Tinta, seda y más que un amor de verano Capítulo 10. Las luces sobre el agua
65%

Capítulo 10. Las luces sobre el agua

Las luces sobre el agua

L a nota llega dos días después del beso. No lleva más que una frase breve, escrita con una caligrafía elegante y contenida:

Esta noche celebran el Festival de los Fantasmas Hambrientos junto al río. Si desea conocer otra Shanghái para dibujarla, la esperaré frente al Templo del Dios de la Ciudad al caer la tarde.

No hay firma, ni falta que hace.

Durante el resto del día, la nota permanece doblada entre las páginas de su libreta como una presencia silenciosa, y aunque Su Mei intenta concentrarse en los bocetos que debe entregar a la gaceta, escucha las observaciones de sus tías sobre una cena prevista para la semana siguiente y soporta con resignación una nueva referencia indirecta de su padre a Gu Shaoting, una parte de ella permanece lejos de aquella casa, suspendida en la promesa de la noche que se aproxima.

Desde el beso apenas se han visto. Ninguno ha escrito, ninguno ha intentado explicar lo ocurrido, y quizá precisamente por eso el recuerdo continúa vivo, no como una escena concreta, sino como una sensación; la presión de una mano en su cintura, la oscuridad entre bastidores, la lluvia golpeando el tejado del teatro y la certeza desconcertante de que, durante unos segundos, el mundo entero había desaparecido.

Esa tarde, cuando sale de casa, Shanghái parece encontrarse bajo un hechizo distinto.

La ciudad sigue siendo la misma, pero algo en su respiración ha cambiado.

Delante de muchas puertas han aparecido pequeños altares cubiertos de frutas, cuencos de arroz, tazas de té, dulces y varillas de incienso cuyo humo asciende lentamente hacia el cielo húmedo del verano.

En algunos cruces arden montones de papel ritual.

Las llamas devoran billetes destinados a los muertos, casas de papel, prendas imaginarias y pequeños objetos que viajarán al otro mundo convertidos en ceniza.

El olor del incienso se mezcla con el del carbón, la fruta madura y la humedad del río, creando esa mezcla imposible que solo existe en Shanghái, donde lo antiguo y lo moderno conviven con una obstinación casi desafiante, como si la ciudad entera se preparara para recibir visitantes que no proceden de otros países ni de otras provincias, sino de un territorio más antiguo y más silencioso.

Cuando Su Mei llega al templo, Yuesheng ya la espera.

Se encuentra de pie bajo una hilera de faroles de seda que balancean con suavidad sus reflejos sobre las piedras del patio.

Lleva un traje claro de verano, perfectamente cortado, y un sombrero de ala estrecha que sostiene entre las manos.

La luz cálida de los faroles dibuja sombras suaves sobre su rostro y, durante un instante, ella comprende por qué Shanghái se enamora con tanta facilidad de ciertas personas, no porque sean más hermosas que las demás, sino porque parecen pertenecer a una película, a una canción o a un sueño.

Entonces Yuesheng levanta la vista, la encuentra entre la multitud y sonríe con un gesto leve, reservado, suficiente para que el corazón de Su Mei olvide durante un segundo toda prudencia.

—Pensé que no vendría.

La respuesta le arranca una breve risa.

—Si ya lo seguí una vez, ¿de verdad cree que no volvería a hacerlo?

Comienzan a caminar entre las calles abarrotadas que rodean el templo.

Los vendedores ofrecen farolillos pintados a mano, figuras de papel y dulces tradicionales, los niños corren entre las piernas de los adultos sosteniendo pequeñas luces doradas y las ancianas depositan ofrendas junto a los muros de los templos mientras los comerciantes observan las ceremonias con una mezcla de respeto y rutina.

Por encima de todo flota el humo, uno suave y azulado que transforma las calles en algo casi irreal, y a ratos Su Mei tiene la sensación de caminar dentro de una pintura.

—Mi abuela decía que esta es la única noche del año en que los vivos y los muertos comparten las mismas calles —expresa ella.

—Mi maestro dice que los muertos nunca se marchan del todo. Solo esperan que encontremos tiempo para recordarlos.

—¿Y usted lo cree?

Yuesheng observa a una anciana que enciende tres varillas de incienso frente a un pequeño altar improvisado.

—Cuando era niño creía cualquier cosa que dijera mi maestro.

—Eso no responde a mi pregunta. ¿Qué piensa usted?

—Entonces supongo que sí.

La multitud los conduce hasta una plaza donde se ha levantado un escenario temporal.

Sobre las tablas, varios actores representan una antigua historia mientras las lámparas de aceite proyectan sombras temblorosas sobre los decorados, pero lo primero que llama la atención de Su Mei no es la representación, sino las filas vacías.

Hay decenas de asientos que nadie ocupa, perfectamente alineados frente al escenario.

—¿Llegamos demasiado pronto?

Yuesheng sigue la dirección de su mirada.

—No.

—Entonces ¿por qué están vacíos?

Una sombra divertida aparece en sus ojos.

—Porque esos asientos ya tienen dueño.

Ella tarda apenas unos segundos en comprender.

—Los fantasmas.

—Los invitados de honor.

Su Mei vuelve a mirar las filas vacías. Bajo la luz oscilante de las lámparas parecen extrañamente solemnes y, por alguna razón, más reales en particular porque están vacías.

Permanecen allí un rato observando la representación.

Los actores cantan para los muertos, las primeras filas escuchan en silencio y Shanghái, por una vez, parece aceptar que existen cosas que no pueden comprarse.

—¿Cree en los fantasmas? —pregunta ella.

—Creo en los recuerdos. —La respuesta llega sin vacilación.

—No es lo mismo.

—A veces sí.

Yuesheng mantiene la vista fija en el escenario.

—La mayoría de las personas no teme morir. Lo que teme es desaparecer.

Las palabras quedan suspendidas entre ellos porque Su Mei comprende de inmediato que no habla solo de los espíritus, sino también de los escenarios, de los aplausos, de Mei Lanfang, de la fama y del muchacho que entró en una compañía teatral con ocho años soñando con convertirse en alguien imposible de olvidar.

Ella gira ligeramente la cabeza hacia él.

—Usted no desaparecerá.

Una sonrisa tenue aparece en sus labios.

—Eso les dicen a todos los artistas jóvenes.

—No lo digo por eso.

—¿Entonces por qué?

Su Mei tarda unos segundos en responder.

—Porque algunas personas dejan algo detrás de ellas. Algo que permanece incluso cuando ellas ya no están.

Esta vez él no responde, pero algo cambia en su expresión, algo pequeño que desaparece tan deprisa como aparece.

Cuando abandonan la plaza, la noche ya ha caído por completo sobre Shanghái.

La ciudad brilla con faroles rojos suspendidos sobre las calles, rótulos luminosos reflejándose en los charcos, ventanas abiertas de las que escapan fragmentos de música, sombras moviéndose detrás de los visillos y parejas refugiadas en callejones donde nadie parece mirar demasiado.

Por un instante, Su Mei tiene la sensación de caminar dentro de una de aquellas novelas modernas que las jóvenes esconden entre los libros respetables, una novela donde las personas eligen por sí mismas, donde el deseo no necesita pedir permiso y donde el futuro todavía no ha sido decidido por otros.

Siguen avanzando hasta llegar al río, y entonces ella se detiene.

El Huangpu entero parece cubierto de estrellas.

Centenares de farolillos flotan sobre la superficie oscura, avanzando lentamente con la corriente.

Algunos son apenas pequeños puntos dorados, otros brillan con más intensidad y proyectan reflejos temblorosos sobre el agua negra.

Desde la distancia parecen constelaciones desprendidas del cielo.

El espectáculo es tan hermoso que durante unos segundos ninguno habla.

El río transporta luz, nombres, recuerdos y despedidas.

—Son para los espíritus perdidos —dice Yuesheng finalmente—. Para quienes no encuentran el camino de regreso.

La brisa del río mueve con ligereza el cabello de Su Mei. A lo lejos resuena la sirena grave de un barco y los farolillos continúan alejándose.

—¿Y qué ocurre con los que nadie recuerda? —pregunta ella.

Yuesheng tarda en responder. Observa las luces como si buscara algo entre ellas.

—Quizá siguen esperando que alguien pronuncie su nombre una vez más.

La frase provoca un silencio distinto, más íntimo y más vulnerable.

Su Mei piensa en las mujeres cuyos nombres nunca aparecen en los libros, en las vidas que desaparecen sin dejar huella, en las hijas obedientes, en las esposas olvidadas, en todas aquellas personas que viven y mueren sin haber podido elegir.

Yuesheng piensa en otra cosa: en los escenarios, en los aplausos, en los personajes que sobreviven más que quienes los interpretan y en la posibilidad de que algún día la ciudad deje de pronunciar su nombre.

—¿Qué ocurre? —pregunta ella.

Él deja escapar una sonrisa melancólica.

—Cuando era niño creía que la fama solucionaba todas las preguntas.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que solo las cambia.

Su Mei observa las luces flotando sobre el río.

—Yo nunca he querido ser famosa.

—¿Qué ha querido entonces?

Ella guarda silencio unos instantes y después responde:

—Elegir.

Elegir qué dibuja, dónde vive, qué clase de mujer quiere ser y a quién ama.

No necesita decir el resto. Yuesheng lo comprende, lo comprende tan bien que aparta la vista hacia el río y la centra en ella pese a que las luces continúan alejándose sobre la corriente, la ciudad respira a su alrededor, al otro lado del río brillan los edificios extranjeros y, detrás de ellos, ocultos entre la niebla y la oscuridad, permanecen los barrios antiguos, los templos, las callejuelas y los fantasmas.

Todo Shanghái parece reunido allí: el pasado y el futuro, los vivos y los muertos.

Entonces Yuesheng rompe el silencio.

— Si dentro de veinte años piensa en esta noche, ¿qué cree que recordará?