Capítulo 7. La risa de los días ordinarios #2
No lo piensa. O lo piensa demasiado deprisa para llamarlo decisión.
Aprieta la cesta contra el costado y empieza a seguirlo, manteniendo una distancia suficiente para no parecer evidente y demasiado corta para no perderlo.
El mercado la ayuda y la traiciona a la vez.
La ocultan los cuerpos, los toldos, los vendedores, pero también la frenan los compradores, las cestas, las carretillas, un niño que casi choca contra sus rodillas, una mujer que discute el precio de unas raíces secas justo en mitad del paso.
Su Mei se mueve con torpeza, consciente de lo ridículo de su comportamiento y, sin embargo, incapaz de detenerse.
Una señorita no sigue a un hombre por el mercado.
Una hija obediente no olvida un encargo de la casa para perseguir una risa.
Una mujer prudente, menos aún, sigue a un actor que ha conocido hace apenas unas horas, aunque ese tiempo parezca haber abierto un pasillo secreto en el tiempo.
Pero Su Mei, mientras avanza detrás de él, comprende que la prudencia nunca le ha parecido una virtud completa. La prudencia sirve para conservar cosas. La vida, quizá, exige perder algunas.
Yuesheng se desvía hacia una calle más estrecha, menos ruidosa, donde el mercado se transforma en tiendas de madera oscura, farmacias antiguas, casas de té pequeñas y herboristerías con cajones apilados hasta el techo.
Aquí el olor cambia, es menos pescado, menos fruta madura, más alcanfor, regaliz, raíces secas, cortezas, jengibre, polvo amargo, papel viejo.
Sobre algunas puertas cuelgan letreros verticales con caracteres dorados gastados por la humedad.
Hombres de túnica larga entran y salen llevando paquetes atados con cuerda.
Un anciano machaca algo en un mortero de piedra, con golpes lentos, indiferentes a la ciudad moderna que ruge unas calles más allá.
Su Mei se detiene frente al escaparate de una tienda de pinceles cuando Yuesheng entra en una herboristería tradicional.
Durante unos segundos duda.
Seguirlo hasta allí ya no puede disimularse como casualidad. En el mercado podía fingirse coincidencia, dirección compartida, un encuentro posible entre muchos. Pero entrar en la misma herboristería, después de haberlo seguido por una calle lateral, sería una imprudencia demasiado definida.
Así que entra.
La campanilla de la puerta suena con un tintineo breve.
Dentro, el aire es más fresco. La luz cae desde una claraboya alta, filtrada por el polvo, y deja en penumbra las paredes cubiertas de pequeños cajones rotulados con caracteres manuscritos.
Detrás del mostrador, un hombre de cabello blanco pesa raíces secas en una balanza de bronce.
En un rincón hay sacos abiertos con bayas rojas, hongos, cortezas retorcidas; en otro, frascos de vidrio con líquidos ámbar, ramas sumergidas, insectos conservados, formas difíciles de mirar demasiado tiempo.
El olor es tan intenso que Su Mei siente que lo mastica como algo amargo, mineral, terroso, atravesado por una dulzura medicinal que recuerda a los cuartos de enfermos y a las infusiones de infancia que su madre preparaba.
Yuesheng está al fondo, de espaldas, examinando un pequeño paquete que el herbolario más joven acaba de entregarle.
La muchacha finge interesarse por un estante de tés.
Toma una caja, la deja, mira otra, abre la libreta como si comprobara una lista inexistente.
Su corazón late con una fuerza desproporcionada.
Se reprocha a sí misma el absurdo de la situación.
Ha esperado a un actor a la salida del teatro, ha caminado con él por el Bund y ha hablado de su matrimonio impuesto, pero es ahora, escondida entre raíces secas y tés para la digestión, cuando se siente verdaderamente ridícula.
—El jazmín está en el segundo estante —dice una voz detrás de ella—. Aunque, si lo que busca son ingredientes para algún otro encargo, esta no es la botica correcta.
Su Mei se queda quieta.
Despacio, se vuelve.
Yuesheng está a pocos pasos, mirándola a través del espacio estrecho que dejan unas ramas colgadas del techo.
Una sombra irregular le cruza la frente y parte del rostro, como si la tienda hubiera colocado entre ambos una celosía de hojas secas.
No sonríe. Sus ojos, oscuros y atentos, la observan con una mezcla de sorpresa, diversión contenida y algo más difícil de nombrar.
—Señor Lin —dice ella, con una dignidad que llega tarde y no convence a nadie.
—Señorita Su.
—Qué casualidad.
—Una casualidad muy persistente.
Su Mei baja la caja de té que todavía sostiene.
—Venía a recoger un encargo.
—En una tienda en la que no sabía dónde estaba el jazmín.
—No todo el mundo conoce la distribución de las herboristerías.
—No. Pero no todo el mundo entra mirando primero si alguien la ha visto entrar.
Ella siente que se le calientan las mejillas, no por vergüenza pura, sino por haber sido descubierta con tanta precisión. Yuesheng la ha visto. Quizá desde el mercado. Quizá desde antes. Tal vez ella ha creído seguirlo cuando, en realidad, él le ha permitido llegar hasta allí.
—¿Desde cuándo lo sabe? —pregunta.
Ahora sí, él sonríe un poco.
—Desde el puesto de sombreros.
Su Mei abre la boca, la cierra, vuelve a abrirla.
—Eso es imposible.
—No para alguien que ha pasado media vida aprendiendo a notar cuándo lo miran.
La frase, que podría sonar arrogante en otro hombre, en él resulta simplemente exacta.
Su Mei piensa en la sala entera fascinada, en los ojos de los espectadores clavados sobre Yu Ji, en la vida de un actor hecha de vigilancia y deseo ajeno.
Claro que la había visto. Claro que un muchacho entrenado para sentir el menor cambio en la respiración del público iba a notar a una mujer siguiéndolo entre puestos de fruta.
—Entonces me ha dejado hacer el ridículo.
—Quería saber hasta dónde llegaba.
—¿Mi ridículo?
—Su curiosidad.
Ella levanta el mentón.
—Quizá solo quería comprobar que era usted.
—¿Y lo era?
La pregunta la desarma porque no se refiere únicamente al mercado.
Su Mei lo mira. El rostro de la risa abierta ha desaparecido, o más bien se ha recogido de nuevo bajo esa expresión vigilante que ella ya empieza a reconocer.
Pero ahora sabe que esa no es toda la verdad.
Ha visto, aunque fuera durante unos segundos, al Yuesheng que ríe con los ojos cerrados en mitad de una calle llena de gente, al hombre que no calcula cada gesto, al joven que existe cuando nadie ha pagado una entrada para contemplarlo.
—No lo sé —responde al fin—. Hace un momento parecía otro.
Yuesheng la observa con atención.
—¿Y cuál le interesa?
La pregunta es demasiado íntima para una herboristería a media mañana. El anciano del mostrador tose. Afuera pasa un vendedor anunciando sandías. La ciudad continúa como si no acabara de abrirse una pequeña grieta entre ellos.
—El que no sabía que estaba siendo mirado —dice Su Mei.
La sonrisa de Yuesheng desaparece despacio, no por enfado, sino porque la respuesta ha tocado algo vulnerable.
—Ese no suele durar mucho.
—Lo he notado.
—Quizá porque usted lo persigue hasta que se esconde.
Su Mei acepta el golpe con una inclinación mínima de la cabeza.
—Tiene razón.
Él parece sorprendido de que no se defienda.
—No es una acusación.
—Pero es verdad.
Yuesheng aparta unas ramas secas que cuelgan entre ambos, abriendo un espacio más claro. El gesto es casual, pero Su Mei siente que el aire cambia. Ya no están separados por el pretexto de los estantes.
—¿Por qué me siguió? —pregunta él.
Ella podría mentir. Podría decir que se equivocó de calle, que la tienda le pareció familiar, que el encargo de la casa era confuso, que su presencia allí no tenía importancia. Todas serían mentiras pobres; y después de haber sido descubierta desde el puesto de sombreros, además, inútiles.
—Porque lo vi reír.
Yuesheng no esperaba esa respuesta.
—¿Reír?
—Anoche lo vi morir como Yu Ji. Después lo vi borrarse el rostro frente al espejo. Junto al río parecía... —Busca la palabra—. Parecía alguien que hablaba desde una habitación cerrada. Y esta mañana lo he visto reír como si no cargara con nada.
—¿Eso merece una persecución?
—Me sorprendió.
—La risa.
—La libertad.
Él baja la mirada al paquete que lleva en la mano.
—No era libertad. Era un chiste malo.
—A veces se parecen.
Durante unos segundos, ninguno habla.
El herbolario más joven deja sobre el mostrador otro paquete y llama a Yuesheng con discreción.
Él se acerca, paga unas monedas, recibe la medicina envuelta en papel marrón y la guarda en la bolsa.
Su Mei aprovecha para recuperar algo de compostura.
Mira los cajones rotulados, la balanza, el polvo suspendido en la luz.
De pronto recuerda el encargo de su padre.
Las hierbas.
La botica de la calle Fuzhou.
La cesta vacía.
La tía y la visita de la tarde.
La realidad entra en la tienda con un retraso humillante.
—He olvidado el pedido —murmura.
Yuesheng se vuelve.
—¿Qué?
—El pedido de mi casa. Las hierbas. Iba a recogerlas en otra botica.
—Y en lugar de eso me siguió.
—Ya ha quedado establecido, sí.
Él inclina la cabeza, intentando no reír.
—No debería parecerle tan divertido —dice ella.
—No me parece divertido.
Pero le tiembla un poco la boca. Su Mei lo señala con la caja de té.
—Está a punto de reírse.
—Estoy haciendo un esfuerzo considerable.
—No lo haga.
Yuesheng se ríe.
No como en el mercado, no con aquella entrega total, pero sí de una manera limpia, inesperada, una risa baja que le transforma el rostro durante un instante y hace que la solemnidad de la herboristería desaparezca un poco.
Su Mei, a su pesar, también ríe. La situación es absurda.
Ella, que la noche anterior había dicho frases sobre la vida y la desobediencia como si fuera una heroína trágica, ha terminado al día siguiente perdiendo un encargo doméstico para seguir a un actor hasta una tienda de raíces secas.
Si eso era libertad, esta tenía un sentido del humor bastante cruel.
—Mi padre va a creer que soy incapaz de cumplir una tarea sencilla —dice ella.
—¿Lo es?