Tinta, seda y más que un amor de verano Capítulo 9. El escenario vacío
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Capítulo 9. El escenario vacío

El escenario vacío

E sa noche, la casa se duerme lentamente.

Su Mei espera. Espera a que su padre cierre la puerta del despacho.

Espera a que la criada más vieja pase una última vez por el pasillo.

Espera a que los sonidos domésticos se vuelvan espaciados, luego lejanos, luego absorbidos por el zumbido del verano.

En su habitación, vestida aún, se sienta junto a la ventana abierta con la libreta sobre las rodillas y no escribe nada.

La ciudad respira al otro lado del patio, más allá del muro, más allá de la casa que todos consideran suficiente para ella.

Hay una luna débil, velada por humedad. En algún lugar lejano, un perro ladra. Otro responde.

Cuando ya no puede esperar más, se levanta.

No lleva joyas. No lleva abanico. Solo toma la libreta, un chal oscuro y unas monedas.

Se calza en silencio, abre la puerta con una lentitud dolorosa y cruza el pasillo sin encender la lámpara.

La casa, de noche, parece más grande y más frágil.

Cada mueble amenaza con delatarla, cada tabla guarda memoria de sus pasos de niña.

Pasa junto al salón donde sus tías la han acorralado horas antes, junto al jarrón de lotos ahora casi negros, junto al despacho cerrado de su padre. Durante un instante se detiene allí.

Podría volver.

Podría acostarse, fingir que el sueño arregla las cosas, levantarse al día siguiente y dejar que el domingo llegue como llegan todas las imposiciones: lentamente, con suficiente cortesía para parecer inevitables.

Pero en lugar de volver, abre la puerta trasera.

La calle la recibe con un golpe de calor húmedo y libertad imperfecta.

Camina rápido al principio, luego más despacio, porque una mujer que corre llama más la atención que una mujer que finge saber adónde va.

Toma calles laterales, evita las avenidas más iluminadas, se cubre los hombros con el chal, aunque el calor lo vuelva absurdo.

No sabe si va al teatro porque quiere ver a Yuesheng o porque ese lugar es el único donde las vidas no fingen ser simples.

Quizá ambas cosas son la misma. Al llegar a la fachada, casi todas las luces están apagadas.

La marquesina no tiene el esplendor de la función; y sin público, sin coches, sin el rumor de los vendedores, el edificio parece un animal dormido.

Pero hay una puerta lateral entornada.

Su Mei entra.

El interior del teatro de noche no se parece al teatro lleno.

Sin espectadores, las paredes pierden solemnidad y ganan misterio.

El vestíbulo está en penumbra, las lámparas bajas dibujan círculos de luz sobre el suelo; el olor a maquillaje, madera, incienso encendido es más leve.

Desde algún lugar profundo llega un sonido que no es música completa, sino un golpe aislado, una pisada, el roce largo de una manga contra el aire.

Su Mei avanza hacia la sala.

La encuentra vacía.

Las butacas, tantas horas antes ocupadas por cuerpos, voces y abanicos, se extienden ahora como un campo oscuro.

Al fondo, el escenario está iluminado por dos lámparas laterales.

No hay decorado, apenas una mesa, una silla, un biombo desplazado hacia el fondo y una espada de madera sobre el suelo.

En medio de ese espacio desnudo, Lin Yuesheng ensaya.

Está solo.

No lleva el traje de la función, sino ropa más práctica, un pantalón oscuro, una camisa clara con el cuello abierto, las mangas recogidas.

Aun así, en su cuerpo ocurre algo que transforma la simplicidad en una ceremonia.

Sostiene unas mangas largas de entrenamiento, blancas, ligeras, atadas a las muñecas, y se mueve despacio, con una concentración tan absoluta que Su Mei se queda detenida al pie de la sala, temiendo que incluso su respiración rompa el equilibrio.

Yuesheng avanza tres pasos, gira la muñeca, deja que la tela describa una curva, inclina la cabeza, retrocede.

Repite. Repite de nuevo. La heroína que busca no está aún completa, aparece y desaparece en fragmentos.

El de una mano que vacila antes de entregar una carta, el de un cuerpo que se inclina sin rendirse, y finalmente una mirada baja que contiene más orgullo que sumisión.

Su Mei comprende que verlo ensayar es más íntimo que verlo desnudarse.

En escena, ante el público, la belleza llega cerrada, brillante, capaz de defenderse con su perfección.

Allí, en cambio, todo está en construcción.

Hay errores mínimos, correcciones silenciosas, una impaciencia que Yuesheng borra antes de que se convierta en un gesto evidente.

Él intenta una caída de manga, se detiene, frunce apenas el ceño, vuelve al punto inicial.

La tela no obedece. Él tampoco se perdona.

—Debe de odiarlas a veces —dice Su Mei desde la penumbra.

Yuesheng se vuelve de golpe.

La manga queda suspendida en el aire entre ambos.

Durante un segundo la sorpresa le limpia el rostro de toda disciplina. Luego la reconoce y baja los brazos.

—Señorita Su.

—No quería asustarlo.

—Entrar de noche en un teatro vacío suele producir ese efecto, sí.

Ella avanza unos pasos por el pasillo central.

—La puerta estaba abierta.

—Eso no es una invitación.

—No he tenido un buen día para preocuparme por esas minucias.

Yuesheng la mira con más atención. Percibe, antes de que ella diga nada, el chal oscuro, el pelo ligeramente desordenado, la tensión en la boca, esa mezcla de desafío y agotamiento que la visita de las tías ha dejado sobre ella.

—¿Ha pasado algo?

Su Mei mira alrededor, como si la sala vacía pudiera responder por ella.

—La familia Gu, la de mi prometido, vendrá el domingo.

Yuesheng lo entiende.

—El hombre correcto.

—Vendrá con su madre, quizá una hermana, tal vez medio linaje para asegurarse de que mis defectos son manejables.

Él deja las mangas sobre la silla.

—¿La han obligado?

—Todavía no.

—Eso significa que están empezando.

La frase le arranca una risa breve, amarga.

—Usted entiende muy bien a mi familia para no conocerla.

—Entiendo los ensayos que preceden a grandes actuaciones.

Su Mei se queda al borde del escenario. La madera, vista desde abajo, parece más alta que durante la función. Más real. Menos mágica y, por eso mismo, más prohibida.

—¿Puedo subir?

Yuesheng duda.

No por decoro, o no solo por decoro. El escenario es un espacio con reglas, incluso vacío. No se sube a él como se entra en una habitación. Pero quizá esa noche ambos han dejado atrás demasiadas puertas como para detenerse ante una tarima.

—Con cuidado —dice.

Su Mei sube por la escalera lateral.

El escenario huele distinto desde dentro.

A polvo, madera, tela, sudor, aceite de lámpara.

Bajo sus zapatos, las tablas crujen apenas.

La sala vacía se abre frente a ella como un mar oscuro de ojos ausentes, y de pronto comprende el vértigo de mirar desde allí.

No es solo que el público observe al actor.

Es que el actor debe llenar el vacío donde el público coloca su deseo.

—Parece más grande desde aquí —murmura.

—Y más pequeño cuando se llena.

—¿Por qué?

—Porque entonces todos quieren algo.

Yuesheng recoge una de las mangas de entrenamiento y la extiende hacia ella.

—Tome.

Su Mei la mira.

—¿Para qué?

—Quería subir al escenario.

—No he dicho que quisiera actuar.

—Nadie empieza queriendo actuar. Empieza queriendo saber qué se siente.

Ella acepta la manga con cautela. La tela es más ligera de lo que esperaba, pero al mismo tiempo difícil de manejar, como si tuviera voluntad propia. Yuesheng se coloca a su lado, no demasiado cerca.

—Una heroína dan no entra corriendo hacia lo que desea —dice—. Casi nunca se le permite. Entra sabiendo que la han visto antes de hablar.

Su Mei lo mira de reojo.

—Eso lo entiendo.

Él no sonríe.

—Lo imaginaba.

Yuesheng le muestra la posición de los pies: uno apenas adelantado, el peso contenido, la rodilla flexible pero no débil.

Luego la mano. La muñeca debe ceder, los dedos no pueden abrirse como los de una persona moderna que señala, toma, exige.

La manga no se agita, solo se conduce. Su Mei intenta imitarlo y fracasa de inmediato. La tela cae sin gracia.

—Horrible —dice ella antes de que él pueda hacerlo.

—Un poco.

—Podría mentir.

—Podría, pero no serviría de nada.

Se le escapa una risa pequeña. Él toma su muñeca con cuidado.

El contacto es leve y técnico. Debería serlo.

Sus dedos corrigen el ángulo de la mano, suben apenas el codo, relajan la tensión de los nudillos.

Pero Su Mei siente ese contacto con todo el cuerpo.

No por la presión, sino por la atención que contiene.

Yuesheng toca como enseña, sin poseer, sin invadir, pero con una precisión que vuelve imposible fingir indiferencia.

—No luche contra la tela —dice.

—Eso suena a consejo matrimonial.

—Probablemente por eso no me casan a mí.

La frase sale demasiado deprisa, y por un instante ambos sonríen. Luego Su Mei aprovecha el hueco abierto por esa broma y pregunta:

—¿Usted se casará alguna vez?

Yuesheng suelta su muñeca.

La pregunta queda en el escenario con una desnudez inesperada.

—¿Por qué quiere saber eso?

—Porque hoy todos han hablado de mi matrimonio como si fuera una estación inevitable. Como si una mujer no avanzara en la vida, sino hacia una boda. Me pregunté si para usted era igual.

Yuesheng camina hasta la espada de madera, la recoge y la sostiene sin blandirla.

—No.

—¿No se casará?

—No lo sé.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única honesta.

Su Mei deja que la manga cuelgue de su mano.

—¿Nunca lo ha pensado?

—Claro que lo he pensado. Todos piensan en la vida que se supone que deben querer. Una esposa, un hijo, una casa donde nadie pregunte por qué un hombre ha pasado la juventud aprendiendo a bajar los ojos como una doncella. Un patio. Una mesa. La posibilidad de hacerse viejo sin maquillaje.

La imagen, dicha por él, tiene una tristeza inesperada.

—Suena hermoso —dice ella.

—Suena imposible.

—¿Por qué?

Yuesheng mira la espada de madera.