Tinta, seda y más que un amor de verano Capítulo 5. La mujer del dibujo
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Capítulo 5. La mujer del dibujo

La mujer del dibujo

—C reo que desde que tengo memoria he querido marcharme muy lejos —dice de pronto Su Mei.

Yuesheng vuelve ligeramente la cabeza hacia ella.

—¿Lejos de Shanghái?

—Lejos de todo.

Una sonrisa tenue aparece en los labios de Su Mei mientras observa el agua del río que divide en dos la ciudad.

Ha pasado muchas tardes dibujando aquel paisaje, intentando capturar en el papel la forma en que la luz se deshace sobre el río o la manera en que la niebla transforma los edificios en algo casi irreal, pero nunca ha conseguido reproducir del todo aquella sensación de inmensidad.

Tal vez porque el río no es únicamente un paisaje.

Es también una promesa, un recordatorio constante de que existen otros lugares más allá de Shanghái, otras vidas posibles, otros futuros que todavía no han sido decididos por nadie.

—Cuando descubrí que las concesiones y los grandes edificios extranjeros no eran otros países, le pedí a mi madre que me comprara un atlas que escondí debajo de mi cama.

Mi padre creía que estudiaba Geografía porque era una niña aplicada, pero en realidad pasaba horas imaginando cómo serían esos lugares.

—¿Y cómo eran?

—Perfectos.

La respuesta los hace sonreír a ambos.

—Eso suena peligroso.

—Lo era. Ningún lugar real puede competir con uno imaginario.

Yuesheng asiente lentamente, como si comprendiera demasiado bien aquella idea.

—Supongo que ocurre lo mismo con las personas.

La frase queda suspendida entre ellos mientras el río sigue avanzando en la oscuridad.

Su Mei no responde enseguida porque entiende exactamente lo que quiere decir.

Durante años ha admirado a actrices, escritores, pintores y músicos sin conocer nada de ellos más allá de sus obras; ha construido versiones perfectas de personas reales utilizando únicamente fragmentos dispersos, igual que de niña construía países enteros observando un mapa.

Quizá el público hace lo mismo con Yuesheng.

Quizá todos los que lo contemplan sobre el escenario imaginan conocerlo cuando, en realidad, solo conocen las historias que representa.

—¿Le molesta? —pregunta finalmente.

—¿El qué?

—Que la gente lo imagine diferente de lo que es.

Yuesheng observa el río durante unos segundos antes de responder.

—Depende del día.

La sinceridad de aquella respuesta le arranca una sonrisa.

—No es una respuesta muy diplomática.

—Nunca he sido especialmente bueno con la diplomacia.

—Eso tampoco parece propio de un actor.

Una sombra de humor aparece fugazmente en su expresión.

—Los actores pasamos demasiado tiempo fingiendo. Al final uno termina cansándose de hacerlo cuando baja del escenario.

La frase resulta tan sencilla que Su Mei tarda unos instantes en comprender toda la tristeza que contiene.

Por primera vez desde que lo conoce tiene la impresión de estar viendo no al artista admirado por Shanghái ni al heredero de una tradición centenaria, sino simplemente a un hombre joven que lleva demasiados años respondiendo a expectativas ajenas.

Quizá Yuesheng percibe algo de aquello en su mirada, porque una leve incomodidad cruza fugazmente su rostro.

—Lo siento —dice con una pequeña risa—. No suelo hablar tanto de estas cosas.

—¿Por qué?

La pregunta escapa antes de que pueda detenerla.

—Porque la mayoría de la gente no quiere escucharlas.

Aquello la hace guardar silencio. Porque es cierto.

Los espectadores quieren escuchar historias de éxito, disciplina y talento; los periodistas buscan anécdotas brillantes para sus artículos y los empresarios prefieren una figura elegante que exhibir en recepciones y banquetes.

Muy pocas personas desean conocer el precio de todo aquello.

El viento que llega desde el río se intensifica ligeramente, moviendo algunos mechones de cabello junto a las sienes de Su Mei. A lo lejos, una sirena grave resuena sobre el agua y parece prolongarse durante varios segundos antes de desaparecer en la noche. Es entonces cuando ella recuerda algo.

Abre la libreta que ha llevado consigo durante toda la velada y comienza a pasar páginas bajo la luz incierta de la farola.

Bocetos, estudios de manos, fragmentos de edificios y apuntes rápidos aparecen uno tras otro hasta que se detiene casi al final.

Duda durante un instante. Aquello es distinto.

No es material para la revista. No es un dibujo destinado a ser visto por otras personas.

Es algo mucho más íntimo y, precisamente por eso, termina girando la libreta hacia él.

—Hay algo que nunca he enseñado a nadie fuera de mi familia.

Yuesheng baja la mirada. La ilustración ocupa casi toda la página y representa a una mujer sentada junto a una ventana abierta.

Está de espaldas. No se ve su rostro. Solo la curva delicada de los hombros, el cabello cayendo desordenadamente sobre la espalda y una mano suspendida en el aire como si estuviera a punto de tocar algo que permanece fuera del dibujo.

Durante varios segundos él no dice nada, y ese silencio, lejos de incomodarla, hace que el corazón de Su Mei comience a latir con más fuerza. Comprende que está esperando su opinión de una manera en que jamás ha esperado la de ningún editor.

Finalmente, Yuesheng levanta la vista.

—Está sola. —No suena a crítica, ni siquiera a observación. Es simplemente una constatación.

Su Mei contempla el dibujo.

—Sí.

—Pero no parece triste.

Ella permanece observando la figura durante unos instantes antes de responder.

—Porque todavía no ha decidido rendirse.

Por alguna razón, aquellas palabras hacen que algo cambie en la expresión de Yuesheng.

No de forma visible, no lo suficiente para que cualquier otra persona pueda advertirlo, pero Su Mei tiene la sensación de que acaba de abrir una puerta que hasta entonces ha permanecido cerrada.

No sabe cuánto tiempo permanecen así, inclinados sobre la libreta abierta, mientras el río continúa deslizándose junto a ellos y Shanghái sigue respirando a sus espaldas.

Tal vez son apenas unos segundos; tal vez varios minutos.

La noche tiene una forma extraña de alterar el paso del tiempo, en especial cuando uno deja de preocuparse por él.

Yuesheng vuelve a bajar la mirada hacia el dibujo. No parece observar únicamente las líneas o la composición, sino intentar comprender a la persona que lo ha creado, como si la figura sentada frente a la ventana escondiera algo más que una intención artística.

—Su padre lo odia.

No es una pregunta. Su Mei deja escapar una breve risa.

—¿Se nota tanto?

—Un poco.

Ella cierra la libreta y contempla durante unos instantes las luces dispersas sobre el río.

—Dice que parece una mujer esperando una vida que nunca llegará.

Las palabras quedan suspendidas entre ellos mientras un barco mercante atraviesa con lentitud la oscuridad, iluminando durante unos segundos una franja de agua antes de desaparecer río abajo.

—¿Y usted qué cree? —pregunta Yuesheng.

Su Mei vuelve la vista hacia el horizonte.

Durante años ha respondido a preguntas semejantes con observaciones ingeniosas, ironías cuidadosamente construidas o frases capaces de desviar la conversación hacia un terreno más seguro.

Sin embargo, aquella noche está cansada de esconderse detrás de respuestas elegantes.

—Creo que está intentando decidir si se atreve a salir de la habitación. —La sinceridad de sus propias palabras la sorprende. Tal vez porque nunca las ha pronunciado en voz alta. Tal vez porque, al hacerlo, comprende que hablan tanto de ella como de la mujer dibujada.

Yuesheng no responde de inmediato. Permanece observándola con una expresión que ella no sabe interpretar del todo. No es compasión ni admiración, tampoco simple curiosidad. Parece algo más difícil de definir, como si acabara de reconocer en ella una inquietud que también le pertenece.

—Entonces todavía tiene tiempo —dice al fin.

Aquella frase es tan sencilla que Su Mei siente una presión inesperada en el pecho.

Nadie se lo ha dicho nunca. Su padre habla del futuro como de una obligación inevitable; sus tías, como de una cuenta atrás; incluso sus amigas parecen asumir que la vida de una mujer está compuesta por una sucesión de estaciones que deben atravesarse en el orden correcto: casarse, formar una familia, cumplir con las expectativas ajenas y encontrar la felicidad dentro de ellas o, al menos, aprender a aparentarla.

Nadie habla del tiempo como de algo que todavía pueda pertenecerle.

Permanecen unos momentos contemplando el río antes de que Yuesheng aparte la vista hacia la oscuridad.

—Cuando tenía su edad estaba convencido de que mi vida ya estaba decidida.

—¿Y no lo estaba?

Una sombra de sonrisa aparece en sus labios.

—Todavía no estoy seguro.

La respuesta hace reír a Su Mei, una risa suave y sincera que se pierde entre el rumor del agua.

Aquello parece sorprenderlo a él tanto como a ella, porque poco a poco la conversación deja de sentirse como una entrevista y ni siquiera parece ya una charla entre una periodista y un artista.

Se está convirtiendo en algo más difícil de definir, algo sin nombre, algo que ninguno de los dos ha buscado y que precisamente por eso resulta tan complicado ignorar.

A lo lejos, el reloj de uno de los edificios del Bund comienza a marcar la hora. Las campanadas atraviesan la noche una tras otra, lentas y solemnes, extendiéndose sobre el río hasta desaparecer en la distancia. Su Mei levanta la vista y comprende que es mucho más tarde de lo que había imaginado.

—Mi padre va a pensar que me he fugado.

—Eso sería problemático.

—Sobre todo para usted.

Yuesheng vuelve la cabeza con curiosidad.

—¿Por qué para mí?

—Porque todo buen escándalo necesita un culpable.

La respuesta le arranca una breve risa.

—¿Y quién dice que me considerarían el culpable?

—Porque los actores siempre son culpables de algo.

—Eso es injusto.

—Eso es Shanghái.