Tinta, seda y más que un amor de verano Capítulo 10. Las luces sobre el agua #2
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Capítulo 10. Las luces sobre el agua #2

Su Mei lo observa bajo la luz dorada de los faroles, observa la serenidad de su expresión, la sombra de tristeza que a veces aparece cuando cree que nadie lo mira, la belleza tranquila que existe únicamente cuando deja de interpretar, y comprende la respuesta antes de pronunciarla.

—A usted.

Las palabras quedan suspendidas entre ellos.

El viento agita suavemente las aguas del Huangpu y los farolillos siguen alejándose.

Yuesheng no aparta la mirada. Por primera vez desde que se conocen, parece incapaz de encontrar una respuesta inmediata.

Al fin sonríe, una sonrisa lenta, íntima y peligrosa, la sonrisa de un hombre que acaba de escuchar algo que recordará durante toda su vida.

—Espero que también recuerde las luces.

—Las recordaré.

El último de los farolillos desaparece con lentitud corriente abajo, convertido ya en un punto dorado casi indistinguible entre la oscuridad del Huangpu y el reflejo lejano de las luces de la ciudad.

Durante unos instantes, ni Su Mei ni Yuesheng hablan.

Permanecen apoyados junto a la barandilla, observando el agua negra que continúa avanzando hacia el mar con la misma indiferencia con la que ha contemplado generaciones enteras de comerciantes, marineros, amantes y soñadores pasar por sus orillas.

A su alrededor, el Festival de los Fantasmas Hambrientos sigue vivo, las voces llegan amortiguadas desde los muelles, mezcladas con el sonido lejano de una flauta, el murmullo de las conversaciones y el eco grave de una sirena que atraviesa la noche desde algún barco oculto por la niebla.

Su Mei sabe que debería marcharse. Lo sabe desde hace varios minutos, quizá desde mucho antes. Sin embargo, permanece allí, porque regresar a casa significaría poner fin a aquella noche y, por primera vez desde que conoce a Yuesheng, descubre que la idea le produce una tristeza difícil de explicar.

A su lado, él tampoco parece dispuesto a moverse.

La luz de los faroles proyecta reflejos temblorosos sobre el agua y sombras suaves sobre su perfil. Su Mei percibe algo contenido en su silencio, una resistencia discreta que se parece demasiado a la suya.

—Es tarde.

La frase parece pequeña e inofensiva, pero ambos comprenden inmediatamente todo lo que contiene: la despedida, la distancia, la vuelta a la realidad.

—Sí.

Yuesheng asiente despacio, pero ninguno se mueve.

La multitud continúa circulando a su alrededor. Los vendedores comienzan a recoger algunos puestos. Las familias regresan a sus hogares llevando consigo los últimos farolillos encendidos. La ciudad sigue avanzando con normalidad. Solo ellos parecen haberse quedado suspendidos en aquel instante.

Por fin, Su Mei aparta las manos de la barandilla y comienza a caminar.

Yuesheng la acompaña sin decir nada. Avanzan por el paseo junto al río, rodeados por el reflejo dorado de las lámparas y por aquella humedad cálida que envuelve Shanghái durante las noches de verano.

A ratos sus hombros casi se rozan, a ratos la multitud los separa durante unos segundos antes de volver a unirlos.

Cuando alcanzan la avenida principal, varios rickshaw esperan junto a la acera.

Los dos los ven. Los dos siguen caminando. Primero unos pasos. Después algunos más.

Como si ninguno quisiera ser quien pusiera fin a la noche.

Es Yuesheng quien termina sonriendo.

—Su rickshaw estaba detrás de nosotros.

—Lo sé.

—Entonces acabamos de pasarlo.

—Lo sé.

La sonrisa de él se amplía apenas un poco.

—Eso parece poco práctico.

—A veces la gente hace cosas poco prácticas.

La mirada que intercambian dura apenas un instante, pero ninguno aparta los ojos de inmediato.

Continúan caminando.

La avenida principal queda atrás y las calles comienzan a estrecharse.

Los comercios están cerrados. Algunos charcos reflejan la luz de los rótulos luminosos.

Desde una ventana abierta llega el sonido apagado de una radio que reproduce una melodía de jazz.

Más arriba, tendederos y cables eléctricos cruzan el espacio entre los edificios como una red oscura suspendida sobre sus cabezas.

La ciudad parece distinta allí. Menos brillante. Más íntima. Más peligrosa. Esclava de quienes todavía no desean regresar a casa.

Cuando llegan a un callejón lateral, ambos se detienen casi al mismo tiempo.

Su Mei no sabe exactamente por qué. Quizá porque el lugar ofrece una pausa inesperada entre el bullicio de las avenidas principales.

Quizá porque la luz de los faroles apenas consigue penetrar entre las sombras.

Quizá porque, por primera vez desde el teatro, se encuentran verdaderamente solos.

El callejón parece absorber el ruido de la ciudad.

Las voces del festival llegan amortiguadas desde la avenida principal, convertidas en un murmullo lejano. Sobre ellos, un viejo rótulo luminoso parpadea intermitentemente, bañando los ladrillos húmedos en destellos blancos y azulados que aparecen y desaparecen como relámpagos silenciosos.

Su Mei apoya una mano contra la pared de ladrillo.

Yuesheng permanece frente a ella. Demasiado cerca. Lo bastante para percibir el leve movimiento de su respiración. Lo bastante para distinguir el aroma tenue de su colonia mezclado con la humedad de la noche.

Lo bastante para olvidar dónde termina la prudencia.

Ninguno habla. Las palabras parecen haber dejado de ser necesarias hace ya mucho tiempo.

La mirada de Yuesheng desciende un instante hacia sus labios antes de regresar a sus ojos, y ese pequeño gesto resulta mucho más peligroso que cualquier declaración.

Su Mei siente cómo el corazón comienza a golpearle el pecho con una fuerza absurda.

Porque comprende con certeza lo que está ocurriendo.

Y comprende también que ninguno de los dos debería estar allí.

A solas. Escondidos de las miradas. Separados de la ciudad por apenas unos metros y, sin embargo, tan lejos de ella como si hubieran cruzado una frontera invisible.

—Mei...

Su nombre suena distinto en sus labios. Más íntimo.

Ella levanta lentamente la mirada.

—¿Sí?

Yuesheng parece querer decir algo, pero las palabras no llegan a pronunciarse. Permanecen detenidas en algún lugar entre el pensamiento y el deseo.

Durante un instante ella cree que va a besarla porque todo parece conducir inevitablemente hacia ese momento. La noche. La oscuridad. La distancia inexistente entre ambos. El recuerdo todavía reciente del beso en el teatro.

Sin embargo, él no lo hace.

Y esa contención resulta mucho más difícil de soportar.

Con calma, levanta una mano y aparta un mechón de cabello que la humedad ha pegado junto a su mejilla. Después sus dedos rozan apenas la curva de su mandíbula.

El contacto es ligero. Casi reverente. Como si estuviera tocando algo precioso y frágil al mismo tiempo.

La ciudad desaparece. El río desaparece. Los farolillos desaparecen.

Solo queda aquella mano cálida sobre su piel.

Y esos ojos. Siempre esos ojos. Tan diferentes de los que el público contempla desde las butacas. Tan vulnerables ahora. Tan humanos.

Yuesheng se inclina apenas, no para besarla, sino como si necesitara memorizar cada detalle de su rostro antes de cometer una imprudencia de la que ninguno podría regresar por completo. La distancia entre ellos se reduce hasta volverse insoportable.

Entonces apoya despacio la frente contra la de ella.

Solo eso. Nada más. Y, sin embargo, el gesto resulta infinitamente más íntimo que cualquier beso.

Los ojos de Su Mei se cierran sin que pueda evitarlo.

Durante unos segundos permanecen así, inmóviles, suspendidos fuera del tiempo, mientras Shanghái continúa respirando a su alrededor y los fantasmas recorren las calles iluminadas por los farolillos.

Cuando finalmente se separan, ninguno parece capaz de hablar.

Es Yuesheng quien termina rompiendo el silencio.

—Debería llevarla a casa. —La frase suena casi como una derrota.

—Sí. —La voz de Su Mei apenas es un susurro.

Ninguno se mueve de inmediato. Porque ambos comprenden que la despedida empieza exactamente en ese instante. Y porque ambos desearían, aunque ninguno lo admita, que el camino hasta el rickshaw fuera todavía un poco más largo.

Al instante, Yuesheng sonríe con una resignación suave, casi afectuosa.

—Vamos.

Y mientras regresan con lentitud hacia las avenidas iluminadas, hacia los rickshaw , hacia las obligaciones y las expectativas que los esperan al otro lado de la noche, los dos saben que algo ha cambiado.

No porque se hayan prometido nada, no porque hayan pronunciado ninguna declaración, sino porque, por primera vez, sienten con claridad la dificultad de separarse.

Y esa dificultad, silenciosa y persistente, resulta mucho más peligrosa que cualquier confesión.