Tinta, seda y más que un amor de verano Capítulo 6. Lo que anhelamos en la oscuridad
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Capítulo 6. Lo que anhelamos en la oscuridad

Lo que anhelamos en la oscuridad

L a casa está en silencio cuando Yuesheng regresa, pero no es el silencio completo de los lugares vacíos, sino ese otro más denso y delicado que se instala después de una jornada demasiado larga, cuando los criados ya han apagado casi todas las lámparas, las puertas han dejado de abrirse y cerrarse y hasta los relojes parecen marcar las horas con mayor prudencia, para no perturbar el descanso de nadie.

Atraviesa el patio sin encender más luz que la imprescindible, con la humedad del río todavía adherida al traje y a la piel, y con una sensación extraña, persistente, casi física, que no procede del cansancio ni de la función, sino de la conversación que acaba de dejar atrás junto al Bund.

Ha pasado años rodeado de voces. Empresarios, periodistas, músicos, mecenas, actores veteranos, aprendices, admiradores que se acercan con el temblor educado de quien cree estar saludando a una aparición y comerciantes que pronuncian elogios como si fueran inversiones.

Ha asistido a banquetes en los que nadie deja de hablar durante horas y ha compartido camerinos donde varias personas pueden discutir al mismo tiempo sin escucharse realmente, y, sin embargo, muy pocas conversaciones permanecen con él una vez terminadas.

La de Su Mei sigue allí, obstinada y luminosa, como una melodía que no se recuerda por completo, pero que continúa repitiéndose en alguna parte del cuerpo.

Deja la chaqueta sobre el respaldo de una silla, abre la ventana de su dormitorio y deja que la noche entre poco a poco en la habitación.

Desde algún lugar lejano llega el sonido apagado de un automóvil y, más allá, casi imperceptible, el rumor del río sigue atravesando la ciudad como una respiración inmensa.

Durante unos segundos permanece inmóvil junto a la ventana, con los dedos apoyados en el marco, antes de aflojarse el cuello de la camisa, desabrochar los primeros botones y sentarse en el sofá bajo la luz cálida de una lámpara que proyecta sombras suaves sobre sus hombros, su garganta y la línea todavía tensa de su mandíbula.

Normalmente, después de una función importante, el cansancio llega de golpe.

El cuerpo recuerda antes que la mente todas las horas de ensayo, el peso del tocado, la tirantez del maquillaje, la presión de sostener una emoción ajena hasta hacerla creíble para una sala entera.

Esa noche, sin embargo, el sueño parece haberse quedado en alguna parte del Bund, atrapado quizá entre la barandilla tibia, la humedad del Huangpu y la voz de Su Mei diciendo que aquella mujer de su dibujo todavía no ha decidido rendirse.

Cierra los ojos y vuelve a verla, no como habría esperado recordar a una mujer después de una noche semejante, no por la curva de sus labios ni por la delicadeza de su cuello bajo la luz de las farolas, sino por sus manos sosteniendo la libreta contra el pecho, pasando páginas con una mezcla de decisión y pudor, protegiendo aquellos dibujos como si en ellos guardara una parte de sí misma que no está dispuesta a entregar a cualquiera.

Después recuerda sus ojos —oscuros, atentos, incómodamente precisos—, y la manera en que lo mira como si intentara descubrir qué queda de él cuando la belleza que él encarna deja de ser un espectáculo.

Eso lo inquieta más de lo que quiere admitir.

Apoya la cabeza contra el respaldo del sofá y deja que la luz de la lámpara le caliente el rostro.

Ha sido mirado toda su vida. Primero por los maestros, que corregían cada defecto con una severidad capaz de convertir el cuerpo en una máquina de obedecer; luego por los compañeros, por los empresarios, por el público, por las mujeres que lloran al verlo morir en escena y por los hombres que fingen admirar tan solo la técnica, para no reconocer otras formas de fascinación.

Pero la mirada de Su Mei tiene algo distinto, quizá porque no parece querer poseer la imagen que ve, ni reducirla ni convertirla en un elogio fácil.

Mira del mismo modo que dibuja, dejando espacio alrededor de aquello que todavía no comprende.

La memoria, entonces, lo lleva hacia atrás con una brusquedad inesperada, hasta los años en que todavía era un niño y el teatro no significaba gloria, ni aplausos ni la posibilidad remota de que algún día alguien pronunciase su nombre junto al de los grandes, sino frío en los pies antes del amanecer, tablas de madera demasiado duras, olor a sudor y aceite de lámparas, el chasquido seco de una vara contra los dedos y la voz del maestro repitiendo una y otra vez que la mano desnuda no significaba nada si no aprendía primero a olvidarse de sí misma.

Tenía ocho años cuando entró en la compañía, y durante mucho tiempo no sabía si aquello era una oportunidad o una condena, porque a esa edad uno no comprendía el destino, solo comprendía el hambre, el sueño, el miedo al castigo y la vergüenza de no hacerlo bastante bien.

Recuerda la espalda obligada a enderezarse hasta doler, las rodillas flexionadas durante tanto tiempo que al levantarse sentía que las piernas no le pertenecían, la voz entrenada hasta quebrarse y volver a empezar, los gestos repetidos hasta que dejaban de ser gestos y se convertían en una segunda naturaleza más fuerte que la primera.

Recuerda, sobre todo, la primera vez que su maestro le dijo que un actor dan debe borrar al muchacho antes de construir a la mujer, y cómo él, demasiado pequeño para entender la crueldad exacta de esa frase, se limitó a obedecer.

Durante años obedeció.

Lo hizo cuando le corregían las manos, cuando le obligaban a suavizar la mirada, cuando le enseñaban a caminar sin permitir que el peso cayera del modo equivocado, cuando le repetían que una emoción no debía sentirse simplemente, sino ordenarse, elevarse, purificarse hasta convertirse en forma.

Obedeció incluso cuando otros niños se burlaban de su voz, de su delicadeza, de esa manera suya de no pertenecer del todo al mundo de los hombres ni al de las mujeres que interpretaba.

Y después, cuando empezó a recibir aplausos, cuando los viejos aficionados mencionaban su nombre con aprobación y Luo Wenqing comenzó a tratarlo no como un muchacho disciplinado, sino como una promesa vendible, todos llamaron «vocación» a lo que en otro tiempo había sido «obediencia».

Yuesheng abre los ojos despacio.

La habitación sigue en silencio, pero ya no le parece la misma.

Algo de aquella infancia ha entrado con él, o quizá nunca ha salido del todo.

Se pasa una mano por el rostro, todavía sensible en las zonas donde el maquillaje ha sido retirado con demasiada prisa, y piensa en la pregunta que no se ha atrevido a formular junto al río, la única que ha permanecido debajo de todas las demás mientras Su Mei habla de su padre, de la vida que no quiere, de aquella mujer dibujada de espaldas frente a una ventana abierta.

¿Puede ella verlo en verdad por quien es?

La mayoría de las personas aman aquello que él representa.

Aman a Yu Ji muriendo con una dignidad perfecta, a la concubina embriagada inclinando la cabeza bajo el peso de las flores, a las heroínas antiguas que pronuncian el dolor con una belleza que la vida cotidiana rara vez concede.

Algunos lo admiran como artista, otros lo desean como rareza, otros lo convierten en símbolo de una tradición que quizá ni siquiera entienden, y muchos, demasiados, hablan de él como si el hombre que se desmaquilla a solas frente al espejo fuera menos interesante que la aparición nacida bajo las luces.

Pero Su Mei ha esperado fuera del teatro, lo ha hecho acompañarla hasta el río, ha escuchado sus dudas sin convertirlas en debilidad y le ha mostrado un dibujo que no pertenece a la gaceta ni al mundo de las cosas útiles.

Esa posibilidad lo deja inmóvil.

No es amor todavía, o quizá no quiere llamarlo así porque las palabras, cuando se pronuncian demasiado pronto, se vuelven peligrosas.

Es algo más tenue y más persistente. Es la conciencia de que desea ser visto por ella de un modo que no sabe pedir; el temor a que, si alguna vez llega a quererlo, ame solo la parte de él que brilla bajo los focos; y la esperanza, más imprudente aún, de que quizá pueda amar también al hombre cansado que regresa de noche a una habitación silenciosa con la piel irritada por el maquillaje, las manos doloridas y una infancia perdida escondida detrás de cada gesto hermoso.

Afuera, alguna luz se apaga en la casa vecina y la sombra de la ventana se vuelve más profunda.

Yuesheng permanece sentado sin moverse, con la camisa abierta en el cuello y la respiración lenta, mientras Shanghái continúa despierta más allá de los muros; y el recuerdo de Su Mei, brillante, imposible de apartar, ocupa la habitación con una presencia más viva que cualquier aplauso.

No sabe en qué momento exacto ha empezado a echarla de menos; solo sabe que, al pensar en la mañana siguiente, en el teatro, en la posibilidad de verla aparecer con su libreta bajo el brazo, algo dentro de él se tensa con una expectativa silenciosa que no pertenece al actor ni al personaje, sino al hombre que, quizá por primera vez en mucho tiempo, desea ser esperado sin necesidad de convertirse en nadie más.