Tinta, seda y más que un amor de verano Capítulo 4. Lo que otros esperan
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Capítulo 4. Lo que otros esperan

Lo que otros esperan

Y uesheng suele pensar que Shanghái se parece demasiado a un teatro.

No por los escenarios ni por las compañías de ópera, ni siquiera por los centenares de espectadores que llenan las salas cada noche, sino porque toda la ciudad parece construida sobre una representación interminable.

Basta caminar por Nanjing Road o atravesar las avenidas iluminadas de la Concesión Francesa para comprenderlo.

Los comerciantes interpretan el papel de hombres más ricos de lo que son, los banqueros fingen una seguridad que desaparece en cuanto la bolsa se tambalea, las jóvenes herederas aprenden a sonreír en las recepciones como si hubieran nacido para ello, incluso los extranjeros parecen representar una versión exagerada de sí mismos, convencidos de que Shanghái espera de ellos exactamente aquello que muestran.

A veces le parece que nadie mira realmente a nadie.

Solo observan los personajes.

La ciudad está obsesionada con las apariencias porque estas son una forma de supervivencia.

En Shanghái importa menos quién eres que la historia que los demás cuentan sobre ti.

Un hombre puede llegar sin dinero y convertirse en un magnate si sabe construir la imagen adecuada.

Otro puede perder una fortuna y seguir siendo tratado como un caballero mientras conserve el traje correcto, el acceso al club adecuado y una sonrisa suficientemente convincente.

Yuesheng conoce esa verdad mejor que la mayoría. La ha vivido sobre su propia piel.

Cada noche, cuando se sienta frente al espejo del camerino y comienza a cubrir su rostro con maquillaje, siente cómo una parte de sí mismo desaparece con lentitud bajo capas de polvo blanco, color y seda bordada.

Después llega al escenario y cientos de personas contienen la respiración al verlo aparecer.

Algunas lloran. Otras suspiran. Las que hay regresan una y otra vez para contemplarlo como si fuera una visión.

Sin embargo, al abandonar el teatro, muchas de esas mismas personas no sabrían reconocerlo caminando por la calle.

No aman al hombre.

Aman la imagen. Aman a Yu Ji. Aman a la concubina embriagada [7] .

Aman a la heroína trágica que muere bellamente bajo la luz de los focos.

A veces incluso aman la idea de Lin Yuesheng, la estrella en ascenso de la ópera de Pekín, más de lo que aman a cualquiera de los personajes que interpreta.

La fama, sabe desde hace tiempo, es una forma refinada de soledad. Todo el mundo cree conocerla. Nadie la conoce realmente.

Los periodistas quieren frases memorables.

Los empresarios quieren una celebridad que siente prestigio a su mesa y llene sus billeteras.

Los admiradores desean conservar una fantasía intacta.

Nadie pregunta qué ocurre después de que se apagan las luces, cuando el maquillaje desaparece, los aplausos se extinguen y solo queda un hombre regresando a casa en silencio.

Por eso la conversación con Su Mei lo inquieta tanto. Porque ella no parece especialmente interesada en la leyenda.

No le pregunta cuántas funciones ha representado, ni qué gobernador ni señor de la guerra ocupa el mejor palco ni qué críticos han elogiado su trabajo.

Yuesheng no sabe si eso debería tranquilizarlo o asustarlo, porque por primera vez en mucho tiempo tiene la sensación de que alguien intenta mirar detrás del personaje.

Y, después de tantos años viviendo en una ciudad donde todo el mundo interpreta algo, descubre que ser visto de verdad resulta mucho más peligroso que ser admirado.

—¿Siempre consigue convencer a la gente para que haga lo que usted quiere? —pregunta Yuesheng de pronto.

La pregunta la sorprende.

—¿Está insinuando que lo he obligado a acompañarme?

—Estoy insinuando que ha conseguido que un hombre razonable acepte caminar varios kilómetros a medianoche sin una explicación especialmente convincente.

—Quizá la explicación es que usted tampoco tenía demasiadas ganas de volver a casa.

La respuesta parece alcanzarlo por sorpresa, no porque sea ofensiva, sino porque resulta demasiado cercana a la verdad.

Durante unos segundos él contempla las luces dispersas de la avenida sin responder.

—Es posible —admite finalmente.

Su Mei sonríe para sí misma. La confesión es pequeña, casi insignificante, pero siente que vale más que muchos discursos.

Siguen avanzando entre las fachadas iluminadas.

A medida que se acercan al río, el aire cambia.

Continúa siendo cálido, pero ahora trae consigo un olor más amplio, una mezcla de agua, carbón, madera húmeda y mercancías descargadas en los muelles.

A lo lejos empiezan a distinguirse las grandes construcciones del Bund, cuyos perfiles se recortan contra el cielo oscuro como decorados monumentales de una obra extranjera.

—Cuando era niña pensaba que todos esos edificios eran Europa —dice Su Mei señalando las siluetas de piedra que comienzan a alzarse frente a ellos.

Yuesheng sigue la dirección de su mirada.

—¿Europa entera?

—Europa entera. Imaginaba que Londres, París y Berlín estaban escondidas detrás de esas fachadas y que los extranjeros regresaban allí por las noches.

—Eso habría simplificado mucho los viajes.

Ella ríe.

—Tenía nueve años. Los niños tienen derecho a teorías absurdas.

—Los adultos también. Solo les ponen nombres más sofisticados. Como llamarlos «Concesiones».

La respuesta la hace reír de nuevo, y el sonido parece sorprenderlos a ambos. Porque hasta entonces la conversación había estado sostenida por algo más serio, más contenido.

Ahora, por primera vez, aparece la ligereza inesperada que nace cuando dos personas empiezan a sentirse cómodas en presencia de la otra.

Durante unos instantes continúan caminando sin hablar.

La avenida se ensancha poco a poco. El tráfico disminuye y la ciudad parece abrirse frente a ellos.

Cuando finalmente alcanzan el paseo del Bund, el Huangpu aparece a su lado como una inmensa extensión oscura que respira bajo las luces dispersas de los barcos y las farolas.

Frente al río, incluso las fachadas occidentales pierden parte de su arrogancia.

Las columnas, los relojes y las cúpulas se difuminan bajo la neblina húmeda del verano, mientras las ventanas iluminadas permanecen despiertas como ojos insomnes vigilando la noche.

Su Mei se apoya en la barandilla.

El metal conserva todavía el calor acumulado durante el día.

A su lado, Yuesheng, de pie y con las manos en los bolsillos de sus pantalones de lino, guarda silencio observando el agua con la extraña quietud de alguien cuya vida depende del movimiento preciso de cada músculo.

Sin maquillaje, sin vestuario y sin público, resulta difícil relacionarlo con la mujer trágica que había muerto unas horas antes sobre el escenario, pero aun así permanece en él una especie de eco, una delicadeza involuntaria en ciertos gestos, una forma particular de inclinar la cabeza o de sostener las manos que parece pertenecer tanto al hombre como al personaje.

Entonces Su Mei rompe el silencio.

—¿En qué piensa?

Yuesheng tarda unos segundos en responder.

—En que mañana volverán a compararme con él.

No necesita pronunciar el nombre. Ambos saben de quién está hablando.

Mei Lanfang está presente incluso cuando no está allí.

Vive en los periódicos que comentan cada nueva representación, en las conversaciones de los empresarios que sueñan con llevar la ópera china más allá de las fronteras del país, en las observaciones de los críticos y, sobre todo, en las expectativas del público.

Su nombre se convirtió hace tiempo en una medida imposible, una sombra tan extensa que termina proyectándose sobre todos los jóvenes actores dan de China, envolviéndolos en una admiración que nadie desea rechazar y que, sin embargo, puede resultar tan pesada como cualquier cadena.

Su Mei observa el perfil de Yuesheng recortado contra las luces del río.

Resulta extraño pensar que ese hombre, al que centenares de personas acaban de aplaudir puestos en pie, pueda sentirse empequeñecido por alguien ausente.

Sin embargo, ha aprendido durante los últimos meses que el éxito rara vez libera a las personas de sus inseguridades; a menudo las vuelve todavía más visibles.

—No creo que esta noche hayan pensado en Mei Lanfang —dice finalmente.

Una sonrisa tenue aparece en el rostro de Yuesheng y desaparece casi de inmediato.

—Eso es peor.

Su Mei vuelve ligeramente la cabeza hacia él.

—¿Por qué?

Durante unos instantes él permanece contemplando el agua oscura que avanza bajo los reflejos fragmentados de los barcos y las farolas. El Huangpu parece moverse con la misma paciencia con la que se desplazan las cosas antiguas, indiferente a los sueños humanos, a las ambiciones y a las decepciones.

—Porque entonces esperan que uno se convierta en algo propio —responde al fin—. Y eso siempre resulta más difícil que parecerse a alguien.

La frase queda suspendida entre ellos. Su Mei comprende inmediatamente lo que quiere decir. Imitar es una tarea; convertirse en uno mismo es una incertidumbre. Una mucho más peligrosa.

—¿Y no quiere eso? —La pregunta escapa de sus labios con suavidad, temerosa de romper algo.

Yuesheng apoya los antebrazos sobre la barandilla y entrelaza las manos. Bajo la luz dorada de la farola parece de pronto más joven, más vulnerable, despojado no solo del maquillaje y del vestuario, sino también de la seguridad que el escenario le proporciona.

—Cuando era niño, sí —admite—. Creía que el teatro podía convertirte en alguien inmenso.

Pensaba que bastaba con aprender mejor que los demás, trabajar más horas, soportar más dolor y obedecer más que nadie para que llegara un día en que la gente dejara de ver al muchacho pobre que había entrado en la compañía.

—¿Qué edad tenía cuando empezó?

—Ocho años.

Ella baja la vista durante un instante. Ocho años. La edad en la que los niños deberían perseguir cometas por los patios o esconderse para evitar las tareas domésticas. No la edad de aprender a reconstruirse a sí mismos.

Una sirena grave resuena a lo lejos y el sonido parece prolongarse sobre el río mientras Yuesheng continúa hablando.

—Mi maestro decía que los actores dan debían aprender primero a borrar al muchacho antes de construir a la mujer.

La espalda, las manos, la voz, la manera de caminar, incluso la forma de mirar...

Todo debía corregirse. Durante años tuve la sensación de no pertenecer completamente a ningún sitio.

Era demasiado delicado para los papeles de generales y demasiado torpe para las mujeres que interpretaba.

Su Mei permanece inmóvil. La sinceridad de aquellas palabras la sorprende precisamente porque no suenan ensayadas. No parecen formar parte de ninguna entrevista ni de ninguna imagen cuidadosamente construida para el público. Son las palabras de alguien que lleva mucho tiempo pensándolas.

—Eso también nos ocurre a nosotras —murmura.

Yuesheng gira la cabeza.

—¿A las mujeres?

—A las reales.

Una leve sonrisa aparece en sus labios antes de desaparecer de nuevo.

—Nos enseñan cómo sentarnos, cómo hablar, cómo sonreír, cuánto espacio debemos ocupar y cuánto debemos callar. A veces pienso que paso la mitad de mi vida interpretando una versión aceptable de mí misma para que los demás se sientan cómodos.

El silencio que sigue ya no es el de dos desconocidos conversando junto a un río, sino el de dos personas que acaban de reconocer algo familiar en el otro.

Ninguno está hablando realmente del teatro ni de las convenciones sociales.

Hablan de la dificultad de existir sin convertirse en la persona que los demás esperan.