y siente un dolor agudo, brillante, que le atraviesa la palma de la mano.

Por un instante no comprende lo que ha ocurrido.

Luego ve la sangre. Demasiada sangre.

Y entonces descubre qué mano es.

La derecha. La mano con la que dibuja. La mano con la que sostiene los lápices desde que era niña. La mano con la que imagina el mundo.

Todo el salón parece detenerse.

Por primera vez aquella noche, Yuesheng pierde la calma.

—¡Su Mei!

Cruza la habitación en dos pasos y cae de rodillas junto a ella. Toma su mano herida entre las suyas mientras la sangre resbala entre sus dedos.

El miedo en su rostro resulta insoportable. No teme por la herida. Teme por lo que significa.

Durante unos segundos nadie habla. Ni siquiera Su Zhengde. Porque acaba de ver el resultado de su propia furia.

La rabia desaparece de su expresión con una rapidez casi aterradora. Solo queda horror. Observa la sangre. Observa la mano de su hija. Observa cómo ella intenta contener el dolor.

Y de pronto parece mucho más viejo.

—Mei... —Su voz se quiebra.

Es la primera vez en toda la noche. La primera vez que deja de sonar como un padre autoritario y empieza a hacerlo simplemente como un hombre que acaba de herir a la persona que más quiere.

Pero Su Mei ya no puede mirarlo de la misma manera.

Mientras Yuesheng sostiene cuidadosamente su mano ensangrentada y el silencio se extiende por toda la casa, comprende que algo acaba de romperse entre ellos.

No el compromiso. La confianza.

Y esa herida, mucho más profunda que el corte de su palma, tardará mucho más tiempo en cerrar.