Capítulo 5. La mujer del dibujo #2
La sonrisa regresa a su rostro y durante unos instantes ambos permanecen observando el río con una ligereza que habría resultado imposible apenas una hora antes.
Las campanadas terminan de extinguirse sobre el río y, durante unos instantes, ninguno vuelve a hablar.
El Huangpu continúa avanzando en la oscuridad con la misma calma indiferente de siempre, arrastrando reflejos de luz sobre la superficie negra del agua, mientras los barcos siguen cruzando la noche y las fachadas del Bund permanecen inmóviles bajo la neblina húmeda del verano, pero la despedida entra en escena sin ser nombrada, como una presencia silenciosa que poco a poco va ocupando espacio entre ellos.
Su Mei sostiene la libreta contra el pecho.
El gesto es sencillo, casi inconsciente, pero Yuesheng tiene la extraña impresión de que está protegiendo algo más que unos dibujos.
Aquella idea lo sorprende por la intensidad con que aparece.
Durante años ha aprendido a observar a las personas, es parte de su oficio.
Los actores estudian manos, voces, silencios y posturas con la misma atención con que un músico estudia una partitura.
Sin embargo, pocas veces ha sentido una curiosidad tan persistente por alguien.
Tal vez porque Su Mei no se parece a ninguna de las personas que suelen rodearlo.
No intenta impresionarlo. No parece deslumbrada por la fama.
Ni siquiera da la impresión de estar interesada en la versión que conoce el público de él.
Sin darse cuenta, se encuentra observándola mientras ella contempla el río: la curva delicada del perfil, los mechones oscuros que la humedad ha liberado junto a las sienes, la sombra de las pestañas sobre las mejillas y la forma en que la luz dorada de las farolas roza apenas su piel antes de perderse nuevamente en la oscuridad.
Es una observación impropia, piensa. Y precisamente por eso aparta la mirada.
Demasiado tarde.
Cuando vuelve ligeramente la cabeza, descubre que ella también lo está mirando.
Ninguno desvía los ojos de inmediato.
Para cualquier otra persona sería un instante insignificante, apenas un cruce casual de miradas junto al río, pero para ellos parece prolongarse más de lo razonable.
No hay nada escandaloso en aquel momento, nada que pueda alimentar los rumores de Shanghái ni provocar la desaprobación de las familias respetables.
Y, sin embargo, resulta más íntimo que muchas declaraciones.
Porque no ocurre nada. Ninguna promesa. Ninguna confesión.
Ningún roce accidental de las manos. Solo la desconcertante sensación de que ambos están pensando algo que ninguno se atreve a decir en voz alta.
Su Mei siente que el corazón comienza a latirle con una fuerza absurda.
No es una muchacha ingenua. Ha leído suficientes novelas y ha observado bastantes historias ajenas para reconocer los gestos que preceden a ciertas emociones.
Precisamente por eso comprende el peligro de aquel instante.
Los sentimientos más difíciles de olvidar rara vez comienzan con una declaración.
A veces empiezan así, con una conversación que se alarga más de lo previsto, con un silencio compartido junto a un río, con una mirada que permanece un segundo más de lo necesario.
Es Yuesheng quien termina rompiendo el hechizo.
—Deberíamos volver.
La frase cae entre ellos con la suavidad de una rendición. Su Mei asiente. Pero ninguno se mueve con prontitud.
Aquello resultaría ridículo si no fuera tan humano. Shanghái permanece despierta a su alrededor. Y ellos siguen junto a la barandilla como si el simple hecho de empezar a caminar fuera a convertir aquella noche en un recuerdo.
Al final es Su Mei quien da el primer paso y ambos emprenden el regreso por el paseo.
Caminan despacio, sin la ligereza despreocupada de antes, aunque no porque la conversación haya perdido naturalidad, sino porque ahora son conscientes de algo nuevo.
La noche ya no es una posibilidad abierta.
Es una despedida. Y las despedidas siempre alteran la forma en que las personas se observan.
A mitad de camino encuentran un rickshaw vacío esperando junto a la acera. El conductor dormita sobre el asiento, pero abre los ojos en cuanto Yuesheng levanta una mano para llamarlo. Demasiados años trabajando de noche para dejar escapar una clienta respetable.
—Puedo volver sola —dice Su Mei.
Yuesheng la mira. Hay algo contenido en aquella mirada, algo que parece debatirse entre la prudencia y el deseo de prolongar unos minutos más aquella conversación.
—Lo sé.
—Entonces no hace falta que me acompañe.
—Probablemente no.
Ninguno sonríe. El conductor espera. La ciudad espera. Incluso la noche parece contener la respiración.
Su Mei siente una melancolía ligera y extraña, la tristeza anticipada de algo que todavía no ha terminado y que, sin embargo, ya comienza a echar de menos.
Yuesheng le tiende una mano y ella la toma para ayudarse a subir.
Una vez sentada, lo encuentra observándola exactamente igual que junto al río, con aquella expresión tranquila y difícil de descifrar que parece esconder más de lo que revela.
Durante unos segundos ninguno habla y es entonces cuando Su Mei comprende algo que la acompañará durante mucho tiempo.
Si alguien les preguntara qué ha ocurrido aquella noche, ninguno sabría responder.
Han caminado.
Han hablado.
Han contemplado el río.
Nada más.
Y, sin embargo, algo ha cambiado de manera irreversible.
—Buenas noches, señor Lin —dice por último. La voz le sale más baja de lo que pretende.
Yuesheng inclina apenas la cabeza.
—Buenas noches, señorita Su.
Las palabras son impecables. Educadas. Correctas.
Y por completo insuficientes.
El conductor hace girar el vehículo hacia la avenida. Mientras las ruedas comienzan a alejarse sobre los adoquines iluminados, ella se permite mirar una última vez por encima del hombro. Yuesheng sigue allí, inmóvil bajo la luz de las farolas, con la mirada fija en ella.
La distancia crece poco a poco. Primero unos metros.
Después toda una calle. Luego las sombras, la niebla del río y las luces dispersas de Shanghái terminan por interponerse entre ambos.
Pero incluso cuando su figura desaparece por completo, Su Mei continúa sintiendo aquella mirada sobre ella, como si una parte de la noche hubiera decidido acompañarla hasta casa.