Tinta, seda y más que un amor de verano Capítulo 9. El escenario vacío #2
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Capítulo 9. El escenario vacío #2

—Porque no sé qué parte de mí quedaría en esa casa.

Porque la gente aplaude a Yu Ji, pero no necesariamente quiere que Yu Ji viva cerca de sus hijas.

Porque una esposa tendría que soportar que todos hubieran visto mi rostro convertido en otra cosa antes que ella.

Porque quizá yo mismo no sabría qué entregarle que no estuviera ya repartido entre demasiados ojos.

Su Mei escucha sin moverse.

La sala vacía parece más oscura ahora.

—Eso es muy injusto —dice.

—El teatro es injusto de muchas maneras. También da.

—¿Qué le da?

Yuesheng sonríe apenas.

—Una lengua. Ya se lo dije.

—Pero le ha quitado otras cosas.

—Sí.

—¿Cuáles?

Él deja la espada sobre la mesa con suavidad.

—La torpeza. La posibilidad de no ser observado. Algunas amistades. Un amor, quizá, antes de haberlo tenido. La idea de que mi cuerpo me pertenecía del todo.

Su Mei siente que la frase la atraviesa.

—A mí quieren quitarme una vida antes de saber si podría vivirla.

Yuesheng la mira entonces, y el espacio entre ambos cambia. Ya no están hablando en paralelo, cada uno desde su jaula, sino reconociendo, con miedo, la forma común de los barrotes.

—¿Qué vida? —pregunta él.

Su Mei mira la sala vacía.

—Una donde pueda dibujar sin pedir disculpas. Viajar, quizá. Escribir lo que veo. Ganar dinero sin que lo llamen «entretenimiento». Entrar en un teatro sin que alguien decida que debo salir de él convertida en esposa. No lo sé. No tengo una imagen completa.

—Los sueños cercenados casi nunca la tienen.

Ella vuelve hacia él.

—¿Cercenados?

—Sí. Cuando alguien corta un árbol antes de que crezca, no se puede saber qué forma habría tomado la copa.

La metáfora es sencilla, pero a Su Mei le duele como si fuera exacta.

—Mi tía ha dicho que hablo como una muchacha sin madre.

Yuesheng no aparta la mirada.

—Fue cruel.

—Sí.

—¿Era cierto?

La pregunta no tiene la violencia de la frase de su tía. Al contrario. La abre sin empujar.

Su Mei respira hondo.

—Mi madre hablaba poco. Supongo que por eso todos creen tener derecho a hablar por ella.

A veces pienso que si viviera me pediría que obedeciera.

Otras veces recuerdo que dibujaba patrones a escondidas cuando nadie la miraba.

Tal vez también tuvo sueños cercenados. Tal vez por eso me da miedo parecerme a ella.

—¿Por obedecer?

—Por desaparecer sin hacer ruido.

Yuesheng toma otra manga y se la ata a la muñeca.

—Entonces haga ruido.

—Es fácil decirlo desde un escenario.

—No. Desde un escenario se aprende que hacer ruido también puede destruirte.

Se coloca frente a ella.

—Vuelva a intentarlo.

—¿Ahora?

—Precisamente ahora.

Le indica con un gesto que levante el brazo. Su Mei obedece. La manga cae. Él se sitúa detrás, no pegado a ella, pero lo bastante cerca para que su voz le llegue junto al oído.

—No piense en ser delicada. Eso es lo que todos esperan. Piense en alguien que no puede decir «no» en voz alta y aprende a decirlo con la muñeca.

Su Mei traga saliva. Levanta la mano.

—La heroína dan —continúa él— no siempre es sumisa. A veces su fuerza está en parecer que cede mientras decide por dentro. El público ve suavidad. El personaje sabe que es acero.

Su Mei mueve la muñeca. La tela se alza torpemente, cae mejor que antes.

—Otra vez —dice Yuesheng.

Ella repite.

—Más lento.

Repite.

—No se adelante al gesto. Déjelo nacer.

Repite.

La sala vacía desaparece poco a poco. Ya no piensa en sus tías, ni en Gu Shaoting ni en la puerta trasera de la casa.

Solo en la muñeca, en el peso extraño de la tela, en la respiración de Yuesheng detrás de ella, en la idea de decir «no» sin pronunciarlo.

La manga se eleva, gira, desciende con una gracia incompleta pero real.

Su Mei siente una emoción absurda, casi infantil, por haber conseguido que la tela la obedezca durante un segundo.

—Ahí —dice él.

Su voz contiene una satisfacción tan pequeña que parece secreta. Ella se vuelve, sonriente.

—¿Lo he hecho bien?

Yuesheng la mira. Algo en su rostro se queda sin defensa.

—Sí.

No añade nada. No lo suaviza. Solo ese «sí». Su Mei baja el brazo. La manga roza el suelo.

—Tengo miedo —dice de pronto.

Yuesheng no parece sorprendido.

—Lo sé.

—No solo de casarme. De resistirme. De que mi padre me mire como si lo hubiera traicionado. De descubrir que no soy tan valiente como parezco. De querer una vida y no saber construirla. De usted.

Esta vez es él quien queda inmóvil.

—¿De mí?

Su Mei se obliga a sostener su mirada.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque desde que lo vi en escena todo parece tener otra luz.

Y eso es peligroso. Porque quizá estoy convirtiéndolo en una excusa para no aceptar lo que ya no quería.

Porque cuando lo vi reír en el mercado lo seguí como una idiota.

Porque esta noche he escapado de mi casa y he venido aquí sin saber qué esperaba encontrar.

Porque cuando me toca la muñeca para corregirme, me resulta difícil recordar que solo está enseñándome a mover una manga.

La confesión cae sin música.

No hay gong que la sostenga. No hay aplauso que la justifique. Solo dos personas sobre un escenario vacío, con lámparas laterales, una espada de madera, mangas blancas y un miedo demasiado nuevo para saber comportarse.

Yuesheng se acerca un paso.

—Yo también tengo miedo de usted.

Su Mei casi ríe, pero no lo hace.

—Eso no puede ser cierto.

—Lo es.

—¿Por qué?

—Porque me mira cuando no estoy terminado. Porque no se conforma con Yu Ji. Porque me vio reír y decidió que eso importaba. Porque hace preguntas que otros solo se permiten convertir en rumores. Porque si vuelve mañana, y pasado, y el otro, quizá empiece a esperar que lo haga.

La última frase es apenas un hilo. Su Mei siente que el corazón le golpea con una fuerza dolorosa.

—¿Y eso sería tan terrible?

Yuesheng baja la mirada.

—Para alguien como usted, sí.

—No diga «alguien como usted».

—Una señorita de buena familia.

—No.

—Una hija a punto de ser prometida.

—No.

—Una mujer que aún puede salvar su nombre.

—No me hable como mis tías.

La frase lo detiene.

Su Mei se acerca a él. La manga blanca se arrastra sobre la madera, y ese sonido leve parece marcar cada paso.

—No he venido aquí para que usted me devuelva a la puerta de mi casa con palabras prudentes.

—Quizá debería hacerlo.

—Quizá. Pero no lo ha hecho.

Están ya muy cerca. Yuesheng levanta una mano, no para tocarla, sino como si aún buscara el gesto correcto, la posición exacta que no los destruya.

Esa vacilación, en él, resulta más conmovedora que cualquier audacia.

Su Mei piensa en la heroína dan , en la fuerza que parece ceder, en el acero oculto bajo la suavidad.

Piensa que durante toda su vida le han enseñado a esperar que otros den un paso.

Y entonces, por primera vez esa noche, decide no obedecer ni siquiera al miedo.

Es ella quien lo besa.

Al principio el beso es breve, casi una pregunta mal formulada.

Sus labios rozan los de Yuesheng con torpeza, con un temblor que no pertenece al teatro sino a la vida; y durante un instante él no responde, no porque no quiera, sino porque parece no saber qué hacer con algo que no ha sido ensayado.

Luego la mano que estaba suspendida encuentra por fin su lugar en el borde del chal de Su Mei, apenas sobre su hombro, y él inclina la cabeza.

El segundo beso ya no es pregunta.

Tampoco es todavía una certeza. Es un reconocimiento.

Una entrada en territorio desconocido. Su Mei siente la respiración de Yuesheng, el calor de su boca, el roce de la manga entre ambos, la madera del escenario bajo sus pies, la sala vacía delante de ellos como un público ciego que no puede juzgar lo que no ve.

Él la besa con una contención que lucha contra sí misma, como si incluso el deseo tuviera que pedir permiso a la disciplina antes de existir, y eso la conmueve más que si la hubiera tomado con seguridad.

Hay en él cuidado, miedo, hambre y una tristeza leve, anticipada, como si ambos supieran que aquel beso no resuelve nada y, precisamente por eso, lo cambia todo.

Cuando se separan, no se apartan. Su Mei mantiene los ojos cerrados un segundo más. Yuesheng apoya la frente apenas contra la suya. La manga blanca, atrapada entre sus cuerpos, cae hacia el suelo como una bandera rendida.

—Esto no la salvará —dice él en voz baja.

Ella abre los ojos.

—No he venido a salvarme.

—¿Entonces?

Su Mei mira la sala vacía, las butacas oscuras, la espada de madera, la noche detenida en el interior del teatro.

—He venido a no desaparecer.

Yuesheng cierra los ojos un instante, como si esa frase hubiera encontrado en él un lugar demasiado antiguo.

Luego toma su mano, la que aún lleva la manga atada, y la levanta despacio hasta colocarla entre ambos en la posición correcta: muñeca flexible, dedos vivos, tela suspendida. No como maestro corrigiendo a una alumna, sino como alguien que ofrece una forma cuando las palabras ya no alcanzan.

—Entonces no baje la mano —susurra.

Su Mei sostiene el gesto.

La manga tiembla.

Fuera, Shanghái sigue ardiendo en su verano interminable, con sus familias, sus rumores, sus teatros, sus hombres correctos, sus tías crueles, sus hoteles extranjeros y sus puertas traseras.

Pero durante unos segundos, sobre aquel escenario vacío, bajo una luz pobre y lateral, una muchacha que no quiere casarse y un actor que ha aprendido a hablar con cuerpos ajenos permanecen juntos en silencio, como si hubieran descubierto una verdad diminuta y peligrosa: que a veces el amor no empieza cuando alguien promete un futuro, sino cuando dos personas se atreven a decir en voz alta lo que el mundo les está quitando.