Capítulo 8. Frases como espadas
Frases como espadas
L a tía mayor de Su Mei llega antes de la hora prevista, como había anunciado la criada, y entra en la casa con la autoridad de una mujer que nunca ha necesitado levantar la voz para convertir una habitación en un tribunal despiadado.
Se llama Su Lian, aunque nadie la llama así salvo los documentos familiares y algún pariente muy viejo.
Para Su Mei siempre ha sido la tía Lian, una presencia seca, perfumada con alcanfor y polvos florales, vestida con sedas oscuras incluso en verano, capaz de sentarse junto a una ventana abierta sin que el calor pueda tocarla.
Lleva el cabello recogido con severidad, una horquilla de jade en la nuca y un abanico lacado que abre y cierra no para darse aire, sino para puntuar las frases.
Detrás de ella llega, tal y como avisaba la misiva, la tía Yun, más joven, más redonda, de sonrisa aparentemente dulce, con esas manos suaves de quien ha pasado la vida acariciando tazas de té, seda y conversaciones peligrosas.
La primera sentencia; la segunda envuelve la sentencia en miel.
Su Mei las ve entrar desde el pasillo y comprende, con una claridad desagradable, que su padre no piensa estar presente.
Ese será su gesto de delicadeza. O de cobardía. O de ambas cosas.
La criada dispone el té en el salón pequeño, el que da al patio interior, donde el calor de la tarde se queda atrapado entre las plantas como un animal.
Hay flores de loto en un jarrón, demasiado abiertas ya, con los bordes empezando a oscurecerse.
Sobre la mesa baja descansan dulces de sésamo, ciruelas confitadas y una tetera de porcelana que perteneció a su madre.
Su Mei se sienta frente a sus tías con la espalda recta, las manos juntas sobre el regazo y la sensación de haber entrado en una escena cuyo final otros han ensayado sin ella.
—Estás más delgada —dice la tía Yun, como saludo.
—Será el calor.
—O que sales demasiado —añade la tía Lian.
Su Mei baja la vista hacia la taza.
—Trabajo.
La tía Lian abre el abanico.
—Las muchachas de buena familia no deberían tener que explicar sus ausencias con esa palabra.
—Padre no se opone a que dibuje para la gaceta.
—Tu padre te quiere demasiado para oponerse a tiempo.
La frase no admite respuesta. Está hecha, como muchas de las frases de la tía Lian, para sonar a preocupación y actuar como castigo. Su Mei nota cómo la tía Yun inclina la cabeza, con una sonrisa apenas triste.
—No hemos venido a regañarte, Mei.
—Qué alivio.
El silencio se vuelve súbitamente más fino.
Su Mei sabe que ha cometido un error en cuanto la ironía cruza sus labios.
La tía Yun baja la taza. La tía Lian no se inmuta, pero sus ojos se endurecen con una satisfacción casi imperceptible, ya que la resistencia de Su Mei les facilita el trabajo, porque toda mujer que se muestra difícil confirma la necesidad de ser corregida.
—Hemos venido porque tu padre está preocupado —dice la tía Lian—. Y porque tu madre, si viviera, también lo estaría.
Ahí está, piensa Su Mei. La primera espada.
La mención de su madre siempre llega así, envuelta en una piedad que no consuela, sino que exige.
Su madre, que en vida había sido una mujer silenciosa, melancólica, de manos siempre ocupadas y ojos que parecían mirar una ventana interior, se ha convertido después de muerta en argumento para todo lo que ella no puede negar sin parecer cruel.
«Tu madre querría verte segura. Tu madre sabría aconsejarte. Tu madre habría entendido que una mujer necesita una casa. Tu madre no habría confundido libertad con desorden».
Su Mei aprieta los dedos bajo la mesa.
—Mi madre también dibujaba —dice.
La tía Yun suspira.
—Bordaba.
—También dibujaba los patrones.
—Eso es distinto.
—Claro.
—No uses ese tono —corta la tía Lian—. Ya no eres una niña.
No, piensa Su Mei. Ese es precisamente el problema: que ya no es una niña, pero todos siguen hablándole como si su voluntad fuera una enfermedad de crecimiento.
La tía Yun se inclina hacia ella con una ternura trabajada.
—Mei, nadie quiere quitarte tus dibujos. Nadie quiere encerrarte. Pero una mujer necesita algo más que inquietudes. Necesita estabilidad, protección, una familia que la reciba, un esposo que pueda mantenerla cuando su padre ya no esté.
—Puedo mantenerme yo.
La tía Lian cierra el abanico con un golpe seco.
—Esa frase es exactamente la que ha preocupado a tu padre.
Su Mei levanta la mirada.
—¿Que pueda mantenerme?
—Que creas que eso basta.
La tarde parece espesarse alrededor de ellas.
En el patio, una cigarra comienza a cantar con una insistencia casi molesta.
Su Mei siente el sudor en la nuca, bajo el cuello del vestido, y piensa en el mercado, en la risa de Yuesheng, en la herboristería oscura donde al menos las cosas tenían nombres honestos como corteza, raíz, polvo amargo.
Allí nadie llamaba «protección» a una compra ni «afecto» a una jaula.
—Gu Shaoting es un buen hombre —dice la tía Yun.
El nombre, pronunciado por fin, cae sobre la mesa como una taza que nadie ha tocado.
—Apenas lo conozco.
—Lo conocerás.
—¿Después de aceptar casarme con él?
—Antes, si eso te tranquiliza —dice la tía Lian—. Pero no confundas conocer con inventar novelas en la cabeza. El matrimonio no necesita la clase de entusiasmo que los libros modernos han metido en la cabeza de las muchachas.
Su Mei piensa, con una claridad venenosa, que ni siquiera ha leído suficientes libros modernos para tener derecho al delito que le atribuyen.
—¿Qué necesita entonces?
—Respeto —responde la tía Yun.
—Conveniencia —dice la tía Lian.
—Paciencia.
—Familia.
—Un nombre limpio.
—Hijos.
Cada palabra es colocada ante ella como una pieza de mobiliario en una casa que ya han decorado para su vida futura.
Su Mei se ve allí por un instante, sentada junto a una ventana en la casa de los Gu, con vestidos más caros, horarios más normales, criadas que obedecerán sus órdenes, un marido educado que dirá «mi esposa dibujaba muy bien» con una sonrisa amable, como se habla de una habilidad juvenil, de una virtud pasada que no conviene ejercer demasiado.
Se ve escribiendo cartas que no enviará, guardando libretas en cajones cerrados con llave, aprendiendo poco a poco a no mirar por la ventana cuando oiga música en la calle.
La imagen es tan nítida que le falta el aire.
—No quiero casarme con él —dice.
La tía Yun cierra los ojos un segundo, como si la frase le hubiera hecho daño.
La tía Lian, en cambio, parece haberla esperado.
—Lo que quieres no siempre es lo que te conviene.
—¿Y lo que me conviene siempre debe decidirlo otro?
—Cuando una no sabe decidir sin comprometer su reputación, sí.
Su Mei se queda muy quieta.
—¿Mi reputación?
La tía Yun mira hacia la puerta, asegurándose de que la criada no escucha.
—Mei...
—¿Qué ha oído?
—No se trata de lo que hayamos oído —dice la tía Lian.
—Entonces sí han oído algo.
La tía Yun toma su mano. Su piel es fresca, blanda, insistente.
—Una muchacha puede perder mucho por poco. Una salida nocturna. Un paseo. Una compañía inadecuada. A veces no hace falta que ocurra nada malo para que el mundo decida contarlo como si hubiera ocurrido.
Su Mei retira la mano despacio.
No necesita preguntar más. Luo Wenqing, quizá. Un conductor. Una conocida en el Bund. Alguien que la vio bajo la marquesina. O nadie en concreto: tal vez basta con que su libertad haya empezado a dejar una forma visible para que todos se sientan autorizados a inventarle un pecado.
—No hice nada malo.
—Esa es una frase que las mujeres rara vez consiguen demostrar —dice la tía Lian.
El golpe es tan frío que Su Mei no responde de inmediato. La tía Yun intenta suavizarlo.
—Por eso hay que adelantarse. Tu padre no quiere obligarte de mala manera. Pero Gu Shaoting puede ofrecerte una posición segura. Si el compromiso se anuncia pronto, cualquier comentario perderá importancia. La gente entiende que una muchacha prometida debe cerrar ciertos capítulos de juventud.
—¿Capítulos? —Su Mei oye su propia voz como si viniera de otra habitación.
—Sí, querida. Trabajos, salidas, amistades poco convenientes...
—Teatros —añade la tía Lian.
Ahí está la segunda espada.
Su Mei mira el jarrón con los lotos, los bordes de las flores oscurecidos por el calor, la porcelana que perteneció a su madre, las manos de sus tías, tan distintas y tan unidas en el mismo gesto de empujarla hacia una vida donde nadie necesitará encerrarla porque ella habrá aprendido a quedarse quieta.
Siente que algo dentro de sí se aparta de la mesa.
No se rompe. Se aparta. Como una persona que, al verse rodeada, descubre una puerta que antes no había visto.
—No voy a aceptar un compromiso para limpiar rumores que otros han inventado —dice.
La tía Lian se levanta.
—Hablas como una muchacha sin madre.
La frase entra en la sala y todo se detiene.
Incluso la tía Yun parece quedarse sin aire.
Su Mei no se mueve. No llora. No baja la mirada.
Durante años ha imaginado que el recuerdo de su madre era una habitación delicada, llena de sombras suaves, donde no convenía hacer ruido.
Ahora comprende que otros la han usado como cerrojo.
Su madre, la mujer que dibujaba patrones antes de llamarlos bordados, la mujer que a veces miraba por la ventana como si escuchara una vida que no había tenido, la mujer que nunca le dijo que obedecer fuera lo mismo que vivir, no merece ser convertida en esa frase.
—Quizá —dice Su Mei, muy despacio—. Pero hablo.
La tía Lian la mira como si acabara de verla por primera vez, defectuosa, rota, inservible.
Sin embargo, el resto de la visita se descompone en formalidades.
La tía Yun intenta reparar el daño con palabras tibias, la tía Lian recupera su abanico, las criadas retiran tazas apenas tocadas.
Cuando por fin se marchan, el sol está empezando a bajar y el patio parece lleno de una luz sucia, dorada, inmóvil.
Su padre no sale a despedirlas en la puerta ya que las ha visto en su despacho, probablemente.
Su Mei sube a su habitación antes de que la llamen.
Allí se sienta en el borde de la cama.
No llora entonces tampoco.
La rabia no siempre sale en lágrimas. A veces se queda bajo la piel, muy quieta, haciendo que todo parezca insoportablemente claro.
Su Mei mira el cajón donde guarda la libreta, el vestido colgado, la caja de jazmín sobre la mesa, y siente que la habitación, hasta esa mañana familiar, se ha vuelto demasiado pequeña.
No porque las paredes hayan cambiado, sino porque sus tías han llevado consigo la casa futura y la han dejado allí, ocupando el aire.
Baja a cenar.
Su padre está serio. Habla poco. Ella también.
Entre ambos se sienta todo lo no dicho, la visita, la frase de la tía Lian, el nombre de Gu Shaoting, el rumor del teatro, la desobediencia que él no sabe cómo castigar sin perderla y que ella no sabe cómo explicar sin traicionarse.
Al terminar, Su Zhengde le pide que no haga planes para los próximos días.
La familia Gu irá a tomar té el domingo.
—No he aceptado —dice Su Mei.
—No te he pedido que aceptes todavía.
—Pero los has invitado.
—He invitado una posibilidad.
—Las posibilidades no vienen con madres y tías.
Su padre deja los palillos.
—Ya basta.
Ella inclina la cabeza.
—Sí.
El «sí» no significa obediencia. Significa que ya no tiene fuerzas para seguir hablando en esa mesa.