Capítulo 7. La risa de los días ordinarios #3
—Desde esta mañana, al parecer.
—Entonces debo acompañarla a la botica correcta. Es lo mínimo que puedo hacer después de haber arruinado su reputación como hija responsable.
—Usted no ha arruinado nada. He sido yo sola.
—Eso diría alguien con mucha práctica.
—En arruinar cosas.
—En no dejar que otros se lleven el mérito.
Su Mei lo mira, sorprendida otra vez por la facilidad con que, en ocasiones, él parece leerla con esa inteligencia adquirida de quienes han aprendido a observar para sobrevivir, capaz de captar un gesto, una defensa, una grieta, antes de que el otro termine de construirla.
—¿Siempre es tan perceptivo? —pregunta.
—Solo cuando me siguen por el mercado.
—Entonces procuraré no repetirlo.
—No he dicho que me molestara.
La frase queda demasiado cerca de una invitación.
Su Mei baja la mirada a la cesta vacía. Yuesheng parece advertirlo también, porque se aparta hacia la puerta con una cortesía inmediata, como si hubiera decidido devolver aire a la conversación.
—Vamos —dice—. La calle Fuzhou está a unas manzanas. Si caminamos deprisa, aún podrá fingir que solo se entretuvo escogiendo té.
—No he comprado té.
Yuesheng toma de un estante una pequeña caja de jazmín, la paga al herbolario antes de que ella pueda protestar y se la entrega.
—Ahora sí.
Su Mei la acepta, entre irritada y divertida.
—¿Está intentando ayudarme a mentir?
—Estoy intentando hacer su mentira más verosímil.
—Eso es peor.
—Eso es el teatro.
Salen a la calle. La luz de la mañana los golpea con una intensidad casi indecente después de la penumbra medicinal de la tienda.
El mercado sigue vivo, más ruidoso que antes, más caliente, más lleno de olores.
Caminan uno junto al otro, no tan próximos como la noche anterior junto al río, pero tampoco como dos desconocidos que se han encontrado por casualidad.
Su Mei lleva la cesta y la caja de té; Yuesheng, la bolsa con sus medicinas.
Durante unos minutos hablan de cosas pequeñas como la mejor botica de la zona, los vendedores que suben los precios a las familias con criados, el calor, los remedios inútiles que todo el mundo compra por respeto a las madres y las abuelas, los puestos donde se puede conseguir tinta barata que no se vuelve gris al secarse.
La conversación ligera le permite a Su Mei mirarlo de otro modo.
A la luz del día, entre la gente, Yuesheng no parece menos extraordinario, pero sí menos inaccesible.
Algunos lo reconocen. No todos. Un viejo aficionado lo saluda con dos dedos, una muchacha se vuelve a mirarlo después de pasar, un vendedor de fruta le ofrece un melocotón con una familiaridad que sugiere que ha comprado allí otras veces.
Él responde con cortesía, pero sin alardes.
No busca ser invisible, aunque tampoco invita a la atención.
Hay en su manera de moverse por la ciudad una curiosa tensión que pertenece al teatro, pero no al todo a la calle; que pertenece a la mirada pública, pero también hay algo en él que se reserva siempre.
—¿Para quién son? —pregunta Su Mei, señalando la bolsa.
Yuesheng tarda un instante en responder.
—Para mi maestro.
—¿Está enfermo?
—Está viejo. A veces lo confunde.
—¿Vive con usted?
—Yo vivo donde el teatro me deja. Él vive cerca de aquí. Algunos días le llevo medicinas. Algunos días él me dice que canto peor que cuando tenía quince años y me cierra la puerta.
Su Mei sonríe con suavidad.
—Parece una relación afectuosa.
—Lo es, a su manera.
—¿Fue quien le enseñó?
—Fue quien me enseñó a no avergonzarme demasiado pronto.
La frase es inesperada.
—¿De qué?
Yuesheng mira hacia adelante.
—De la voz. Del cuerpo. De las manos. De todo lo que los demás podían usar para reírse antes de que aprendieran a aplaudir.
Su Mei siente que la ligereza de la mañana se ensombrece apenas, no por tristeza, sino por profundidad.
Ahora imagina al niño de ocho años del que habló junto al río, las rodillas doloridas, la voz quebrándose, los otros niños riendo, un maestro golpeando o corrigiendo, y comprende mejor por qué la risa que ha visto en el mercado le pareció una forma de libertad.
Quizá en él la alegría siempre tiene que abrirse paso entre muchas disciplinas.
—Por eso se fija tanto en quién mira —dice.
—Todos nos fijamos.
—No todos igual.
—Las mujeres también aprenden.
Su Mei lo mira de reojo.
Él no lo dice como un halago ni como una cortesía.
Lo dice como una constatación. Ella piensa en los salones familiares, en las mesas de té, en las tías capaces de leer una desobediencia por el modo en que una joven deja un abanico sobre la mesa, en las criadas que saben demasiado, en las madres que ya no están y, aun así, siguen vigilando desde las costumbres que dejaron atrás.
—Sí —dice—. También aprendemos.
Llegan por fin a la botica de la calle Fuzhou.
La tienda es más clara que la herboristería anterior, menos profunda, con un mostrador barnizado y estantes ordenados donde las medicinas parecen respetables, casi extranjeras.
Su Mei entrega la nota. El boticario, que la conoce por la casa de su padre, saluda con una inclinación y tarda en preparar el paquete lo suficiente para que ella sea dolorosamente consciente de la presencia de Yuesheng a su espalda.
No se vuelve. Sabe que el boticario mirará, que recordará, que quizá comentará.
Sabe también que podría presentar a Yuesheng como un conocido de la gaceta, un artista entrevistado, un encuentro casual.
Pero nadie pregunta nada, y ella no ofrece explicación.
Cuando recibe el paquete, lo coloca en la cesta junto a la caja de té.
—Ya está —dice al salir—. La reputación doméstica ha sido salvada.
—Por poco.
—Gracias a su talento para la mentira.
—Y al jazmín.
Caminan hasta la esquina, donde sus caminos deberían separarse. La mañana avanza hacia el mediodía. Las sombras se acortan. Su Mei sabe que debe volver a casa de inmediato si quiere evitar preguntas. Yuesheng también parece saberlo.
—No volveré esta noche al teatro —dice ella, aunque nadie se lo ha preguntado.
Él la mira.
—¿No?
—Mi tía viene a casa.
—Ah.
La sílaba contiene más comprensión de la que debería.
—Supongo que hablarán del hombre correcto —dice él.
Su Mei se queda inmóvil.
—¿Lo recuerda?
—Recuerdo lo que la gente dice cuando cree que no debería decirlo.
—Eso debe de ser peligroso.
—Lo es más para quien habla.
Ella baja la vista a la cesta.
—Nos prometieron desde antes de nacer.
No sabe por qué se lo dice. Quizá porque ese hecho pesa menos cuando sale de su boca delante de alguien que no forma parte de la negociación. Quizá porque quiere comprobar cómo esa tradición suena en la calle, bajo el sol, junto a Yuesheng. Suena ajeno. Correcto. Lejano.
—¿Lo quiere? —pregunta él.
La pregunta es tan simple que resulta casi brutal.
—No lo conozco.
—No he preguntado eso.
Su Mei levanta los ojos.
—No.
Yuesheng asiente despacio, como si la respuesta confirmara algo triste pero no inesperado.
—Entonces esta tarde será larga.
—Mucho.
—Dibuje.
—¿Durante la visita de mi tía?
—En su cabeza. Funciona cuando no puede escapar.
La idea la hace sonreír.
—¿Eso hacía usted de niño?
—Yo ensayaba.
—También es una forma de escapar.
—A veces. Otras era la jaula.
Su Mei quiere preguntarle más. Quiere saber qué lo sostiene, qué lo encierra, qué desea cuando no está muriendo como Yu Ji ni llevando medicinas a un viejo maestro. Pero la calle no permite todas las preguntas. Algunas necesitan noche, río, o un camerino con un rostro a medio borrar.
—Gracias por acompañarme —dice.
—Gracias por seguirme.
—No vuelva a decirlo así. Suena horrible.
—Lo fue un poco.
—Se ha reído.
—También me río de los chistes malos.
Su Mei hace ademán de ofenderse, pero no puede hacerlo. La risa de él vuelve, pequeña, más contenida que la del mercado, y esta vez no la sorprende como una visión robada, sino como algo que él decide permitirle ver.
—Hasta mañana, señor Lin —dice ella.
—Hasta mañana, señorita Su.
Pero al dar dos pasos, Yuesheng la llama.
—Mei.
Es la primera vez que pronuncia su nombre sin el apellido.
Ella se vuelve.
Él parece dudar apenas, con la bolsa de medicinas en una mano y la otra apoyada en el borde del bolsillo, donde quizá todavía guarda el dibujo que ella le dio la noche anterior.
—El hombre que vio riendo en el mercado —dice— también era yo.
Su Mei siente que la frase le toca con más fuerza de la esperada.
—Lo sé.
—No siempre.
—Entonces espero volver a verlo.
Yuesheng no responde, pero sus ojos cambian con una suavidad casi imperceptible.
Su Mei se aleja antes de que la mañana pueda volverse más peligrosa que la noche.
Camina hacia su casa con la cesta al brazo, el paquete de hierbas en el fondo y la caja de jazmín encima, como una coartada perfumada.
A cada paso, el calor vuelve a cerrarse sobre ella, y con él la casa, su padre, la tía, Gu Shaoting, las frases sobre el deber y la sensatez.
Pero algo de la mañana se resiste a ser absorbido por todo eso.
La risa abierta entre los puestos, la sombra de las ramas secas sobre el rostro de Yuesheng, su voz diciendo que también era él.
Cuando llega a la puerta de casa, se detiene un instante antes de entrar.
Mira la caja de té. Luego abre la libreta, apoyándola torpemente sobre la cesta, y escribe una frase rápida, casi ilegible por la prisa: «Hoy he descubierto que un actor no desaparece solo bajo el maquillaje.
A veces desaparece bajo la seriedad con que el mundo ha aprendido a mirarlo. Y, cuando ríe, vuelve».
Cierra el cuaderno.
Dentro de la casa, una criada anuncia que su tía ha enviado el recado de que llegará con su hermana antes de la hora prevista.
Su Mei respira hondo, coloca bien el paquete de hierbas sobre la caja de jazmín y cruza el umbral con la expresión tranquila de una hija que ha cumplido un encargo sencillo, aunque en realidad venga del mercado con una desobediencia nueva guardada bajo la lengua.