Tinta, seda y más que un amor de verano Capítulo 11. La petición
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Capítulo 11. La petición

La petición

M ientras Shanghái ardía bajo el sol veraniego, al otro lado del océano el nombre de Mei Lanfang seguía viajando de periódico en periódico como si ya no perteneciera del todo a China, sino a esa región extraña donde el arte se convierte en noticia, la noticia en símbolo y el símbolo en una promesa que todos quieren interpretar a su favor.

En América, decían, los teatros se habían llenado de rostros que no entendían las palabras y, sin embargo, permanecían absortos ante el temblor de una manga, el dibujo de una ceja, el modo en que una mano podía sugerir una flor, una despedida o una condena.

Los críticos escribían sobre la pureza del gesto, los diplomáticos hablaban de puentes culturales, los estudiantes discutían si aquel aplauso extranjero dignificaba el jingju o lo convertía en algo que mantener en una vitrina como joya exótica; y los actores jóvenes de Shanghái, al escuchar cada nueva crónica, sentían que el escenario se había vuelto de pronto más grande y más estrecho a la vez.

Más grande porque el mundo parecía abrirse ante ellos; más estrecho porque, si Mei Lanfang podía cruzar el océano y hacer creer a desconocidos en la verdad de una heroína antigua, ninguno de ellos tenía ya derecho a esconderse detrás de la modestia, del miedo o de la costumbre.

Aquella mañana, Su Mei lee uno de esos artículos en el periódico de su padre.

Lo encuentra doblado junto al té, en la página cultural, bajo un titular demasiado entusiasta que celebra el triunfo de Mei Lanfang en escenarios extranjeros y habla de «la gracia oriental» con esa mezcla de admiración y torpeza que tanto irrita a los hombres cultos de Shanghái.

El texto menciona salas llenas, ovaciones, figuras occidentales fascinadas, la delicadeza de los papeles dan , la capacidad del cuerpo chino para decir lo que la lengua extranjera no puede traducir.

Su Mei pasa los ojos por las líneas, pero lo que lee en realidad no está allí.

Piensa en Yuesheng bajo las lámparas pobres del teatro vacío, en la manga blanca temblando entre sus dedos, en su voz diciendo que los sueños cercenados, como los árboles, nunca llegan a mostrar la forma que habría tenido su copa.

Luego recuerda el beso y ese momento íntimo en el callejón.

No como escenas completas, sino como fragmentos que el cuerpo le devuelve con una precisión implacable.

La madera del escenario bajo sus pies, el olor del polvo, el roce de la tela en la muñeca, la mano de Yuesheng en su hombro, la forma en que él había contenido el deseo como si temiera romper algo que aún no tenía nombre la noche que los fantasmas regresaron a la ciudad.

Desde entonces, la casa le parece menos una casa y más una representación mal iluminada, con cada objeto cumpliendo una función que alguien ha asignado de antemano.

La tetera de su madre: memoria. El despacho de su padre: autoridad. El salón pequeño: juicio. Su habitación: espera. Ella misma: hija todavía no entregada.

El domingo llega con una claridad despiadada.

Desde temprano, la casa se prepara para recibir a los Gu.

Las criadas limpian el suelo del salón principal, sacuden los cojines, disponen flores nuevas en el jarrón, hierven agua, colocan dulces, frutas, pequeñas tazas de porcelana fina y platos lacados que solo se usan cuando la visita debe entender, sin que nadie lo diga, que ha sido recibida con honor.

Su Mei observa todo desde una extraña distancia, como si la casa estuviera vistiéndose para una función en la que ella interpretará un papel secundario y central al mismo tiempo.

Su padre entra y sale del salón con pasos comedidos.

No le da órdenes directas. Eso habría sido más fácil de odiar.

Solo le pide, con una calma que parece agotada de antemano, que vista el qipao azul claro y flores blancas, y que no se muestre «demasiado distante».

—No quiero que mientas —le dice—. Solo que no cierres una puerta antes de haberla mirado.

Su Mei piensa que algunas puertas, vistas de cerca, tienen barrotes. Pero no lo dice.

Se viste. El qipao azul claro le queda bien, demasiado bien para su gusto.

La tela suaviza su figura, la vuelve más doméstica, menos afilada que el vestido oscuro con el que fue al teatro.

La criada le peina el cabello corto con cuidado, intentando domarlo hacia dentro, como si incluso ese corte moderno pudiera adquirir una obediencia temporal si se le aplica suficiente agua perfumada.

Su Mei se mira en el espejo y apenas se reconoce, no porque esté disfrazada, sino porque está presentada.

Preparada. Convertida en posibilidad para otros.

Cuando los Gu llegan, la casa contiene la respiración.

Primero entra la madre, la señora Gu, una mujer de rostro fino, manos llenas de anillos discretos y una sonrisa que parece haber sido practicada durante años frente a espejos caros.

Detrás de ella viene Gu Shaoting, vestido con un traje occidental de lino gris, impecable incluso bajo el calor, con el cabello peinado hacia atrás y una expresión de cortesía contenida.

No es feo. Tampoco desagradable. Esa es, quizá, la crueldad mayor: que no hay monstruo al que oponerse, ningún defecto evidente que pueda servirle a Su Mei como argumento.

Gu Shaoting es correcto, educado, moderadamente atractivo, de voz baja y maneras suaves.

Saluda a su padre con respeto, a ella con una inclinación precisa, y le dice que se alegra de volver a verla.

—El placer es mío —responde Su Mei.

La frase sale perfecta. Y por eso la odia.

La comida se sirve en el comedor grande.

Al principio todo transcurre con esa falsa armonía que las familias respetables dominan mejor que cualquier arte escénico.

Se habla del calor, de los negocios del puerto, de la inestabilidad de algunas rutas comerciales, de la importancia de que Shanghái conserve su posición frente a otras ciudades, de los teatros modernos, del cine, de la juventud, siempre con esa preocupación cómoda con la que los adultos hablan de los jóvenes cuando estos están sentados delante.

La señora Gu elogia la casa, la porcelana, el té.

Su padre agradece. Gu Shaoting escucha más de lo que habla, y cuando habla lo hace con prudencia, como si cada opinión hubiera pasado antes por un tamiz.

—He visto algunos de sus dibujos en La Gaceta Ilustrada —dice en un momento.

Su Mei levanta la mirada.

—¿De verdad?

—Sí. Tiene una línea muy limpia.

—Gracias.

—Especialmente en los rostros femeninos. Hay en ellos cierta melancolía.

La señora Gu sonríe.

—Shaoting siempre ha tenido buen ojo para las artes.

—No tanto como para practicarlas —dice él—. Pero sé apreciarlas.

Su Mei podría aceptar el cumplido. Podría dejarlo ahí, convertirlo en una pequeña victoria doméstica. En cambio, pregunta:

—¿Y qué aprecia exactamente?

Gu Shaoting parece sorprendido, pero no incómodo.

—La sensibilidad. La capacidad de observar. Una mujer que dibuja aprende a mirar el mundo con paciencia.

La señora Gu asiente, complacida.

—Siempre que esa sensibilidad no la aparte de sus responsabilidades —añade.

Ahí está. La frase no es brusca, ni siquiera hostil. Está dicha como quien corrige la inclinación de una flor en un jarrón. Su Mei siente la mirada de su padre, breve, casi suplicante. «No discutas. No ahora. No de esta forma».

—Las responsabilidades cambian según quién las nombre —dice Su Mei.

El silencio baja sobre la mesa como una cortina.

Gu Shaoting, para su crédito, no parece ofendido. Más bien interesado.

—Eso es cierto —responde—. Aunque algunas permanecen.

—¿Cuáles?

—La familia. La continuidad. El cuidado de quienes dependen de nosotros.

—¿Y los deseos propios?

La señora Gu deja los palillos. Su padre pronuncia su nombre en voz baja:

—Mei.

Pero Gu Shaoting no se retira.

—También importan —dice—. Siempre que no destruyan lo anterior.

Su Mei lo mira con una nueva atención. No está seguro de sí mismo por arrogancia, sino por educación.

Ha sido formado para creer que la armonía consiste en ordenar las partes de una vida de modo que ninguna moleste demasiado a las demás.

Quizá incluso sería amable. Quizá le permitiría seguir dibujando durante un tiempo.

Quizá nunca levantaría la voz. Quizá eso, precisamente, sería lo que terminaría por volver insoportable su compañía, la imposibilidad de odiarlo de manera limpia.

—A veces —dice ella despacio—, lo anterior ya está construido sobre la destrucción de algo.

La señora Gu sonríe sin mostrar los dientes.

—Qué ideas tan intensas para una comida familiar.

Su padre interviene entonces, con una cortesía rápida y casi desesperada.

—Su Mei ha estado trabajando en una serie sobre teatro tradicional. Los artistas tienden a exagerar las palabras cuando pasan demasiadas horas cerca de escenarios.

—El teatro es un mundo fascinante —dice Gu Shaoting—. Aunque, debo admitir, algo peligroso para quien no conoce sus límites.

Su Mei siente que la frase le toca directamente.

—¿Por qué peligroso?

—Porque se vive de la apariencia.

Ella piensa en Yuesheng, en la media cara borrada frente al espejo, en la risa del mercado, en la mano que le enseñó a decir «no» con una manga, en su frente apoyada sobre la de ella en ese callejón.

—No estoy segura —responde—. A veces la apariencia permite decir verdades que la vida ordinaria no tolera.

—Puede ser —concede él—. Pero la vida ordinaria es donde se debe permanecer después.

La señora Gu mira a Su Zhengde con una aprobación casi imperceptible, como si su hijo acabara de demostrar la clase de sensatez que se espera de un buen marido.

Su Mei baja la vista al plato. El arroz se ha enfriado.

La comida continúa. Se habla de otras cosas, pero la conversación ya ha mostrado sus cimientos. Todo lo demás son biombos.

Después de comer, pasan al salón.