Capítulo 7. La risa de los días ordinarios
La risa de los días ordinarios
A la mañana siguiente, Su Mei despierta con la sensación de haber dejado una parte de sí misma junto al Bund.
No es una sensación dramática, ni siquiera triste, sino una especie de ligereza incorrecta, como si durante la noche hubiera soltado un broche demasiado apretado y ahora, al abrir los ojos bajo la claridad que entra por la ventana, no supiera si debía volver a cerrarlo antes de que alguien lo note.
En la casa todo parece igual. Los pasos de la criada en el pasillo, el roce de la escoba sobre las baldosas, el tintineo de la porcelana en el patio interior, la voz grave de su padre hablando con alguien en el despacho, el olor del té recién hecho y de la madera que el calor empieza ya a ablandar.
Todo sigue en su sitio, y precisamente por eso le resulta más extraño.
La ciudad, su casa, su habitación, incluso el vestido claro que cuelga del biombo parecen ignorar que unas horas antes ella ha caminado por el Bund con un actor de jingju , ha hablado de matrimonio, de obediencia, de máscaras, y ha sentido, al regresar sola bajo el portón, que su vida no era una habitación cerrada, sino una calle todavía sin recorrer.
La libreta está sobre la mesa.
Su Mei la mira antes de levantarse. Cuando lo hace, la abre por la última página escrita, aquella frase apresurada bajo la luz de la calle, y pasa los dedos sobre la tinta seca con una mezcla de vergüenza y satisfacción.
«Esta noche he esperado a un actor a la salida del teatro».
La frase parece pertenecer a otra muchacha, a una versión de ella más imprudente y más honesta, alguien que se atreve a dejar constancia de aquello que una mujer sensata destruiría antes del desayuno.
Durante unos segundos considera arrancar la página.
Después cierra el cuaderno y lo guarda en el cajón.
Baja a desayunar. Su padre ya está sentado en la mesa, con el periódico abierto junto al cuenco de arroz.
Viste de manera impecable, como siempre, incluso en verano, cuando la tela clara de su chaqueta no consigue ocultar del todo el cansancio de un hombre que ha construido su respetabilidad a fuerza de medir cada gesto.
Su Zhengde levanta la vista al verla entrar.
No pregunta a qué hora regresó. Tal vez lo sabe.
Tal vez no. Tal vez ha decidido que todavía no conviene saberlo.
—Tu tía vendrá esta tarde —dice.
Su Mei se sirve té.
—¿Para qué?
—Para verte.
—Me vio hace tres días.
—Quiere hablar contigo.
Su Mei sostiene la taza entre las manos y nota cómo el vapor le humedece los dedos.
No necesita más detalles. Las tías no «quieren hablar» con una joven de veintidós años para preguntarle por sus dibujos, ni por la revista ni por los teatros de la ciudad.
Quieren medir su disposición, tantear su resistencia, envolver con palabras afectuosas aquello que su padre, por pudor o estrategia, no quiere imponer todavía de manera frontal.
Gu Shaoting. La familia Gu. La conveniencia.
El futuro. La necesidad de no alargar ciertas libertades hasta que empiecen a parecer defectos de carácter.
—Tengo trabajo esta tarde —dice.
Su padre dobla una esquina del periódico.
—¿En la gaceta?
—Sí.
—Podrás hacerlo después.
—No siempre se puede hacer después.
Su Zhengde la mira entonces de verdad. Sus ojos no son duros, pero hay en ellos una tristeza que a Su Mei le resulta más difícil de soportar que la ira.
—Mei —dice, usando el nombre familiar que rara vez pronuncia delante del servicio—, no te pido que abandones nada. Solo que entiendas que una vida no puede construirse únicamente con caprichos.
La palabra le llega como una bofetada leve. «Caprichos».
Dibujar es un capricho. Caminar sola es un capricho.
Trabajar en una revista es un capricho permitido mientras no interfiera con lo importante.
Incluso su incomodidad ante la idea de casarse con un hombre correcto parece un capricho, una resistencia estética, una torpeza de juventud que la realidad arreglará con el tiempo.
Su Mei piensa en Yuesheng diciendo que «algunas obediencias, con los años, reciben el nombre de “vocación”».
Quizá algunas renuncias, en su mundo, reciben el nombre de «madurez».
—No he dicho que quiera construirla únicamente con caprichos —responde.
—Entonces empieza a distinguir entre lo que entretiene y lo que mantiene a una mujer.
Ella deja la taza sobre la mesa con mucho cuidado.
—¿Y quién decide qué mantiene a una mujer?
Su padre suspira. No quiere discutir a esa hora. Ella lo ve en el modo en que vuelve al periódico, en el pequeño gesto de cansancio con que se toca el puente de la nariz.
—Ve al mercado esta mañana —dice—. Tu tía encargó unas hierbas en la botica de la calle Fuzhou. Dicen que ayudan con los mareos. Es una receta de tu madre. Recógelas antes de que haga demasiado calor.
Su Mei baja la mirada.
La mención de su madre, incluso así, como si todavía pudiera encargar cosas desde el mundo de los muertos, desarma la conversación.
Su madre, que murió cuando Su Mei tenía dieciséis años, sigue presente en la manera en que en la casa todos continúan hablando de ciertos hábitos como si ella aún los hubiera dejado dispuestos: las infusiones para los mareos, la manera de doblar los pañuelos, el orden de las flores en el altar familiar, los remedios que una criada mayor sigue preparando por fidelidad y no por eficacia.
—Iré después del desayuno —dice.
Su Zhengde asiente, satisfecho con esa pequeña obediencia.
Y, sin embargo, cuando una hora más tarde Su Mei sale a la calle con una cesta de mimbre y la dirección de la botica doblada dentro del bolso, no se siente obediente. Se siente suspendida, como si cada paso fuera una concesión temporal.
La mañana ya quema. Shanghái no ha esperado al mediodía para arder. El sol cae entre los toldos, se refleja en los cristales de las tiendas, en las ruedas húmedas de los carros, en los cubos de agua que los comerciantes arrojan frente a las puertas para domar el calor sin conseguirlo del todo.
En el mercado, la vida se abre sin elegancia y sin disculpa con verduras amontonadas sobre esteras, peces plateados golpeando aún dentro de los barreños, mujeres regateando con abanicos cerrados, niños descalzos corriendo entre cestas, vendedores de melocotones, telas, agujas, té, tinta, medicinas, fideos, pájaros, cigarrillos sueltos, abanicos pintados con montañas que nadie ha visitado.
Su Mei avanza entre la multitud con la cesta al brazo, pensando que debe ir a la botica, recoger el paquete, regresar antes de que su padre pregunte dos veces y encerrarse después con sus dibujos hasta que la visita de su tía convierta la tarde en un interrogatorio envuelto en azúcar.
Entonces oye una risa.
No una risa educada, ni la risa breve y oblicua que Yuesheng dejó escapar junto al río, sino una risa abierta, repentina, casi juvenil, una risa que no parece haber pasado por el filtro de la disciplina.
Su Mei se detiene antes de saber por qué.
La risa estalla de nuevo al otro lado de un puesto de sombreros de paja, entre el murmullo de los compradores y el pregón de un vendedor de ciruelas.
Es clara, cálida, sorprendentemente libre.
Y entonces lo ve.
Lin Yuesheng está entre la gente, no sobre un escenario, no junto a una marquesina, no dividido por un espejo, sino en mitad del mercado, riendo con la cabeza apenas echada hacia atrás mientras un hombre mayor, quizá un tramoyista o un antiguo compañero de compañía, le cuenta algo con gestos exagerados.
Lleva una camisa sencilla, clara, con las mangas subidas hasta los antebrazos; el cabello le cae más suelto sobre la frente.
No hay en él rastro del personaje de Yu Ji, ni de la solemnidad cansada de la noche anterior, ni siquiera de la reserva con que caminó junto al río.
Sonríe con todo el rostro. Los ojos se le estrechan, la boca se abre sin cálculo, los hombros pierden esa conciencia elegante del cuerpo que Su Mei le había atribuido como una segunda piel.
Parece, por primera vez, un hombre joven.
La revelación la deja inmóvil.
Hasta ese momento, Su Mei lo ha visto siempre atravesado por alguna forma de representación.
La del actor antes del maquillaje, o la del actor en escena; del actor después del aplauso, del actor que camina para recuperar sus piernas propias.
Incluso cuando hablaba con ella junto al río, había algo en él contenido, una defensa aprendida, una cautela que convertía cada frase en un gesto medido.
Pero allí, entre los puestos del mercado, riendo porque alguien ha dicho algo probablemente vulgar o absurdo, Yuesheng parece no estar protegiéndose de nada.
La risa le pertenece. No al público. No a la concubina Yu Ji.
No al empresario Luo Wenqing. No a Mei Lanfang ni a la sombra de todos los maestros del arte que representa. Solo a él.
Su Mei siente algo muy parecido a la ternura, y eso la asusta más que la fascinación.
Esta puede justificarse por el arte, la técnica, el misterio del escenario, la emoción colectiva. La ternura, no. La ternura no permite esconderse detrás de una crónica ilustrada. La ternura se fija en alguien cuando no está intentando ser extraordinario y, aun así, decide quedarse.
El hombre mayor le da una palmada en el hombro y se aleja. Yuesheng se seca el sudor de la frente con el dorso de la mano, aún sonriendo, y echa a andar entre los puestos.
Su Mei debería seguir hacia la botica.
Recuerda con vaguedad las hierbas encargadas, la lista doblada, la tía que llegará por la tarde, la frase de su padre sobre distinguir entre lo que entretiene y lo que mantiene. Da un paso en la dirección correcta. Luego otro. Al tercero, se detiene.
Yuesheng desaparece entre la gente.
Ella gira.