Tinta, seda y más que un amor de verano Capítulo 11. La petición #2
74%

Capítulo 11. La petición #2

La luz de la tarde entra filtrada por las celosías, dorada y espesa.

Las criadas sirven té. Sobre la mesa baja hay dulces de loto, semillas confitadas y frutas cortadas con una precisión que Su Mei encuentra absurdamente triste.

Su padre se sienta frente a la señora Gu.

Shaoting ocupa un lugar cercano a Su Mei, no demasiado, lo bastante para sugerir proximidad sin indecencia.

Durante unos minutos, la conversación se suaviza.

Él le pregunta por la técnica del dibujo, por los teatros que ha visitado, por la forma en que trabaja a partir de bocetos rápidos.

Ella responde con educación, incluso con cierta honestidad, porque es más fácil hablar de líneas, papel y tinta que de futuros sellados.

—No tendría que abandonar eso —dice él de pronto, en voz más baja, cuando los mayores discuten sobre una familia conocida.

Su Mei lo mira.

—¿El dibujo?

—Sí. Si es algo importante para usted.

La frase debería conmoverla. En otro momento, quizá lo habría hecho. Pero ahora solo le revela la distancia exacta entre ambos.

—¿Y quién decidiría si sigue siendo importante?

Gu Shaoting tarda un segundo en contestar.

—Usted, por supuesto.

—¿Incluso si dejara de ser conveniente?

Él baja la mirada al té.

—La conveniencia no siempre es enemiga de la libertad.

—No. A veces solo la educa hasta que deja de parecer libertad.

Gu Shaoting la observa entonces con verdadera curiosidad, tal vez con una sombra de tristeza.

—No quiere casarse conmigo.

Su Mei se queda inmóvil.

Él no lo dice con humillación ni con ira. Lo dice como quien, por fin, ha decidido nombrar lo evidente.

—No lo conozco —responde ella, repitiendo la frase que ya dijo a sus tías, aunque esta vez le suena más pobre.

—Eso no es una respuesta.

Su Mei casi sonríe, porque recuerda a Yuesheng diciendo lo mismo.

—No —admite—. No quiero.

Gu Shaoting asiente muy despacio. Luego mira hacia los mayores.

—Su padre espera que cambie de opinión.

—Lo sé.

—Mi madre también.

—También lo sé.

—Yo podría esperar.

La frase la desarma más que todas las anteriores.

—¿Por qué?

—Porque no soy un hombre impaciente.

—Eso no siempre es una virtud.

—No. Pero puede ser útil.

Su Mei siente, de pronto, una compasión incómoda.

Gu Shaoting no es un villano. Está atrapado también, aunque su jaula esté tapizada de privilegio y parezca elegida.

Quizá le han dicho que necesita una esposa inteligente, moderna pero no demasiado, culta pero no insumisa, y ha venido a buscarla con la misma buena voluntad con la que se entra en una casa ajena, aceptando sus muebles, sus reglas, sus silencios.

—No quiero que espere algo que no puedo darle —dice ella.

—Entonces será una tarde difícil para todos.

Antes de que Su Mei pueda responder, llaman a la puerta.

La criada más joven, que espera junto al pasillo, mira a Su Zhengde.

Él frunce el ceño, sorprendido, no espera más visitas, y en una casa como aquella las visitas inesperadas, sobre todo durante una reunión formal, tienen algo de interrupción indecorosa.

La señora Gu deja la taza sobre el plato con una lentitud calculada.

Su Mei siente un estremecimiento que no sabe explicar.

La criada sale.

Durante unos segundos solo se escucha el murmullo lejano del vestíbulo, una voz masculina baja, el roce de la puerta al abrirse un poco más.

La criada vuelve al umbral del salón.

Está pálida.

—Señor —dice—. Hay un joven que desea verlo.

Su Zhengde contiene la irritación.

—¿Quién es?

La criada duda.

Su Mei lo sabe antes de oírlo, no por una razón lógica, sino porque el cuerpo comprende algunas cosas antes que la mente, porque la tarde entera, con su té, sus flores, sus frases medidas y sus futuros cuidadosamente negociados, se inclina de pronto hacia una posibilidad imposible.

—Dice llamarse Lin Yuesheng.

La taza de Su Mei tiembla apenas entre sus dedos. Su padre la mira. La señora Gu la mira. Gu Shaoting también.

Y en esa convergencia de miradas, Su Mei siente que toda su vida queda expuesta con una nitidez brutal: el teatro, la noche, el mercado, el Bund, la manga blanca, el beso, el callejón.

Nada de eso está dicho, y sin embargo parece entrar en el salón antes que él, como un viento caliente que apaga la cortesía.

Su Zhengde se levanta.

—Dile que ahora no puedo recibirlo.

La criada inclina la cabeza, pero antes de que pueda marcharse, una voz llega desde el pasillo, serena y clara:

—Perdone la intromisión, señor Su. No tardaré.

Yuesheng aparece en el umbral. Viste un conjunto claro, sencillo pero cuidado, como alguien que ha elegido deliberadamente no esconder su oficio bajo una elegancia prestada. El cabello está peinado, aunque algunos mechones se rebelan con la humedad; el rostro limpio, sin maquillaje, es hermoso.

El silencio del salón se vuelve absoluto.

Yuesheng inclina la cabeza primero ante Su Zhengde, luego ante la señora Gu, luego ante Gu Shaoting, y solo al final sus ojos encuentran los de Su Mei.

No sonríe.

Eso la asusta más que si lo hiciera.

—Señor Su —dice—. Sé que mi llegada es inconveniente. También sé que esta no es la hora ni la forma que una familia respetable esperaría para recibir una petición. Pero precisamente por eso he venido ahora.

Su Zhengde está inmóvil.

—Usted es actor.

No es una pregunta.

—Sí.

La señora Gu deja escapar una respiración casi imperceptible.

Yuesheng no aparta la mirada.

—Soy actor de jingju . Me formé desde niño. Trabajo en el teatro de Luo Wenqing. Interpreto papeles dan . No tengo fortuna comparable a la de esta casa ni a la de sus invitados. No tengo un apellido que pueda mejorar sus negocios ni una madre que venga a negociar con delicadeza. Lo sé.

Cada frase cae limpia, sin humillarse.

Su Mei siente que las lágrimas le suben a los ojos, pero no llora.

—Entonces —dice Su Zhengde, con una frialdad peligrosa—, ¿a qué ha venido?

—A pedir la mano de Su Mei.

Durante unos segundos nadie parece respirar.

La petición queda suspendida en el centro del salón con una fuerza tan inesperada que incluso las tazas de porcelana, el aroma del té y las flores recién colocadas sobre la mesa parecen perder importancia.

Su Mei siente cómo el corazón le golpea el pecho mientras observa a su padre.

Conoce aquella expresión. No es ira todavía.

Es algo peor. Es el instante previo a la ira, cuando una persona descubre que la realidad acaba de desviarse violentamente del camino que había trazado para ella.

—¿A pedir qué? —pregunta Su Zhengde.

La voz es baja. Demasiado baja.

Yuesheng sostiene su mirada.

—La mano de su hija.

El silencio que sigue resulta insoportable.

La señora Gu permanece inmóvil. Gu Shaoting baja los ojos. Su Mei tiene la sensación de que toda la casa contiene la respiración.

Entonces Su Zhengde deja escapar una risa breve, áspera, incrédula.

—¿Se ha vuelto loco?

—No, señor.

—¿No?

La incredulidad desaparece poco a poco de su rostro, sustituida por una indignación cada vez más profunda.

—¿Entra en mi casa mientras recibo a una familia respetable, delante de invitados, delante de mi hija, y espera que crea que no se ha vuelto loco?

—No espero que apruebe mi visita.

—Entonces ¿qué espera?

Yuesheng tarda apenas un instante en responder.

—Que me escuche.

Aquellas palabras terminan de romper algo.

Su Zhengde da un paso adelante. El bastón golpea el suelo de madera con un ruido seco que resuena en todo el salón.

—Usted es actor.

—Sí.

—Un actor. —La palabra sale cargada de un desprecio antiguo, casi generacional—. Un hombre que vive de fingir ser otras personas.

—Vivo del teatro.

—Vive de ilusiones.

Yuesheng permanece inmóvil.

—A veces las ilusiones contienen más verdad que las apariencias.

El golpe llega tan deprisa que nadie logra anticiparlo. El bastón impacta contra su hombro con un sonido seco. La señora Gu ahoga una exclamación. Su Mei se pone inmediatamente en pie.

—¡Padre!

Pero Yuesheng no retrocede. Ni siquiera levanta las manos.

Permanece exactamente donde está, como si el dolor fuera irrelevante frente a la razón por la que ha venido.

—No pretendía faltarle al respeto —dice con calma.

Aquella calma resulta peor que cualquier desafío.

Su Zhengde vuelve a descargar el bastón. Esta vez alcanza el brazo. El impacto resuena en la habitación y Su Mei siente un estremecimiento de horror. Sin embargo, Yuesheng continúa inmóvil. No intenta defenderse. No intenta detenerlo. No intenta justificarse.

Solo permanece allí.

Aquello enfurece todavía más a su padre.

—¿Respeto? ¿Llama respeto a perseguir a mi hija? ¿A llenar su cabeza de fantasías? ¿A presentarse aquí como si pudiera competir con hombres de otra posición?

—No he venido a competir con nadie.

—¿Entonces por qué está aquí?

La respuesta llega sin vacilación.

—Porque la quiero.

El tercer golpe cae con toda la fuerza de una humillación acumulada durante años. El bastón alcanza su rostro.

El sonido parece atravesar la habitación.

La cabeza de Yuesheng gira ligeramente por el impacto. Durante un segundo, Su Mei cree que va a caer. No cae.

Cuando vuelve a incorporarse, una línea de sangre desciende lentamente desde la comisura de sus labios.

La visión la deja sin aliento. Porque él no hace nada. No se limpia la sangre. No baja la mirada. No responde.

Simplemente permanece allí, sosteniendo el golpe con la misma dignidad obstinada con la que ha cruzado la ciudad para llegar hasta aquella casa.

—¡Basta! —La voz de Su Mei rompe el silencio. Por primera vez no suena como una hija obediente. Suena como una mujer aterrada.

Su padre apenas parece escucharla.

Toda su atención sigue fija en Yuesheng.

—¿La quiere? —pregunta con una furia que ya se parece al dolor—. ¿Qué sabe usted del amor? ¿Qué puede ofrecerle además de incertidumbre, rumores y vergüenza?

La sangre continúa descendiendo lentamente por el labio de Yuesheng.

—Probablemente menos de lo que merece —responde—. Pero sé que no puedo quedarme quieto mientras otros deciden su vida por ella.